Pesca con Mateo y lo que descubrí en la obra
Habían pasado casi cinco años desde aquella noche en que Mateo y yo cruzamos sin querer la línea que ninguno de los dos admitiría haber pintado. No volvimos a hablar de aquello. Hubo otras escapadas a la costa, otros silencios incómodos al amanecer, otros termos pasándose de mano en mano frente al mar, pero entre nosotros nunca pasamos de cierto punto. El asterisco, como lo llamaba él entre risas, jamás fue profanado por mi carne, ni la suya por la mía, al menos en mi orilla del cuerpo.
Aquel viernes nos juntamos por trabajo. Teníamos que decidir si presentábamos una propuesta conjunta para una reforma grande, una de esas que cambian el año si te la quedás. Mateo me llamó a la mañana y propuso lo más natural del mundo: cerrar los números en la playa, con cañas en la arena y dos noches de carpa.
—No salimos hace meses —dijo—. Y si no nos ponemos de acuerdo nosotros, va a aparecer otro estudio y nos arruina el precio.
Acepté sin pensarlo demasiado. Hacía mucho que no iba a la costa.
Cargué el auto al mediodía y pasé por su casa al caer la tarde. Manejamos hasta una zona casi desierta del Atlántico, varios kilómetros más allá del último balneario abierto. Llegamos ya de noche cerrada, con el viento del sur cruzándonos la cara apenas abríamos la puerta.
Lo primero fue armar la carpa, una de tres plazas que servía para aguantar el frío entre dos. El cielo amenazaba lluvia, así que metimos adentro la ropa, las billeteras, la comida, y dejamos las cañas afuera. El farol de gas, colgado del techo, soltaba una luz amarilla que entibiaba el aire dentro de la lona.
***
Cuatro de la mañana. La temperatura no pasaba de cuatro o cinco grados. El mar rompía duro y el viento empujaba la pared de la carpa hasta hacerla crujir. Llevábamos varias horas turnándonos en la orilla, con piques que tardaban una hora y media o dos en llegar y casi nunca terminaban en pesca. Estábamos cansados, con la nariz roja y los dedos torpes, y nos metimos a la carpa a esperar el amanecer.
Mateo se acomodó contra la mochila, se sacó las botas y empezó a mirar algo en el celular. Después de un rato, soltó una risa baja.
—Mirá esto, te lo paso —dijo, apuntando la pantalla hacia mí.
Era un video largo, con argumento. La trama intentaba sostenerse: dos parejas que se cruzaban en una casa de campo, una empleada que entraba en escena, conversaciones que justificaban cada cambio. Lesbianismo, algún tramo trans, breves apariciones de hombres con hombres y mucho hetero. Lo pasamos por bluetooth y cada uno lo siguió en su pantalla, con auriculares puestos. El sonido del viento se mezclaba con los gemidos en mi oído.
No fue planeado, o eso me dije después. Cuando levanté la vista de la pantalla, Mateo tenía una mano por dentro del pantalón, sin disimulo. Me miró sin sacarla.
—¿Vas a pegarme una piña si te propongo lo de siempre? —preguntó, medio en broma.
No, no te voy a pegar una piña.
Saqué una lona vieja de la mochila, la extendí sobre la arena dentro de la carpa, y nos acostamos boca arriba, uno al lado del otro. Empezó como siempre: con cada mano buscando al otro, sin mirarse, sin hablar. Su mano era ancha y áspera por los años de obra; la mía estaba tibia del bolsillo. Trabajamos despacio, sincronizando la respiración, sin mover el resto del cuerpo, como si cualquier movimiento de más fuera a romper el acuerdo tácito de no llegar más lejos.
—Despacio —pidió en voz baja—, tenemos toda la noche.
Le hice caso. Bajé el ritmo, apreté un poco más en la base, lo dejé al borde dos veces antes de soltarle. Él hizo lo mismo conmigo. Llegué primero, en silencio, con un temblor que me recorrió desde los pies hasta la nuca. Él me apretó el hombro con la mano libre y se vino enseguida, soltando un gemido seco que se perdió en el ruido del mar.
