Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Confieso que tres hombres se disputaban mi cama

Lo cuento ahora porque ya pasó tiempo y porque, si soy honesta, todavía me río sola cuando lo recuerdo. No planeé tener a tres hombres detrás al mismo tiempo. Esas cosas no se planean. Se acomodan solas, una decisión tibia tras otra, hasta que un día mirás alrededor y entendés el lío en el que estás metida. Yo me llamo Renata, vivo en Rosario, y durante un par de meses fui el campo de batalla de tres tipos que no sabían perder.

El primero fue Adrián. Lo conocí hace años, fue mi novio cuando los dos éramos otros. Lo dejé, él nunca lo aceptó del todo. Volvía cada tanto, siempre con la misma sonrisa de quien cree que el tiempo no le quitó nada. Y la verdad es que no se equivocaba: bastaba que me rozara la nuca para que se me erizara la piel entera y se me mojaran las bragas sin pedir permiso.

El segundo fue Tomás, que apareció en un cumpleaños y se quedó. Alto, callado, con esa seguridad de los hombres que no necesitan hablar mucho. La primera vez que estuvimos juntos me la metió hasta el fondo tantas veces que perdí la cuenta, me tuvo despierta hasta el amanecer con la polla clavada en el coño o hundida en la garganta, y al día siguiente no podía caminar derecha ni cerrar bien las piernas. Me gustaba esa sensación de haber sido marcada por dentro, de sentir todavía su semen goteándome entre los muslos horas después.

El tercero, Gael, fue el que de verdad me complicó la cabeza. No por bueno, sino por terco. Era de los que te llaman a las tres de la mañana y vos atendés sabiendo que vas a arrepentirte, sabiendo también que en veinte minutos vas a estar con las piernas abiertas para él.

***

Todo se rompió la noche en que Adrián decidió que no le alcanzaba con tenerme: necesitaba ganarme.

Apareció en mi casa con una botella de vino tinto barato y cara de pocas pulgas. Yo estaba en bata, recién bañada, sin nada debajo, y no le abrí del todo la puerta.

—Sé que ves a Tomás —dijo, sin saludar.

—No es asunto tuyo a quién veo —le contesté.

Pero lo dejé pasar igual. Esa es la parte que me cuesta confesar: lo dejé pasar igual. Sirvió dos copas, me pegó contra la pared de la cocina y me habló al oído mientras me bajaba un tirante y me dejaba una teta al aire.

—Él te tendrá una sola vez —murmuró—. Yo te conozco hace años. Sé exactamente dónde tocarte.

Y lo demostró. Me pellizcó el pezón hasta que se me escapó un gemido y después bajó la mano por debajo de la bata, directo al coño, sin rodeos. Metió dos dedos de una vez y sonrió al encontrarme empapada.

—Mirá cómo estás, puta —me dijo en la oreja—. Ni siquiera te tuve que pedir permiso.

Me sacó los dedos brillantes y me los pasó por los labios de la boca antes de besarme, obligándome a probarme a mí misma. Me arrancó la bata de un tirón y me quedó desnuda contra los azulejos fríos. Se arrodilló, me abrió las piernas y me clavó la lengua entre los labios del coño con hambre atrasada. Me chupó el clítoris con la lengua plana, después con la punta, después me metió otra vez los dedos mientras me lamía y yo le agarraba el pelo, empujándole la cara contra mí. Me hizo acabar así, contra la heladera, mordiéndome el labio para no gritar.

Me llevó al sillón sin dejar de mirarme, despacio, como quien recupera un territorio que considera suyo. Se sacó el pantalón, la tenía dura, gruesa, roja, marcada por las venas. Me la puso en la boca antes de nada, agarrándome del pelo con las dos manos, y me la metió hasta que sentí las pelotas contra el mentón y se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Así, tragátela toda —me dijo—. Que Tomás te vea después con la garganta destrozada.

