La defensora que cruzó todos los límites
Valeria Moreira tenía cuarenta y dos años, dos divorcios a cuestas y una reputación como defensora penalista que le había costado más de una noche sin dormir. Su despacho en el piso doce del edificio Sucre daba a la avenida principal: ventanales anchos, paredes grises y una mesa de reuniones que había visto cosas que ningún expediente registraría.
Esa mañana tenía a Lucas Pereyra sentado frente a ella. Un hombre de treinta y ocho años, traje caro y un problema más caro todavía. Mientras Valeria repasaba las opciones con la voz calmada que se usa para dar malas noticias, él no miraba el expediente. Miraba a Camila.
Su secretaria tenía treinta y dos años y ese día llevaba un vestido blanco que se ajustaba exactamente donde Lucas no dejaba de notar. Cuando Camila cruzó el despacho para alcanzar unas carpetas, él inclinó levemente la cabeza para seguirla con la mirada.
—Tres a cinco años es el mínimo —dijo Valeria—. Con colaboración activa podríamos apuntar al piso de la pena. Camila, ¿podés coordinarme una cita con el juez Mercado para esta semana?
—Enseguida, doctora.
Sonó el interno. Santiago Vera, fiscal y amigo de Valeria desde la facultad, tenía un caso nuevo que no podía esperar. Ella pidió disculpas, recogió el maletín y dejó a sus dos empleados solos en el despacho.
***
Lucas esperó exactamente tres minutos.
Camila estaba de espaldas, cargando datos en la computadora, cuando escuchó los pasos acercarse. No se sorprendió. Llevaba seis semanas notando esa mirada y sabía reconocer la diferencia entre un hombre que mira y uno que va a hacer algo al respecto.
—¿Cuánto tarda normalmente? —preguntó Lucas, apoyándose en el escritorio junto a ella.
—Depende del caso —dijo Camila sin darse vuelta.
—¿Y este?
—Suficiente.
Él la tomó de los hombros con suavidad, girándola hacia él. La miró. Ella sostuvo esa mirada sin parpadear.
Cuando la besó, ella respondió sin demora.
Lucas la sentó sobre el escritorio de Valeria y le bajó el cierre del vestido por la espalda. Camila le desabotonó la camisa con manos que no le temblaban. Él recorrió su cuello y sus pechos con la boca, tomándola de las caderas mientras ella le abría el cinturón. Cuando terminó de liberarla del vestido, Camila se deslizó del escritorio y se arrodilló frente a él.
Lo tomó con ambas manos y empezó despacio, mirándolo desde abajo con una expresión que él no iba a olvidar fácilmente. La lengua recorría con precisión, sin apuro, el contorno exacto que a él más le gustaba, hasta que Lucas le enredó los dedos en el pelo y marcó el ritmo. Camila lo siguió sin resistencia, tragando fondo, sin apartar los ojos.
Cuando él la levantó y la dobló sobre el escritorio, ella apoyó los codos en la superficie y bajó la cabeza. Las primeras penetraciones eran lentas, deliberadas, con el peso de él aplastándola contra la madera fría. Después más fuertes, más seguidas, hasta que el sonido de los cuerpos llenó el despacho y Camila tuvo que morderse el labio para no hacer demasiado ruido.
Terminaron cuarenta minutos antes de que Valeria volviera. El escritorio quedó limpio.
***
Mateo Gutiérrez tenía treinta y tres años cuando una deuda lo convenció de que guardar cuatro kilos en su garaje era un riesgo manejable. A las cuatro de la mañana, cuatro oficiales con chalecos antibalas demostraron que no lo era. Su novia Renata lo vio salir esposado desde el umbral mientras le gritaba su nombre a la oscuridad.
El fiscal Santiago llamó a Valeria esa misma tarde.
—Posesión agravada. Sin antecedentes. Lo usaron como depósito. El organizador se llama Tomás Ibarra y es prófugo por ahora, pero es cuestión de días. El chico no tiene con qué pagar un defensor.
—Ya voy —dijo Valeria.
***
Llegó a la comisaría con una falda negra ajustada y una blusa entallada con el segundo botón abierto. No era un cálculo; era simplemente como se vestía. Pero en esa sala de espera con los agentes mirándola de reojo, supo que cada detalle contaba.
El comisario Castillo le dio cinco minutos a solas con el detenido.
