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Relatos Ardientes

Confieso lo que me pasa en cada viaje de trabajo

Me llamo Valeria, tengo veinticinco años y trabajo como consultora para una empresa de logística internacional. Si eso no les dice mucho, lo resumo de otra forma: vivo en los aeropuertos. Lunes en Monterrey, miércoles en Bogotá, viernes de vuelta en casa justo a tiempo para deshacer la maleta y volver a hacerla.

No me quejo. Me gusta mi vida exactamente así.

Soy morena, pelo castaño hasta los hombros, con un cuerpo que no oculto ni pretendo ocultar. Llevo ropa que me queda bien porque me la merezco: vestidos que marcan la cintura, tacones cuando el aeropuerto lo permite, ropa interior que me encargo de una tienda en la Ciudad de México porque en ningún otro lado encuentro lo que busco. No soy de esas mujeres que se disimulan. Soy de las que saben exactamente el efecto que producen y no se disculpan por ello.

Tengo una vida en casa, ordenada, con rutinas y compromisos. Y tengo otra vida que empieza cada vez que subo a un avión.

Esto es sobre la segunda.

***

El congreso en Guadalajara ese año duró tres días. Llegué el primer día por la tarde, directamente desde el aeropuerto, con el cansancio de seis horas de vuelo encima y la certeza de que necesitaba una ducha larga y algo fuerte para tomar. El hotel era de esos con lobby de mármol, ascensores silenciosos y camas que invitan a quedarse más tiempo del necesario. El tipo de lugar que a mí me pone de buen humor de inmediato.

Me registré, subí a la habitación, me duché durante veinte minutos y me puse el único vestido negro que siempre llevo en la maleta para estas ocasiones. Ajustado, sin mangas, con un escote que no pide permiso. Es mi uniforme para las noches de congreso.

El bar estaba casi lleno cuando bajé. Congresistas de mi sector, trajes intercambiables, conversaciones predecibles. Me senté en la barra, pedí un whisky con hielo y abrí el teléfono sin intención real de mirar nada.

—¿También escapaste de la mesa redonda de las siete? —preguntó una voz a mi izquierda.

Levanté los ojos. El hombre que me hablaba tendría algo más de treinta años, camisa sin corbata, ese tipo de cara que no es perfecta pero que funciona muy bien en persona. Lo que me llamó la atención no fue el físico sino la mirada: directa, sin rodeos, sin esa inseguridad disfrazada de confianza que tienen algunos hombres cuando se acercan a una mujer sola en un bar. Este sabía exactamente lo que estaba haciendo.

—Escapé de todo —dije.

—Buen criterio —respondió, y pidió lo mismo que yo.

Se llamaba Rodrigo. Lo supe cinco minutos después, cuando la conversación dejó de ser solo intercambio de cortesías. Hablamos de trabajo durante los primeros diez minutos, como corresponde en estos contextos: de qué empresa, de qué sector, de qué ciudad venía cada uno. Después de la primera copa, el tema derivó hacia otras cosas. Rodrigo tenía opiniones firmes sobre casi todo y la costumbre de sostener la mirada mientras escuchaba, sin esa impaciencia de quien ya está pensando en lo que va a responder.

Después de la segunda copa, yo ya sabía cómo iba a terminar la noche.

—¿A qué hora tienes compromisos mañana? —preguntó en algún punto.

—A las nueve —respondí.

Eran las once pasadas.

—Entonces tenemos tiempo —dijo, con la misma naturalidad con la que antes había pedido el trago.

Me gustó que no lo dijera como una pregunta.

***

Subimos en el ascensor sin tocarnos. Yo tenía el cuarto en el décimo piso; él en el octavo. Cuando las puertas se abrieron en el octavo, él me miró con una ceja levantada. Yo no me moví. Las puertas volvieron a cerrarse solas.

Me empujó contra la pared en cuanto llegamos a mi habitación, antes de que yo terminara de encender la luz. El primer beso fue brusco y exactamente como lo quería: sin titubeos, con las manos ya en el lugar correcto desde el primer segundo. Una en mi cadera, la otra en mi nuca, sosteniéndome la cabeza mientras me besaba con esa mezcla de calma y urgencia que o se tiene o no se tiene.

Cuando intenté quitarle la camisa, me tomó las manos y las bajó despacio.

—Quieta —dijo.

Me quedé quieta.

Soy muy consciente de lo que me gusta. Soy una mujer que toma decisiones todo el día, que maneja presupuestos y equipos y reuniones difíciles. Pero hay algo en soltar ese control con la persona correcta que no tiene equivalente en ninguna otra experiencia. No es pasividad: es una elección consciente. Y Rodrigo, en ese momento, era claramente la persona correcta.

Me desabrochó el vestido con calma, sin apuro, como si supiera que yo no tenía ninguna intención de ir a ningún lado. Cuando el vestido cayó al suelo, se alejó medio paso y me miró durante unos segundos que se sintieron mucho más largos de lo que fueron.

—Date la vuelta —dijo.

Me di la vuelta. Escuché que soltaba el aliento despacio.

—No me imaginaba esto —murmuró, más para sí mismo que para mí.

La mano que me puso en la espalda fue suave al principio: un roce desde la nuca hasta la cintura. Después bajó más, y la presión aumentó, y yo apoyé los antebrazos contra la pared porque necesitaba algo a lo que aferrarme.

***

Lo que vino después fue largo y preciso.

Rodrigo no tenía prisa, y eso era lo que más me descolocaba: que alguien con ese nivel de urgencia inicial pudiera reducir la velocidad de esa manera, como si hubiera cambiado de marcha sin que yo me diera cuenta. Me recostó en la cama y me recorrió entera antes de hacer cualquier otra cosa. La boca en el cuello, en la clavícula, entre los pechos. Las manos explorando con esa combinación de curiosidad y propósito que distingue a los que realmente saben de los que solo actúan.

