Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Aquel miércoles en el cine porno cambió todo

Era domingo cuando vi el reportaje. Un noticiero local hablaba de los cines porno que aún quedaban en el centro de Bogotá, esos lugares que todos conocían por nombre pero pocos admitían haber pisado. Estaba solo en el departamento, con el televisor encendido más por costumbre que por interés, cuando la cámara entró en uno de ellos y mostró una sala medio vacía, asientos rotos, una pantalla titilante donde dos cuerpos se enredaban sin pudor.

No sé qué se me activó esa noche. Quizás llevaba demasiado tiempo solo, demasiado tiempo imaginando cosas que nunca había hecho. Lo cierto es que apunté la dirección de uno de los cines en un papel y lo guardé en la billetera, como quien guarda una contraseña que no piensa usar pero tampoco quiere olvidar.

Trabajaba por entonces en una oficina a seis cuadras de la zona. Cinco días a la semana subía y bajaba el ascensor, almorzaba algo rápido en la cafetería del primer piso, y volvía a mi escritorio sin pensar más en nada. Esa rutina, esa cuadrícula de horarios y cafés, fue lo que me convenció de que podía hacerlo sin que nadie se enterara. Una hora y media de almuerzo daba para todo.

—¿Sales hoy a comer afuera? —me preguntó Esteban, mi compañero de cubículo.

—Tengo un trámite —dije, sin mirarlo a los ojos.

El lunes no fui. Tampoco el martes. Me decía que era una idea tonta, que ya se me iba a pasar, y al mismo tiempo me sorprendía pensándolo en medio de una reunión, en medio del café, en medio de una llamada. El miércoles, sin avisar a nadie, salí a las doce y media, caminé las seis cuadras en línea recta y me planté frente a la puerta del cine.

La fachada era discreta, un cartel descolorido y una taquilla pequeña detrás de un vidrio rayado. La mujer que vendía las entradas no me miró. Pagué, recibí un boleto azul y empujé la cortina pesada que separaba el vestíbulo de la sala.

Adentro, oscuridad casi absoluta. La función era continua, de diez de la mañana a diez de la noche, y los ojos tardaban en adaptarse. Me quedé parado un momento, sintiendo el rumor del aire acondicionado y la respiración de gente invisible. Avancé a tientas, tropecé con un asiento, encontré uno libre cerca del pasillo y me dejé caer.

Poco a poco las formas empezaron a definirse. La pantalla daba la única luz, parpadeante, blanca y rosa, y eso era suficiente para distinguir siluetas. Vi cabezas, hombros, brazos cruzados. Vi también, en la fila de adelante, a un anciano de pelo blanco con la cabeza echada hacia atrás. Alguien estaba arrodillado entre sus piernas. Lo entendí sin tener que mirar dos veces.

El estómago se me apretó. No de asco, sino de morbo. De saber que estaba ahí, que era real, que esto pasaba a tres metros de mí mientras los pasajeros del bus de afuera seguían con sus vidas.

Otros hombres circulaban por los pasillos. Algunos se detenían, observaban, se sentaban al lado de un desconocido y esperaban. Otros caminaban en silencio hasta el fondo y desaparecían. Reconocí dos o tres parejas formándose. Reconocí también la coreografía: una mirada sostenida, un gesto con la mano, un movimiento de cabeza, y dos cuerpos se acomodaban juntos.

Yo había ido pensando que sería mamado, que sería el centro pasivo de la escena. Pero ahí sentado, viendo esas siluetas, me di cuenta de que lo que me excitaba era lo contrario. Quería arrodillarme. Quería ser el que daba, no el que recibía. Esa revelación me llegó tan limpia, tan repentina, que se me cortó la respiración.

Esperé. Esperé que alguien se acercara, que alguien me eligiera, pero pasaron los minutos y nadie se sentó a mi lado. No sabía las reglas. No sabía dónde mirar, ni cómo dar la señal. Empecé a sentirme tonto, un turista en un país cuyo idioma no había estudiado.

