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Relatos Ardientes

La última función del cine que lo cambió todo

Siempre fui una persona liberal con todo lo que tiene que ver con el sexo. Desde el día en que conocí a Mariana no podía pensar en otra cosa, y al principio fue puro deseo físico, esa atracción que te nubla la cabeza y no te deja dormir. Después llegó lo demás: su forma de reírse, su inteligencia, la manera en que discutía conmigo como si cada conversación fuera un duelo. Me cautivó por completo, pero el deseo nunca se fue. Solo aprendió a esconderse mejor.

Mariana tiene un cuerpo que detiene conversaciones. Es latina, alta, de piel cálida, con un pelo moreno largo y liso que le cae por la espalda como una cortina. Rasgos exóticos, una elegancia natural que no se aprende, y unas curvas que la ropa nunca terminaba de disimular. Cuando entra a un lugar, la gente la mira. Ella finge no darse cuenta, pero lo sabe perfectamente.

Lo nuestro en la cama siempre fue intenso. Me encantaba sus ganas, esa necesidad de hacerlo seguido, sin excusas ni horarios. A mí, además, me gustaba la idea de hacerlo en lugares donde no debíamos: un bar vacío, el coche aparcado en una calle oscura, un rincón de la playa de madrugada. Esa era mi fantasía, no la suya. Mariana nunca lo había hecho fuera de casa. Le daba una vergüenza que la dejaba muda, y al principio respeté esa frontera.

Pero las fronteras, con el tiempo, se vuelven invitaciones.

Empecé despacio. Le sugerí que cambiara un poco su forma de vestir, porque siempre iba muy tapada, como si quisiera esconder lo que era imposible esconder. Le compré un par de vestidos. Le pedí, casi en broma, que saliera alguna vez sin sujetador. Al principio ni se planteó hacerlo. Pero poco a poco, sin que yo insistiera demasiado, fue cambiando. Una blusa más ajustada aquí, una falda más corta allá, lencería que elegía pensando en cómo reaccionaría yo al quitársela. La timidez seguía ahí, pero debajo había algo nuevo, algo curioso que empezaba a despertarse.

***

La primera vez que cruzamos la línea de verdad fue una noche de invierno, volviendo a casa después de tomar una copa. Conducía yo por una avenida casi desierta. En un semáforo en rojo me giré hacia ella y, con una calma que no sentía, le pedí que se quitara la parte de arriba y se quedara solo con el cinturón puesto mientras yo manejaba.

—¿Estás loco? —me dijo, pero ya tenía los dedos en el primer botón.

Lo hizo. Muerta de vergüenza, mirando a cada coche que pasaba como si fueran a descubrirla, con el corazón a mil. Estaba tan nerviosa que casi temblaba. Y al mismo tiempo, jamás la había visto tan excitada. Para cuando aparcamos frente a casa, ya no era la mujer tímida de siempre. Subió las escaleras delante de mí, se giró en la puerta y me empujó adentro.

Esa noche fue ella la que tomó el control. Me montó, me clavó las uñas, me pidió cosas al oído que nunca le había escuchado decir. Fue uno de esos polvos que se te quedan grabados para toda la vida, de los que se cuentan en silencio años después. Algo se había soltado dentro de ella, una compuerta que ya no se podía volver a cerrar.

A partir de ahí, la idea de jugar en público dejó de ser solo mía.

***

Llegó el verano, y con él un calor pegajoso que invitaba a hacer locuras. Se me ocurrió una noche, mientras cenábamos en la terraza, proponerle algo que llevaba tiempo rondándome la cabeza.

—Vamos al cine —le dije—. A la última función.

Ella levantó la vista del plato y entrecerró los ojos. Me conocía demasiado bien.

—¿Al cine a qué exactamente?

—A ver una película —respondí, con una sonrisa que decía todo lo contrario.

Se rió, negó con la cabeza, y fue a cambiarse. Cuando bajó, supe que había aceptado el juego sin necesidad de decirlo. Llevaba un vestido veraniego corto, de flores, con un escote generoso que no dejaba lugar a dudas. Zapatos altos. Unos pendientes largos que le rozaban el cuello cada vez que giraba la cabeza. Estaba para comérsela, y ella lo sabía.

