El precio que pagué por la modelo más hermosa
Faltaba mes y medio para terminar el semestre, el último de Damián. En cuanto firmara las últimas actas tendría que volver a Yucatán a hacerse cargo de los negocios de su familia, y la idea me pesaba como una piedra en el estómago. La facultad había organizado prácticas en Querétaro para los próximos egresados, un convenio con empresas locales que ofrecía mano de obra calificada a cambio de exposición laboral. Damián se iría treinta días y volvería siete antes de la graduación. Esa última semana yo ya la tenía planeada en la cabeza: que me cogiera todos los días, en todas las posturas que se le ocurrieran, sin importar cómo me dejara la cola después. Era mi forma de despedirme.
El lunes anterior a su partida, después de una de esas sesiones que me dejaban sin aire encima de su cama, se quedó mirando el techo y soltó la frase que me cambió la semana entera.
—¿Te gustaría cogerte a Renata?
Renata era una de sus chicas, una modelo que contrataban para amenizar eventos deportivos. Una mujer de las que paran el tráfico: alta, cabello negro hasta media espalda, piel muy clara, ojos castaños enormes, pechos firmes y redondos y una cintura ridículamente fina que le marcaba la cola hasta lo obsceno. La había visto dos veces en fotos del celular de Damián y siempre había pensado que estaba a años luz de cualquiera que yo conociera. Damián, en cambio, la coleccionaba como quien junta figuras. Pero nunca las compartía. Esa era la regla. Por eso la pregunta me sonó tan rara.
—Claro que sí, cabrón —respondí enderezándome contra el respaldo—. Es la mejor de tus chicas, no sabes la cantidad de veces que me he masturbado pensando en ella. Pero tú no compartes a tus mujeres, así que escúpelo. ¿Qué traes en la cabeza?
—Tampoco quieres que me coja a Camila contigo, ¿no? —dijo sonriendo—. Pues esto es parecido, pero al revés. Quiero cogerte a ti y a Renata al mismo tiempo. Mis dos mejores agujeros, juntos.
—Ahí está la trampa —contesté—. No quieres que me la coja, quieres usarla para humillarme. Olvídalo.
—Te la vas a coger, te lo prometo. Renata tiene una fantasía y quiero cumplírsela, y quiero hacerlo contigo. Considéralo mi regalo de despedida. No te vas a arrepentir.
Me miraba con esa cara insistente que ya conocía. La que ponía cuando quería algo y sabía que ya me tenía agarrado del cuello. Suspiré.
—¿Cuál es la fantasía?
—Renata quiere ver cómo me cojo a un hombre por primera vez. Tendrías que actuar que eres virgen.
Solté una carcajada.
—Damián, ya me tienes más que estrenado.
—Eres buen actor —dijo con esa media sonrisa que sabía que me derretía—. En nuestros juegos de resistencia te sale perfecto. Los quejidos, los gritos sofocados, la cara de pánico. Cualquiera juraría que es la primera vez que te tocan.
—¿Y de dónde le salió la idea a ella? —pregunté—. Una mujer como Renata no piensa solita en algo así, no me jodas.
—Estábamos cogiendo. Le metí la verga por la cola y no me cabía entera. Empecé a calentarla diciéndole que no era lo suficientemente puta, que cualquiera de sus exnovios chuparía mejor que ella, que la haría tragarse hasta el último centímetro. La calentó tanto la idea que ya no se la pudo sacar de la cabeza.
Me reí, negando con la cabeza. Era tan típico de él. La fantasía no era de Renata. Era de Damián, disfrazada para que ella la pidiera.
—Eres un manipulador hijo de puta.
—Pero soy tu manipulador hijo de puta —dijo, y se inclinó a besarme.
Esa noche, ya solo en mi cama, me la pasé pensando en el escenario que me había pintado. Me masturbé tres veces antes de dormirme, imaginando el cuerpo de Renata debajo del mío mientras Damián me empalaba por detrás. Para el jueves ya había aceptado, aunque me había pasado los días anteriores contestando los mensajes a cuentagotas, haciéndome el difícil para que tuviera que insistir. Cogerse a una mujer así era de esas cosas que pasan una vez en la vida. Y el precio, francamente, no me parecía tan alto.