Me levanté y fui al baño, más por hacer algo que por necesidad. Empujé la puerta y entré a un espacio pequeño, con dos urinarios y un par de cubículos. Dos hombres mayores estaban frente a los urinarios, sin orinar, mostrando sus penes con la naturalidad de quien sabe que está siendo observado. No estaban erectos, pero igual parecían enormes, pesados, deliberados.

Casi enseguida dos chicos más jóvenes entraron detrás de mí, y en cuestión de segundos se formaron las parejas. Salieron juntos hacia la sala sin decir una palabra. Me quedé solo, con la cara ardiendo. Acababa de entender que el baño era el otro escenario, el punto de cita, el cuarto donde se cerraban los tratos.

***

Salí. Volví a sentarme. Me paré otra vez. Volví al baño. Esta vez había un hombre solo, parado frente al espejo, con la bragueta abierta y el pene afuera, masturbándose despacio. Me miró. Yo lo miré. Y no me animé. Me quedé en la puerta, fingiendo que esperaba un cubículo, hasta que entró otro tipo más resuelto, le dijo algo al oído y se lo llevó.

Volví a la sala. Volví al baño. Hacía esos viajes como un péndulo, sin lograr decidirme, sintiéndome cada vez más loco. La excitación había dejado de ser placer y se estaba convirtiendo en una especie de fiebre.

Fue en mi cuarto o quinto viaje cuando lo vi. Un hombre moreno, alto, mayor —pasaba los sesenta sin esfuerzo—, parado frente al urinario. No era guapo en ningún sentido convencional. Tenía la piel gastada por el sol, una panza pesada, una camisa abierta hasta el tercer botón. Estaba terminando de orinar y se sacudía con una mano grande, callosa.

Lo miré. Lo miré demasiado. Tenía un pene oscuro, todavía flácido, pero más grueso que cualquier cosa que hubiera visto antes. Algo en mí se rompió por la mitad. No pude apartar la vista.

Él lo notó. Sacudió una última vez y, sin guardárselo del todo, me sostuvo la mirada. Después hizo un gesto mínimo con la cabeza, casi imperceptible: «vení». Y salió del baño.

Lo seguí. No pensé, no dudé. Lo seguí.

Eligió una fila vacía en la mitad de la sala, junto a la pared. Se sentó pesadamente. Yo me senté a su lado y nos quedamos un instante sin hacer nada, los dos mirando la pantalla como si la película nos importara. Después él se desabrochó el cinturón, se bajó el pantalón hasta los muslos, hizo lo mismo con el calzoncillo y dejó su pene descansando sobre su propio muslo.

Olía a sudor y a algo más, a almizcle viejo, a hombre que llevaba toda la jornada caminando. Me incliné sobre su regazo sin decir nada y me lo metí en la boca.

Estaba flácido todavía. Cabía entero. Sentí su peso contra mi lengua, el sabor salado, un rastro de orina que debería haberme dado asco y que en cambio me encendió. Lo aguanté ahí, sin moverme, dejando que mi saliva lo cubriera, sintiendo cómo se iba calentando contra mi paladar.

Su mano se posó en mi nuca. No empujó, no apretó. Apenas la dejó ahí, como un peso tranquilizador. Después subió y me acarició la cabeza, despacio, como se acaricia a un animal que se está dejando hacer.

Empezó a endurecerse en mi boca. Lo sentí latir, hincharse, ocupar espacio. En un minuto ya no me cabía entero. Tuve que retroceder y empezar a usarlo de otra manera, a recorrerlo con los labios desde la base hasta la punta, a chupar la cabeza y bajar otra vez. Me oía respirar. Me oía tragar.

Su mano bajó por mi espalda hasta encontrar la cintura del pantalón.

—Desabróchate —dijo, con una voz ronca, baja, sin entonación.

Le obedecí. No me lo bajé, sólo aflojé el cinturón y el botón y bajé el cierre lo justo. Su mano se metió por debajo, encontró la piel de mi cadera, bajó hasta una de mis nalgas y la apretó. Era una mano grande, áspera, pesada. Sentí el calor de su palma como una marca.

