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Relatos Ardientes

Confesión: lo que hice en aquel viaje con mi compañero

Me llamo Mateo, tengo treinta años. Durante la universidad tuve varios encuentros con otros hombres, una etapa que decidí cerrar el día que conocí a mi esposa. Llevo seis años casado, somos padres de dos niños y hace cuatro me mudé desde Medellín a una ciudad costera del Caribe colombiano para trabajar en el área de tecnología de una empresa de logística portuaria. Es una ciudad chica, conservadora, donde todo el mundo se conoce. Aunque a veces extrañaba aquellos años de universidad, jamás iba a poner en juego mi matrimonio ni mi reputación por una calentura pasajera.

Mi compañero de trabajo se llama Damián. Tiene unos treinta y siete, es alto, atlético, juega fútbol los sábados y entrena en el gimnasio cuatro veces por semana. Está divorciado: su exesposa no le aguantó las infidelidades. Ahora vive en unión libre con una chica de veintiún años, una mujer preciosa, y aun así sigue acostándose con cualquiera que se le cruce por el camino. Todo el mundo lo sabe. Estoy seguro de que su pareja también.

Además de guapo y varonil es ocurrente y simpático, por eso no le cuesta levantar mujeres. Una vez le pregunté cómo podía andar con cualquiera teniendo en casa una compañera tan linda, si no le daba miedo perderla como perdió a la anterior. Se rió, se llevó la mano a la entrepierna y me contestó.

—La verdad, sí, lo he pensado. No sé cómo me aguanta mi flaca. Pero es que esta cabeza no piensa.

Solo le sonreí con la ocurrencia.

Hace unos meses me eligieron para asistir a un congreso internacional que se hacía en Cartagena. El otro elegido fue Damián. La empresa pagaba viáticos por separado para hospedaje, comida y transporte, pero el monto no alcanzaba para hospedarse en el hotel de lujo donde se hacía el evento. Buscaba alternativas más baratas cuando Damián tuvo una idea.

—¿Y si pedimos una habitación doble y nos la facturan a cada uno por separado?

La idea me pareció brillante. La habitación doble costaba lo mismo que una sencilla, así que dividida nos alcanzaba sin problema. Encima ahorrábamos en transporte, que se pagaba en efectivo y sin recibos, y teníamos la comodidad de subir a la habitación cuando quisiéramos. Llamé al hotel, no pusieron objeción para dividir la factura entre dos personas, e hice la reserva en ese mismo instante.

Viajamos un domingo. Llegamos por la noche, nos registramos, dejamos las maletas y bajamos a cenar. Todo normal. Era verano y hacía calor, así que apenas subimos a la habitación se me antojó una ducha. Mientras me bañaba, Damián entró al baño a orinar. La regadera estaba separada del resto por un panel de cristal totalmente transparente. Yo lo veía a él, él me veía a mí. De reojo lo vi sacarse la verga. Aun en reposo era una verga larga y gruesa, con el prepucio recogido. El chorro era fuerte. La imagen me empezó a poner mal y noté cómo me crecía bajo el agua. Para que no notara mi turbación me giré hacia la pared, dejando las nalgas a la vista. Lo escuché soltar un silbido bajo.

—Qué buenas nalgas tienes, Mateo.

Me sentí descubierto. Me volteé otra vez hacia la regadera, cubriéndome con la mano la verga medio dura. Alcancé a verlo sacudirse las últimas gotas, guardarse el bulto y sonreír. Me guiñó un ojo y salió del baño dejándome paralizado, avergonzado.

Una vez que me relajé, terminé de bañarme. Me sequé, me puse un bóxer y una camiseta larga, casi camisón, y salí. Le tocaba a él. Sin pudor se desnudó por completo, tomó una toalla y caminó al baño. No pude evitar mirar. Tenía la espalda ancha y atlética, piernas marcadas y un trasero pequeño pero firme, ligeramente peludo. Un culo de macho.

Cuando escuché el agua corriendo me giré hacia la pared y fingí dormir.

