Lo que le hicimos al novio de mi mejor amiga
Todavía no sé cómo contarle esto a alguien sin parecer un personaje sacado de una pesadilla. Pero lo que escribo acá es real, tan real que todavía conservo el dildo en el primer cajón de la cómoda, como si fuera un trofeo que no me animo a tirar.
Mi mejor amiga Valeria y yo habíamos cruzado la línea hacía cuatro meses. Empezó cuando se cayó de la bicicleta bajando por el parque y se partió los dos brazos. Le pusieron yesos hasta los hombros y quedó sin poder atarse el pelo ni bajarse el pantalón para mear. Yo me ofrecí a quedarme en su casa esa primera semana, porque el novio que tenía en ese momento se había hecho humo apenas la vio salir del hospital.
De tanto bañarla, secarla y ayudarla a cambiarse de ropa, una noche terminé con la mano entre sus piernas. Ella, en lugar de apartarse, abrió un poco más los muslos y me miró con una sonrisa que no le había visto en diez años de amistad.
Desde aquella noche, todo cambió. Nos veíamos dos o tres veces por semana. A veces solo charlábamos abrazadas mirando una serie con un vino barato. Otras nos pasábamos horas enteras desnudas, probando juguetes que nos comprábamos por internet, haciendo tijeras hasta venirnos al mismo tiempo y después riéndonos como adolescentes con culpa. Yo me había enamorado un poco, lo admito. Ella, supongo, también, aunque jamás lo dijo en voz alta.
Aquel sábado de mayo arrancó como cualquier otro. Valeria llegó al mediodía, comimos pasta, vaciamos una botella entre las dos y, antes de las cinco, ya estábamos en mi cama. Hicimos lo de siempre, y después algo más: probé con ella un consolador grande que vibraba y que había llegado por correo el lunes. Cuando terminó, sudada, con el pelo pegado a la frente, se quedó callada mirando el techo y me dijo que tenía ganas de probar algo distinto.
—¿Qué tan distinto? —pregunté, todavía con la respiración entrecortada.
—Un trío.
Levanté una ceja. Me apoyé en el codo y la miré, esperando que se riera o que aclarara la broma. No se rió.
—¿Con quién? ¿Con otra chica?
—Con Sebastián.
Sebastián era el tipo nuevo, el que había aparecido un mes atrás en la clase de spinning a la que ella iba los martes. Yo lo había visto en una foto: alto, espalda ancha, brazos como troncos, esa cara de tipo lindo que sabe demasiado bien lo lindo que es. Tenía treinta y tres años, siete más que nosotras.
—¿Él sabe de lo nuestro? —pregunté.
—Le conté la semana pasada. No le molestó. Al contrario.
Eso me tendría que haber hecho ruido. Pero no estaba pensando con claridad, estaba pensando con la entrepierna, y la idea me prendió.
—Llamalo —le dije.
Llegó cuarenta y cinco minutos después. Le abrí la puerta envuelta en una bata corta de seda negra y me sentí ridícula y poderosa al mismo tiempo. Él entró, se sacó la campera, me recorrió de arriba abajo sin disimular y me extendió la mano como si estuviéramos en una reunión de trabajo. Apretón firme. Demasiado firme.
—Así que vos sos la otra —dijo, con una media sonrisa que no me gustó nada.
—La otra qué.
—La que se coge a mi novia.
Valeria salió del baño en ese momento, en bombacha y sin corpiño, y le tiró un beso desde el pasillo. Él se rió, una risa corta y seca, y empezó a desabrocharse la camisa ahí mismo, en el living, sin esperar que lo lleváramos a ningún lado.
Pasamos a la habitación. Cuando se bajó el calzoncillo, no pude evitar abrir un poco los ojos. Era enorme. Más de lo que yo había estado nunca con nadie. Valeria me miró y se rió por lo bajo.
—Vas primera vos —me dijo, palmeándome la cola—. Yo quiero verlo.
Sebastián se acostó en la cama, boca arriba, las manos cruzadas detrás de la nuca. No dijo nada, esperó. Yo me trepé encima, despacio, agarrándolo con la mano para guiarlo. Cuando empecé a abrirme para dejarlo entrar, él me agarró las nalgas con esas manos enormes, me separó de golpe, y de un solo movimiento me bajó entera sobre él.
Grité. No de placer, de sorpresa, de un dolor que se confundía con algo que no sabía si eran ganas o miedo. Empezó a moverme de arriba abajo usándome como si yo no pesara, sin preguntar, sin esperar. Valeria, al costado, me apretaba las tetas con una mano y se tocaba con la otra.
