La universitaria que me tocó en el bus de noche
Esto pasó hace ya unos cuantos años, cuando yo tenía veinticinco y todavía me sorprendía de las cosas que la vida ponía delante sin avisar. La conocí en un curso de inglés que tomé un verano para no quedarme estancado. Se llamaba Carolina y venía a las clases con esa energía desordenada de quien acaba de salir de una etapa y todavía no entra del todo en la siguiente.
Era una mujer de estatura media, de complexión delgada pero con caderas marcadas y una espalda ancha que se notaba cuando se inclinaba sobre el cuaderno. Tenía la piel muy clara, casi de papel, y el cabello ondulado, de un castaño cálido que le caía sobre los hombros. Hablaba rápido, se reía fuerte y a veces decía cosas que descolocaban a la profesora. Pero lo que más recuerdo era la mirada: una mirada inquieta que parecía buscar siempre un poco más de lo que la conversación ofrecía.
Durante esas semanas no pasó nada. Hablábamos en inglés sobre temas tontos, practicábamos diálogos de manual y nos despedíamos en la puerta. Yo sabía que en otoño entraría a la misma universidad que yo, pero tampoco le di importancia. Carolina era de esas personas que te quedan en la memoria sin que sepas muy bien por qué.
El curso terminó y la perdí de vista durante un par de meses. Cuando empezaron las clases en la facultad, la cruzaba de vez en cuando por los pasillos. Un saludo, una sonrisa, y cada uno seguía su camino. Hasta una tarde de mayo en que coincidimos en la salida.
***
Iba con una amiga, una chica más baja que ella, simpática, de risa fácil. Las dos venían cargadas de carpetas y se reían de algo que no alcancé a entender. Me sumé a la conversación casi sin pensarlo y caminamos los tres hasta la parada del autobús. Ahí descubrimos que Carolina y yo tomábamos la misma línea. Su amiga, en cambio, se despidió con un gesto rápido y nos dejó solos.
Subimos juntos. Por suerte había asientos libres al fondo y no quedaba nadie de pie cerca de nosotros, solo otros estudiantes repartidos en las filas de adelante y de atrás. Nos sentamos uno al lado del otro, con los antebrazos rozándose cada vez que el autobús frenaba. La conversación fue derivando de lo académico a lo personal, y de lo personal a ese terreno ambiguo donde las palabras empiezan a tener doble fondo.
No sé bien cómo llegamos al tema, pero en algún momento le solté un comentario provocador, medio en broma, sobre lo incómodo que resulta para un hombre cierto detalle de la anatomía en los momentos menos oportunos. Ella abrió mucho los ojos y se rió.
—¿Por qué? —preguntó, genuinamente curiosa.
—Porque cuando te corres pierdes la puntería —contesté, bajando la voz—. Se te escapa la leche por todos lados. Termina todo salpicado: la pared, la panza, la cara si te descuidas.
Se rió otra vez, pero ya no apartó la mirada. Se mordió el labio y clavó los ojos en mi pantalón un segundo de más. Esto va a algún lado, pensé.
Con cada frenada del autobús, mi brazo presionaba contra el costado de su pecho. No lo retiraba, y ella tampoco se apartaba. Sentía el calor de su cuerpo a través de la tela, el pezón endureciéndose bajo la blusa cada vez que la rozaba, esa tensión que crece en silencio cuando dos personas fingen que no está pasando nada.
—¿Quieres ver cómo se me pone la polla? —le pregunté en voz baja, casi sin creer que lo decía.
Me dijo que sí con la cabeza, sin pensarlo. Tomé su mano y la guié con cuidado hasta mi entrepierna, vigilando con el rabillo del ojo que nadie estuviera mirando. Empezó a apretar por encima del pantalón, despacio, con una curiosidad que me encendió más que cualquier caricia experta. Sus dedos me recorrían el bulto, lo apretaban en la base, lo sopesaban, y volvían a la punta como midiéndome. Yo ya estaba completamente duro, la tenía tiesa contra la tela, y ella lo notó.
—Joder —susurró—. La tienes durísima.
—Es lo que provocas tú —le contesté al oído, y le mordí el lóbulo.
