Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La brasileña que me llamaba amo en su coche

Esta historia la viví hace unos años y la rescaté de la memoria por culpa de algo que me pasó hace poco. Fue entonces cuando decidí ponerme a escribir los encuentros de este tipo que he tenido a lo largo del tiempo, y este es el primero de ellos.

Todo empezó en una de esas webs de contactos para infieles que he usado en alguna que otra ocasión. No esperaba gran cosa de aquel verano, la verdad. Solo entraba a matar el rato cuando la casa se quedaba en silencio y mi mujer dormía.

Coincidí con una mujer brasileña afincada en España desde hacía años, en una ciudad histórica del sur, a un par de horas de donde yo vivía. Ya no recuerdo bien qué le escribí para captar su atención. Sí recuerdo, en cambio, que en su descripción decía ser una mujer rellenita, y yo siempre he tenido debilidad por las curvas. Por ahí empezó todo.

Hablando, fuimos descubriéndonos. Ella se dio cuenta de que yo tengo una inclinación dominante; yo, de que ella llevaba tiempo con ganas de probar la sumisión. Los mensajes subieron de tono enseguida, así que nos pasamos a una de esas apps discretas que ni siquiera muestran notificaciones en la pantalla.

Me contó sus deseos y la escuché con paciencia. Entendí de dónde venía todo. Su marido arrastraba una mezcla mala: diabetes, tabaco, comida basura. El resultado era una disfunción que ella había ido tapando con juguetes y con su propia mano, aunque ya estaba harta de resolverlo sola.

Una noche acabamos hablando hasta la madrugada. En plena excitación me mandó un audio. Ya me llamaba «señor».

—Disculpe mi atrevimiento, señor, pero estoy muy excitada. No esperaba conocer hoy a alguien así. ¿Puedo oír su voz? Quiero saber cómo suena mi amo.

Era una temeridad a esas horas. Las paredes de mi piso son finísimas y se oye todo. Aun así, la complací. Estaba en el salón, fingiendo ver una película para justificar no estar en la cama. Primero crucé el pasillo sin hacer ruido para comprobar que mi mujer dormía profundamente. Hecha la comprobación, salí a la terraza y grabé un audio bajito confirmándole que yo también disfrutaba de haber dado con una perrita tan dispuesta.

Morena, de pelo rizado, lo que se diría una mulata de buenas curvas. Las fotos de sus pechos terminaron de engancharme.

***

A veces el azar y el trabajo me han echado una mano con mis aventuras, y aquella fue una de esas veces. Me dedico a la consultoría tecnológica, y ese año colaboraba con una empresa que tenía una solución muy potente para un sector concreto. Resulta que se celebraba una feria del ramo, con los principales proveedores del país, nada menos que en su ciudad.

Organicé la participación de mi empresa. Contraté el espacio, monté el stand, reservé las habitaciones para ir con mi jefe y, de paso, me preparé para estar cerca de ella. Con esfuerzo nos fue muy bien en el evento; lo que nadie sabía era cuál era mi verdadera motivación para pelear por aquella feria.

Conseguí ausentarme un par de veces. La primera la aprovechamos para un café de lo más inocente, solo para ponernos rostro y comprobar que el otro era quien decía ser. La segunda fue distinta. Me llevó en su coche a un rincón apartado de una avenida y ahí sí nos besamos con locura, con las manos rozándose por encima de la ropa.

Era un poco rellena, con unos pechos grandes, esponjosos, deliciosos. Me encantó apretarlos y sentirlos por encima de la blusa. No pasamos de ahí, pero los dos teníamos claro que aquello era solo el aperitivo. Vendría más.

La feria terminó en dos días. Recogimos los equipos, ordenamos los contactos y emprendimos la vuelta. Yo me volví con el sabor de sus besos y el tacto de su cuerpo metidos en la cabeza, decidido a regresar en cuanto pudiera.

