Lo que el peón me hizo en la finca de Ralf
Voy a contar esto tal cual pasó, porque necesito sacármelo de adentro y porque, si soy honesto, todavía me masturbo recordándolo. Tengo más de sesenta años. Mi mujer, Marisa, anda por los cincuenta y largos. Desde hace más de dos décadas vivimos una relación abierta en la que ella, sobre todo, se ve con otros hombres. Yo a veces participo. Me gusta mirar, me gusta servir, y cuando aparece su amante de turno suelo arrodillarme a hacerles sexo oral a los dos.
Durante el último año el amante fijo fue Ralf, un tipo grandote que venía un par de fines de semana al mes. A Ralf le gustaba que yo se la chupara mientras él y Marisa se reían de mí. Yo disfrutaba esa humillación medida, dentro de unas reglas que los tres conocíamos: el juego empezaba y el juego terminaba, y al rato volvíamos a ser tres adultos cenando como si nada.
Hasta que conocí a Bruno y esas reglas dejaron de servir de algo.
***
Pasó porque Ralf me invitó a acompañarlo a su finca, a unos cincuenta kilómetros de la ciudad. Tiene un peón que le cuida el terreno y le hace las tareas del campo. Fuimos en su camioneta, solo nosotros dos, y cuando llegamos me presentó al hombre que trabajaba para él.
Bruno era de estatura mediana, fornido, de espaldas anchísimas, moreno, con los brazos gruesos y cubiertos de vello. Se notaba que era de poca escuela y de carácter duro, de los que no piden las cosas dos veces. Y se le notaba otra cosa: un bulto enorme bajo el pantalón de trabajo, que alcancé a apreciar cuando fue a orinar contra un árbol y no se molestó en disimular.
No le di más vueltas ese día. Pero de regreso a casa la imagen no se me iba. No era Bruno entero lo que me obsesionaba, era su verga: la imaginaba gruesa, dura, demasiado grande para mi boca. Siempre me gustó así, gruesa, que cueste alojarla, que haya que esforzarse para tragarla entera. Varias noches me masturbé pensando en el peón de Ralf.
***
Hasta que un día me decidí. Tomé el bus hasta el pueblo más cercano a la finca y desde el terminal llamé a Bruno para que me fuera a buscar. No le di muchas explicaciones. Creo que tampoco hacían falta.
Vino en la camioneta y manejamos una media hora por caminos de tierra. Antes de entrar a la casa me llevó a una bodega donde guardaba los fardos de paja. Bruno se había dado cuenta de que su presencia me ponía nervioso de una forma que él entendía perfectamente. No hizo rodeos. Me empujó contra la pared del fondo, donde los rollos estaban apilados hasta el techo.
Su cuerpo olía fuerte, a sudor y a campo. Me apoyó una mano en el hombro y me fue bajando mientras con la otra se soltaba el cinturón.
—Quieto —dijo—. Hoy vas a aprender lo que es un hombre de verdad.
Intenté decir algo, no por miedo real sino por esa resistencia tonta que uno hace al principio. Me apretó más fuerte hacia abajo, hasta que mi cara quedó a la altura de su bragueta. A través de la tela del pantalón ya se adivinaba todo.
Se bajó los pantalones de un tirón. Tenía las piernas gruesas, morenas, llenas de vello, y unos calzoncillos blancos gastados por el uso. Yo estaba confundido. Algo en ese hombre me intimidaba y al mismo tiempo ese físico tosco, rústico, ese volumen que se marcaba bajo la ropa interior, me tenía duro como una piedra. Él se rio al darse cuenta.
Con una mano me sujetó la nuca y me refregó la cara contra el bulto, todavía cubierto. Sentí a través de la tela el miembro caliente, tenso, latiendo. Bruno se reía mientras me ordenaba que mordiera la tela, justo ahí donde se marcaba la cabeza.
—A ver si te gusta de verdad o solo de palabra —dijo.
—Me gusta —se me escapó—. Quiero que uses mi boca para lo que quieras. Por favor, déjame.
***
Se bajó el calzoncillo. Me agarró del pelo y me obligó a oler primero, a tenerla cerca de la cara antes de dármela. La verga era exactamente como la había imaginado: gruesa, venosa, con la cabeza morada y brillante, no demasiado larga pero del grosor de un puño. Olía a hombre, a piel, a sudor del día entero de trabajo.
—Abre la boca.
Obedecí, pero apenas separé los labios y solo entró la punta. Me dio un golpe seco en la mejilla, no para hacerme daño sino para dejar claro quién mandaba.
—Te dije que la abras bien.
La abrí. Me la metió hasta el fondo. Me atoré, los ojos se me llenaron de lágrimas, y él gruñó de gusto al sentir que me ahogaba. Empezó a moverse despacio, cada embestida obligándome a acomodar la garganta, a abrir más, hasta que me dolieron las comisuras de los labios. La saliva me chorreaba por la barbilla y el cuello, y a mí eso, en vez de darme asco, me enloquecía.
Él se dio cuenta enseguida. Me sacó la verga de la boca y me azotó la cara con ella, de un lado y del otro.
—Mira al putito —se reía—. Ya le gusta. Vas a chupar todas las veces que yo quiera.
Me abracé a sus muslos con los dos brazos mientras él me tenía cogido del pelo y manejaba mi cabeza a su antojo. Aceleró. Yo sentía el vaivén, el sabor fuerte, y cada vez me importaba menos todo lo que no fuera tenerla adentro.
Cuando acabó, lo hizo dentro de mi boca, caliente, espeso, con ese gusto ácido y salado que se me quedó pegado a la lengua. Tragué lo que pude. El resto me goteó por los labios. Me levantó del pelo y me puso la verga delante otra vez.
