Aquella vuelta en bici con el vecino de la cuadra
Vivíamos en la misma cuadra desde que teníamos memoria. Su casa quedaba a tres puertas de la mía, separadas por una pared baja de ladrillo que de chicos saltábamos en patas. Mauricio era casi de mi edad, apenas seis meses mayor, y desde los doce o trece habíamos compartido esa clase de secretos que los varones nunca cuentan en voz alta.
Cuando éramos chicos nos encerrábamos en el galpón del fondo de su casa a «investigar». Eso era lo que decíamos cuando alguien preguntaba. Investigar. Manoseos torpes por encima de la ropa, intentos de bajarnos los shorts uno al otro, miradas que se cruzaban demasiado tiempo. Después crecimos, los dos pretendimos olvidar, y durante años nos saludamos por la vereda como dos vecinos cualquiera.
Pero los dos ya teníamos diecinueve, y algo en la forma en que él me miraba se había vuelto a torcer.
Era una tarde de fines de julio, una de esas en las que el frío se mete por las costuras de la campera y la gente se mete temprano a las casas. Yo había salido a comprar pan al almacén de la esquina y, al cruzar por la puerta de la casa de Mauricio, lo vi sacando la bicicleta. Una bici negra, vieja, con la cadena floja, herencia del hermano mayor.
—¿A dónde vas? —le pregunté, más por hablar que por curiosidad.
—Hasta la rotonda y vuelvo. Tengo que aflojar las piernas —dijo, y me miró un segundo de más.
—¿Me llevás?
Sonrió de costado. Apoyó el pie en el pedal.
—Subí.
Me senté de costado en el caño, como hacíamos cuando éramos más chicos, las manos agarradas a sus hombros. Él arrancó despacio, esquivando los pozos. La calle estaba desierta. Ni un perro, ni un auto, ni una ventana iluminada.
Las primeras cuadras fueron en silencio. Yo sentía el calor de su espalda a través del buzo, el roce de su cadera contra mi cintura cada vez que tomaba una curva. No supe en qué momento bajé una de las manos de su hombro a su cintura. Tampoco supe en qué momento esa mano se deslizó más abajo, hasta apoyarse en una de sus nalgas a través del jogging.
Él no dijo nada. Siguió pedaleando como si nada. Eso me dio coraje.
Empecé a apretarle suavemente, primero con la palma abierta, después con los dedos buscando la división del pantalón. Lo manoseé sin disimulo durante una cuadra entera, sintiendo cómo su respiración se desacompasaba.
Hasta que de golpe, sin avisar, frenó.
—Bajate —dijo seco.
Bajé. Él dejó el pie en el piso, las manos crispadas en el manubrio. No me miraba.
—Ahora te tenés que dejar tocar vos.
Sentí que se me caía la sangre a los pies, pero no de miedo. Era otra cosa. Una mezcla de vergüenza y de algo que latía en otro lado.
—Bueno, dale, pero poquito —contesté, fingiendo desinterés—. Yo tampoco te toqué tanto.
—Bastante me tocaste.
Miré alrededor. La cuadra estaba muerta. A nuestra izquierda había una casa con la entrada lateral abierta, sin tejido, sin tapial, un pasillo angosto que se metía hacia un patio oscuro. Mauricio dejó la bicicleta apoyada contra la pared y me empujó suavemente del hombro hacia adentro.
Caminé los tres o cuatro metros que hacían falta para que la luz del farol de la calle no llegara hasta nosotros. Sentí su mano en mi nuca, después en mi espalda, después en mi cintura. Me hizo dar vuelta para que quedara mirando la pared.
—¿Acá no nos van a ver? —pregunté en voz baja.
—No.
Tenía puesto un pantalón de algodón finito, de esos de gimnasia con elástico en la cintura. Era casi una invitación. Mauricio metió la mano por adentro, sin trámite, y yo sentí su palma fría contra la piel de mi nalga izquierda. Me apreté contra la pared para no temblar.
Sus dedos empezaron a recorrerme despacio. No tenía idea de lo que estaba haciendo, se notaba, pero la torpeza me ponía peor. Me abrió la cola con la mano entera, casi como midiéndome, y uno de los dedos —el del medio, creo— se quedó quieto justo en el centro.
Después empujó.
No me preparó, no preguntó, no avisó. Empujó el dedo y entró. Entró tanto y tan rápido que la única explicación que se me ocurre, todavía hoy, es que mi cuerpo ya estaba esperándolo.
Me corrí medio paso adelante, fingiendo enojo.
—No te dije que me metieras el dedo —murmuré, sin convicción.
—Dale, dejame un poquito.
—Bueno —respiré—. Pero después yo a vos.
—Sí, sí, después vos.
Volví a darle la espalda. Esta vez no esperé a que me empujara para acomodarme. Apoyé las dos manos en la pared, separé un poco las piernas y dejé que volviera a meter la mano por la cintura del pantalón. El dedo entró otra vez, más fácil que la primera, y ahí mismo entendí lo que estaba pasando: Mauricio me estaba cogiendo con el dedo, en silencio, contra la pared de una casa ajena, en pleno invierno, en una cuadra sin testigos. Y yo lo estaba dejando.