Salió, me deseó buenas noches y apagó la luz.

Me costó conciliar el sueño. La imagen de su cuerpo desnudo no se me iba, y el comentario sobre mis nalgas me daba vueltas. Pero siendo el macho heterosexual y mujeriego que era, lo tomé como una broma.

***

Al día siguiente nos arreglamos y bajamos al congreso. La primera jornada fue intensa y amena, hubo un break con bocadillos y café, y casi sin darme cuenta terminamos el día. Después de comer subimos a descansar un rato. Damián quería ir a un bar de bailarinas exóticas del que le habían hablado, decía que iban modelos extranjeras y que algunas se desnudaban completamente. Acepté por curiosidad y por pasar un rato distinto.

El lugar era lo prometido. Mujeres preciosas bailando, algunas sin nada encima, otras paseándose entre las mesas. Al rato se sentaron dos con nosotros y nos pidieron que les invitáramos un trago. Lo típico, sabía que era la estrategia para sacarte dinero, pero aquellas dos lo valían. Estuvimos un par de horas bebiendo, charlando y aprovechando para toquetear todo lo que nos dejaban tocar. Cuando se hizo tarde, Damián quiso llevárselas al hotel. Preguntó la tarifa al encargado y le dijo una cifra exorbitante, fuera de nuestro alcance. Salimos de ahí calientes y un poco frustrados.

Olíamos a alcohol y cigarrillo. Necesitábamos baño. Le cedí el turno. Se desnudó, como siempre, y esta vez noté que su verga estaba semi erecta. Un trozo de carne grueso y largo que me provocó un escalofrío. Sentí cómo se me contraía el agujero de pura ansiedad.

Salió, se quitó la toalla y se puso un bóxer. El bulto era tan abundante que parecía a punto de romperle la prenda. Imponente. Casi grosero.

Me metí a la ducha pensando en esa verga. Al terminar me di cuenta de que había olvidado el bóxer afuera. No me importó. Tal vez por las copas que había tomado me sentía desinhibido. Si a él no le molestaba andar desnudo por la habitación, no veía por qué yo no podía hacerlo. Salí con la toalla, me sequé sobre la cama y caminé hacia mi maleta.

Lo normal habría sido subir la maleta a la cama o flexionar las rodillas para abrirla. Pero abrí un poco las piernas y me agaché sin doblarlas, exhibiendo el culo. Sentí el aire fresco recorriendo el surco de las nalgas, acariciando el agujero. Me tardé buscando la ropa interior, simulando no encontrarla, producto del alcohol que llevaba encima. Por fin elegí un bóxer elástico, de tela ajustada como un guante, y me lo puse sin girarme. Tenía la verga dura. Estaba excitado y no sabía bien por qué. Tal vez por las copas. Tal vez por aquel halago sobre mis nalgas, y por el deseo absurdo de que se deleitara con ellas, aun sabiendo que no pasaría nada.

Me metí rápido entre las sábanas para que no notara la erección. Le di las buenas noches. Alcancé a ver de reojo cómo se acomodaba la verga bajo el bóxer. Me giré hacia la pared y me hice el dormido.

Poco a poco caí. En mitad de la noche me despertó una sensación suave, placentera. Damián me estaba acariciando las nalgas por encima de la tela. Apenas un roce. Intentaba no despertarme. Mantuve los ojos cerrados, fingiendo dormir, y como entre sueños flexioné una rodilla para abrirme un poco. No podía creerlo. Mi compañero, tan macho, tan mujeriego, me estaba acariciando el culo.

El bóxer cedía con su mano. La metió por debajo y empezó a tocar la piel directamente. Mi respiración se aceleró pero no me moví. Al ver que no reaccionaba, deslizó el bóxer hasta el inicio de las nalgas. Un dedo bajó por el surco y rozó el agujero. Tuve que morderme los labios para no delatarme. Todo el cuerpo se me estremeció y él retiró la mano de golpe, pensando que me había despertado.

