El conserje me leyó la mirada antes del primer café
Entré a esa consultora en septiembre, recién salido de un trabajo en el que había aguantado tres años de más. La empresa quedaba en el piso doce de un edificio viejo del centro, uno de esos con ascensor de madera y olor a cera. No éramos más de dieciséis personas. Yo entraba como analista de proyectos, ingeniero industrial reciclado en finanzas porque, como decía mi suegro, «la plata está donde está, no donde uno estudia».
Ramiro, el dueño, me presentó al resto la mañana del lunes. Una vuelta rápida por los escritorios, apretones de manos cortos, sonrisas educadas. La última parada fue la cocinita del fondo, donde un hombre moreno, fornido, de unos sesenta y largos, fregaba tazas en silencio. Tenía las manos enormes y el delantal puesto sobre una camisa gris bien planchada.
—Don Aurelio, le presento al ingeniero —dijo Ramiro, y después, bajando la voz como quien comparte un secreto entre cómplices, agregó—: cuidado con él, ingeniero, que a don Aurelio le gusta la carne blanca.
Don Aurelio soltó una risa grave, de las que vienen del estómago, y me tendió la mano. Yo le devolví el apretón con todo el profesionalismo que pude juntar. Sentí su palma callosa, tibia, y una corriente fría me bajó por la espalda. Ramiro siguió hablando de otra cosa. Don Aurelio no me soltó la mano enseguida.
Salí de la cocinita riéndome por compromiso. Es un chiste, es solo un chiste de oficina. Pero me pasé el resto del día con esa frase rebotándome en la nuca.
***
Los primeros días los pasé tratando de quedar bien con todos. Llegaba antes que nadie, me iba después que la mitad. Memoricé nombres, organigramas, claves de impresora. Y, sin querer, también memoricé los horarios de don Aurelio.
Lo veía pasar dos veces por la mañana, una a media tarde y otra al final del día. Caminaba sin apuro, con un trapo al hombro o un balde en la mano. Cada vez que lo cruzaba en el pasillo, me decía «ingeniero, buenos días», o «ingeniero, permiso», con un respeto tan exagerado que parecía burla. Yo respondía «don Aurelio» y seguía caminando.
Lo miraba más de lo que era prudente. Era difícil no hacerlo. Tenía hombros anchos, cuello grueso, una panza firme que no le restaba nada. Y el pantalón gris del uniforme le marcaba un bulto que, cada vez que lo registraba, me obligaba a mirar el techo. Yo era casado, tenía dos hijos, vivía en un edificio nuevo en el norte de la ciudad. No estaba para esas cosas.
O eso me repetía cada noche, mientras Lucía me contaba el día del jardín de los chicos y yo asentía sin escuchar.
***
El viernes de la primera semana coincidí con don Aurelio en el ascensor. Yo subía con un fólder bajo el brazo, fingiendo revisar unos números. Él entró con una caja de papelería y apretó el doce sin preguntarme.
—Ingeniero, buenos días.
—Don Aurelio.
El ascensor de madera se sacudió y empezó a subir despacio. Yo miré el panel de los pisos. Él me miró a mí. Lo sentí sin necesidad de levantar la vista. Esa clase de miradas tienen peso.
—¿Y? ¿Cómo se está acomodando?
—Bien, gracias. La gente es amable.
—La gente siempre es amable la primera semana, ingeniero —dijo, y se rio bajito.
Levanté la vista. Tenía los labios gruesos, partidos al medio por una línea más oscura. Sonreía sin enseñar los dientes. No fue un coqueteo. Fue una constatación, como quien revisa un papel y confirma una firma.
Los hombres como don Aurelio tienen un olfato que yo, a esa altura de mi vida, ya había aprendido a respetar. Saben oler la duda. Saben distinguir, entre dos casados, cuál de los dos no está pensando en su mujer. Esa mañana, en el ascensor, supo todo lo que necesitaba saber.
Las puertas se abrieron. Salí primero. No me siguió.
***
Diez minutos después, todavía no llegaba nadie al piso. La oficina estaba en penumbra. Yo había prendido solo la lámpara de mi escritorio y desplegado los informes del cliente nuevo. Escuché pasos en el pasillo. Tres golpes secos en mi puerta, que estaba entreabierta. Don Aurelio asomó la cabeza.
—Permiso, ingeniero. Necesito sacar unas carpetas del anaquel.
—Adelante.