Aguanté así unos minutos. De repente, sin previo aviso, Sebastián me sacó de encima, se paró, me alzó del piso agarrándome por las nalgas y me clavó contra la pared. La espalda me golpeó contra el placard. Empezó a embestirme con una violencia que no entendí. No era sexo. Era otra cosa. Era como si me estuviera cobrando algo que yo no le había hecho. Yo lo abrazaba con las piernas y lo dejaba hacer, mojándome cada vez más a pesar de mí, porque mi cuerpo respondía mientras mi cabeza, en algún rincón, ya empezaba a hacer cuentas.
Acabó dentro mío con un gruñido animal y me dejó caer sobre la cama como quien deja caer un trapo. Se rió por lo bajo y se fue al baño.
—¿Estás bien? —me susurró Valeria.
—Sí —le dije.
No estaba bien. Estaba calculando.
Volvió del baño con una pastilla azul en la mano. Viagra. La tragó con un vaso de agua y se acostó otra vez. Mientras esperaba que le hiciera efecto, le abrió las piernas a Valeria y empezó a comérsela con una delicadeza que no había tenido conmigo. Ella le agarraba el pelo y suspiraba bajito, y a mí ya no me miraba.
Cuando estuvo listo, Valeria se acostó boca arriba y él se metió entre sus piernas. La penetró con fuerza, sí, pero con otra fuerza, una que respetaba el cuerpo que tenía debajo. Le hablaba en voz baja, le besaba el cuello, le mordía despacio el labio inferior. Eran novios. Yo no era nada.
Mientras los miraba coger, terminé de armar el plan en la cabeza.
***
Esperé a que terminaran. Sebastián se vino dentro de ella y se desplomó al costado, satisfecho, con esa sonrisa de macho que se cree que cogió bien a dos chicas en una tarde. Yo me levanté de la cama envuelta en una sábana.
—Voy a buscar más vino —dije.
Bajé a la cocina. Saqué una botella del estante, tres copas, y del cajón del cubierto saqué el blíster de pastillas para dormir que tomaba mi mamá cuando se quedaba a dormir en casa. Molí dos en el mortero hasta hacerlas polvo. Las tiré dentro de una de las copas, las revolví con el dedo, le serví vino encima y agité con cuidado hasta que no quedó ni un grumo. Subí.
Les pasé las copas. Sebastián se tomó la suya de un trago largo, sin notar nada, todavía pavoneándose. Charló unos minutos, fanfarroneó sobre cuánto aguantaba, sobre lo apretada que yo era, sobre algún viaje a la costa que tenía pensado hacer con Valeria. Y de a poco, las palabras se le empezaron a arrastrar. Bostezó. Parpadeó largo. Murmuró algo que ninguna de las dos entendió. Y se desplomó hacia un costado.
Valeria me miró con los ojos como dos huevos fritos.
—¿Qué le hiciste?
—Lo dormí. No te asustes, son dos pastillas, va a roncar tres horas y se va a despertar entero.
—¿Y para qué?
Le conté el plan. Le mostré lo que tenía en el bolso, en el bolsillo interno con cierre: el dildo más grande que había comprado nunca, uno negro, grueso, con base de ventosa, comprado hacía meses y todavía sin estrenar. El frasco de lubricante. Las esposas acolchadas de muñecas y de tobillos que había comprado en un local de Once con Valeria, riéndonos. Una mordaza de bola.
Valeria se tapó la boca con las dos manos. Y después se largó a reír, una risa nerviosa primero, y después una risa franca, libre, sin culpa, como si por primera vez en la noche se sintiera dueña de algo.
—Sos una hija de puta —me dijo, agarrando el dildo del medio.
—Lo sé.
Lo pusimos en cuatro patas en el medio de la cama, le abrimos bien las piernas, le levantamos las caderas hasta que el ano le quedó al descubierto. Le esposamos las muñecas a los barrotes del respaldo, los tobillos a las patas de la cama. Le metimos la mordaza con cuidado de no ahogarlo. Y, por las dudas, le pusimos otra pastilla azul debajo de la lengua y esperamos a que se la tragara por reflejo. No me iba a perder la imagen.
Mientras dormía, se le empezó a poner dura. Una erección lenta, ajena, como si el cuerpo siguiera órdenes de otro lado. Le brotó una gota transparente de la punta. Valeria se la sacó con el dedo, se la metió en la boca y me guiñó un ojo.
—Esperá a que se despierte —le dije—. Quiero que esté despierto.
***
Tardó casi tres horas. Ya entraba luz por la ventana cuando lo escuchamos gemir distinto, un quejido confuso, todavía pegoteado de sueño. Abrió los ojos. Tardó unos segundos en entender la postura. Intentó moverse y descubrió que no podía. Intentó hablar y descubrió la mordaza. Y entonces sí, los ojos se le abrieron de verdad, redondos, despiertos del todo, y la respiración se le aceleró hasta resoplar por la nariz como un toro asustado.
