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Relatos Ardientes

El joven futbolista del club que tardó un año en ceder

Esto pasó hace unos cuantos años, pero todavía lo recuerdo con la nitidez de las cosas que uno guarda sin querer. En aquel entonces yo tenía cuarenta y dos, era flaco, morocho, con buen cuerpo gracias a años de bicicleta y poca paciencia para la mesa, y vivía solo en el centro desde mi separación. Un grupo de colegas me había invitado a entrenar fútbol dos tardes por semana en un club de las afueras, con canchas de césped y un buffet sencillo donde terminábamos compartiendo cerveza y empanadas después de cada partido.

Me anoté sin pensarlo demasiado. Necesitaba mover el cuerpo, hacer algo que no fuera la oficina. El club quedaba a unos seis kilómetros de mi departamento, en una zona donde las casas eran modestas y la mayoría de la gente se conocía. Los primeros entrenamientos fueron desastrosos. Llegaba sin aire al primer tiempo, jugaba con los pies de cemento y volvía a casa con dolor en lugares que ni sabía que tenía.

Fue en uno de esos primeros días que lo vi. Estaba sentado en el alambrado, con una pierna colgando hacia afuera, esperando a que alguno de nosotros se lesionara o se cansara para entrar de suplente. Vivía justo enfrente del club. Le decían Tobías, aunque después supe que en su casa lo llamaban Toby. Tenía dieciocho años recién cumplidos, era flaco, alto, de piel oliva y un pelo oscuro que la luz del atardecer subrayaba como si lo estuviera buscando a propósito.

—¿Querés entrar? —le preguntó uno de los míos.

Tobías asintió sin sonreír, saltó el alambrado de un solo movimiento y se metió en la cancha. En los primeros diez minutos quedó claro que jugaba en otro nivel. Pegado a la línea, eludía con un toque corto y miraba antes de mandar el centro. Yo lo seguía con los ojos más de lo necesario y, en algún momento, él me devolvió la mirada. No fue nada, solo un instante. Pero los dos lo registramos.

Durante el tercer tiempo nos sentamos cerca. Hablamos del partido, de la cancha, de cualquier cosa. Le pregunté si jugaba en algún lado y me contó que había estado en las inferiores de un club de la zona hasta hace poco, pero que había dejado por motivos que prefería no detallar. Yo le dije, medio en broma, que necesitaba un profesor particular porque era un desastre. Él se rió por primera vez esa noche.

—Si querés, te paso unos tips —dijo, encogiéndose de hombros como si fuera una idea cualquiera—. Vivo enfrente, no me cuesta nada.

Intercambiamos los números antes de que ninguno de los dos tuviera tiempo de pensarlo demasiado.

***

Las clases empezaron la semana siguiente. Llegaba al club media hora antes del entrenamiento oficial y él aparecía con una pelota bajo el brazo y unas zapatillas gastadas. Me corregía la postura, me enseñaba a parar la pelota con la planta, a tirar de zurda sin caerme. Tenía una paciencia rara para un chico de su edad, como si le gustara enseñar más que jugar. Y a mí me gustaba estar ahí, en silencio, mirándolo explicar.

De a poco empezamos a escribirnos también fuera del club. Cosas tontas al principio: un meme, una pregunta sobre el próximo partido, una recomendación de música. Después fueron mensajes más largos, conversaciones que se estiraban hasta la una de la mañana. Yo no le contaba a nadie. No había nada que contar, en realidad. O eso me decía.

Una tarde, durante el tercer tiempo, Tobías se fue temprano sin saludarme. Yo no le había prestado mucha atención porque estaba enredado en una discusión sobre el sistema de juego con dos compañeros. Cuando volví a buscarlo, ya no estaba. Su hermano menor, que a veces lo acompañaba, se acercó con cara de inocente.

—Tobi se fue molesto —me dijo—. Dice que ya no lo tenés en cuenta.

Me quedé congelado con el vaso plástico en la mano. Esa noche manejé hasta mi departamento con una mezcla de confusión y algo más oscuro que no supe nombrar enseguida. ¿Estaba celoso? No podía estar celoso un pibe de dieciocho años de un cuarentón al que supuestamente le daba clases de fútbol. No tenía sentido. Y, sin embargo, me dormí pensando en él, en la curva de sus hombros, en cómo se mordía el interior del cachete cuando dudaba antes de hablar.