Como nos habíamos conocido al principio del verano, mantuvimos el contacto durante semanas. Cuadrar agendas era lo difícil. Ella es empresaria, esposa y madre; yo tenía que lograr en un mismo día el tiempo para la ida, la vuelta y el encuentro.

Acordamos vernos un día entre semana, de los anodinos. Ella saldría un par de horas antes con cualquier excusa, dejando margen para recoger a los niños del colegio. Yo bajaría desde mi ciudad con la coartada de una comida con un cliente y llegaría sincronizado con ella.

***

Para entonces ya me había confesado su fascinación por el sexo oral, así que el plan era claro y concreto: sexo oral en el coche. Ahí entró en juego mi manía por la tecnología. Tirando de mapas por satélite, me dediqué a buscar un rincón cómodo y discreto donde vivir aquel momento a plena luz del día.

Encontré una pequeña zona residencial con un callejón lateral a espaldas de las casas, perfecto para lo nuestro. Fijamos fecha.

Hice los kilómetros con ansiedad. Por aquel entonces tenía un coupé pequeño y nervioso, con buen motor, y devoré la carretera. Tanto, que llegué con bastante antelación, aunque íbamos actualizando cada movimiento por mensajes.

Llegué al barrio y aparqué en línea, una manzana antes del callejón elegido, esperándola. La vi pasar con su coche a mi lado y volver desde el fondo de la calle, porque los pocos huecos libres quedaban detrás de mí. Como ella no me había reconocido, me escribió para confirmar dónde estaba. Le dije cuál era mi coche, y lo acompañé de una orden.

—Quiero que te quites el sujetador antes de bajar. Quiero disfrutar de tus pechos.

Obediente, llegó hasta mi coche con una falda vaquera, sandalias cómodas y un jersey de punto blanco, de manga larga, que le marcaba el pecho de una forma preciosa. Bajo la lana se adivinaban sus pezones duros.

Subió. Obediente, sumisa, la mirada en el suelo. Yo arranqué y me desplacé hacia el sitio elegido. Teníamos que ser discretos: las ciudades pequeñas funcionan como pueblos, mucha gente se conoce, todo se comenta, y ella no quería problemas con su marido.

Mientras conducía, mi mano derecha acariciaba sus pechos por encima del jersey y le pellizcaba los pezones, sin crueldad, solo por el gusto de tenerlos.

Llegamos al callejón y aún me desvié por un camino de tierra a un lado, de manera que no nos vieran ni desde las casas ni un peatón despistado que llegara hasta allí.

***

En cuanto paré el coche nos acercamos y nos besamos. Su mano empezó a rozar mi polla dura por encima del pantalón. Y entonces, casualidades de la vida, me entró una llamada de un socio con el que llevábamos meses arrastrando una auditoría aplazada. La cogí con el manos libres y fui breve.

Fue breve, sí, pero delicioso. Mientras yo confirmaba los siguientes pasos del proceso y agradecía sinceramente que alguien tomara las riendas de aquel asunto, mis dedos seguían jugando con sus pezones por encima de la lana. Ella ya se había arrodillado en el asiento del copiloto, me había desabrochado el cinturón, me bajaba el pantalón y liberaba mi miembro.

Para cuando colgué, ya tenía la boca en mi polla.

Labios gruesos, carnosos. Me deleité sintiendo el movimiento de su cuello, subiendo y bajando, comiéndome con una dedicación de perra entregada a su amo. A ratos la sujetaba del pelo y le echaba la cabeza atrás, y disfrutaba viendo cómo su lengua hambrienta se estiraba buscándome de nuevo.

La soltaba para que volviera por su cuenta a devorarme, o tiraba hacia atrás solo para guiarla, de modo que la punta de su lengua me recorriera de arriba abajo, o vibrara sobre mi glande. También le hundí la cabeza para que me lamiera los testículos, los besara, se los metiera en la boca. Menuda mamada me estaba regalando aquella sumisa.