Él se endureció todavía más cuando me tocó. Como si necesitara esa parte para terminar de despertar. Y yo, con su mano en mi nalga, sentí que algo se aflojaba en el pecho, que el miedo se iba diluyendo en otra cosa, en algo parecido al alivio.

Su dedo medio, lentamente, encontró el surco entre mis nalgas y empezó a recorrerlo de arriba hacia abajo. Cuando llegó al centro, se detuvo. No empujó. Sólo se quedó ahí, presionando apenas, dibujando círculos pequeños.

Eso fue lo que me desarmó.

Nunca nadie me había tocado ahí. Nunca había sabido que existía esa terminación nerviosa, ese punto, ese lugar donde el cuerpo se vuelve idiota. Sentí un escalofrío que me subió por la columna y se me metió detrás de los ojos. Cerré los ojos y le mamé con más ganas, con más rabia, con todo lo que tenía. Quería darle todo lo que él me estaba dando con apenas un dedo.

Empecé a gemir contra su carne. No fueron gemidos grandes, fueron sonidos atragantados, ahogados por su pene. Él respondía con la respiración más pesada, con los muslos más tensos. Sentí cuándo se iba a venir antes de que pasara, lo sentí en cómo se le contrajo el vientre debajo de mi mejilla.

Mi boca se llenó de su semen. Espeso, caliente, abundante. Por un instante quedé congelado, sin saber si tragarlo o escupirlo. Él me empujó muy suavemente la cabeza para que no me apartara, y me lo tragué, todo, mientras seguía vaciándose entre mi lengua y mi paladar.

En el mismo segundo, su dedo se hundió apenas dentro de mí, una milésima de milímetro, lo justo para hacerme cruzar una línea que yo ni siquiera sabía que existía. Y me vine también. Sin tocarme. Sin que nadie me tocara. Sólo con su dedo apretándome ahí y su semen en mi garganta.

Sentí mi calzoncillo empaparse. Sentí el latido en las sienes, el sudor frío en la espalda, los muslos temblando.

***

Él no dijo nada. Se subió el pantalón con tranquilidad, se acomodó la camisa, me dio una palmada corta en la rodilla y se levantó. No me miró al salir. Se perdió en la oscuridad de la sala como si nunca hubiera estado.

Me quedé sentado un rato más, con el sabor de él todavía en la boca y mi propia humedad pegándome la tela a la piel. La pantalla seguía mostrando a dos mujeres haciendo algo que ya no me interesaba.

Cuando me levanté, las piernas me flaquearon. Caminé hasta el baño, me metí en uno de los cubículos, cerré la puerta y me quité el calzoncillo. Estaba arruinado. Me limpié con él y lo tiré al cesto de papeles. Me subí el pantalón sin nada debajo, y la sensación de la tela contra la piel desnuda me recordó, otra vez, lo que acababa de pasar.

Salí a la calle y la luz me golpeó como una bofetada. Era plena tarde. Había pasado apenas una hora. La gente iba al banco, al kiosco, al café. Nadie podía saber. Nadie podía adivinar.

Caminé tres cuadras y entré a una tienda pequeña de ropa interior. Compré un bóxer negro, lo más simple que había. La empleada me cobró sin levantar la vista del celular. Volví a la oficina, me encerré en el baño del piso y me lo puse en silencio.

Esa tarde no pude trabajar. Me senté frente al monitor con los ojos fijos en una planilla, sin entender qué columnas eran cuáles. Esteban me preguntó si estaba bien. Le dije que sí, que me había caído mal el almuerzo.

Lo que no le dije, lo que no le dije a nadie nunca, fue que esa noche me acosté pensando en aquel hombre. En su mano grande, en su voz ronca de tres palabras, en su dedo dibujando círculos en un lugar que yo ni sabía nombrar. Y me di cuenta, mientras me quedaba dormido, de que no iba a poder dejar de volver.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.