***

El entrenamiento siguiente él estaba como si nada. Lo saludé con el mismo tono de siempre y él me devolvió un abrazo corto, de los que duran un segundo más de lo necesario. Esa noche me escribió tarde.

—Estoy aburrido. ¿Por qué no me venís a buscar?

—¿Y qué van a decir en tu casa? Que salís con uno mayor.

—No pasa nada. ¿Me venís a buscar o qué onda?

Tardé veinte minutos en cambiarme la remera tres veces. Cuando llegué a su cuadra, él ya estaba afuera, sentado en el cordón con el celular en la mano. Esa noche dimos vueltas en auto sin rumbo, terminamos en un bar de mala muerte tomando una cerveza tibia y hablando de cualquier cosa menos de lo que estaba pasando entre nosotros. A las dos de la mañana lo dejé en su puerta y volví a mi departamento sintiendo que algo se había desplazado para siempre.

De ahí en más, salíamos dos veces por semana. Bares, una hamburguesería del centro, una vez incluso un baile en un club nocturno al que él entró con el documento de un primo. Conoció mi departamento. Sabía dónde estaba el azúcar, qué shampoo usaba, en qué cajón guardaba las cucharas. Pero nunca pasaba nada. Yo me cuidaba de no avanzar. Él tampoco daba el paso.

***

Una noche, después de un asado al que fuimos los dos en mi auto, terminamos sentados en un banco de una plaza vacía. Yo había dejado música sonando en los parlantes del coche, las puertas abiertas, y la luz amarilla del alumbrado nos pintaba la mitad de la cara. Llevaba meses dándole vueltas a una sola pregunta y esa noche me dejé.

—Tobi, ¿qué onda? A veces te ponés raro conmigo. Te enojás si no te escribo, te ponés mal si te dejo de prestar atención. ¿No será que entre nosotros hay algo más que esto?

Tardó en contestar. Cuando lo hizo, miraba la punta de sus zapatillas.

—Nada que ver. No me enojo. No siento nada raro. Yo no soy gay.

Pregunté una sola vez y no insistí. Volví a casa con el estómago cerrado y la cabeza llena. Me dije que era nuevo para él, que había que dejarlo respirar, que si forzaba la cosa lo perdía. Decidí soltar. Si tenía que pasar, iba a pasar solo.

***

Durante un par de meses nos vimos menos. Él dejó de escribir tan seguido. Yo me obligué a no buscarlo. En el club nos saludábamos con la naturalidad de dos compañeros cualquiera. Yo creía haber cerrado el capítulo, hasta que un sábado de enero, con cuarenta grados a la sombra y la ciudad medio vacía por las vacaciones, sonó el celular.

—¿Qué hacés? ¿A dónde salimos hoy?

Era él. Caprichoso como siempre.

—¿A dónde querés ir? Decime vos.

—Tomemos algo y vamos a bailar. Los dos solos, dale.

Compré bebida en el chino de la esquina, me bañé, me cambié tres veces otra vez y a las once en punto estaba estacionado en su puerta. Tobías salió con una remera blanca pegada al cuerpo y un pantalón negro que le marcaba todo. Subió al auto con una sonrisa que yo no le había visto antes, una sonrisa de chico que sabe lo que está haciendo.

El boliche estaba lleno y nosotros bailamos en el centro de la pista como dos cualquiera. Después de la segunda gin tonic me clavó la mirada con una intención que ya no podía confundirse con otra cosa.

—Vámonos.

—Falta un rato para que cierre.

—Vamos a tu departamento. Quiero irme ya.

Lo dijo sin dramatismo, como quien pide la cuenta.

***

En el ascensor no nos tocamos. Entré primero, encendí solo la luz de pie, puse música baja y serví dos vasos. Él se quedó parado frente al espejo grande del living, ese que mi ex me había dejado al irse. Empezó a moverse al ritmo de la canción, despacio, cantando bajito, mirando su propio reflejo como si yo no estuviera ahí.

Lo miré desde el sillón unos minutos. Estaba demasiado lindo esa noche. La luz le caía en diagonal sobre la mandíbula, y la remera se le había levantado lo justo para mostrar la línea oscura que bajaba del ombligo. Me levanté, dejé los vasos sobre la mesa y me puse atrás de él. Lo abracé por la cintura, despacio, sin apretar.