Fue intensa y larga, y la dejé disfrutarla. Le encantaba el sexo oral y su marido llevaba demasiado tiempo sin dárselo. Me la tragaba hasta el fondo, a veces ayudada por mi mano firme en su nuca, hasta que su nariz se aplastaba contra mi pelvis.

En un momento la incorporé de manera que quedara de rodillas en el asiento y le quité el jersey, dejándola desnuda de cintura para arriba. Aproveché para acariciarle y apretarle aquellas tetas grandes. Al levantarle la falda, pasé la mano por encima del tanga y lo apreté contra su coño. Estaba empapado. Suspiraba y gemía con cada roce.

La dejé volver a chupar. Otra vez alternaba: la soltaba, le sujetaba la cabeza fija y movía la cadera follándole la boca, o me quedaba quieto y la empujaba yo hasta el fondo. Después me confesaría que le había quedado ardor en lo hondo de la garganta.

No era solo su boca. Mi mano derecha seguía con sus pezones, la izquierda descansaba sobre su cabeza acompañando el movimiento. Hubo instantes en que la obligué a arrodillarse en el suelo del coche mientras le azotaba los pechos o le buscaba de nuevo la humedad entre las piernas. Ella suspiraba fuerte y gemía en su portuñol.

—Gracias, amo.

***

El reloj corría y yo sabía que ella tenía que salir a por sus hijos. Así que anuncié mi decisión.

—Ya te voy a dar la leche, perra mía.

La sujeté del pelo, haciéndole un moño con la mano, y eso me dio el control para imprimir el ritmo que quería. Combiné el movimiento de su cabeza con el de mi cadera, follándole la boca casi sin piedad. Notaba la sangre latiéndome a toda velocidad, sentí mi polla palpitar y, pulsación a pulsación, la explosión corriendo por su boca. Lo intentó de verdad, intentó tragárselo todo; logró mucho, aunque algo se le escapaba aún por mi miembro erecto. Ella misma lo recogía con los dedos de la comisura de los labios.

Se sentó un momento en el asiento para tragar, para tomar aire, para liberar el pelo de mis manos.

Cuando recuperó el aliento y me miró a los ojos, con un gesto de cabeza le indiqué que mirara hacia abajo. Vio entonces mi pelvis con los restos que no había tragado. Buena perra: no hicieron falta palabras. Con una mano se recogió de nuevo el pelo y con la otra se apoyó en el asiento para bajar la cabeza y limpiarme con la lengua lo que le faltaba.

Qué recuerdo más intenso. Estaban empañados todos los cristales de aquel cochecito que había sido el escenario de tanta entrega.

Le tendí el sujetador. Lo cogió y se vistió. Arranqué, puse el aire acondicionado para desempañar los cristales mientras ella se recomponía, entre excitada, nerviosa y avergonzada.

Conduje despacio de vuelta hasta su coche. Bajó del mío convertida otra vez en una mujer recatada, discreta, decente, de esas que nadie imaginaría devorando una polla con semejante gusto solo unos minutos antes.

Ella llegó a tiempo a por sus niños. Yo emprendí la vuelta. Por la tarde me llegó su mensaje.

—Gracias, amo. Me arde hasta lo más hondo de la garganta, pero es justo lo que quería: tomar buena leche de una buena polla.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(6)

Carmela91

Dios mio que relato!!!! me quede pegada hasta el final sin poder parar

PatricioV88

Por favor una segunda parte, justo cuando se pone mas interesante terminas jaja. Espero ansioso la continuacion!

ClaudioBaires

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años. Ese tipo de encuentros uno no los olvida. Muy bien narrado.

JuanCR_1990

¿Y siguieron viendose despues? me quede con la duda jaja, cuéntanos mas

MarisolTQ

Me encanto como fuiste construyendo la tension desde el primer mensaje. Se nota que es real, no inventado. Sigue escribiendo!

DiegoZ91

tremendoooo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.