Cómo terminé con mi profesor en la biblioteca
Cuando entré a la Facultad de Letras a los dieciocho años, lo último que esperaba era que el semestre más interesante de mi vida transcurriera en los pasillos silenciosos de la biblioteca.
Me llamo Valeria. Tengo el pelo negro y largo, y esa clase de cara que la gente describe como «llamativa» cuando no quieren decir lo que en realidad piensan. Lo sé porque llevo años leyendo esa expresión. No me importa. Si algo aprendí pronto fue que el deseo funciona como cualquier otro recurso: quien lo tiene lo administra, y quien lo administra lleva ventaja.
El profesor Medina daba Teoría Literaria los martes y viernes a las diez de la mañana. Cuarenta y dos años, mandíbula marcada, pelo oscuro con canas en las sienes que no intentaba ocultar. Uno de esos hombres que con los años se vuelven más interesantes en lugar de menos. Tenía la costumbre de hablar paseándose entre las filas, y cuando pasaba cerca olía a algo seco y limpio que no era ningún perfume de moda.
Me senté en la tercera fila desde el principio del curso. Suficientemente cerca para que me viera sin que pareciera calculado. Aunque era calculado, claro.
El primer martes crucé las piernas mientras él explicaba el perspectivismo narrativo. No pasó nada notable. El segundo viernes, cuando hice lo mismo y me incliné a recoger el bolígrafo que se me «cayó» del escritorio, lo vi dejar de mirar sus apuntes una fracción de segundo más de lo necesario.
Era suficiente.
Durante los días siguientes observé sus patrones. A qué hora llegaba. Cómo organizaba la clase. Qué tipo de preguntas le hacía a quién. Era, en el fondo, el mismo tipo de atención que él pedía para analizar un texto: leer los detalles, entender la estructura, identificar los puntos de tensión.
Al martes siguiente llevé una falda más corta de lo habitual. El tipo de prenda que cualquier estudiante podría llevar sin que nadie dijera nada, solo un poco más arriba de la rodilla. Cuando me senté y dejé las rodillas separadas unos centímetros, con el libro de teoría abierto frente a mí como si estuviera tomando notas, noté cómo su mirada viajaba por el aula y se detenía una fracción de segundo más en mi dirección de lo que le tocaba.
Me llamó al escritorio al acabar la clase, cuando los demás ya salían.
—Señorita Valeria —dijo con voz tranquila—. Le agradecería que tuviera un poco más de cuidado con la postura en clase.
—¿La postura? —repetí, como si la frase no tuviera el sentido obvio que tenía.
Me sostuvo la mirada un momento.
—Ya sabe a qué me refiero.
—Creo que no, profesor.
Apretó los labios. Recogió sus papeles.
—Muy bien. Puede irse.
Salí sin decir nada más. Pero esa tarde, en mi apartamento, con la puerta cerrada y el silencio del edificio alrededor, no pude dejar de pensar en esa mirada suya. En cómo había intentado mantener el tono de autoridad mientras sus ojos lo traicionaban. Me quedé tumbada en la cama un buen rato pensando en eso, en lo que podría pasar si seguía empujando, en cómo me había mirado realmente cuando creyó que no me daba cuenta. En algún momento dejé de pensar y mis dedos encontraron el camino solos.
***
El viernes siguiente llegué al aula con un plan.
Me había puesto la misma falda, pero esa vez sin nada debajo. Era la primera vez que lo hacía en clase y reconozco que la combinación de nervios y anticipación tenía su propio peso, completamente aparte de lo que estuviera planeando.
Cuando el profesor Medina entró y pasó lista, respondí con normalidad. Pero cuando llegó a mi nombre y levantó la vista, separé las rodillas lo suficiente para que no hubiera ninguna duda sobre lo que estaba mostrando, y le mantuve la mirada mientras lo hacía.
Esta vez no fingió no haberlo notado. Simplemente siguió pasando lista sin alterar la voz.
Me llamó al escritorio dos veces durante esa clase, con pretextos razonables. La segunda, cuando los demás copiaban un esquema de la pizarra, se inclinó hacia mí y dijo en voz muy baja:
—Si vuelve a hacer esto, no respondo por las consecuencias.
—Eso suena a amenaza —dije igual de bajo.
—Suena a lo que es.
—¿Y cuáles serían esas consecuencias exactamente?
No respondió. Volvió a la pizarra. Al final de la clase, sin mirarme, dijo con voz neutra para todo el grupo:
—El viernes a las cinco tengo horas de consulta en la biblioteca. Sala de investigación del tercer piso, para quien necesite orientación sobre el trabajo final.
Nadie tomó nota. Yo sí.
***
El viernes a las cinco y cuarto, la planta baja de la biblioteca tenía cuatro estudiantes dispersos y una auxiliar detrás del mostrador mirando la pantalla. Subí al tercer piso. El pasillo olía a papel viejo y a silencio. Al fondo había una puerta con un cartel que decía «Sala de Investigación — Solo personal autorizado».