Me la mamó a fondo, se la saqué y volvió a metérmela, se la lamí de la base a la punta, le chupé las bolas mientras se la meneaba, y él no me soltaba la cabeza. Cuando estuvo a punto de correrse me sacó la verga de la boca, me tiró de espaldas en el sillón, me levantó las piernas hasta apoyarme los tobillos en los hombros y me la clavó de una sola estocada. Grité. Me la enterró hasta el fondo y se quedó un segundo ahí, sintiéndome apretarla.

—Puta mía —jadeó—. Este coño lo conozco de memoria.

Empezó a follarme fuerte, sin ritmo, dándome duro, y el sillón crujía debajo. Me agarró de las tetas, me las estrujó, me las dejó rojas. Me dio vuelta, me puso a cuatro patas contra el respaldo y me la metió por atrás, agarrada del pelo, tirándome la cabeza hacia atrás. No fue tierno. Fue una declaración de guerra disfrazada de reconciliación, y yo me dejé porque en el fondo me encantaba ser el premio. Me metió el pulgar en el culo mientras me embestía y me hizo acabar otra vez, apretándome tanto que le sentí la polla latir dentro. Se corrió con un rugido, dejándome el semen caliente chorreando por los muslos.

—No te olvides de quién manda acá —me dijo después, vistiéndose, mientras yo seguía tirada en el sillón con las piernas abiertas y el coño destrozado.

Lo que no me imaginé fue lo que hizo al salir.

***

Me enteré semanas más tarde, cuando ya era tarde para arreglarlo. Adrián, esa misma noche, le mandó un mensaje a Tomás haciéndose pasar por mí. Algo así como que Tomás era puro alarde, que la tenía chica y no me llenaba como otros. Una mentira calculada para encenderlo.

Y funcionó. Tomás, que jamás levantaba la voz, me llamó al otro día con un tono que no le conocía.

—Así que soy puro show —dijo—. Así que la tengo chica.

—Yo nunca dije eso —contesté, sin entender nada todavía.

—Demostrámelo, entonces. Vení y demostrámelo con la boca.

Me citó en su departamento, uno de esos pisos altos con vista al río que él usaba como argumento. Abrió la puerta ya descalzo, sin remera, con una botella de espumante sudando frío en la mano, decidido a borrar de mí cualquier recuerdo de otro hombre.

—Vos y yo somos otra cosa —dijo, y me besó antes de que pudiera responder, metiéndome la lengua hasta el fondo y agarrándome el culo con las dos manos.

Me llevó hasta el ventanal. Con la ciudad encendida a nuestros pies me fue desvistiendo sin apuro, marcándome el cuello, las clavículas, cada centímetro como si firmara. Me chupó las tetas una a una, largo rato, hasta dejarme los pezones tan duros que dolían. Bajó de rodillas frente al vidrio, me abrió los muslos y me lamió el coño con calma, como si tuviera toda la noche. Me chupó el clítoris y me metió la lengua entre los labios, y después dos dedos, moviéndolos hacia arriba, buscando ese punto que él siempre encontraba.

—Decime si el otro te hace esto —murmuró contra el coño, y volvió a lamer.

No le contesté. Me estaba temblando todo. Me hizo acabar con la boca pegada a mí, tragándose todo lo que le solté, y ni así me soltó las piernas. Se paró, se bajó el pantalón, y me la mostró. La tenía enorme, dura, más gruesa de lo que yo recordaba, brillándole en la punta.

—Mirala bien —dijo—. Después me contás si es puro show.

Me la puso en la boca y me la hizo chupar mirándolo a él, con la mano suave en mi nuca. Se la mamé entera, le lamí las pelotas, le chupé el glande hasta que se puso de un color oscuro. Me agarró de las axilas, me levantó, me apoyó las palmas contra el ventanal y me dio vuelta contra el vidrio frío. Se hundió en mí de una sola vez y me arrancó un grito que rebotó en el vidrio.

—Decime que ninguno te hace sentir esto —me exigió contra la oreja, mientras me la metía hasta el fondo con cada empuje.

