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Relatos Ardientes

Lo conocí en una esquina y lo perdí por impaciente

Iván tenía veintidós años cuando empezó todo, y yo era él. Eso lo aclaro de entrada, porque no quiero refugiarme detrás de un narrador inventado: lo que viene es mío, pasó así o casi así, y todavía hoy lo pienso cuando cruzo por aquella esquina del barrio donde dejé la mitad de algo importante.

Estudiaba ingeniería en una universidad pública del sur de la ciudad. Las clases entraban a las tres de la tarde y salían a las nueve. A las diez en punto, religiosamente, yo dejaba la mochila en la silla del comedor, ignoraba el plato que mi madre me dejaba en el microondas y salía con cualquier excusa: una caminata, un cigarro, despejarme antes de dormir. La verdad es que iba a buscarlo a él.

Lo había conocido en la papelería de la esquina, una semana antes. Damián trabajaba ahí los turnos de la tarde. Flaco, casi enclenque, con la espalda angosta y los ojos demasiado grandes para su cara. Tenía la sonrisa torcida de los chicos que no saben que son lindos. Entré a comprar una resma de hojas y salí con su número apuntado en el ticket, no porque hubiera pasado nada raro, sino porque en algún momento, mientras él contaba el cambio, me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta y los dos lo supimos.

O al menos yo creí que los dos lo supimos. Damián siempre me aclaraba, en cada mensaje, en cada conversación: «No soy gay, ¿eh? Solo me da curiosidad». Lo decía con esa cadencia ansiosa de quien repite algo para convencerse a sí mismo. Yo le seguía la corriente. Aprendí pronto que con él había que avanzar de costado, nunca de frente.

La primera vez nos vimos en el patio trasero de mi casa. Mis padres dormían arriba y mi hermana estaba en una pijamada. Apagué la luz del porche y le dije a Damián que mirara conmigo unos videos en el celular, así, como quien no quiere la cosa. Le pasé el teléfono. Él se rió bajito al ver lo que aparecía en la pantalla, pero no apartó la vista.

—¿Te gusta? —pregunté, con la voz neutra que había practicado frente al espejo.

—Está raro —contestó él.

—Pero te gusta.

—Está raro —repitió, y se acomodó en la silla.

Me acerqué lo suficiente para que sintiera mi respiración en el costado del cuello. Bajé la mano hasta su muslo, despacio, dándole tiempo a apartarme. No me apartó. Cuando le rocé el bulto del pantalón, dejó de mirar la pantalla y empezó a mirarse las rodillas. Estaba dura. Tan dura como la mía.

—¿Quieres probar? —pregunté.

Asintió sin decir nada. Lo llevé de la mano al fondo del patio, donde una escalera de obra subía al segundo piso, todavía en construcción. Arriba había escombros, polvo, una pared sin revoque y la luna entrando por el hueco donde algún día iría una ventana. No nos vio nadie. Nadie nos vería nunca.

—Date vuelta —le dije.

Le bajé el pantalón hasta las pantorrillas. Tenía la piel pálida, casi azul bajo la luz de afuera, y las nalgas firmes, pequeñas, de un chico que todavía no terminaba de crecer. No lo penetré esa noche. Solo le froté el pene contra esa carne tibia, mientras él se aguantaba un suspiro que no terminaba de decidirse a salir. Después nos giramos y nos masturbamos uno frente al otro, en silencio, mirándonos con una vergüenza que nos calentaba todavía más.

Fue Damián el que se arrodilló primero. Lo hizo de un impulso, como si llevara meses pensándolo. Cerró los ojos, abrió la boca y me la chupó con la torpeza honesta de quien nunca lo había hecho. Yo me quedé quieto, agarrándole apenas el pelo, porque entendí que cualquier movimiento de más iba a romper el hechizo. Me vine en su boca sin avisarle. Tosió, escupió, se rió incómodo. Después se masturbó él, apoyado contra la pared sin revoque, y le tembló todo el cuerpo cuando terminó.

Bajamos por la escalera sin hablar. En la puerta, antes de que cruzara la calle, me preguntó:

—¿Mañana?

—Mañana —le dije.

***

Y mañana fue todos los días de los siguientes seis meses.

Lo esperaba en la misma esquina, bajo el cartel viejo de una panadería que ya no existía. Damián venía caminando con las manos en los bolsillos y los hombros encogidos, como si tuviera frío hasta en verano. Subíamos al segundo piso en construcción, o algunas noches dábamos vueltas en mi auto, o nos metíamos en el baño de un bar lejos del barrio. Aprendimos a leernos en silencio. Yo sabía cuándo tenía ganas con solo verlo cruzar la calle. Él sabía cuándo yo había tenido un día de mierda, y entonces no decía nada y dejaba que lo besara más fuerte que de costumbre.