Mateo era más joven de lo que imaginaba. Ojos oscuros, mandíbula firme, el pelo revuelto de alguien que lleva dos noches sin dormir bien. La miró como se miran las cosas que llegan cuando uno ya no espera nada.
—Todo lo que me digas queda entre nosotros —dijo Valeria—. Necesito el nombre del contacto y cualquier dirección que tengas.
Él se lo dio sin rodeos. Ella tomó notas, recogió el maletín y le apoyó una mano en el hombro al levantarse.
—Voy a conseguir que salgas. Pero necesito tiempo.
Mateo asintió. La siguió con los ojos hasta que la puerta se cerró.
***
El director del penal preventivo se llamaba Rodrigo Salinas. Cincuenta y cuatro años, pelo canoso, hombros anchos y la costumbre de resolver los problemas con las reglas que él mismo establecía. Tenía una secretaria llamada Pilar que llevaba tres años sabiendo exactamente cuáles eran esas reglas y había decidido que le convenían.
Esa tarde, en un hotel de la avenida Vélez Sársfield, resolvieron sus propios asuntos antes de volver al trabajo. Pilar era una mujer de cuarenta años que hacía lo que hacía porque quería, y eso era lo que a él más le gustaba: nunca tenía que pedirle nada dos veces. Cuando sonó el celular en mitad de la tarde, Rodrigo atendió sin moverse de donde estaba.
—Pongan al recién llegado en la celda doce —dijo—. El Rolo y el Marcos lo van a tener controlado.
***
Renata fue al penal cuatro días después del traslado. El guardia en la entrada le dijo que la primera semana solo se admitían visitas legales. Ella insistió. Él se cansó. Apareció Pilar con esa sonrisa que no llegaba a los ojos y la llevó hasta el despacho del director.
Rodrigo le explicó los protocolos con una paciencia calculada. Después esperó a que Pilar saliera y el tono cambió.
—Si querés verlo mañana, puedo arreglar una visita íntima —dijo, acercándose—. Pero necesito que esta tarde seas amable conmigo.
Renata lo entendió perfectamente. Llevaba cuatro días sin noticias de Mateo y una semana más de espera le parecía imposible.
Lo que no esperaba era que Pilar volviera antes de lo previsto y, en lugar de retirarse, cerrara la puerta desde adentro. Se acercó a Renata por detrás mientras Rodrigo le desabrochaba la blusa, y entre los dos la llevaron hacia el sillón de cuero junto a la ventana. Pilar le pasó las manos por los hombros, bajando despacio hasta los pechos, y la besó en el cuello con esa suavidad que tiene lo inesperado. Renata cerró los ojos y dejó de resistirse.
Lo que siguió duró más de lo que ella había calculado y fue considerablemente más intenso. Rodrigo era el tipo de hombre que se toma su tiempo cuando tiene lo que quiere. Pilar sabía exactamente cómo hacer que una mujer que llegó por obligación terminara sin querer irse.
***
Al tercer día, Renata pudo ver a Mateo en la sala de visitas íntimas. Se abrazaron sin hablar durante un minuto entero. Ella olía a su perfume de siempre, el de lavanda barata que él había aprendido a asociar con las mañanas en casa.
—¿Estás bien? —preguntó Mateo.
—Estoy bien. Valeria está trabajando. —Pausa.— ¿Y vos?
—Bien. Tengo buenos compañeros de celda.
Se miraron. La habitación era pequeña, con una cama angosta y una silla de plástico. El guardia estaba afuera.
—Te extraño —dijo Renata, y su manera de decirlo no tenía nada de platónico.
Mateo la tomó de la cintura y la acercó. Ella no necesitó más indicaciones.
Se desnudaron rápido, sin el lujo de la calma, y lo que siguió fue la clase de sexo que solo existe cuando la ausencia fue larga: él la recorrió entera con las manos y la boca como si quisiera confirmar que seguía siendo real, ella lo guió hacia donde lo necesitaba con una urgencia que no admitía rodeos. La cama era angosta y crujía sin disimulo. Cuando el guardia golpeó la puerta para avisar que el tiempo se acababa, Renata tenía los dedos enterrados en la sábana y Mateo terminó sin parar.
Se vistieron en silencio. Se besaron un último momento.
—No te tardes —dijo ella.
—No me tardo —prometió él.
***
Atraparon a Tomás Ibarra en Rosario diez días después. Valeria fue al penal sin avisar.
