Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La defensora que cruzó todos los límites

Valeria Moreira tenía cuarenta y dos años, dos divorcios a cuestas y una reputación como defensora penalista que le había costado más de una noche sin dormir. Su despacho en el piso doce del edificio Sucre daba a la avenida principal: ventanales anchos, paredes grises y una mesa de reuniones que había visto cosas que ningún expediente registraría.

Esa mañana tenía a Lucas Pereyra sentado frente a ella. Un hombre de treinta y ocho años, traje caro y un problema más caro todavía. Mientras Valeria repasaba las opciones con la voz calmada que se usa para dar malas noticias, él no miraba el expediente. Miraba a Camila.

Su secretaria tenía treinta y dos años y ese día llevaba un vestido blanco que se ajustaba exactamente donde Lucas no dejaba de notar. Cuando Camila cruzó el despacho para alcanzar unas carpetas, él inclinó levemente la cabeza para seguirla con la mirada, deteniéndose sin disimulo en el culo apretado contra la tela y en la línea del corpiño que se marcaba bajo la espalda.

—Tres a cinco años es el mínimo —dijo Valeria—. Con colaboración activa podríamos apuntar al piso de la pena. Camila, ¿podés coordinarme una cita con el juez Mercado para esta semana?

—Enseguida, doctora.

Sonó el interno. Santiago Vera, fiscal y amigo de Valeria desde la facultad, tenía un caso nuevo que no podía esperar. Ella pidió disculpas, recogió el maletín y dejó a sus dos empleados solos en el despacho.

***

Lucas esperó exactamente tres minutos.

Camila estaba de espaldas, cargando datos en la computadora, cuando escuchó los pasos acercarse. No se sorprendió. Llevaba seis semanas notando esa mirada y sabía reconocer la diferencia entre un hombre que mira y uno que va a hacer algo al respecto.

—¿Cuánto tarda normalmente? —preguntó Lucas, apoyándose en el escritorio junto a ella.

—Depende del caso —dijo Camila sin darse vuelta.

—¿Y este?

—Suficiente.

Él la tomó de los hombros con suavidad, girándola hacia él. La miró. Ella sostuvo esa mirada sin parpadear.

Cuando la besó, ella respondió sin demora, abriendo la boca y dejando que la lengua de él entrara sin resistencia. Lucas le mordió el labio inferior y bajó una mano por el costado del vestido hasta apretarle una teta por encima de la tela. Camila gimió bajo, más una confirmación que un sonido de sorpresa.

—Sabía que ibas a venir —le dijo ella al oído—. Hace seis semanas que me la mirás como si me la fueras a coger acá mismo.

—Y me la voy a coger —respondió Lucas, con la voz ronca contra su cuello.

La sentó sobre el escritorio de Valeria y le bajó el cierre del vestido por la espalda. Camila le desabotonó la camisa con manos que no le temblaban, tirándole el cinturón de un lado a otro hasta soltarlo. Él le corrió la tela de los hombros, dejando el vestido caído en la cintura, y le enterró la boca entre las tetas mientras le desabrochaba el corpiño de un solo movimiento. Se los mamó de a uno, chupándole los pezones duros hasta que Camila arqueó la espalda contra la lámpara del escritorio y le clavó los dedos en el pelo.

—Así —le pidió ella—, más fuerte, mordelos.

Lucas obedeció. Le tomó los dos pechos con las manos, los apretó juntos y le pasó la lengua entre ellos antes de morderle uno con la fuerza justa para hacerla gemir en serio. Después bajó, arrodillándose entre las piernas abiertas de Camila. Le levantó la falda del vestido hasta la cintura y le arrancó la bombacha de un tirón, sin mucha ceremonia. Camila se recostó hacia atrás sobre el escritorio de Valeria, apoyando los codos entre los expedientes de Lucas y la agenda del día.