Me sostuvo de las caderas, me la clavó lento y hondo, después rápido, después lento otra vez, jugando conmigo. Me pegó las tetas contra el ventanal, los pezones fríos con el vidrio y calientes por dentro. Me metió una mano por delante y me frotó el clítoris mientras me seguía embistiendo. Me llevó al borde dos veces y las dos me dejó caer del otro lado temblando, con la frente pegada al vidrio empañado y las piernas sin fuerza. La tercera se dejó ir él, mordiéndome el hombro, corriéndose adentro con un gemido ronco que me lo hizo sentir todo.

—No necesitás a esos perdedores —me dijo después, convencido, mientras me lamía el sudor entre los omóplatos.

Yo asentí. Mentí con la cabeza, porque ya estaba pensando en la llamada de Gael que sabía que iba a llegar.

***

Gael era el más inseguro de los tres, y por eso el más peligroso. Me invitó a cenar a su casa, cocinó mal, prendió unas velas que no tapaban el olor a quemado, y se pasó la noche tratando de convencerme de que volviera a ser solo suya.

—Quiero que sea como antes —dijo, con esa voz de perro mojado que me ablandaba.

—No hay un antes, Gael —le respondí, y era verdad—. Hay tantos hombres con cosas para ofrecer.

Lo dije para lastimarlo y me salió bien. Pero Gael no era de rendirse. Me agarró de la mano, me llevó al cuarto y me demostró, sin palabras, por qué seguía contestándole el teléfono de madrugada. Me arrancó el vestido por la cabeza y me quedó en tanga frente a él. Se arrodilló, me bajó la tanga con los dientes y me hundió la cara entre las piernas ahí mismo, parada. Me lamió despacio, con paciencia, chupándome los labios uno por uno, y después me metió la lengua tan adentro como pudo. Me hizo acabar así, agarrada de sus hombros para no caerme, con la espalda contra la pared del pasillo.

Me llevó a la cama y me dio vuelta boca abajo. Me separó los cachetes del culo y me lamió ahí también, la lengua caliente contra el ojete, mientras me metía dos dedos en el coño. Nunca nadie me había hecho eso con tanta calma. Me tenía derretida contra el colchón, gimiendo su nombre contra la almohada.

Me dio vuelta, se acomodó entre mis piernas y me la metió despacio, muy despacio, mirándome a los ojos todo el tiempo como si quisiera grabarse mi cara. Me la enterró completa y se quedó ahí, moviéndose apenas, presionando contra el clítoris con cada empuje.

—Sos mía —me dijo, no como una orden sino como una súplica—. Decime que sos mía.

—Soy tuya —le mentí, porque en ese momento lo era, porque me la estaba clavando lento y hondo y yo no podía pensar en nada más.

Después me levantó, me sentó encima de él, y me hizo cabalgarlo mirándonos. Me agarraba las tetas, me chupaba los pezones, me sostenía las caderas para hundírmela hasta el fondo. Me tomó despacio contra la pared después, sosteniéndome el peso entero con los brazos, mientras yo le clavaba los talones en la espalda. Se corrió adentro también, jadeando contra mi cuello, y me quedé pegada a él un rato largo, sintiendo cómo se le ablandaba la polla dentro sin querer salir.

Y por un rato, mientras él me sostenía y el mundo se reducía a esa habitación, casi le creí.

—Tengo que atarte a mí —murmuró cuando creyó que dormía—, o se me escapa la mejor cosa que me pasó.

Yo escuché todo. Y en lugar de asustarme, me gustó saber que provocaba eso.

***

Lo que no sabía era que había una pareja moviendo los hilos por detrás.

Carla e Iván eran amigos míos, o eso creía yo. Una pareja abierta, divertida, de esas que conocés en una fiesta y terminás invitando a todo. Resulta que Carla le tenía echado el ojo a Tomás desde hacía rato, y entre los dos armaron un plan para sacarme del camino.

