Confesión: el placer prohibido que probé a solas
A sus casi cuarenta años, Mariana se consideraba una mujer satisfecha. No le faltaba nada de lo que de verdad importa: salud, un trabajo que la llenaba, un apartamento luminoso en pleno centro y un grupo de amigos a los que adoraba. Vivía sola por elección. Había tenido pareja en el pasado, un par de intentos serios que no terminaron bien, y de aquello había aprendido algo definitivo: prefería la libertad de decidir cada día por sí misma, sin agobios, sin presiones, sin tener que pedir permiso a nadie.
Sabía que era atractiva y se cuidaba. Vestía con gusto, elegante y juvenil a la vez, y estaba en esa franja de edad en la que gustaba tanto a los jóvenes como a los hombres de su generación. Disfrutaba igual de la soledad que de las relaciones temporales. No buscaba bodas ni hijos ni rutinas domésticas. Cuando alguno se ponía demasiado pesado o empezaba a echar raíces en su salón, le daba boleto sin dramas ni lágrimas. Trataba a todos con educación, pero era ella, y solo ella, quien decidía cuánto tiempo alguien podía quedarse a su lado.
Esa manera tan selectiva de elegir a sus amantes le había permitido conocer a muchos hombres a lo largo de los años. De cada uno sacaba algo. Unos eran delicados, otros más bruscos; a unos los recordaba por los viajes y las aventuras de fin de semana, a otros por lo que la hacían sentir en la cama. Había probado de casi todo en la vida y se jactaba de ello. Casi. Porque quedaba una asignatura pendiente, una que siempre aparecía en las conversaciones de sobremesa con sus amigas y que la dejaba con una curiosidad incómoda.
El sexo anal. Algunas de sus amigas confesaban haberlo probado y juraban que, lejos de ser desagradable, les proporcionaba un placer que no se parecía a ningún otro. La idea fue calando poco a poco en su cabeza. Nunca había sido una mojigata, y le molestaba estar en el bando de las que no se habían atrevido. Se dijo a sí misma que aquello sería su próximo objetivo, sin obsesionarse, pero sin postergarlo más.
Sus primeras exploraciones fueron a solas. Todavía no reunía el valor de proponérselo a ninguno de sus ligues; era algo demasiado íntimo para improvisarlo con cualquiera. Así que empezó por su cuenta, en la ducha, con la lubricidad del gel y sus propios dedos. Para su sorpresa, tal y como le habían prometido, no fue nada desagradable. Más bien lo contrario. Descubrió que la zona era enormemente sensible y que combinar dos estímulos a la vez, el de delante y el de detrás, no le duplicaba el placer: lo multiplicaba.
Pero había un límite que no lograba cruzar. Por más que presionara, su cuerpo se cerraba en un reflejo que no controlaba. El anillo ofrecía resistencia, como si supiera que por ahí solo podía entrar el dolor. Lo intentó con cremas, con aceites del neceser, con paciencia, pero nada. Empezó a frustrarse.
Ofuscada por semanas sin avanzar, decidió pedir ayuda. Quedó en una cafetería con Lucía, la amiga con la que más confianza tenía y la que hablaba del tema con más naturalidad. Se moría de vergüenza, pero, asegurándose de que nadie las escuchara en la mesa de al lado, le contó sus torpes intentos en la ducha, el jabón, el fracaso. Lucía no se sorprendió. Sonrió con picardía y la tranquilizó de inmediato.
—El sexo anal necesita preparación —le dijo, removiendo el café—. Y entrenamiento. Yo pasé exactamente por lo mismo que tú. No hay nada de qué avergonzarse, y mucho menos de qué preocuparse.
—Ya, pero es que por más que empujaba, me dolía y se cerraba —murmuró Mariana.
—Porque es una cuestión de actitud, no de fuerza —respondió su amiga, señalándose la sien—. Hay que abrir primero aquí arriba. Si no te relajas en la cabeza, no te vas a relajar ahí abajo. Están unidos, créeme. Empieza solo por acariciar la zona, sin intentar meter nada. Que se acostumbre a que la toquen, que pierda el miedo. Y usa un lubricante específico, no jabón. Eso lo cambia todo.
Mariana escuchaba perpleja. Todo lo que Lucía decía tenía sentido y coincidía con lo que ella misma había leído en foros e Internet, buscando entender los riesgos antes de lanzarse.