Él le abrió los muslos con las manos y le miró el coño de cerca antes de empezar. Estaba mojada, brillante, con los labios hinchados y abiertos. Lucas la lamió de abajo hacia arriba, lento, chupándole el clítoris con la punta de la lengua y después metiéndole dos dedos. Camila cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás.

—La concha de tu madre —susurró—, seguí así.

Lucas la comió con hambre. Le movía los dedos adentro con un ritmo constante mientras le chupaba el clítoris, alternando con lamidas anchas que le recorrían todo el sexo. Camila empezó a levantar las caderas contra su cara, empujando, buscando más presión. Cuando Lucas le agregó un tercer dedo y le apretó las nalgas con la otra mano, ella se tuvo que morder el antebrazo para no gritar. Se corrió así, apretándole la cabeza entre los muslos, mientras él seguía chupando sin soltarla hasta que Camila lo empujó por los hombros.

—Basta, basta —jadeó—, ahora quiero la pija.

Ella se deslizó del escritorio y se arrodilló frente a él, temblándole todavía las piernas del orgasmo. Le bajó el pantalón y el bóxer de una sola vez. La verga de Lucas saltó dura contra su cara. Camila lo tomó con ambas manos y empezó despacio, mirándolo desde abajo con una expresión que él no iba a olvidar fácilmente. Le pasó la lengua por toda la longitud, de la base a la punta, y después le chupó los huevos uno por uno, metiéndoselos enteros en la boca mientras le masajeaba la pija con la mano.

Cuando la metió en la boca, lo hizo hasta el fondo. Sin tantear, sin probar. Directo hasta que Lucas sintió el fondo de la garganta y ella se quedó ahí unos segundos, sin arcada, tragando alrededor de la punta. Después empezó a moverse, la boca subiendo y bajando entera, la lengua recorriendo con precisión el contorno exacto que a él más le gustaba, sin apuro, hasta que Lucas le enredó los dedos en el pelo y marcó el ritmo. Camila lo siguió sin resistencia, tragando fondo, sin apartar los ojos. Le caía saliva por el mentón y por los pechos. Él le cogía la boca con embestidas cada vez más firmes, y ella se dejaba, abriendo más, sacando la lengua entre cada envión.

—Así, puta —le gruñó él—, chupámela toda.

Camila se apartó un segundo, con los labios rojos e hinchados, y le respondió sin dejar de bombeársela con la mano.

—Cogeme ya, no aguanto más.

Lucas la levantó del pelo, la dio vuelta y la dobló sobre el escritorio de Valeria. Ella apoyó los codos en la superficie y bajó la cabeza, arqueando el culo hacia atrás. Él se acomodó detrás, le pasó la punta por toda la raja mojada y se la metió de una sola embestida hasta el fondo. Camila abrió la boca sin sonido, con los ojos cerrados.

Las primeras penetraciones eran lentas, deliberadas, con el peso de él aplastándola contra la madera fría. Le tomó las caderas con las dos manos y la empezó a coger midiendo cada envión, sacándola casi entera antes de volvérsela a meter de golpe. Camila gemía contra el brazo, murmurando puteadas que él apenas entendía. Después Lucas cambió el ritmo. Más fuertes, más seguidas, más profundas, hasta que el sonido de los cuerpos chocando llenó el despacho y Camila tuvo que morderse el labio para no hacer demasiado ruido.

—Más fuerte —le pidió ella entre dientes—, rompeme.

Él le pegó una nalgada seca que le dejó la mano marcada y le agarró el pelo, tirándole la cabeza para atrás. La cogió así, arqueada contra él, mientras le pasaba la otra mano por delante para apretarle una teta y bajarla hasta el clítoris. Camila se corrió por segunda vez sacudiéndose entera sobre el escritorio, con los papeles del caso desparramados debajo del vientre. Lucas aguantó unos envíos más antes de sacarla y correrse sobre las nalgas de ella, marcándole la espalda baja con chorros de semen.

Camila se quedó un momento así, tirada sobre la madera, respirando fuerte.

—La próxima vez —dijo, sin darse vuelta— avisá con menos y llegá con más.