Empezaron por avivar el fuego. Carla le escribió a Adrián diciéndole que yo andaba contando que Tomás me satisfacía más que él. Iván le mandó a Gael que yo decía que la tenía demasiado corta para retenerme. Mentiras cruzadas, sembradas con la paciencia de quien sabe que el orgullo masculino es un explosivo barato.

Y después fueron por Tomás directamente. Lo invitaron a tomar algo «para hablar de un proyecto» y, cuando se quiso dar cuenta, lo tenían entre los dos en un hotel del centro, decididos a quedárselo. Carla seductora, Iván sin ningún prejuicio, los dos ofreciéndole lo que, según ellos, yo no estaba dispuesta a darle: exclusividad.

Me enteré porque Tomás, para su crédito, me lo contó al otro día, todavía descolocado.

—Me tendieron una trampa —dijo—. Carla se me sentó encima con las tetas en la cara y Iván me la estaba mamando antes de que yo dijera nada. Y yo caí como un nene.

—¿Y por qué me lo contás? —le pregunté.

—Porque me di cuenta, en la mitad de todo, con la polla de Carla en la boca y a Iván pidiéndome que me lo cogiera, de que prefería que fueras vos.

Esa confesión me desarmó más que cualquier noche en su ventanal.

***

Y por si la cosa no estaba lo bastante enredada, apareció Darío.

Darío era un conocido de todos, uno de esos tipos que merodean las fiestas ajenas y se enteran de todo. Me cruzó una tarde en la plaza, cuando yo volvía de hacer las compras, y me cerró el paso con una sonrisa que no me gustó nada.

—Tenemos que hablar, Renata —dijo, con voz de quien guarda una carta bajo la manga.

—No tengo nada que hablar con vos.

—Yo creo que sí. Sé con quiénes andás. Con todos. Sería una lástima que ciertas personas se enteren de ciertos detalles.

Me mostró el teléfono. No tenía nada real, solo rumores ordenados con mala intención, pero me apretó el estómago igual. Quería usar el miedo como llave.

—Podríamos llegar a un acuerdo —dijo, acercándose—. Vos y yo, de vez en cuando. Una mamada, un polvo rápido, y yo me olvido de todo lo que sé.

Lo miré largo. Y entonces hice algo que no esperaba ni yo: me reí en su cara.

—No tenés nada, Darío. Y aunque lo tuvieras, no me da vergüenza nada de lo que hago con mi coño ni con quién. Andate.

Se quedó ahí parado, desinflado, mientras yo seguía caminando. Esa fue la primera vez que entendí que el poder no lo tenían ellos. Lo tenía yo, todo el tiempo, y recién me estaba dando cuenta.

***

Así que decidí terminar el asunto a mi manera.

Los junté a los tres una noche en mi casa. A Adrián, a Tomás y a Gael. Les dije que necesitaba hablar con ellos, que estaba cansada de los mensajes cruzados, de las mentiras, de que se trataran como rivales en una guerra que yo nunca declaré.

Llegaron tensos, midiéndose desde la puerta como tres perros en un mismo patio. Serví whisky, los hice sentar, y les dije la verdad cruda.

—Ninguno de los tres me tiene. Y ninguno me va a tener si sigue jugando sucio. La que decide acá soy yo.

Hubo silencio. Adrián fue el primero en aflojar la mandíbula. Tomás bajó la mirada. Gael se sirvió otro trago.

—Y ahora —seguí, poniéndome de pie— se van a portar bien los tres. Porque esta noche los quiero a todos, y los quiero al mismo tiempo. Pero cada uno hace lo que yo diga, cuando yo diga.

Me saqué el vestido ahí, frente a ellos, y me quedé desnuda en el medio del living. Tres pares de ojos clavados en mí, tres pollas marcándose ya bajo el pantalón. Me acerqué a Adrián primero, le bajé el cierre y le saqué la verga afuera. Se la mamé despacio, mirándolo, mientras con la mano libre le hacía señas a Tomás para que se acercara. Tomás se puso a mi lado y le chupé la suya también, alternando entre las dos, comparándolas con la boca. Gael se acomodó atrás, arrodillado detrás de mí, y me empezó a lamer el coño desde atrás mientras yo seguía mamándoles a los otros dos.