—Cuando te sientas lista para probar de verdad —siguió Lucía—, no lo hagas con algo grande. Empieza por algo fino, que el cuerpo no tenga que esforzarse en admitir. Y si quieres hacerlo bien, ve a una tienda y cómprate un juego de iniciación. Es lo más seguro y lo más higiénico. Hoy los hacen pensados para esto, en mil tamaños distintos, para que vayas poco a poco.
—No sé ni cómo agradecértelo —dijo Mariana, casi aliviada—. Es tan difícil hablar de esto con alguien.
—No hay nada que agradecer. Ese es justo el problema: tanto tabú alrededor de algo que debería ser de lo más natural.
Siguieron charlando casi dos horas, ya de mil cosas, como las buenas amigas que eran. Se despidieron en la puerta con dos besos y la promesa de mantenerse al tanto de los progresos.
***
Con los consejos frescos, Mariana se propuso avanzar sin agobios, sin marcarse fechas. Visitó una tienda y alucinó con la variedad que había. Siguiendo la recomendación de Lucía, eligió un lubricante específico y un kit de iniciación: una tira de bolas de tamaño creciente, un par de bolas metálicas, un plug y un consolador liso con vibración. Le llamó la atención que casi todos fueran finos y pequeños. Para empezar, claro.
Ya en casa, leyó cada instrucción con calma y se dispuso a experimentar. Lo primero fue comprobar la diferencia del lubricante: el tacto sedoso y resbaladizo mejoraba el placer de una forma que el jabón nunca podría, y, sobre todo, no escocía. Se untó con generosidad toda la zona y se masturbó con ambas manos, una por delante y otra por detrás. Hacía progresos, pero al intentar penetrarse el músculo seguía cerrándose por reflejo.
Entonces recordó lo de la relajación mental. Cambió de estrategia. Llevó los juguetes del baño a la cama, bajó las persianas, encendió unas velas y unas barras de incienso, y puso un disco de música ambiental que la envolvía como una marea. Desconectó el teléfono. Completamente tendida, dejó que sonaran tres o cuatro canciones sin hacer nada, solo respirar, con los ojos cerrados y la mente en blanco. De no haber estado tan excitada, se habría quedado dormida.
Se colocó de costado, en posición fetal, y con los dedos empapados en lubricante recorrió despacio el valle entre sus nalgas. Un escalofrío al notar la temperatura fresca, y luego el calor de su propio cuerpo igualándola. No buscaba penetrar nada todavía. Solo acariciar, una y mil veces, hasta que toda la zona quedó tibia y resbaladiza. Estaba consiguiendo, por fin, esa calma de la que le había hablado su amiga.
Para no perder la excitación, atendió primero su sexo. Recorrió los labios, rodeó el clítoris con paciencia, se penetró con dos dedos y apretó los muslos imaginando que no estaba sola. Y cuando se descubrió jadeando, llevó la otra mano de nuevo a su parte trasera. Una mano delante, otra detrás, cada una estimulando un orificio distinto. El placer de combinar ambos era tan intenso que estuvo a punto de correrse. Pero se contuvo: lo que de verdad quería esa noche era aprender.
Tomó la tira de bolas. La más pequeña era diminuta, apenas mayor que un piercing; las últimas, considerablemente más gruesas. Decidió usarla primero por delante, tanto para familiarizarse con ella como para humedecerla. Estando tan mojada, las bolas fueron entrando una a una sin esfuerzo, y descubrió un juguete nuevo que la enloqueció: el placer venía de la apertura y el cierre con cada cambio de diámetro. No necesitaba pilas, y aun así era maravilloso.
Bien lubricada la tira hasta la anilla, llevó el extremo más fino a su entrada posterior. La primera bolita entró casi sin notarla. La sacó, y para su sorpresa sintió aún más placer al extraerla que al introducirla. Repitió el gesto: meter, sacar, meter. Comprendió que el goce no estaba en tener algo dentro, sino en el dilatarse y volver a cerrarse del anillo. Estaba aprendiendo.
La segunda bola fue otra historia. El músculo se cerró, se resistió. Lo intentó tres, cuatro veces, sin éxito. A punto de rendirse, recordó las palabras de Lucía sobre distraer la mente para que el esfínter bajara la guardia. Probó a contraer y relajar voluntariamente la zona, y descubrió que podía hacerlo. Coordinó la relajación con un empujón suave de la muñeca justo en el instante en que el anillo se abría, y la segunda bola desapareció sin dolor. Sonrió, orgullosa de su pequeña victoria.