Terminaron cuarenta minutos antes de que Valeria volviera. El escritorio quedó limpio.

***

Mateo Gutiérrez tenía treinta y tres años cuando una deuda lo convenció de que guardar cuatro kilos en su garaje era un riesgo manejable. A las cuatro de la mañana, cuatro oficiales con chalecos antibalas demostraron que no lo era. Su novia Renata lo vio salir esposado desde el umbral mientras le gritaba su nombre a la oscuridad.

El fiscal Santiago llamó a Valeria esa misma tarde.

—Posesión agravada. Sin antecedentes. Lo usaron como depósito. El organizador se llama Tomás Ibarra y es prófugo por ahora, pero es cuestión de días. El chico no tiene con qué pagar un defensor.

—Ya voy —dijo Valeria.

***

Llegó a la comisaría con una falda negra ajustada y una blusa entallada con el segundo botón abierto. No era un cálculo; era simplemente como se vestía. Pero en esa sala de espera con los agentes mirándola de reojo, supo que cada detalle contaba.

El comisario Castillo le dio cinco minutos a solas con el detenido.

Mateo era más joven de lo que imaginaba. Ojos oscuros, mandíbula firme, el pelo revuelto de alguien que lleva dos noches sin dormir bien. La miró como se miran las cosas que llegan cuando uno ya no espera nada.

—Todo lo que me digas queda entre nosotros —dijo Valeria—. Necesito el nombre del contacto y cualquier dirección que tengas.

Él se lo dio sin rodeos. Ella tomó notas, recogió el maletín y le apoyó una mano en el hombro al levantarse.

—Voy a conseguir que salgas. Pero necesito tiempo.

Mateo asintió. La siguió con los ojos hasta que la puerta se cerró.

***

El director del penal preventivo se llamaba Rodrigo Salinas. Cincuenta y cuatro años, pelo canoso, hombros anchos y la costumbre de resolver los problemas con las reglas que él mismo establecía. Tenía una secretaria llamada Pilar que llevaba tres años sabiendo exactamente cuáles eran esas reglas y había decidido que le convenían.

Esa tarde, en un hotel de la avenida Vélez Sársfield, resolvieron sus propios asuntos antes de volver al trabajo. Pilar era una mujer de cuarenta años que hacía lo que hacía porque quería, y eso era lo que a él más le gustaba: nunca tenía que pedirle nada dos veces. Estaba montada encima de él, con las tetas grandes bamboleándose sobre la cara de Rodrigo, cabalgándole la pija con la calma de quien conoce el cuerpo del otro de memoria. Él le tenía las manos en el culo, guiándole el ritmo, mientras ella le apoyaba una teta contra la boca para que se la chupara.

—Más despacio —le pidió ella—, quiero acabar con vos adentro.

Rodrigo la dio vuelta sin sacarla, quedándose encima, y le empezó a coger a otro ritmo, más profundo, con las piernas de Pilar abiertas sobre las sábanas del hotel. Cuando sonó el celular en mitad de la tarde, Rodrigo atendió sin moverse de donde estaba, con la pija todavía adentro de ella, moviéndose despacio.

—Pongan al recién llegado en la celda doce —dijo, mientras Pilar le mordía el hombro para no gemir en el teléfono—. El Rolo y el Marcos lo van a tener controlado.

Cortó, tiró el celular sobre la mesa de luz y le agarró las caderas a Pilar con las dos manos. Le cogió el coño con embestidas seguidas hasta que ella se corrió apretándole la pija adentro, contrayéndose alrededor de él con un temblor largo. Rodrigo se corrió tres embestidas después, adentro, sin sacarla, tal como ella había pedido.

***

Renata fue al penal cuatro días después del traslado. El guardia en la entrada le dijo que la primera semana solo se admitían visitas legales. Ella insistió. Él se cansó. Apareció Pilar con esa sonrisa que no llegaba a los ojos y la llevó hasta el despacho del director.