Nos quedamos así un rato largo, con la lona pegajosa entre los dos. Después se levantó, sin mirarme, y salió a fumar afuera de la carpa. Yo cerré los ojos y escuché el viento.
***
Justo antes del amanecer se acercó un cardumen y nos mantuvo en movimiento más de tres horas. Sacamos cinco corvinas grandes y un par de pescadillas. Cuando salió el sol desayunamos café cargado y dos sándwiches que ya tenían arena entre el pan. Caminamos por la playa juntando maderas para el asado del mediodía y no volvimos a mencionar lo de la madrugada.
Los tres días siguieron el mismo patrón. De día, pesca y trabajo: cifras anotadas en una libreta, cálculos de materiales, plazos posibles, cuánto podíamos bajar el costo si comprábamos juntos los sanitarios y la grifería. De noche, cuando el frío arreciaba, otra vez la lona, otra vez las manos, alguna vez la boca uno del otro, y nada más. Era una rutina que ninguno nombraba y que ninguno cortaba.
El domingo a la mañana, antes de levantar la carpa, ya teníamos un precio cerrado. Una cifra justa para los dos, lo bastante baja para ganar la licitación y lo bastante alta para que el trabajo nos diera de comer un año entero. Nos dimos la mano sobre el capó del auto y volvimos a la ciudad sin escuchar música, cada uno con la mirada perdida en una ventanilla distinta.
***
Ganamos la licitación. La obra arrancó un primero de febrero con la idea de cerrar a fines de diciembre o principios de enero. Era un edificio de cinco pisos en pleno centro, una reforma integral: hacer todo menos tirar las paredes maestras. Veintiséis baños privados, locales en planta baja, oficinas en los pisos altos, una escalera de hormigón que había que recubrir entera.
El trato con Mateo era simple: él coordinaba a las cuadrillas, yo me ocupaba de los proveedores, las certificaciones y los controles finales. Nos veíamos cada día en la obra y, salvo el polvo y las discusiones por los plazos, no había mucho más que contar. De los fines de semana en la costa no hablábamos nunca. Era como si esa parte de nosotros viviera en un cajón cerrado y nadie quisiera abrirlo durante la semana.
A los seis meses largos llevábamos el setenta y cinco por ciento del trabajo. Los baños estaban revestidos, la grifería instalada, faltaba revisar funcionamientos: que las duchas tuvieran presión, que los inodoros descargaran bien, que no hubiera filtraciones. Era un trabajo lento, de planilla y birome, y me tocaba a mí.
***
Entré al edificio un martes a media mañana. Llevaba un casco prestado y una libreta con la grilla de chequeo, hoja por baño. Subí en silencio por la escalera lateral, esa que los obreros casi no usaban porque el ascensor de servicio ya estaba andando. En el tercer piso me detuve a tomar agua y escuché un ruido que no encajaba con el resto.
No era el chirrido de una amoladora ni el golpe de un martillo. Era más bajo, más rítmico. Algo entre un golpe seco y una respiración apurada. Venía de una de las oficinas del fondo, donde estaban los baños privados de los gerentes, los más amplios.
De puro curioso —y porque, lo admito, algo en el sonido me llamó— caminé despacio, apoyando los borceguíes en el costado de la suela para no hacer ruido sobre el cemento. La puerta de la oficina estaba entreabierta. La del baño, también. Me asomé sin entrar.
Mateo estaba desnudo. Apoyaba las dos manos en el pasamanos de la ducha, que aún no tenía mampara. La cabeza colgaba entre los hombros, los ojos cerrados, la boca abierta. Detrás, también desnudo, estaba Joaquín, el encargado de control de obra que la inmobiliaria había puesto para vigilarnos. Le agarraba las caderas con las dos manos y se la metía a un ritmo parejo, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Me quedé clavado en el marco. La sangre se me fue a las orejas. Los gemidos de Mateo ya no se confundían con nada: pedía más en voz baja, repetía el nombre de Joaquín como si le costara armarlo. Cada cierto número de embestidas, Joaquín frenaba, empujaba hasta el fondo y se pegaba a su espalda. Le abría las nalgas con las dos manos, le mordía el cuello, y después estiraba la mano derecha por delante del cuerpo para agarrarle la verga y pajearlo despacio, sin dejar de estar adentro.