Sacamos entradas para El último testigo, una de esas historias lentas que nadie va a ver el último pase de un martes. En la taquilla, el chico que nos atendió no pudo evitar mirarla un segundo de más. En el camino hacia la sala, los pocos hombres que cruzamos disimulaban sus miradas ante la presencia atenta de sus parejas. Mariana caminaba con la barbilla alta, fingiendo no notar nada, pero yo sentía el calor que despedía su cuerpo cuando le pasé la mano por la cintura.

Compramos algo de beber y entramos. La sala estaba casi vacía. Elegimos la penúltima fila, más o menos en el centro, lejos del puñado de personas que se habían sentado en la zona media. En la última fila, justo detrás y un poco hacia el pasillo, había una pareja de mediana edad. Nada más. La oscuridad y el silencio eran casi totales.

Empezó la película. Los primeros minutos transcurrieron con una normalidad engañosa. Caricias en las manos, mis dedos subiendo por su pierna hasta el borde del vestido y bajando otra vez, en un vaivén lento que la ponía cada vez más tensa. Ella miraba la pantalla sin verla, respirando despacio, esperando.

***

A los veinte minutos, dejé caer la botella de agua al suelo a propósito.

—Se me cayó —susurré, y me agaché a recogerla.

Pero en lugar de volver a mi asiento, me quedé de rodillas en el estrecho espacio frente a ella. Levanté la cabeza y la miré fijamente a los ojos en la penumbra. Tardó un segundo en entender lo que estaba pasando. Cuando lo hizo, se puso de todos los colores. Empezó a mover la cabeza de un lado a otro en un gesto mudo: no, no, aquí no. Tenía los ojos enormes, llenos de pánico y de algo más, ese brillo que yo ya conocía.

Me llevé un dedo a los labios. Silencio. Ella respiró hondo, una vez, otra, y dejó de negar. Entendí ese gesto como lo que era: un permiso.

Muy despacio, deslicé la mano por debajo del vestido. Encontré el borde de su tanga y empecé a bajarlo con una lentitud deliberada, centímetro a centímetro, haciendo una pausa a la altura de las rodillas solo para mirarla otra vez a los ojos. Tenía la respiración entrecortada y las manos aferradas a los reposabrazos como si fueran lo único que la mantenía en este mundo.

Me incliné hacia adelante. La piel entre sus muslos estaba caliente, húmeda, temblorosa. Le abrí las piernas apenas lo justo para meterme entre ellas y empecé a besarla por dentro, primero cerca de la rodilla, luego más arriba, acercándome al centro con una paciencia cruel. Ella soltó un hilo de aire por la boca cuando mi lengua rozó la parte más sensible de su coño por encima de la tela todavía corrida a un lado. No la tocaba de golpe; la iba enloqueciendo, dándole pequeñas lamidas, presionando con la punta de la lengua y retrocediendo, obligándola a arquearse en el asiento.

Le susurré contra la piel cosas que no repetiría a la luz del día, palabras que en la oscuridad de la sala sonaban distintas, más sucias, más nuestras.

—Tienes el coño empapado —murmuré—. Te estás muriendo por que te lo coma aquí mismo.

Su mano me cayó en la cabeza, primero rígida, luego desesperada. Quiso apartarme y al mismo tiempo empujarme más adentro. Abrí con los dedos la tela de la ropa interior hasta dejarla totalmente a un lado, y entonces sí, la lamí de arriba abajo, despacio, sintiendo el sabor salado y dulce de su excitación. La punta de mi lengua se hundió entre los labios hinchados de su coño, recorrió la entrada, volvió al clítoris, volvió a bajar. Ella se mordió el labio con tanta fuerza que pensé que se iba a hacer sangre.

Cuando por fin la atendí de verdad, lo hice con devoción, pero sin piedad. Chupé, lamí, alterné la boca con dos dedos que fueron entrando poco a poco, empapándose de ella, abriéndose paso dentro de su calor apretado. Mariana se movía en el asiento como si no pudiera sostenerse. Las piernas le temblaban abiertas, el vestido subido hasta la cintura, el tanga hecho un nudo de tela y vergüenza a un lado. Yo la miraba mientras le metía y sacaba los dedos, buscando ese punto exacto que la hacía gemir en silencio, y cuando lo encontré, su espalda se arqueó de golpe.

—Más —jadeó, casi sin voz.