—Límpiala con la lengua.
Obedecí. Lamí hasta dejarla limpia mientras él me miraba con una sonrisa de dueño.
—Así me gusta.
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Se sentó desnudo a fumar un cigarrillo. Yo aproveché para explicarle, todavía agitado, que lo mío siempre había sido un juego de roles con reglas, que cuando el acto terminaba el juego terminaba también. Bruno me escuchó sin apuro, le dio una pitada larga y me miró fijo.
—Eso será con otros —dijo—. Conmigo vas a ser lo que yo diga, cuando yo diga. Cuando vengas a esta finca, o cuando yo te mande venir, tu rol es uno solo.
No me lo preguntó. Me lo informó. Y lo más perturbador es que algo dentro de mí se aflojó al escucharlo, como si llevara años esperando que alguien me sacara la decisión de las manos.
Me puso otra vez de rodillas.
—Ahora mamas hasta que se me pare de nuevo. Y mientras tanto me la corres con la mano. Yo te voy diciendo qué hacer.
Y así fue. Pasaron las horas. Me usó la boca tantas veces que perdí la cuenta. Cada vez que se le antojaba me cogía del pelo y volvía a empezar. Le besé la verga, los testículos, le pasé la lengua por la raíz donde nace el vello. Llegó un momento en que le rogaba que parara, pero cuando paraba mi boca lo extrañaba enseguida.
—Di que sos mío —me ordenó.
—No sé… —dije, más por jugar que por dudar.
Me dio una palmada suave en la cara.
—Di que sos mi puto. Que vas a venir cuando yo te lo ordene.
—Soy tuyo —dije al fin, y la voz me salió más firme de lo que esperaba—. Vengo cuando me lo ordenes. Usás mi boca, mis manos, mi lengua.
Sonrió como quien firma un trato.
***
Cuando cayó la noche fuimos a su cuarto. Bruno se tendió en la cama, desnudo, y yo me acomodé entre sus piernas. Me dediqué a recorrerlo entero con la lengua, de los testículos a la punta. En un momento me detuve a mirarla con calma: gruesa, morena, recorrida por venas anchas, con una cabeza que parecía una ciruela. Me dejó medirla. No llegaba a los dieciséis centímetros, pero era del ancho de un envase de desodorante, y cuando se ponía dura se curvaba hacia arriba.
Me gustaba justo así: corta y gruesa. El grosor me obligaba a esforzarme, y al no ser larga podía comérmela toda y jugar con la lengua en esa cabeza enorme una vez dentro. Le bajé la piel y me concentré en lamerla mientras le decía cosas que ni sabía que tenía guardadas.
—Tenés una verga increíble —murmuré entre lametones—. Me la comería todos los días. Quiero ser tu esclavo de boca.
Empecé a mamarla con ganas, sacándola a ratos para besarla. Sentí cuando estaba por terminar: las piernas se le tensaron, me apretó la cabeza, soltó un gruñido ronco y se vino. Tragué casi todo. Después me ordenó que lo limpiara con la lengua hasta la última gota, y obedecí como si fuera la cosa más natural del mundo.
***
Esa noche me despertó dos veces más. Y a la madrugada, en la ducha, me hizo arrodillarme y abrir la boca, y dejó que me orinara encima mientras yo lo miraba desde abajo. Sentí el chorro tibio en la cara, en la lengua, corriendo garganta abajo, y en lugar de rechazo sentí una entrega total, esa humillación que tanto me prendía. Quería sentirme suyo, marcado, usado por ese hombre que no me pedía permiso para nada.
A la mañana siguiente volvió a usarme en la misma ducha, con el agua cayéndonos encima, y se vino sobre mi cara. Yo saqué la lengua para recibirlo y después me recogí todo con los dedos. Cuando terminó, se apoyó con las dos manos en la pared y, sin decir palabra, me hizo entender lo último que faltaba. Le abrí las nalgas y le pasé la lengua por todo el surco, ahí donde el sudor del trabajo se mezclaba con el agua, hasta que él decidió que ya había sido suficiente.
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Cerca del mediodía me llevó de vuelta al pueblo para que tomara el bus. En el camino paró a orinar y me hizo bajar con él. Le sostuve la verga mientras meaba, le abrí las nalgas otra vez, y después, ya en la cabina, me la comí entera mientras él manejaba por aquel camino de tierra casi desierto. Acabó dos veces antes de llegar.
—Tenés una verga que voy a soñar —le dije con ella todavía en la mano—. Me encanta que mandes, que me uses, que no me preguntes.
—La próxima te dejo la marca en la boca —contestó sin mirarme—. Vas a ser mi puto chupa pico cada vez que se me dé la gana.
No le respondí. No hacía falta. Ya no era un juego con reglas, ni un papel que se ponía y se sacaba. Cada cosa nueva que me hacía me rompía un poco más, y cada vez que me rompía me excitaba más.
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Tengo sentimientos encontrados, no lo voy a negar. Por un lado me encanta. Por otro me asusta, porque presiento que esto no tiene los límites cómodos de lo de antes y no sé hasta dónde puede llegar. Siento que no voy a poder negarme a nada de lo que Bruno me pida.
Pero después pienso en su verga y me vuelve la calentura de golpe. Me masturbo imaginando los actos más extremos, y al día siguiente termino tomando el bus de vuelta a la finca para pasar el día entero arrodillado entre sus piernas. Quería contarlo en voz alta, aunque fuera así, para entenderlo yo mismo. Y la verdad, después de escribirlo, lo único que tengo claro es que voy a volver.