Rodrigo le explicó los protocolos con una paciencia calculada. Después esperó a que Pilar saliera y el tono cambió.

—Si querés verlo mañana, puedo arreglar una visita íntima —dijo, acercándose—. Pero necesito que esta tarde seas amable conmigo.

Renata lo entendió perfectamente. Llevaba cuatro días sin noticias de Mateo y una semana más de espera le parecía imposible.

—¿Amable cómo? —preguntó, aunque ya lo sabía.

Rodrigo no respondió con palabras. Le puso una mano en la nuca y la empujó suavemente hacia abajo. Renata se dejó llevar, arrodillándose entre sus piernas, y le abrió el cinturón con dedos que no le pidió permiso a nadie para temblar. Le sacó la pija y se la miró un segundo antes de metérsela en la boca. Rodrigo era grande. Ella empezó despacio, chupándole la punta, ensalivándolo bien antes de bajar más.

Lo que no esperaba era que Pilar volviera antes de lo previsto y, en lugar de retirarse, cerrara la puerta desde adentro. Se acercó a Renata por detrás mientras Rodrigo le tenía la cabeza con una mano y le marcaba el ritmo con la que le cogía la boca. Pilar la levantó del piso con suavidad, le abrió la blusa botón por botón y se la sacó por los hombros. Le desabrochó el corpiño y le pasó las manos por delante, agarrándole las tetas, tocándole los pezones con los pulgares hasta ponérselos duros.

—Qué buenas tetas tenés —le dijo al oído—. Rodrigo, mirá qué tetas tiene.

Entre los dos la llevaron hacia el sillón de cuero junto a la ventana. Pilar le pasó las manos por los hombros, bajando despacio hasta los pechos, y la besó en el cuello con esa suavidad que tiene lo inesperado. Después la giró para besarla en la boca. Renata cerró los ojos y dejó de resistirse, dejando que la lengua de Pilar entrara sin freno, mientras las manos de Rodrigo le bajaban la falda y la bombacha juntos.

La sentaron en el sillón. Pilar se arrodilló entre sus piernas y le empezó a comer el coño con una habilidad que a Renata la desarmó en el primer minuto. Sabía exactamente dónde presionar, cuándo chupar más fuerte, cuándo suavizar. Le metió los dedos, dos primero y después tres, mientras le chupaba el clítoris con una constancia que Renata no había sentido nunca de un hombre. Rodrigo se puso detrás del sillón, se sacó la camisa, y le ofreció la pija a Renata a la altura de la boca.

Ella la agarró y se la metió. Le chupó la pija a Rodrigo mientras Pilar le comía el coño, y en algún momento se dio cuenta de que estaba gimiendo con la boca llena y no le importaba. Se corrió primero por la lengua de Pilar, arqueando la espalda contra el cuero del sillón, apretándole la cabeza entre las piernas. Rodrigo se separó, la agarró de las caderas y la hizo girar de rodillas en el sillón, con las manos apoyadas en el respaldo.

Le metió la pija por atrás de un envión. Renata gritó contra el cuero y Pilar se subió al sillón por delante, sentándose con las piernas abiertas frente a su cara. Le agarró el pelo y le acomodó la cara contra su coño.

—Chupame como te chupé yo —le ordenó, sin pedirle permiso.

Renata obedeció. Le lamió el clítoris con torpeza al principio, con más confianza después, mientras Rodrigo la cogía por atrás con embestidas que hacían chocar el sillón contra la ventana. La habitación se llenó de olor a sexo, de la respiración de los tres, del sonido húmedo de los cuerpos. Pilar se corrió con el coño apretado contra la boca de Renata, tirándole del pelo, gimiendo largo. Rodrigo aguantó unos minutos más antes de sacarla, darla vuelta otra vez y correrse sobre las tetas de Renata, mientras Pilar le agarraba la pija y le sacaba las últimas gotas con la mano.