Entró sin mirarme. Caminó hasta el mueble que tenía detrás de mí. Yo seguí leyendo el informe, o fingí seguir leyéndolo, mientras él rebuscaba entre los lomos. Lo escuché respirar muy cerca. Cuando me giré apenas en la silla para preguntar si encontraba lo que buscaba, su pantalón quedó a la altura de mi cara.
El bulto ya no era el de los pasillos. Era más grande. Era una pieza enorme empujando la tela desde adentro, casi rozándome la mejilla. Sentí el calor antes de procesar lo que estaba viendo.
—Ingeniero —dijo, sin girarse, fingiendo que seguía buscando carpetas—, ¿necesita algo más?
—No, don Aurelio, tengo todo lo que necesito.
—¿Seguro?
Titubeé. Solo un segundo. Lo justo para que él lo notara. Acercó la cadera un par de centímetros más. La tela me rozó la barbilla.
—Le repito, ingeniero. ¿No necesita nada más?
—Usted ya sabe lo que necesito —dije, con una voz que no reconocí.
Don Aurelio cerró el cajón del anaquel con una calma que me dio vértigo.
—¿Salimos juntos a las seis, ingeniero?
—Sí.
Se fue sin agregar nada. La puerta quedó como estaba antes, entreabierta. Yo me quedé mirando la pantalla del computador sin ver nada. De ese día, hasta las seis de la tarde, no recuerdo absolutamente nada. Reuniones, llamadas, almuerzo, nada. Fue, sin duda, uno de los días más improductivos de mi vida.
***
A las seis empezaron a irse. Primero las asistentes, después los analistas, después Ramiro. Cada despedida me caía como un golpe en el pecho. Yo seguía mirando una planilla que ya había revisado tres veces. A las seis y veinte, las luces del salón principal se apagaron solas, por el sensor de movimiento. Quedaron solo las de mi oficina y el reflejo del pasillo.
A las seis y media escuché el clic del cerrojo de la puerta principal.
Pensé, en un primer momento, que íbamos a salir. Que tomaríamos un taxi a algún hotel del centro, de esos que cobran por hora y no piden documentos. Que él tendría todo planeado. Pero cuando lo vi entrar a mi oficina, con el delantal todavía puesto, entendí que no íbamos a ir a ninguna parte.
—¿Está vacío todo? —pregunté, con la boca seca.
—Hace rato, ingeniero.
Caminó hasta mi escritorio. No dijo nada más. Se desabrochó el cinturón con dos movimientos, se bajó el pantalón gris hasta media pierna y se sacó el calzoncillo. Le quedó la verga a la altura de mi cara, oscurísima, gruesa, todavía a media asta y ya enorme. Olía a hombre que había trabajado todo el día.
No pidió. No suplicó. Solo se quedó parado.
Yo me incliné y abrí la boca.
***
Se puso dura rapidísimo. Yo creí saber lo que era una verga grande hasta esa noche. Don Aurelio me corrigió la idea con paciencia. Lo lamí entero, desde la base hasta la punta, con la corbata todavía anudada, en mi propia oficina, en una silla con el escudo de la empresa bordado en el respaldo.
—Qué rico, mi ingeniero —murmuraba, con una mano en mi nuca, sin presionar—. Qué rico.
—¿Le gusta? —pregunté entre tragos.
—Me gustan sus labios mamones, ingeniero.
—¿En serio?
—En serio. Y quiero comerme su culo, ingeniero. Lo quiero desde el lunes.
—¿Desde el lunes?
—Desde que lo vi entrar a la cocinita con esa camisa blanca.
Cada vez que decía «ingeniero» se me apretaba algo en el pecho. Que un hombre como él, que había barrido oficinas durante décadas, que había aprendido a leer a los hombres mucho antes que yo aprendiera a leer balances, me llamara «ingeniero» con la boca llena de mí, era más de lo que yo podía soportar.
Me levanté. Me desabroché el pantalón con dedos torpes. Me aflojé la corbata sin sacármela. Le di la espalda, apoyándome con las dos manos en el escritorio, sobre mis propios informes. Don Aurelio no esperó instrucciones. Me bajó el pantalón y el calzoncillo de un solo tirón, dejándome las nalgas al aire bajo la luz fría de la lámpara.
—Así, blanquito mi ingeniero —dijo, y me apretó las nalgas con las dos manos, fuerte—. Así blanquito.