Los llevé al sillón grande. Me tiré de espaldas sobre Adrián, con su polla enterrada en el coño de abajo hacia arriba, y le pedí a Tomás que se me pusiera encima. Tomás me la metió también, apretándose contra Adrián dentro mío, y sentí las dos vergas rozándose a través de la pared del coño de una manera que me hizo perder el habla. Empezaron a moverse en contratiempo, uno entraba mientras el otro salía, y yo estaba entre los dos gritando cosas que no sabía que sabía decir.

—La boca —le dije a Gael, que estaba parado al lado meneándosela.

Se subió al respaldo del sillón y me la metió en la boca desde arriba, agarrado del pelo. Los tres a la vez. Tres pollas metidas en mí al mismo tiempo, moviéndose, y yo en el medio, sintiéndome el centro de todo y no el trofeo de nadie. Fue la noche más intensa de mi vida.

Cambiamos de posición varias veces. Me pusieron a cuatro patas y me la metieron por turnos, uno atrás y uno adelante, mientras el tercero esperaba con la verga en mi boca. Me hicieron acabar tantas veces que perdí la cuenta, temblando entre sus brazos, con manos por todas partes, bocas que se turnaban en mis pezones, en el cuello, en el clítoris. Una coreografía que armamos sobre la marcha entre risas y jadeos. Por primera vez no había rivalidad: había un acuerdo silencioso de que esa noche era mía y se hacía como yo dijera. Se corrieron los tres, uno adentro del coño, uno en el culo, uno en la cara y en las tetas, y yo lo disfruté como nunca, sin culpa, sin elegir, chorreando semen por todos lados.

***

Cerca del final, cuando los tres estaban rendidos y yo flotaba en esa nube de después, sonó el timbre.

Era Maximiliano, un primo de Tomás que llegaba de viaje y a quien Tomás, distraído, le había dado mi dirección «por si pasaba». Apareció en la puerta, vio la escena —los tres tirados desnudos, yo en el medio pintada de semen— y en lugar de huir soltó una carcajada.

—Veo que llego justo —dijo.

Tendría que haberlo echado. No lo hice. Era alto, ancho, con una sonrisa que no pedía permiso, y algo en mí —agotada y todo— levantó la cabeza con curiosidad. Lo dejé pasar.

—Una sola condición —le dije, recuperando el control que tanto me había costado conseguir—: acá la que manda soy yo. Sacate la ropa.

—Por mí, encantado —contestó, y empezó a desnudarse ahí mismo.

La tenía enorme, más grande que las otras tres, y todavía blanda me daba la impresión de que iba a hacerme llorar. Me arrodillé frente a él y se la mamé hasta ponérsela dura, mientras los otros tres, resucitados por el show, se acercaban de nuevo. Esa noche no terminó como empezó, y mejor lo dejo ahí. Pero algo cambió en mí para siempre. Aprendí que no tenía que elegir a ninguno para sentirme completa, y que el verdadero poder no estaba en ser deseada, sino en decidir qué hacer con ese deseo.

Hoy ya no veo a ninguno de los tres. A Maximiliano, en cambio, lo invité a cenar el viernes. Esta vez cocino yo, pensé mientras le mandaba la dirección. Algunas confesiones, después de todo, todavía se están escribiendo.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(5)

GabiNocturna

tremendo!!! me quede sin palabras

FacuMdq

Lo de los mensajes entre ellos me mató jajaja. No me lo esperaba para nada, pobres tipos

Marta_Rdz

Por favor que haya segunda parte, esto no puede quedar asi. Muy buena confesion!

Vale_cba

Me encanto como lo contas, parece una confesion real sin adornos de mas. Se lee solo y te engancha desde el principio. Sigue compartiendo!

LectorNocte

jaja increible como los hombres se complican solos para despues quejarse

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.