Me quedé quieto, respirando hondo, fingiendo seguir dormido. A los pocos segundos sentí su dedo otra vez, ahora resbaloso, con la crema que regalan en los hoteles. Acariciaba los pliegues externos del esfínter de una forma deliciosa. Mordí la almohada para no gemir. Después de unos minutos presionó. La puntita entró, salió, volvió a entrar. Me encantaba. Arqueé la cintura para ofrecerle más, y entonces su dedo entró completo.

Lo movía en círculos, frotando las paredes internas, lubricándome por dentro. Yo seguía mordiendo las sábanas y ahogando los gemidos.

—¿Te gusta?

Era imposible seguir fingiendo. Dejé escapar un gemido ronco.

—Mmm… ajá.

Sin precaución ya, me hundió el dedo hasta el fondo. Me retorcí de placer. Encontró la próstata y los gemidos aumentaron. Lo movía de un lado a otro, lo metía y lo sacaba como si me estuviera cogiendo con un dedo. Me puse boca abajo, empinando las caderas. Con la mano libre me bajó del todo el bóxer hasta dejarme desnudo.

—Madre mía, qué culito. Aprieta riquísimo. Se nota que estaba hambriento. De haber sabido que eras así, hace años te hubiera cogido.

Por respuesta abrí más las piernas y empiné más el culo, en señal de entrega absoluta. Otro dedo lubricado se sumó al primero. La sensación se duplicó, di un respingo. Sus dedos exploraban sin freno, abriéndose en tijera, y sentí cómo me llenaba el culo de crema fresca. Cuando me consideró bien dilatado y lubricado, sacó la mano. Sabía lo que venía. Empiné más.

Tomó una almohada y me la puso debajo de las caderas. Se recostó sobre mí. Su pecho contra mi espalda, su aliento caliente en mi oreja.

—Ya estás lista, putita. Ahora viene lo bueno. Prepárate para chillar de placer.

Su barra de carne, dura y caliente, recorrió el surco de las nalgas. Arriba, abajo. Se apoyaba en el agujero, frotaba, bajaba hasta los huevos. Me estaba llevando al límite sin haberla metido todavía. Los pliegues de mi agujero se contraían y se relajaban, anhelantes de sentir ese grueso hongo hurgando por dentro.

—¿Sientes mi verga? ¿Notas lo gruesa y dura que está? Vas a gozar como una puta cuando te la meta.

En mi cabeza ya me había imaginado empalado por esa tremenda verga, chillando de placer. La quería dentro. Ya no aguantaba.

—Métela, por favor. Aunque sea la punta.

—¿En serio? ¿Quieres que te dé por el culo? Pídemelo otra vez, como buena putita.

—Métemela, Damián. Quiero ser tu putito. Por favor.

—Muy bien. Pero no vas a ser mi putito. Vas a ser mi putita. Te voy a hacer mi hembra. ¿Está claro?

—Sí, lo que quieras. Tu hembra. Tu putita.

La última palabra se convirtió en gemido cuando empujó la cabeza de la verga ardiente. Entró milímetro a milímetro, abriéndome los pliegues. Metió solo la punta, la sacó, volvió a meterla. Cada vez un poco más. Hasta que, sujetándome de la cintura, todo el glande traspasó mi estrecho agujero y quedó abotonado dentro. Dolía. Las fibras se estiraban al máximo. Mordí la almohada para no gritar.

—Ya entró la cabeza, mi amor. Mi verga es muy gruesa. Pero te entra bien. Seguro que no es la primera vez que te rompen el culo, ¿o me equivoco?

—No. Cuando estudiaba me cogieron. Pero de eso hace mucho tiempo.

Al decirlo me vinieron flashes de aquellos amantes de la universidad. También vinieron flashes de mi esposa, de mis padres, de mis amigos. Qué dirían si me vieran así, desnudo y abierto de piernas, ensartado por otro hombre como una hembra.