***
El sábado pasaron a buscarme a las once. Damián tocó dos veces el claxon abajo de mi edificio y bajé tratando de fingir naturalidad, aunque el estómago me daba vueltas como si fuera la primera cita de mi vida. Renata iba en el asiento del copiloto. Cuando se giró a saludarme, casi me trabé al darle la mano.
Llegamos rápido al departamento. Renata llevaba un vestido rojo muy corto, con un escote profundo adelante y la espalda completamente al aire. Tacones del mismo tono. Damián sacó una botella de whisky, hielo y agua mineral, y nos sirvió. A los pocos tragos puso música, una bossa nova lenta, y la sacó a bailar. Se movían como si estuvieran solos en la habitación. Cada vez que Renata giraba, el vestido se le subía y dejaba ver el inicio de los muslos.
Cuando llegó mi turno, me costó pararme. Damián se fue a la cocina con cualquier excusa y nos dejó. Renata me tomó de la mano y me llevó al centro de la sala, dejándose llevar por la música. Sus dedos estaban fríos contra los míos. La rodeé por la cintura con una mano y al principio mantuve la otra suelta, sin saber dónde ponerla.
—Relájate —me susurró—. No muerdo.
Empezó a apretarse contra mí. Sus pechos contra mi pecho, su cadera contra la mía. Bajé la mano hasta su cintura, después un poco más. Sus nalgas eran firmes y redondas, y debajo del vestido se adivinaba la línea minúscula de una tanga. En una vuelta giró y me dio la espalda, contoneándose contra mí, y sentí mi propia verga endurecerse de inmediato contra su trasero. Le aparté el pelo del cuello y le murmuré, con la voz tomada:
—Tengo que decirte que eres lo más hermoso con lo que he bailado en mi vida.
Le di un beso suave detrás de la oreja. Se estremeció, y noté cómo todo su cuerpo se tensaba contra el mío. Su mano bajó hasta mi entrepierna y me apretó por encima del pantalón.
—Tú y Damián me tienen muy caliente —dijo girando la cara hacia atrás—. Los dos.
Damián volvió en ese momento con esa sonrisa torcida que conocía bien, y nos hizo señas para que fuéramos al sillón. Renata se sentó en medio. Su mano se posó en mi muslo y subió sin prisa hasta encontrar mi erección. Damián se quitó los pantalones y, sin pensarlo, yo también. Mi mano viajó hasta su entrepierna y le subí el vestido hasta la cintura. La tanga estaba mojada de lado a lado. Le metí dos dedos sin pedir permiso y soltó un gemido bajo, mordiéndose el labio.
Cuando estuvimos los tres desnudos, Renata se arrodilló frente al sillón. Tomó las dos vergas en sus manos y empezó a alternar. Primero la mía, después la de Damián. Cuando se metió a Damián en la boca lo hizo casi entero, sin esfuerzo, y eso me caldeó todavía más. Era una mamadora con horas de vuelo. Cuando volvió a mí, recorrió la cabeza con la lengua antes de tragar. Tuve que apretar los dientes para no acabar ahí mismo.
—Vengan —dijo levantándose y tomándonos de las muñecas—. Aquí estamos incómodos.
Caminamos los tres a la habitación. Damián se acostó boca arriba y le hizo señas a Renata para que se inclinara sobre él. Ella se acomodó en cuatro patas, con la cola levantada hacia mí como si me la estuviera ofreciendo en bandeja. No me hice esperar. Me arrodillé detrás, le abrí las nalgas con las dos manos y me quedé mirando un momento. Su agujero estaba rosado y fruncido, perfecto, y el sexo le brillaba de empapado que estaba. Acerqué la cara y empecé a lamer, primero el clítoris y después subiendo despacio, recorriéndole cada centímetro hasta llegar a la cola. Cuando le pasé la lengua por el agujero pequeño, sentí cómo todo su cuerpo se sacudía. Empujó la cola contra mi cara, pidiendo más, y yo le metí la lengua dentro mientras le hundía dos dedos en el sexo al mismo tiempo.
No aguantó. A los pocos segundos empezó a convulsionarse, soltando la verga de Damián para gemir abiertamente, con esos gritos cortos y agudos que no parecían los de una mujer tan controlada.
—Ay, sí, así, no pares, ahhh.
Damián la abrazó por los pechos mientras terminaba de venirse. Cuando se calmó, le besó el cuello y se rió.
—Tu amigo me hizo correr, Damián. Qué buenos son los dos.