Me trepé a la cama por atrás, desnuda, con el dildo bien lubricado en la mano. Valeria estaba al costado, en una silla, con una bata mía, tomando un café, mirando el espectáculo con las piernas cruzadas como si fuera la dueña de un circo privado.
—Hola, campeón —le susurré al oído—. Ahora te toca a vos.
Apoyé la punta. Esperé. Le di tiempo a que se asustara de verdad. Y empujé.
Entró con resistencia. Él gritó debajo de la mordaza, un grito ahogado, agudo, distinto a cualquier sonido que le había escuchado hacer antes. Empujé más. Le agarré la cintura con la mano libre, como él me había agarrado a mí, y empecé a moverme con el mismo ritmo bestial con el que él me había clavado contra la pared. Sin tregua. Sin preguntar. Sin esperar.
Los primeros minutos fueron de pelea. Tiraba de las esposas, sacudía la cabeza, intentaba cerrar las piernas y no podía. Valeria se levantó de la silla en algún momento, le dio una palmada fuerte en la nalga izquierda y le dejó una marca roja con forma de mano. Después otra. Después le pasó la mano por la espalda y le dijo bajito «tranquilo, amor, no te resistas, ya casi».
Y en algún momento, el cuerpo se le entregó. No sé bien cuándo. Dejó de luchar. Dejó de gritar. Empezó a gemir, primero por la nariz, después por la boca alrededor de la mordaza, sonidos largos y graves que no se parecían a nada de lo que le había escuchado antes. Los ojos se le pusieron vidriosos. Empezó a empujar él, a buscarme hacia atrás, a pedir lo que no se animaba a pedir.
Lo cogí así seis minutos largos, mirándole la nuca, midiéndole la respiración, dándole exactamente lo que él me había dado a mí horas antes. Cuando el Viagra hizo lo suyo y se vino, fue una eyaculación larga, sin que nadie se la tocara, con todo el cuerpo temblándole de los pies a la cabeza. La sábana quedó manchada con una mancha blanca que no parecía caber dentro de un cuerpo solo.
Me retiré despacio. Le solté las esposas, primero los tobillos, después las muñecas. Le saqué la mordaza con cuidado. Se quedó tirado boca abajo, la cara hundida en la almohada, sin moverse, sin hablar. Le pasé una mano por el pelo, casi con ternura. No reaccionó.
Cambiamos las sábanas. Tiramos las viejas en una bolsa negra que después bajé al pasillo. Nos metimos los tres bajo el acolchado limpio y nos quedamos dormidos así, sin decir una palabra, los cuerpos pegados como si nada de lo anterior hubiera pasado nunca.
***
A la mañana siguiente, Valeria se vistió temprano. Me besó en la boca, larguito, y me dijo al oído «sos mi favorita» antes de cerrar la puerta. Sebastián se quedó atrás. Cuando ella ya estaba en la calle, él se puso los pantalones despacio, se sentó en el borde de la cama y me miró por primera vez sin máscara.
—Vine a romperte —me dijo.
—Lo sé.
—No me gustaba la idea de que ella se acostara con otra. Ni con otro, ni con otra. Pensé que si te clavaba fuerte una vez ibas a entender que ella era mía y se terminaba el jueguito. Por eso te embestí así.
—Lo sé.
—Y vos lo sabías y me dejaste hacerlo igual.
—Te dejé hacerlo —le dije— para que después no te quedara nada para alegar.
Se rió. Una risa cansada, sin filo, sin la fanfarronería del día anterior.
—Fue lo más rico que cogí en mi vida —dijo, mirándose las manos—. Las dos cosas. Lo que te hice y lo que me hiciste. No sé qué hacer con eso.
—Andate a tu casa —le dije—. Pensalo despacio.
Se fue sin saludar.
Eso fue en mayo. Hace casi un año ya. Valeria sigue siendo mi mejor amiga y sigue siendo, a veces, mi amante, aunque cada vez con menos urgencia y más cariño. Sebastián volvió dos veces más, las dos por su cuenta, sin ella, a tocarme la puerta a las tres de la mañana. La primera vez le abrí. La segunda no.
El dildo sigue en el primer cajón de la cómoda. A veces lo miro y pienso en él. Y en mí. Y en cómo, durante seis minutos exactos, fui exactamente lo que él fue conmigo, y descubrí que no me gustaba tanto como creía. Pero también descubrí que, si hace falta, puedo serlo otra vez sin temblarme la mano.