Sentía la cabeza de su verga palpitar dentro de mí, caliente, dura y suave al mismo tiempo, manteniendo bien abierta la parte inicial del culo. Lo sentía adormecido de tan dilatado.

—Así es, princesa. Tu culito se acordó de cómo se abre. Pero me aprieta riquísimo por la falta de uso. No te preocupes, te lo voy a dejar como una conchita. ¿Quieres más verga?

—Sí, más.

Me metió otros tres o cuatro centímetros más. Empezó un vaivén lento, cogiéndome solo el inicio. Yo necesitaba toda su verga y le supliqué.

—Métela toda, Damián. Quiero ser tuya. Ensártamela hasta los huevos.

Sonrió.

—Muy bien, putita. Te lo has ganado por ser tan buena puta.

Me agarró de la cintura y empujó, lento pero sin detenerse. Sentía cómo los pliegues se estiraban para darle paso. Pronto sentí el vello áspero contra las nalgas y los huevos golpear los míos. Estaba completamente ensartado por aquella hermosa verga. Una sensación de plenitud difícil de describir, como si fuera a reventar.

Empezaron las embestidas. Lentas, profundas. La carne caliente palpitando dentro de mí, frotando las paredes internas, golpeando la próstata con cada empujón. Un placer que me recorría entero y me hacía gemir.

—Uf, qué buen culo, mami. No sabes cómo estoy gozando. Tienes un culito de putita fina. Traga verga enterita, hasta los huevos, pero bien apretadito. Me vas a hacer correr y no quiero, quiero seguir gozando con tu culito.

De pronto la sacó toda y sentí un vacío en mi interior. Mi agujero quedó dilatado, abierto, sin cerrarse. Iba a protestar pidiendo más cuando me dijo.

—Espera. Estuve a punto de estallar. Pero antes quiero cogerte de frente, cara a cara. Como hembra. Voltéate.

Me giré boca arriba. Me abrió las piernas y se acomodó entre ellas. Empezó a acariciar mis muslos, mis caderas, la cintura, el vientre. La piel se me erizaba al contacto. Subió a los pezones y me los pellizcó, sacándome un gemido ahogado. Llegó a mis labios y los acarició con los dedos. Me metió dos dedos en la boca, los sacó humedecidos, y volvió a rozarme los labios.

Después se agachó a besarme por todos lados. El vientre, el pecho, los pezones, alternando lengua y dientes. Me retorcía en sus brazos. Estaba en el cielo. Subió hasta el cuello, lo besaba y lo lamía mientras sentía su pecho apoyado al mío, su calor, su dominio. Me hacía sentir su mujer. Llegó a la oreja, metió la lengua dentro y una corriente eléctrica me atravesó entero.

—Tienes la piel muy suave, preciosa. Es un placer acariciarte. De lo que me había perdido. Pero no te preocupes, serás mía de ahora en adelante.

Su boca buscó la mía. Su lengua se introdujo y se entrelazó con la mía. Un beso ardiente, un beso de macho. Lo abracé y le acaricié la espalda musculosa. Me susurró al oído.

—¿Estás lista para ser completamente mía? Mi hembra.

—Sí, papi. Quiero ser tuya. Tenerte dentro. Cógeme.

—Te voy a coger como una hembra y vas a dejar de ser putito para ser mi hembra. Te voy a vaciar dentro. Quiero que cada vez que tengas sexo con tu esposa te acuerdes de mí. De cómo te empalé.

—Y yo quiero que cada vez que cojas a la tuya te acuerdes de mí. De cómo me hiciste tu hembra. De lo apretado que lo tenía y de cuánto gozaste con mi culo.

—Así será, reina. A mi pareja casi no la cojo por el culo, son pocas las que me la aguantan. Eres una campeona. Me has hecho gozar como nadie.