Cuando llegó a mis caderas con la boca, cerré los ojos y me dejé llevar. Ya no estaba pensando en el congreso ni en el vuelo del día siguiente ni en nada que no fuera ese cuarto, esa cama, ese hombre que sabía exactamente lo que hacía con cada parte de mi cuerpo.

—¿Así? —preguntó contra mi piel, en un punto en que la pregunta era completamente retórica.

—Sí —dije con la poca voz que me quedaba.

Me tomé mi tiempo con él también. Me gusta dar lo que quiero recibir, y en ese sentido soy bastante precisa. Lo tuve de espaldas, le tomé la cabeza entre las manos y bajé despacio, sin prisa, haciéndolo exactamente como yo misma hubiera querido que lo hicieran conmigo. Lo escuché contener un gemido, intentando mantener el control, y eso me gustó más que casi cualquier otra cosa. Seguí hasta que le resultó imposible quedarse quieto.

No lo dejé mantener el control por mucho tiempo.

***

Después me coloqué sobre él y llevé el ritmo durante un rato, con las manos apoyadas en su pecho, observando su cara. Rodrigo me miraba desde abajo con esa expresión concentrada de alguien que está tratando muy activamente de no dejarse ir demasiado pronto.

Al cabo de varios minutos me di vuelta, me recosté boca abajo y le hice un gesto con la cabeza.

Rodrigo entendió sin que yo dijera nada.

Empezó despacio, con cuidado, una mano en mi espalda baja y la otra aferrada a mi cadera. Me habló durante todo el tiempo: frases cortas, directas, dichas con esa voz baja que me llegaba exactamente donde tenía que llegar. Le pedí más. Me dio más. Le pedí que no parara. No paró.

Gemí contra la almohada con los dedos enterrados en la sábana. La intensidad fue subiendo en espiral, alcanzando un punto en que ya no había manera de pensar con claridad ni razón para intentarlo. Solo sentir, solo ese cuarto y ese hombre y esa presión que me llenaba por completo. Me toqué con una mano mientras él seguía, y lo que vino después fue de esa clase de orgasmos que se sienten en todo el cuerpo a la vez.

Cuando terminé, lo sentí sacudirse detrás de mí y escuché ese sonido grave e incontrolable que hacen los hombres cuando ya no pueden más. Me quedé quieta, con los ojos cerrados, mientras los dos recuperábamos el aliento.

El cuarto volvió a ser solo un cuarto de hotel.

***

Rodrigo me preguntó más tarde si prefería que se fuera o si quería que se quedara.

—Quédate hasta las siete —dije.

Se quedó. Dormimos enredados, con esa comodidad inesperada que a veces aparece con desconocidos cuando todo salió bien. A la mañana siguiente desayunamos rápido en el restaurante del hotel. No hubo incomodidad, no hubo que construir ningún relato. Él era el mismo que la noche anterior: directo, sin teatro, sin necesidad de darle al asunto más peso del que tenía.

Intercambiamos números de teléfono con la misma pragmática honestidad con la que todo había empezado.

—La próxima vez que estés en Guadalajara —dijo antes de irse a su primera sesión.

—Te escribo —dije.

Y lo escribí, tres meses después, cuando el trabajo me llevó de vuelta a esa ciudad. Fue igual de bueno que la primera vez. Mejor, si acaso, porque ya sabíamos lo que esperábamos el uno del otro.

***

Lo que no le cuento a casi nadie de mis viajes es que Rodrigo no fue la primera vez ni la segunda ni la décima. Hay una versión de mí que vive en las ciudades donde aterrizo y que muy pocas personas conocen. No es una versión secreta en el sentido de algo que me avergüence: es simplemente una parte de quién soy que no encaja fácilmente en las conversaciones cotidianas.

Viajo con un propósito profesional claro. Llego, trabajo, cumplo con todo lo que se espera de mí y a veces más. Pero también salgo a cenar sola, me siento en bares, entablo conversaciones con desconocidos que tienen algo que me interesa. A veces eso termina en nada. A veces termina en una noche que recuerdo durante semanas.

Me gustan los hombres que toman decisiones sin necesidad de que se las pidas. No porque yo no sepa tomarlas, sino porque en ciertos contextos elijo conscientemente ceder ese control. Es una elección activa, no una ausencia. Hay algo en entregarse del todo a alguien que realmente sabe lo que hace que no tiene equivalente en ninguna otra experiencia. No es debilidad. Es confianza, y la confianza no se da gratis.

Conozco mis preferencias con la misma precisión con la que conozco mi trabajo. Sé lo que me funciona, sé cuándo una persona tiene ese algo que hace que las cosas ocurran de manera natural, y sé cuándo no merece la pena perder el tiempo. Rodrigo lo tenía. No todos lo tienen, y por eso cuando aparece alguien así, no desperdicio la oportunidad.

***

Hay una maleta que guardo siempre lista en el armario. Lleva ropa para cuatro días, el neceser preparado, el vestido negro doblado en la parte de arriba. Cuando me dicen que hay viaje, la agarro, compruebo que todo esté en orden, y salgo hacia el aeropuerto con esa mezcla particular de profesionalismo y anticipación que solo yo entiendo del todo.

Cada ciudad es una posibilidad. Cada hotel, una historia que todavía no ha ocurrido.

No cambiaría esta vida por nada.

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Comentarios (1)

Elena_82

Tremendo!! Me engancho desde el primer parrafo, no pude parar de leer.

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