Me sentí orgulloso. La seguí besando en la espalda mientras Damián la levantaba con cuidado y la acomodaba sobre él, sentándola a horcajadas. Le sujetó las caderas y la fue bajando despacio. Renata se quejó al sentirlo entrar.
—Despacio, eres muy grueso, no me acostumbro.
—Quieta, relájate.
La empaló de golpe hasta el fondo y ella gritó, pero el grito se transformó al instante en un gemido largo. Empezó a moverse en un balanceo lento, montándolo, y yo no podía despegar los ojos de cómo se le abrían las nalgas con cada bajada, dejándome ver el agujero pequeño contraerse y relajarse en cámara lenta. Busqué el lubricante en la mesita, me eché un buen chorro en la verga, otro en los dedos, y me puse de rodillas detrás de ella. Damián se quedó quieto, sujetándola firme por la cintura, entendiendo lo que venía.
Apoyé la cabeza de mi verga contra su agujero y empujé despacio. La sentí abrirse en torno a mí milímetro a milímetro, hasta que la cabeza cedió y entró. Renata se tensó entera.
—Espera, despacio, me duele.
—Tranquila, respira —le dije masajeándole la espalda baja—. Vas a ver cómo te empieza a gustar.
Damián me alentaba, con una sonrisa de niño en una juguetería.
—Cógetela bien, Mateo. Aprovéchala.
Empujé hasta el fondo, lentamente, y cuando mis testículos chocaron contra sus nalgas soltó un gemido grave que le salió de la garganta. Me quedé quieto un momento, sintiendo cómo se ajustaba a mí, palpitando. Por el delgado tabique sentía la verga de Damián moverse, y cada vez que él avanzaba, me rozaba a través de su cuerpo. Era una sensación que nunca había probado: caliente, eléctrica, casi insoportable.
—Ay, cabrones, me dueeele, pero qué rico, así, cójanme, soy su puta.
Empezamos a sincronizarnos. Cuando yo entraba, él salía. Cuando él entraba, yo salía. La cama se balanceaba con nosotros. Renata gemía sin parar, con la cara pegada al pecho de Damián, que se aferraba a sus pechos y los mordía sin contemplación. Yo le sujeté la nuca, le besé el cuello, le mordí el lóbulo de la oreja. Estábamos los tres bañados en sudor.
Renata fue la primera en venirse de nuevo, y cuando empezó a temblar, su cuerpo se cerró sobre mí como un puño. La fricción contra Damián a través del tabique se volvió todavía más intensa, y los dos perdimos el control casi al mismo tiempo. Sentí cómo mi verga se hinchaba antes de descargar dentro de ella, oleada tras oleada, mientras escuchaba a Damián gemir a un palmo de mi cara. Renata se desplomó sobre su pecho, jadeando, y yo me derrumbé encima de su espalda, sintiendo su columna subir y bajar con cada respiración.
***
Tardé minutos en poder despegarme. Nos quedamos los tres tirados, hablando en voz baja, fumando el cigarro que Damián siempre tenía a mano después. Renata estaba bañada en semen, escurriéndole por los dos lados, y se rió al darse cuenta. Nos fuimos los tres a la regadera.
En el baño no cabíamos. Renata se reía cada vez que el agua le caía mal y nos hacía maniobrar. Le ayudé a enjuagarse mientras Damián me apretaba contra su espalda. Sus manos jabonosas recorrieron mi verga con una suavidad que no había sentido en horas, y noté cómo se me ponía dura de nuevo casi sin querer. A Damián le pasaba lo mismo. Renata bajó la mirada y soltó una carcajada.
—Parece que están listos para el segundo asalto. Por eso me gustan los jóvenes, aguantan más de uno.
Nos secamos rápido y volvimos a la habitación con las vergas otra vez tiesas. Renata se acostó boca arriba, separó las piernas y me tomó de la cabeza con una mano.
—Ven a comerme aquí, mientras Damián te prepara.
Me arrodillé entre sus piernas, le abrí el sexo con los pulgares y hundí la cara. Apenas había empezado a lamer cuando sentí las manos de Damián tomarme las muñecas y juntármelas detrás de la espalda. El clic conocido de las esposas. Las mismas que habíamos usado tantas veces en nuestros juegos.
La fantasía de Renata acababa de empezar. Lo que pasó después se los cuento en el próximo relato.