Me tomó las piernas, las levantó y las flexionó hacia mi pecho. Las sujeté con mis manos para mantener la posición. Puso una almohada bajo mis caderas. El culo me quedó levantado y abierto, expuesto, a su disposición. Apoyó la cabeza de la verga en el agujero y empezó a abrirme otra vez, despacio, hasta que sus huevos golpearon mis nalgas. En esta posición me llegaba más profundo y la cabeza me estiraba el culo por dentro. Completamente empalado.

Empezó a mover la pelvis. Su cara era de pura lujuria, de pervertido. Los ojos le brillaban con malicia. Sonreía mientras me embestía, gozando con haberme dominado, con haberme convertido en su nena.

—Me gusta ver tu cara de putita cuando te cojo. Ver cómo disfrutas mi verga. Me da tanto morbo. ¿Te gusta, nena?

En cada embestida yo suspiraba, gemía, me retorcía de placer. Aceleraba y frenaba según veía mi reacción. A veces me la dejaba toda dentro empujando con la pelvis contra mis nalgas, otras la movía en círculos masajeándome la próstata. Perdí la noción del tiempo. Todo me daba vueltas. Fue un placer sublime. Empecé a convulsionarme. Los ojos se me pusieron en blanco. Sentí que me desvanecía. Mi verga explotó sola, sin tocarla, y chorros de semen cayeron entre los dos cuerpos.

—Así, nena. Te has corrido como hembra. Agh, qué rico.

Eso lo excitó muchísimo y me empezó a dar de manera encarnizada. Los espasmos de mi culo le apretaban la verga. Me siguió taladrando sin piedad hasta que ya no aguantó y, con una última embestida profunda, descargó dentro. Una corrida abundante, caliente, que inundó mi culo con su néctar.

Se dejó caer sobre mi cuerpo sin sacar la verga y me dio un beso ardiente. Lo abracé y le acaricié la cabeza y la espalda. Poco a poco fue perdiendo dureza y salió, junto con un hilillo de semen que me bajó por las nalgas. Por fin pude estirar las piernas. Me temblaban, las sentía entumecidas.

Me ayudó a levantarme y fuimos a la ducha. Con su semen escurriéndome todavía por los muslos, me bañó con ternura, como si fuera un niño pequeño. Después nos acostamos en su cama, porque la mía había quedado hecha un desastre. Me abrazó. Recosté la cabeza contra su pecho y nos dormimos así, desnudos. Realmente me sentía su hembra. Ahora entendía y comprobaba en carne propia por qué tenía tanto éxito con las mujeres.

***

A la mañana siguiente me desperté primero. Me daba vergüenza, no sabía cómo iba a reaccionar él. Me estaba secando después de bañarme cuando entró al baño, me vio y me abrazó fuerte. Me dio un beso cálido. Señal inequívoca de que no había olvidado nada.

—Uf, Mateo, qué noche. Nunca había disfrutado así. Tienes el mejor culo que he cogido en mi vida. Ninguna mujer me ha hecho gozar como tú. Lo de anoche se tiene que repetir. Quiero que seas mi mujer. ¿Aceptas?

Me quedé mudo, confundido. Pensaba en mi familia. Él vio mi cara y añadió.

—No te preocupes. Serás mi mujer solo en la intimidad. Para nuestras parejas y los demás seguiremos siendo amigos. Será nuestro secreto. ¿De acuerdo?

No respondí. Le di un beso. No hacía falta nada más.

Los días siguientes ya no salimos del hotel. Durante el congreso todo transcurrió con normalidad, pero apenas terminaban las conferencias nos encerrábamos a coger como animales. Damián tenía aguante. Me cogió de todas las formas imaginables. Me dejaba cansado, extenuado, con el culo ardiendo, pero feliz. Nunca imaginé que mi vuelta a estar con un hombre sería tan formidable.

Al regresar a nuestra ciudad continuamos con la vida normal. Pero algo había cambiado. A la vista de todo el mundo —nuestras parejas, amigos, compañeros de trabajo, conocidos— éramos los mejores amigos. Ambos con pareja, varoniles, completamente heterosexuales. En la intimidad, él era mi macho y yo su hembra.

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