En la calle no nos tocábamos. Caminábamos a un metro de distancia, como dos compañeros que se cruzan por casualidad. Damián insistía mucho en eso. «Si alguien me ve, me muero», decía. Yo le seguía la regla. Pero a veces, al despedirnos, le tocaba la mano un segundo y sentía cómo se le aceleraba el pulso. Esos segundos eran míos.

Era todo lo que teníamos y a mí me alcanzaba. Hasta que dejó de alcanzarme.

Empecé a obsesionarme con la idea de penetrarlo. De verdad. De entrar en él. Lo pensaba en clase, lo pensaba en el bus, lo pensaba cuando me masturbaba solo, antes de dormir. Damián me dejaba hacer todo menos eso. «Me da miedo», decía. «Otro día». «Cuando tengamos un lugar». Yo asentía y me la guardaba.

El lugar llegó en septiembre. Mis padres se iban un fin de semana al campo de mi tío. Mi hermana se quedaba a dormir en casa de una amiga. Tres días, la casa para mí solo. Se lo conté a Damián el martes y vi cómo se le bajaba la sonrisa. No me dijo que no. Tampoco me dijo que sí.

—Vení el viernes —le pedí—. Solo a estar.

—Solo a estar —repitió él, mirándose los zapatos.

***

El viernes vino. Le abrí la puerta con el corazón haciendo ruido. Mi casa olía a la cena que mi madre había dejado lista antes de irse, y Damián caminó por el pasillo como si pisara hielo, mirándolo todo, tocando con la punta de los dedos el respaldo del sofá, la moldura del marco de la puerta de mi cuarto. Era la primera vez que entraba.

—¿Te gusta? —le pregunté, idiota.

—Es linda —dijo él, y se sentó en el borde de la cama.

Lo besé despacio. Estaba tenso. Yo lo notaba, pero no quería notarlo. Le saqué la remera, le besé el cuello, los hombros, esa clavícula que sobresalía. Cuando le bajé el pantalón, se rió bajito, como pidiendo disculpas por algo. Yo no quería que se riera. Quería que se entregara. Apreté demasiado pronto.

—Espera —me dijo, con la mano en mi pecho—. Espera un poco.

Esperé tres segundos. No más. Lo di vuelta sobre la cama, lo puse en cuatro, le pasé crema en los dedos y empecé a prepararlo apurado, con la cabeza en otro lado. Damián respiraba fuerte, no de gusto, de nervios. Yo lo confundí a propósito. Quería confundirlo.

—Tranquilo —le dije, sin estar tranquilo yo mismo—. Te va a gustar.

Cuando empecé a entrar, hizo un ruido que no era de placer. Era el ruido de alguien que se dio cuenta tarde de algo. Le pedí que aguantara, que se relajara, que iba a ser un segundo. Hubiese tenido que parar. Hubiese tenido que abrazarlo, salir de él, decirle que no importaba, que lo seguía esperando los meses que hicieran falta. No paré. Empujé.

Damián se puso rígido. No dijo «no». Tampoco dijo «sí». Apretó la cara contra la almohada y se quedó quieto, dejándome hacer. Yo terminé adentro de él, rápido, con esa especie de victoria sucia que no le voy a poder explicar a nadie. Cuando me retiré, me di cuenta de que no le había mirado la cara ni una sola vez en todo el rato.

Se vistió en silencio. Le ofrecí un vaso de agua. No lo quiso. Le pregunté si estaba bien. No me contestó. Lo acompañé hasta la puerta y quise darle un beso en la frente. Movió la cara.

—Mañana —le dije.

—Mañana —repitió, pero esta vez la palabra le salió hueca.

***

No vino mañana. Ni pasado mañana. Lo esperé en la esquina como un imbécil tres semanas seguidas, bajo el cartel de la panadería que ya no existía. Le mandé mensajes. Lo llamé. Pasé por la papelería. Su jefe me dijo que había renunciado, que se había mudado al barrio de un primo, que no, no podía darme la dirección.

La cuarta semana entendí. No me había bloqueado, no me había gritado, no había hecho un escándalo. Simplemente había dejado de existir para mí, que era exactamente lo que yo le había hecho a él esa noche en mi cuarto.

Lo pienso casi todos los días. Pienso en cuántas veces me había avisado, sin avisarme, que no estaba listo. Pienso en esos tres segundos que no esperé. Pienso en su cara contra la almohada y en mi cabeza en otro lado. Pienso en lo barato que fue todo, cuando podría haber sido tan caro, tan mío, tan suyo.

A veces, todavía, paso por la esquina de la panadería antes de dormir. Está oscuro, no hay nadie. Levanto los ojos al segundo piso de la casa de mis padres, que ya terminaron de construir hace años, y me imagino a los dos chicos que éramos, subiendo la escalera en silencio, sin saber lo poco que iba a hacer falta para que todo se rompiera.

Si Damián alguna vez lee esto: era yo. Tenías razón en irte. Perdón.

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