—¿Te gusta así, no? —le murmuraba al oído—. Decímelo.
—Me encanta —contestaba Mateo, casi sin voz—. Seguí.
Joaquín volvía a tomarlo de las caderas y arrancaba de nuevo, con más ganas. Tenía unos treinta años, no más. La espalda ancha, los brazos marcados de cargar peso, una concentración de animal de monte. No improvisaba: sabía exactamente qué estaba haciendo y cuánto faltaba.
Sin darme cuenta, yo ya tenía la mano dentro del pantalón. Me apoyé contra la pared del pasillo, fuera del campo de visión, y me la sacudí mirando de reojo cómo Joaquín bombeaba a Mateo. No tardé mucho. Me vine en menos de cinco minutos, con el dorso de la mano izquierda mordido para no hacer ruido y la otra empapada. Justo cuando estaba terminando, los escuché decir, casi a coro, que se venían.
Mateo soltó un gemido largo y vi cómo le chorreaba la leche por la mano de Joaquín, que seguía moviéndose contra su espalda. Joaquín empujó dos veces más, se hundió hasta el fondo, y se quedó quieto con los dientes apretados. Cuando se retiró, le corría un hilo blanco por la cara interna del muslo a Mateo. Joaquín volvió a entrar, esta vez en cámara lenta, como quien apura las últimas gotas, y Mateo apoyó la frente en el azulejo.
Cayeron sentados los dos en el piso de la ducha, espalda contra espalda, riéndose flojo. Afuera seguía el ruido de la avenida, una sirena lejana, una amoladora dos pisos más abajo. Nadie podía oírlos salvo yo.
***
Me arrastré hasta la oficina de al lado, me limpié con un trapo de obra y me quedé quieto, esperando que se ducharan y se vistieran. Escuché correr el agua y dos voces apagadas que charlaban algo que no llegué a entender. Después, un silencio. Después, un gemido.
Volví a asomarme. Mateo estaba arrodillado en la ducha, con la verga de Joaquín entera dentro de la boca. La cabeza iba y venía con un ritmo que reconocí enseguida: era el mismo con el que me había sacudido a mí tantas madrugadas en la costa. Joaquín tenía una mano en su nuca y la otra contra el azulejo, apoyado, mirando al techo como quien resiste algo.
Ninguna sorpresa. Joaquín tenía treinta años, estaba con todo el power y, al parecer, también con hambre.
Junté mis papeles, salí en puntas de pie y cerré con cuidado las dos puertas que había encontrado abiertas. Bajé por la escalera lateral sin cruzarme con nadie. En la planta baja saludé al sereno como si nada, le dije que me había olvidado un plano y que volvería al día siguiente.
***
Esa noche manejé hasta casa con la radio apagada. Pensaba en muchas cosas a la vez y en ninguna a fondo. En lo que había visto, en lo que había sentido, en por qué no me molestaba. En que Mateo, después de cinco años de fingir que aquello en la carpa era un accidente, llevaba quién sabe cuánto tiempo dejándose hacer en la obra por un tipo más joven, mientras conmigo seguía sosteniendo la línea.
No le dije nada. Al día siguiente firmé las planillas como si las hubiera revisado, y las del piso tres las firmé sin entrar a ese baño. Joaquín me cruzó en el ascensor y me saludó con un apretón de manos firme, mirándome a los ojos, sin un solo tic que delatara nada. Buen actor. O ya estaba acostumbrado.
La obra se entregó a tiempo. Repartimos la ganancia. Mateo me llamó en febrero del año siguiente para proponer otra escapada a la costa, en semana santa.
—Me debés una revancha de pesca —dijo, riéndose.
Le dije que sí. Cargué el auto un jueves a la tarde y pasé por su casa al caer el sol. Esa noche no llevé la lona vieja en la mochila. Llevé otra cosa.
Pero eso es para otro día.