A partir de ahí todo fue progresión. La tercera costó menos. Una vez aceptada, la primera entraba ya sin ningún esfuerzo. Entendió del todo lo que su amiga le había dicho: relajación y práctica. Cuando sacó el juguete, comprobó admirada que ahora cabía también uno de sus dedos, y que meterlo y sacarlo le producía un placer distinto a todo lo conocido, con puntos nuevos despertando bajo la yema. Notaba un leve escozor, sin duda por la falta de costumbre, pero mucho menor que el de aquellos primeros intentos con jabón.
Sesión a sesión, su cuerpo fue cediendo. En la segunda velada conquistó la mitad de la tira casi de inmediato y, con esfuerzo y nuevas dosis de calma, logró por fin hacer desaparecer la última bola, dejando solo la anilla de seguridad asomando. Quiso verlo. Se levantó, apoyó un pie en el borde del lavabo y sonrió ante la imagen del espejo. Tiró despacio de la anilla y observó cómo el anillo se abría y se cerraba con cada bola que salía, como respirando. Luego invirtió el gesto y se recreó en volver a engullirlas, simulando un ritmo, un vaivén, imaginando que no era su propia mano la que lo movía.
***
Pasó después a las bolas metálicas. Las lubricó primero por delante, sin sacar la tira, y caminó por el pasillo de su apartamento solo para sentir cómo vibraban al andar. La sensación fue alucinante: a cada paso, el metal reverberaba y una corriente le subía por la columna hasta la nuca, erizándole el vello. Recorrió el pasillo de un extremo a otro varias veces, incapaz de creer lo placentero que le resultaba algo tan simple como moverse.
Cuando trasladó esas mismas bolas a su parte trasera, el efecto fue sublime. Cada movimiento de cadera multiplicaba la vibración, y el escalofrío que la recorría era de los que dejan sin aliento. Se preguntó cómo había vivido tantos años sin conocer aquello, e incluso fantaseó con llevarlas un día cualquiera, en el trabajo o paseando por la calle, aunque dudaba que se atreviera.
Por último quiso probar el consolador que había deseado usar desde el principio, una réplica de proporciones realistas, con su relieve y sus venas marcadas. Pensó que, el día que diera el paso con un hombre de verdad, necesitaría sentirse cómoda con algo así. El diámetro no la intimidó: sus prácticas habían dado fruto y ya controlaba el esfínter casi a voluntad. Lo presionó despacio, venció la resistencia inicial y, con suavidad pero con decisión, lo introdujo hasta el fondo. Luego, a la misma velocidad, comenzó a retirarlo.
No habría sabido decir qué le gustaba más, si meterlo o sacarlo. Lo que sí tenía claro era que el placer estaba en el movimiento lento, en la fricción contra el anillo, en el relieve recorriéndola milímetro a milímetro. Cuando se quedaba quieta con el juguete dentro, notaba cómo el músculo luchaba por cerrarse sin lograrlo, y eso le arrancaba una mezcla extraña de molestia y deseo. Pero era precisamente ese filo entre el ardor y el placer lo que la llevaba al borde del delirio. Se estaba dando a sí misma algo que nunca antes se había atrevido a pedir, y enloquecía al hacerlo.
Aprendió que, al revés que el sexo vaginal, allí la velocidad no mandaba. Cuanto más despacio, cuanto más tiempo permanecía el anillo siendo acariciado y forzado a abrirse, más infinito era el goce. Si iba deprisa, el dolor ganaba la partida. Así que se demoró, paladeó cada centímetro, hasta que el orgasmo la sorprendió con una intensidad que no recordaba en años, arqueándole la espalda sobre las sábanas revueltas.
Practicó dos o tres veladas más en la soledad de su casa, entrenándose con paciencia, dosificando el placer a su antojo. Y una noche, satisfecha consigo misma, recogió los juguetes, se metió bajo el agua caliente de la ducha y, mientras el vapor lo cubría todo, se dijo en voz baja que ya estaba lista. Había conquistado aquel territorio a solas, sin testigos, sin prisa, descubriendo su propio cuerpo a su manera.
Ahora solo quedaba el último paso. Y ese, lo sabía con una sonrisa, no pensaba darlo sola.