Le di más. La agarré por las caderas para que no se me escapara, hundí la cara entre sus muslos y seguí comiéndosela con hambre, lamiendo su coño abierto, chupando su clítoris hasta que empezó a temblar de verdad. El sonido húmedo de su excitación se mezclaba con la respiración cortada de ambos y con el murmullo lejano de la película, que ya nadie en esa sala estaba mirando.

***

Fue entonces cuando me di cuenta de la pareja de atrás.

No perdían detalle. Se habían inclinado hacia adelante en sus asientos y se acariciaban el uno al otro sin disimulo, las manos perdidas bajo la ropa del otro, los ojos fijos en nosotros. Cuando crucé la mirada con el hombre, no apartó la vista. Al contrario: me hizo un leve gesto de aprobación, una especie de saludo cómplice entre desconocidos que comparten un secreto. Su mujer me sonrió en la penumbra.

Lejos de cortarme, aquello me encendió todavía más. Volví a mirar a Mariana a los ojos, y supe que ella también lo había notado, porque su cuerpo respondió de otra manera, más abierto, más entregado, como si la presencia de esos ojos ajenos la hubiera empujado al otro lado de su propia vergüenza. Le hundí dos dedos dentro del coño y seguí lamiéndola con más fuerza, oyendo cómo su respiración se convertía en un jadeo roto, contenido a medias entre los dientes y la mano que se llevaba a la boca para no hacer ruido.

—Te están mirando —le susurré—. Mírales tú también si quieres. Que vean cómo te corres mientras te estoy follando con la lengua.

La frase la quebró. Sus muslos se abrieron un poco más, el cuerpo le dio un espasmo, y yo sentí cómo se apretaba alrededor de mis dedos con una fuerza brutal, caliente, húmeda, desordenada. Aumenté la intensidad, metiéndoselos y sacándoselos con ritmo, clavando la boca en su clítoris hasta que el orgasmo la agarró por completo. No fue un temblor pequeño: fue una sacudida que le recorrió el vientre, los muslos, el pecho. Se le tensaron los dedos de los pies dentro de los zapatos y la espalda se le dobló hacia atrás. Se corrió en silencio, mordiéndose la mano para no gritar, y aun así se le escapó un gemido ahogado, sucio, delicioso, que me hizo seguir un poco más para exprimirle cada resto de placer.

Cuando su coño dejó de contraerse, seguí lamiendo despacio, arrastrando la lengua por sus labios mojados, recogiendo lo que quedaba de ella en mi boca. Estaba empapada. Mi barbilla brillaba por su jugo. Me aparté con la respiración pesada, y ella me agarró la cara con ambas manos, avergonzada y encendida a la vez.

—No pares —me dijo en un susurro tembloroso.

Le subí el tanga con el mismo cuidado con el que se lo había quitado. Me incorporé despacio, me senté a su lado y la atraje hacia mí. Estaba temblando, con una sonrisa floja en los labios y los ojos brillantes en la oscuridad.

—Te amo —le dije al oído, y lo decía en serio.

Ella apoyó la cabeza en mi hombro y no respondió. No hacía falta. Detrás de nosotros, la otra pareja se había acomodado de nuevo en sus asientos, fingiendo mirar la pantalla como si nada hubiera pasado.

Terminamos de ver la película así, abrazados, sin enterarnos de cómo acababa la historia ni quién era el último testigo. No importaba. La nuestra había sido mucho mejor, y esa la recordaríamos siempre.

De vuelta a casa, en el coche, Mariana rompió el silencio. Me miró con una expresión que no le había visto nunca, una mezcla de vergüenza, asombro y deseo, y dijo dos palabras que me persiguieron durante semanas.

—Otra vez.

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Comentarios(6)

CineAdulto_77

excelente!!! uno de los mejores que lei por aca, felicitaciones

NocheDePapel

Por favor continualo, quede con ganas de saber como termino todo. Me engancho desde el primer parrafo y no pude parar

MarceloCba

Me recordo a una noche que tuve hace anos en circunstancias parecidas... esto es lo que hace un buen relato, que te lleva a tus propios recuerdos. Muy bueno

Rolo_BA

La tension que se siente desde el principio es increible. Muy bien llevado

Flopi_lect

hay segunda parte?? no puedo creer que quedo ahi jaja, me dejo con mil preguntas

EstebanSF

sigue asi!! muy bueno

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