Lo que siguió duró más de lo que ella había calculado y fue considerablemente más intenso. Rodrigo era el tipo de hombre que se toma su tiempo cuando tiene lo que quiere, y no había terminado con ella. Pilar sabía exactamente cómo hacer que una mujer que llegó por obligación terminara sin querer irse. La levantaron del sillón, la llevaron a la alfombra, y volvieron a empezar. Renata perdió la cuenta de las veces que se corrió antes de que la dejaran vestirse.

***

Al tercer día, Renata pudo ver a Mateo en la sala de visitas íntimas. Se abrazaron sin hablar durante un minuto entero. Ella olía a su perfume de siempre, el de lavanda barata que él había aprendido a asociar con las mañanas en casa.

—¿Estás bien? —preguntó Mateo.

—Estoy bien. Valeria está trabajando. —Pausa.— ¿Y vos?

—Bien. Tengo buenos compañeros de celda.

Se miraron. La habitación era pequeña, con una cama angosta y una silla de plástico. El guardia estaba afuera.

—Te extraño —dijo Renata, y su manera de decirlo no tenía nada de platónico.

Mateo la tomó de la cintura y la acercó. Ella no necesitó más indicaciones.

Se desnudaron rápido, sin el lujo de la calma. Él le arrancó la remera por la cabeza y le desabrochó el corpiño con las manos ansiosas de alguien que llevaba días contando las horas. Ella le bajó el pantalón carcelario y le agarró la pija por encima del calzoncillo antes de sacársela. Ya la tenía dura. Renata se arrodilló en la cama angosta y se la metió en la boca sin preámbulos, chupándosela entera hasta la base, moviendo la cabeza rápido, como si quisiera compensar cada día que no había podido tocarlo.

Mateo le tomó la cara con las dos manos y le miró la boca llena de su pija.

—Vení acá —le dijo con la voz ronca.

La levantó, la tiró de espaldas sobre la cama y se le tiró encima. Le abrió las piernas y le pasó la lengua por el coño, lento primero, después con más ganas, chupándole el clítoris hasta que Renata le clavó los talones en la espalda. La comió con la clase de hambre que solo tiene el que estuvo mucho tiempo sin comer. Le metió dos dedos, la buscó por dentro, la lamió sin parar hasta que ella se corrió agarrándole el pelo, temblando entera.

Él subió a besarla y le metió la pija de un solo envión. Renata abrió la boca contra su hombro y le clavó los dedos en la espalda. Lo que siguió fue la clase de sexo que solo existe cuando la ausencia fue larga: él la recorrió entera con las manos y la boca como si quisiera confirmar que seguía siendo real, ella lo guió hacia donde lo necesitaba con una urgencia que no admitía rodeos. La cama era angosta y crujía sin disimulo.

—Más fuerte, mi amor —le pidió ella—, cogeme fuerte.

Mateo cambió de posición. La sentó encima suyo y ella empezó a cabalgarlo, con las manos apoyadas en el pecho de él, subiendo y bajando con las tetas rebotándole delante de la cara. Él se las agarró, se las chupó una por una, mientras le marcaba el ritmo con las manos en las caderas. Renata se le tiró encima, apoyando la cara en su cuello, y le empezó a mover el culo en círculos, apretándolo por dentro con cada movimiento. Cuando el guardia golpeó la puerta para avisar que el tiempo se acababa, Renata tenía los dedos enterrados en la sábana y Mateo terminó sin parar, sujetándola por las caderas y corriéndose adentro con un gruñido que ahogó contra su hombro.

Se quedaron quietos un segundo, con él todavía dentro de ella, respirando en el hueco del cuello.

Se vistieron en silencio. Se besaron un último momento.

—No te tardes —dijo ella.

—No me tardo —prometió él.

***

Atraparon a Tomás Ibarra en Rosario diez días después. Valeria fue al penal sin avisar.

Rodrigo Salinas la recibió con la sonrisa de siempre y le explicó que Mateo estaba incomunicado por un incidente en el patio. Ella escuchó, esperó, y después sacó un papel del maletín.