Tobías no se movió. Me miró a través del espejo y sonrió. No era la sonrisa de la pista de baile. Era una sonrisa más chica, más rara. Una que decía te tengo loco.

Bailamos así un rato largo, con mi brazo derecho en su abdomen, mi pecho contra su espalda y el ritmo cada vez más lento. Empecé a moverme apenas, a llevarlo hacia mí, y noté que él se dejaba apoyar. Que se acomodaba para que mi pija, dura debajo del jean, le calzara entre las nalgas. Ya no había forma de disimular nada.

De golpe, su mano izquierda se fue hacia atrás y me tocó por encima de la tela. Apretó una vez, dos. Yo dejé de pensar. Le abrí el botón del pantalón sin dejar de mirarlo en el espejo y él me ayudó a bajarme el cierre del mío. Mi jean cayó al piso y él me sacó la verga afuera con una mano que ya no temblaba.

Lo di vuelta. Le bajé los pantalones, después el bóxer. Tenía una piel suave, casi sin vello, y un olor a colonia barata mezclado con sudor que se me clavó adentro. Le agarré la cara con las dos manos y lo besé. Fue el primer beso. Tenía la boca tibia y olía a gin.

—¿Estás seguro? —le pregunté, con la frente pegada a la suya.

—Callate.

***

Se arrodilló sin que se lo pidiera. Al principio fue tímido, apenas la punta, un beso corto sobre el glande, después la lengua probando despacio, como si estuviera reconociendo algo nuevo. Lo dejé hacer. No iba a apurarlo. Le pasé los dedos por la nuca y él se animó. Abrió la boca y empezó a chuparme con una entrega que no se aprende, que sale o no sale.

Lo paré antes de que fuera demasiado. Lo llevé hasta la cama de la mano. Se sentó en el borde, las piernas abiertas, mirándome desde abajo con esa cara de pícaro que tenía desde el primer día.

—Vení.

Terminé de desvestirme. Casi rompo la remera al sacármela. Cuando me acerqué, lo empujé despacio para que se acostara boca abajo. Le besé los hombros, la espalda, la curva donde la espalda termina y empieza otra cosa. Le abrí las nalgas con las dos manos y le pasé la lengua por el medio.

El cuerpo le dio un latigazo entero. Soltó un sonido ronco que no parecía suyo, una mezcla de sorpresa y de gracias. Trabajé esa zona un rato largo, con paciencia, porque después me confirmó lo que ya intuía: era la primera vez. Nunca había estado con un hombre, ni mucho menos había dejado que alguien le hiciera eso. Tenía que dilatarlo, tomarme el tiempo, no arruinarlo.

Cuando lo sentí listo, lo di vuelta otra vez. Quería verle la cara. Me acomodé entre sus piernas, le puse un almohadón debajo de la cintura, le pasé saliva con los dedos y empujé despacio. Tobías cerró los ojos, apretó los labios y agarró la sábana con las dos manos. Entré de a poco, milímetro a milímetro, mirándolo respirar.

—¿Te duele?

—Un toque. No pares.

No paré. Cuando estuve adentro del todo me quedé quieto, dejándolo acostumbrarse. Él fue el primero en moverse, levantando un poco la cadera, buscándome. A partir de ahí encontramos un ritmo que parecía coreografiado, su cuerpo contra el mío como si lo hubiéramos ensayado toda la vida.

No duró mucho. Después de un año de mensajes, de miradas, de salidas inventadas, ninguno de los dos iba a aguantar demasiado. Acabamos casi a la vez. No fue acabar: fue otra cosa, una descarga larga que me dejó sin aire. Él soltó un grito corto y me manchó la sábana con un charco que parecía imposible para un cuerpo tan flaco.

Nos quedamos quietos, pegados, sin decir nada, escuchando la música baja de fondo y un perro lejos.

***

Después de aquella noche nos seguimos viendo unos meses más, pero nunca volvió a ser igual. La intensidad se había gastado en una sola noche. Con el tiempo se puso de novio con una chica del barrio, dejó de venir al club, dejó de contestar los mensajes. Lo crucé hace dos años en la calle, empujando un cochecito, con cara de cansado y unos kilos de más. Nos saludamos con un abrazo corto y cada uno siguió su camino.

Fue la mejor noche de mi vida y, de algún modo raro, también la última de algo. Esta es mi confesión. Es la primera vez que la escribo. Saludos.

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