Estaba entreabierta.
Era una sala alargada con estanterías hasta el techo por tres paredes y una mesa de madera oscura en el centro. La persiana de la única ventana estaba a medias, y la luz que entraba era ese gris de tarde de otoño que hace que todo parezca quieto. El profesor Medina estaba de pie junto a la estantería del fondo, con un libro en la mano.
Cuando entré, levantó la vista.
—Pensé que no ibas a venir —dijo.
—Pensé que lo ibas a cancelar —respondí.
Dejó el libro. Cerró la puerta. El pestillo hizo un clic seco que se escuchó en toda la sala.
Nos miramos desde los dos extremos de la mesa. Él tenía esa expresión de quien está tomando una decisión y sabe exactamente lo que implica tomarla.
—Llevo semanas diciéndome que no iba a hacer esto —dijo.
—¿Y?
—Y aquí estoy.
Rodeé la mesa hacia él. Sus manos encontraron mi cintura y me acercaron, y me besó. Empezó lento, como si todavía estuviera midiendo cuánto podía permitirse, y después dejó de medir. Lo noté en cómo sus manos apretaron mis caderas, en cómo su respiración cambió contra mi boca. Una de ellas bajó por la falda, y cuando entendió que debajo no había nada, se detuvo un segundo.
—Dios —murmuró.
—Ya lo sabías —dije.
Me llevó hacia la mesa. Me senté en el borde. Se arrodilló frente a mí y yo abrí las piernas despacio, apoyando las manos en la madera para sostenerme.
Sabía lo que estaba haciendo. Lo hacía con la misma atención que ponía al explicar un texto en clase: sin saltarse nada, sin apresurarse. Encontró lo que tenía que encontrar y se quedó ahí el tiempo necesario. Yo apoyé una mano en su cabeza, cerré los ojos y me concentré en el sonido del silencio alrededor. Alguien movía una silla en el piso de abajo. El ascensor funcionó una vez. El mundo seguía existiendo completamente ajeno a lo que pasaba ahí dentro.
Cuando ya no pude mantener el sonido dentro, me cubrí la boca con el dorso de la mano.
Él se levantó, se limpió los labios con el pulgar y me miró.
—Ahora tú —dije.
Me bajé de la mesa, lo guié hasta la silla más cercana y me arrodillé delante de él. Le desabroché el cinturón sin prisa. Cuando lo tuve frente a mí, lo estudié un momento antes de empezar: era exactamente lo que esperaba. Se le veían las venas, y cuando lo tomé en la mano noté cómo ahogaba un sonido involuntario.
Empecé despacio. Marcaba el ritmo yo, subiendo y bajando, mirándole a los ojos cada vez que levantaba la vista. Él apoyó una mano en mi cabeza pero no empujó. Solo la dejó ahí, como si no quisiera interrumpir nada.
Cuando noté que estaba cerca de perder el control, me separé.
—Todavía no —dije.
Se puso de pie. Me giró despacio y me apoyé en la mesa, de cara a la estantería. Sentí sus manos subirme la falda, acomodarme, y después entrar con una lentitud que me obligó a cerrar los dedos alrededor del borde de la madera.
Empezó con calma. Después fue aumentando el ritmo, buscando el ángulo, ajustando hasta que un sonido involuntario mío le indicó que lo había encontrado. Lo mantuvo. La mesa crujió una vez y después aguantó. Yo metí la frente entre los brazos y dejé que el sonido saliera amortiguado contra la tela de mi manga.
—¿Así? —preguntó, con una voz que no era la del aula.
—Sí —dije. Y no añadí nada más porque no era necesario.
Siguió. En algún momento me giró: terminamos de cara, con las manos de él en mis muslos y las mías en sus hombros. Cuando llegó al final lo hizo con los ojos cerrados y la cabeza inclinada, y yo lo noté en todo.
El silencio que vino después fue de los pesados.
Nos arreglamos cada uno por su lado. Él se abrochó la camisa. Yo bajé la falda, pasé los dedos por el pelo. Ninguno de los dos habló durante un minuto largo.
—Voy a salir primero —dijo.
—Bien.
Se detuvo en la puerta.
—El martes —dijo—. Tengo clase.
—Yo también —respondí.
Asintió una vez y salió. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo. El ascensor. El silencio de la sala volviendo a ser solo silencio.
Me quedé sentada en la mesa un rato más, mirando la persiana entreabierta y la franja de cielo gris que se veía entre los listones. Después recogí la mochila. Me miré en el espejo del baño al final del pasillo: pelo en orden, blusa en su sitio, nada que contar. Bajé a la calle.
Hacía frío. Me puse los auriculares y caminé hacia la parada del autobús con ese cansancio satisfecho en las piernas que hace que todo lo demás parezca menos urgente.
El domingo llegó un mensaje de un número que no tenía guardado.
El martes, después de la última clase.
Sonreí. Lo guardé como «M.».
No respondí hasta el lunes por la noche.
Ahí estaré.