—Recurso de amparo firmado por el fiscal Vera —dijo—. Si no me deja verlo en los próximos diez minutos, lo presento esta tarde.

El director llamó a Pilar.

El pasillo central del penal era largo y ruidoso. Los comentarios llovieron desde las celdas. Valeria los ignoró con la práctica de quien lleva años haciéndolo. La celda doce estaba al fondo del corredor B.

Cuando el Rolo y el Marcos salieron con los guardias y la puerta se cerró, Mateo se levantó de la cama de un salto.

—Agarraron a Ibarra —dijo Valeria antes de que él pudiera hablar.

—¿En serio?

—Sí. El acuerdo está casi cerrado. Domiciliaria mientras dura el proceso. Unas semanas más y salís.

Mateo exhaló. Se sentó en el borde de la cama. Valeria se sentó a su lado, con el maletín en el piso y las manos en el regazo.

—Gracias —dijo él.

La miró de una manera que no era la de un cliente agradecido. Era la mirada de alguien que lleva semanas pensando en lo que diría si alguna vez estuviera a solas con ella.

Le tomó la mano. Valeria no la retiró.

—Mateo...

—No digas nada.

La besó. Ella respondió.

Fue despacio al principio, la clase de beso que empieza sin certeza de adónde va y termina siendo una respuesta a una pregunta que ninguno formuló en voz alta. Él le corrió el tirante del vestido por el hombro. Ella le tomó la cara con las dos manos y le mordió el labio inferior.

Se movieron hacia la cama sin romper el contacto.

Valeria sabía exactamente lo que estaba haciendo y exactamente por qué no debería hacerlo. También sabía que había un guardia en el corredor que no volvería hasta que ella lo llamara, y que llevaba semanas notando la manera en que Mateo la miraba en cada visita: con atención completa, sin el apuro ni el cálculo que caracterizaban a la mayoría de sus clientes.

Él le bajó el vestido por los hombros y lo dejó caer. Le desabrochó el corpiño y le tomó los pechos con las dos manos, mirándoselos un segundo antes de bajarse a chupárselos. Le pasó la lengua por los pezones, uno y otro, mientras Valeria le apoyaba la cabeza contra el pecho y respiraba fuerte. Le mordió un pezón con la fuerza justa y ella gimió por primera vez, un sonido bajo que se le escapó sin permiso.

—Callate —le dijo Valeria, más a sí misma que a él—, hay guardias afuera.

—Entonces no me hagas gemir —respondió Mateo, y le mordió el otro pezón más fuerte.

Ella le desabotonó el pantalón carcelario con calma, sin apuro, y se lo bajó junto con el calzoncillo. Le miró la pija, dura y llena, y se le escapó una media sonrisa. Lo tomó entre las manos, midió lo que tenía con los dedos, y se arrodilló frente a él. Le hizo lo que nadie que vistiera toga en un juzgado debería hacerle a su propio defendido: despacio, sin desperdiciar nada, con la boca y las manos y los ojos puestos en él hasta que Mateo tuvo que apoyarse en la pared para no perder el equilibrio.

Le pasó la lengua por toda la pija, de la base a la punta, y se la metió entera, hasta el fondo. Le chupó los huevos, uno primero, después el otro, mientras le bombeaba la pija con la mano. Mateo le tomó la cabeza con las dos manos y ella lo dejó hacer, dejó que él le cogiera la boca a un ritmo que él mismo marcaba, tragando cada vez, sin apartar los ojos de los suyos. Cuando lo sintió temblar, se apartó.

—Adentro mío —le dijo, incorporándose—, no quiero que termines en la boca.

Se sacó la bombacha y lo llevó hacia la cama. Él la recibió con las manos en sus caderas. Valeria se le subió encima, se posicionó y bajó despacio, sintiéndolo entrar centímetro a centímetro. Cuando lo tuvo entero, se quedó quieta un momento, con la cabeza tirada hacia atrás y los ojos cerrados. Después empezó a moverse. La penetración fue profunda, deliberada, sin rodeos: la clase que tienen las personas que saben que el tiempo es limitado y no quieren desperdiciarlo. Ella se movía con las manos apoyadas en el pecho de él, arriba y abajo, apretándolo por dentro con cada bajada.