Empezó a mover el dedo en círculos, a sacarlo y volver a meterlo. Yo intentaba aguantar la respiración, no hacer ruido, no darle la satisfacción de saber cuánto me gustaba. Pero por adentro del calzoncillo ya tenía un manchón húmedo que crecía con cada movimiento de su mano.
Cerré los ojos y apoyé la frente contra los ladrillos helados. Por un segundo me olvidé de todo: de quién era él, de quién era yo, de las paredes que nos separaban en la cuadra, de mi madre preguntando si había traído el pan.
Cuando sentí que estaba por terminarse adentro de los pantalones, me obligué a reaccionar.
—Pará —dije, y le saqué la mano—. Ahora yo.
Mauricio se separó. Respiraba fuerte. Lo escuché tragar saliva.
Le di vuelta para que quedara apoyado en la pared, como había estado yo, y le metí la mano en el pantalón. Su piel era más caliente que la mía. La cola, firme. Le pasé los dedos por la raya, despacio, simulando que sabía lo que hacía.
La verdad es que lo hacía por compromiso. Yo no quería tocarlo; yo quería que él me siguiera tocando. Pero eso no se lo podía decir.
No alcancé a meterle el dedo. Un auto dobló por la cuadra y los faros barrieron la entrada del patio. Saqué la mano de golpe.
—Vamos —susurré—. Vamos, dale, nos están viendo.
No nos estaban viendo. El auto pasó de largo y siguió por la avenida. Pero yo necesitaba una excusa para no tener que cumplir mi parte, para no quedar como uno que también quería, para no entregarme del todo en esa esquina oscura.
Mauricio asintió. Salimos al pasillo, agarró la bicicleta y volvimos las cuadras pedaleando despacio, ahora cada uno en silencio. Yo iba otra vez sentado de costado en el caño, las manos prudentes sobre sus hombros, como si nada hubiera pasado. Como si no llevara la huella de su dedo todavía adentro.
Cuando llegamos a mi casa, frenó frente al portón. No me miró. Yo bajé y me sacudí el polvo de la pared del pantalón.
—Mañana —dijo, mirando el manubrio.
—Mañana qué.
—Salgo en bici otra vez. Por si querés venir.
—Bueno.
Me metí adentro sin contestar más. Mi madre gritó desde la cocina que la cena estaba lista. Le dije que iba al baño primero y subí los tres escalones de dos en dos.
Cerré la puerta del baño con traba. Me bajé el pantalón de gimnasia y el calzoncillo de un tirón, sin mirar. Cuando finalmente bajé la vista, el calzoncillo tenía una mancha húmeda del tamaño de una moneda grande, transparente, brillante bajo la luz amarilla del tubo. No me había venido. Solo se me había escapado, gota a gota, durante todo el camino de vuelta.
Me senté en el inodoro con la cabeza entre las manos. Me ardían las mejillas. Pensé en lo que acababa de pasar y se me cruzaron, en el mismo segundo, dos sensaciones contradictorias. Por un lado, una vergüenza enorme: si alguien se enteraba de que el vecino de la cuadra me había metido el dedo contra la pared de un patio y yo lo había dejado, ese alguien iba a tratarme de putito, y todo iba a terminar.
Por el otro lado, una calentura más grande todavía. Una calentura que no se me bajaba con nada. La cabeza me iba a mil. Quería que pasara mañana. Quería volver a sentarme en el caño de la bicicleta. Quería que Mauricio frenara otra vez, que me empujara contra otra pared, que esta vez no se conformara con un solo dedo.
Era yo el que iba a buscarlo. Lo sabía con la misma claridad con la que sabía mi nombre. Iba a salir al patio del frente a esperar que pasara, iba a hacerle algún gesto, alguna provocación tonta, lo que hiciera falta. Y él iba a entender. Y yo lo iba a dejar avanzar un paso más.
Esa noche no cené. Le dije a mi madre que me dolía la cabeza y me acosté con la luz apagada y el calzoncillo todavía pegoteado adentro del pantalón. Recordé cada uno de los movimientos del dedo de Mauricio contra esa pared, una y otra vez, hasta que el cansancio me ganó.
***
A la mañana siguiente abrí la ventana del cuarto justo a la hora en que él acostumbraba salir. Lo escuché silbar abajo, ajustarse la cadena de la bicicleta, y supe que era para mí. Que ese silbido era una manera de avisar.
Y yo, fingiendo desinterés, terminé de ponerme la campera sin apurarme. Como si fuera él el que me debía algo a mí, y no al revés.
Bajé a la calle. Lo esperé apoyado en el portón. Él pasó pedaleando despacio y me sonrió de costado, igual que el día anterior.
—¿Otra vuelta? —preguntó.
—Bueno —contesté—. Pero hoy un poco más larga.
Subí al caño. Y antes de que arrancara, mi mano ya estaba donde no debía estar.