Sus manos eran ásperas, callosas, de hombre que trabaja con baldes y cera y madera. No fue tierno. No hizo falta. A los pocos segundos sentí sus dedos presionándome, abriendo, con su propia saliva. No me preparó mucho. Tampoco yo necesitaba que me preparara.
Me empujó la cabeza contra el escritorio con una mano abierta entre los omóplatos. Después sentí la punta apoyada. Entró lento, sin pausa, sin violencia. Sentí que me abría con cada centímetro, como si fuera un milímetro a la vez y al mismo tiempo todo de golpe. Mordí la manga de mi propia camisa para no hacer ruido.
—Ya es mío, mi ingeniero —dijo cuando me la había metido entera.
Y empezó a moverse.
***
Embestía como si supiera el ritmo que me iba a doblar. Sacaba casi todo y volvía a meter todo, y cada vez que volvía a entrar yo soltaba el aire de golpe. Mis propios papeles se arrugaban bajo mis manos. El primer minuto me dolió, después no me dolió más, después ya no era dolor lo que había en absoluto.
Entonces sonó el teléfono fijo sobre el escritorio.
Lo miré con pánico. Pensé en Ramiro, en algún cliente, en la posibilidad ridícula de que alguien hubiera subido y estuviera marcando desde otra oficina. Lo empujé con la cadera apenas, en señal de espera. Don Aurelio se quedó quieto, todavía adentro, conteniendo la respiración.
Levanté el tubo.
—¿Amor?
Era Lucía. Me había estado llamando al celular y yo no me había dado cuenta. Estaba preocupada porque ya eran las siete y yo no había avisado.
—Amor, perdón. Estoy un poco retrasado en la oficina, me quedan unos pendientes. Treinta minutos y salgo.
Lucía empezó a contarme algo del colegio de los chicos. Algo del recital de fin de año. Algo de su mamá, que llegaba el sábado.
Don Aurelio me escuchó. Esperó dos frases. Después, con una sonrisa que no podía verle pero que sentí en la espalda, empezó a embestirme con fiereza otra vez. Ya estaba dilatado, ya no había dolor, pero la sorpresa me obligó a morderme los labios para no gemir en el auricular. Cerré los ojos. Mi mujer hablando del recital de los chicos, y don Aurelio metiéndomela hasta el fondo en cada palabra.
—Sí, amor, claro —decía yo, con la voz quebrada—. Por supuesto. Diles que llego para la cena.
Lucía es de las mujeres que cuando empiezan a hablar no paran. Y yo no podía cortarle. No podía, porque cortarle hubiera sido peor. Hubiera sido sospechoso. Así que aguanté. Aguanté con esa verga negra adentro, con el pecho contra el vidrio del escritorio, con la oreja apretada al tubo. Aguanté escuchando a la madre de mis hijos preguntarme si quería pollo o pescado para la cena, mientras don Aurelio aceleraba.
—Pollo —dije, en un hilo de voz—. Pollo, amor. Te quiero. Llego pronto.
Colgué.
Y, cuando colgué, don Aurelio gimió como si llevara una semana esperando.
***
Lo escuché acelerar, sentí cómo sus manos me agarraron las caderas con una fuerza que iba a dejarme moretones. Pocos segundos después, un calor adentro. Sentí los chorros, uno tras otro, llenándome. Sentí su frente apoyada en mi nuca. Sentí su boca, gruesa, dejándome un beso atrás de la oreja.
—Qué rico, mi ingeniero —murmuró.
Me besó la mejilla.
Se separó, se subió el pantalón con una calma que me pareció obscena, se abrochó el cinturón, se pasó la mano por el delantal para alisarlo. Después caminó hasta la puerta de mi oficina, se giró un segundo, me miró por encima del hombro y se fue.
Yo me quedé ahí. Inclinado sobre el escritorio. Con el pantalón en los tobillos y los papeles arrugados bajo el pecho. La luz de la lámpara me daba en un costado de la cara.
Tardé unos minutos en moverme. El corazón me costó más en calmarse que el cuerpo. Después me vestí, me lavé los dientes en el baño del piso, me peiné con los dedos. Bajé los doce pisos por la escalera, no quise el ascensor.
Llegué a casa a tiempo para la cena. Lucía me sirvió pollo. Le sonreí. Los chicos me contaron lo del recital.
Esa noche, en la cama, mientras Lucía dormía, me llevé una mano atrás y todavía me ardía. Cerré los ojos. Ingeniero.
Sabía que el lunes iba a volver a la oficina. Y sabía perfectamente con quién me iba a cruzar en el ascensor.