Mateo le agarró las tetas, se las apretó, se las chupó cuando ella se inclinaba hacia adelante. Le tomó el culo con las dos manos y la ayudó a moverse más rápido. Ella le clavó las uñas en los hombros cuando él cambió el ángulo. Él le tomó el cuello con una mano, con firmeza pero sin apretar, y la miró.

—Nunca me cogió una mujer así —le dijo él con la voz ronca.

—Callate y cogeme —le respondió Valeria.

Él la dio vuelta y la puso de espaldas, sobre el colchón fino. Le abrió las piernas con las manos y se le tiró encima, metiéndosela otra vez sin transición. La cogió con embestidas profundas, largas, mirándola a los ojos, tapándole la boca con la palma cuando ella empezaba a gemir muy fuerte. Valeria se corrió así, con la mano de él sobre la boca y la pija adentro hasta el fondo, sacudiéndose con un orgasmo largo que la dejó temblando.

La cama angosta crujió. La celda se llenó de calor y del sonido de dos cuerpos que se conocen por primera vez y, sin embargo, encajan sin esfuerzo. Después ella se puso boca abajo y le dio acceso completo, sin instrucciones, como si supiera de antemano lo que él iba a pedir. Mateo tomó sus caderas con firmeza, se acomodó detrás y la penetró desde atrás, hundiéndose entero. La cogió en esa posición hasta que sintió que no aguantaba más. Terminaron así, con él inclinado sobre su espalda, sujetándola por las caderas, corriéndose adentro con un gruñido apretado. Los dos en silencio absoluto salvo por la respiración.

Cuando terminaron, Valeria se quedó un momento quieta, recuperando el ritmo normal de la respiración, con la cara contra el colchón y él todavía apoyado sobre su espalda.

—Nunca le cuentes esto a nadie —dijo, incorporándose.

—¿A quién le iba a contar?

Se arregló el vestido en el pasillo. Le dijo a Pilar que el cliente estaba bien y que se comunicaría con el fiscal esa tarde. Pilar sonrió con esa sonrisa que no decía nada y lo decía todo.

***

Cuarenta y ocho horas después, Mateo salió por las puertas del penal. Renata lo esperaba en la vereda con un abrazo que duró más de un minuto.

Valeria los vio desde su auto, estacionado al otro lado de la calle. Arrancó el motor antes de que pudieran reconocerla.

Esa noche, Santiago la llamó con un caso nuevo. Una mujer que había matado a su pareja en defensa propia. Valeria escuchó en silencio con el vaso de vino en la mano y los ojos fijos en la oscuridad del ventanal.

—¿Lo tomás? —preguntó Santiago.

—Siempre los tomo —dijo ella—. Para eso estoy.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(10)

Tomas_cba

Tremendo relato!!! me enganche desde la primera linea y no pude parar

ElioNight

Por favor escribi la segunda parte, no puedo quedarme con esa tension al final

MarinaVia

Me recordo a una situacion que vivi hace años, esa mezcla entre lo correcto y lo prohibido... muy bien narrado, se siente real

LectorNorte55

Increible como fuiste creando la tension de a poco. Excelente

CuentasViejas87

jajaja el giro del final no me lo esperaba para nada, tremendo

Mirta_BA

Hace tiempo que no leia algo tan bien contado. Valeria es un personaje muy creible, con esa dualidad entre lo profesional y lo personal que te atrapa desde el principio. Espero que haya mas

Andres66

Como la vas a dejar ahi!!! queremos mas

HoracioLector

Muy buen ritmo, se hizo cortisimo. Ojalá tenga continuacion

ViajeroPerdido

Es autobiografico? porque se siente muy autentico jaja. Seguí escribiendo, saludos

RosSalta

excelente!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.