Rodrigo Salinas la recibió con la sonrisa de siempre y le explicó que Mateo estaba incomunicado por un incidente en el patio. Ella escuchó, esperó, y después sacó un papel del maletín.
—Recurso de amparo firmado por el fiscal Vera —dijo—. Si no me deja verlo en los próximos diez minutos, lo presento esta tarde.
El director llamó a Pilar.
El pasillo central del penal era largo y ruidoso. Los comentarios llovieron desde las celdas. Valeria los ignoró con la práctica de quien lleva años haciéndolo. La celda doce estaba al fondo del corredor B.
Cuando el Rolo y el Marcos salieron con los guardias y la puerta se cerró, Mateo se levantó de la cama de un salto.
—Agarraron a Ibarra —dijo Valeria antes de que él pudiera hablar.
—¿En serio?
—Sí. El acuerdo está casi cerrado. Domiciliaria mientras dura el proceso. Unas semanas más y salís.
Mateo exhaló. Se sentó en el borde de la cama. Valeria se sentó a su lado, con el maletín en el piso y las manos en el regazo.
—Gracias —dijo él.
La miró de una manera que no era la de un cliente agradecido. Era la mirada de alguien que lleva semanas pensando en lo que diría si alguna vez estuviera a solas con ella.
Le tomó la mano. Valeria no la retiró.
—Mateo...
—No digas nada.
La besó. Ella respondió.
Fue despacio al principio, la clase de beso que empieza sin certeza de adónde va y termina siendo una respuesta a una pregunta que ninguno formuló en voz alta. Él le corrió el tirante del vestido por el hombro. Ella le tomó la cara con las dos manos.
Se movieron hacia la cama sin romper el contacto.
Valeria sabía exactamente lo que estaba haciendo y exactamente por qué no debería hacerlo. También sabía que había un guardia en el corredor que no volvería hasta que ella lo llamara, y que llevaba semanas notando la manera en que Mateo la miraba en cada visita: con atención completa, sin el apuro ni el cálculo que caracterizaban a la mayoría de sus clientes.
Él le bajó el vestido por los hombros y lo dejó caer. Ella le desabotonó el pantalón carcelario con calma, sin apuro. Lo tomó entre las manos, midió lo que tenía con los dedos, y se arrodilló frente a él. Le hizo lo que nadie que vistiera toga en un juzgado debería hacerle a su propio defendido: despacio, sin desperdiciar nada, con la boca y las manos y los ojos puestos en él hasta que Mateo tuvo que apoyarse en la pared para no perder el equilibrio.
Cuando Valeria se incorporó y lo llevó hacia la cama, él la recibió con las manos en sus caderas. La penetración fue profunda, deliberada, sin rodeos: la clase que tienen las personas que saben que el tiempo es limitado y no quieren desperdiciarlo. Ella le clavó las uñas en los hombros cuando él cambió el ángulo. Él le tomó el cuello con una mano y la miró.
La cama angosta crujió. La celda se llenó de calor y del sonido de dos cuerpos que se conocen por primera vez y, sin embargo, encajan sin esfuerzo. Después ella se puso boca abajo y le dio acceso completo, sin instrucciones, como si supiera de antemano lo que él iba a pedir. Mateo tomó sus caderas con firmeza y terminaron así, con él inclinado sobre su espalda y los dos en silencio absoluto salvo por la respiración.
Cuando terminaron, Valeria se quedó un momento quieta, recuperando el ritmo normal de la respiración.
—Nunca le cuentes esto a nadie —dijo, incorporándose.
—¿A quién le iba a contar?
Se arregló el vestido en el pasillo. Le dijo a Pilar que el cliente estaba bien y que se comunicaría con el fiscal esa tarde. Pilar sonrió con esa sonrisa que no decía nada y lo decía todo.
***
Cuarenta y ocho horas después, Mateo salió por las puertas del penal. Renata lo esperaba en la vereda con un abrazo que duró más de un minuto.
Valeria los vio desde su auto, estacionado al otro lado de la calle. Arrancó el motor antes de que pudieran reconocerla.
Esa noche, Santiago la llamó con un caso nuevo. Una mujer que había matado a su pareja en defensa propia. Valeria escuchó en silencio con el vaso de vino en la mano y los ojos fijos en la oscuridad del ventanal.
—¿Lo tomás? —preguntó Santiago.
—Siempre los tomo —dijo ella—. Para eso estoy.