***
El autobús se iba llenando y las luces del techo eran demasiado fuertes. Cada vez que alguien pasaba por el pasillo, ella no soltaba, y yo terminé tapando esa zona con una sudadera que llevaba sobre las piernas y la mochila encima. Bajo ese refugio improvisado, ella se atrevió a más: me bajó el cierre unos centímetros, metió la mano por dentro del calzoncillo y me agarró la polla a piel desnuda. Cerré los ojos un segundo. Su mano estaba fría y me hacía temblar. Empezó a subir y bajar despacio, apretando la base, pasando el pulgar por la punta que ya empezaba a mojarse.
Aproveché para pasar la mano por debajo de su blusa. Le desabroché el sostén de un gesto y le agarré una teta entera. La tenía firme, blanda por encima y dura en el pezón, que se le puso como una piedrecita entre mis dedos. Se lo pellizqué, se lo hice rodar, y ella apretó los muslos y me clavó las uñas en la polla sin querer.
—No pares —le dije al oído—. Sigue tocándomela así.
Era un juego peligroso. Las luces, la gente, el vaivén del autobús. Cualquier movimiento de más nos habría delatado. Y sin embargo eso era justamente lo que lo hacía irresistible: el riesgo, la clandestinidad, la certeza de que estábamos haciéndonos una paja mutua rodeados de desconocidos que no tenían ni idea. Metí la mano por dentro de su pantalón, por encima de las bragas, y sentí la tela empapada. Estaba mojadísima. Apreté con el dedo del medio contra la raja por encima del algodón y ella soltó un jadeo bajo que disimuló tosiendo.
Estuvimos así varios minutos, con mi dedo hundiéndose por encima de la ropa interior y su mano ordeñándome la polla en silencio, hasta que Carolina se inclinó hacia mí.
—Yo me bajo aquí —murmuró, y empezó a acomodarse la ropa a las apuradas.
En ese instante decidí que la noche no podía terminar ahí.
—Te acompaño —dije, guardándomela como pude en el pantalón.
—Pero tú no vives por esta zona —contestó, sorprendida.
—Lo sé. Puedo llegar más tarde a casa, no pasa nada.
Nos bajamos los dos y empezamos a caminar por calles más estrechas. Ya había caído la noche y apenas circulaba gente. En la primera esquina oscura la frené con suavidad, la empujé contra la pared y la besé. Fue un beso sucio, con la lengua entera, saliva de más, mientras le abría el cierre de la chaqueta y le metía la mano directamente bajo la blusa para agarrarle las tetas sin el sostén, que se le había quedado suelto desde el autobús. Ella me metió la mano en el pantalón otra vez, esta vez sin disimulo, y me sacó la polla al aire en plena calle. Me la empezó a masturbar ahí mismo, en la esquina, mientras le mordía el cuello.
—Estás loca —le dije jadeando.
—Tú me pusiste así —contestó, escupiéndose en la mano y volviendo a agarrármela con la palma resbaladiza.
Cada vez que se acercaba alguien nos separábamos, fingíamos caminar tranquilos con las manos en los bolsillos y, en cuanto pasaba, volvíamos a engancharnos. Avanzábamos buscando un lugar con más sombra, más privacidad. Terminamos en un parque pequeño, mal iluminado, con un banco escondido entre dos árboles.
***
Nos sentamos muy juntos. La calle quedaba a unos metros, lo suficiente como para sentirnos a salvo pero no del todo.
—Siempre disimulaste muy bien —le dije, con la mano ya metida bajo su blusa amasándole una teta.
—Y tú siempre pareciste el tranquilo del grupo —respondió, riéndose mientras me volvía a abrir el pantalón.
—Soy más discreto que tranquilo —le aclaré.
Nos tocábamos los dos al mismo tiempo, ella mi polla ya fuera del calzoncillo, yo el interior de sus muslos hasta llegar a la entrepierna por encima del pantalón, que seguía ardiendo de caliente.
—Este verano lo pasé demasiado cachonda —confesó, mordiéndose el labio—. Follé muy poco. Necesitaba una polla así.
Le pedí que se levantara la blusa ahí mismo, en ese lugar abierto donde cualquiera podía aparecer. Lo hizo sin dudarlo. Se subió la tela y terminó de quitarse el sostén, que le dejó marcas rojas bajo las tetas, y las tetas quedaron al aire en pleno parque: dos pechos blancos, redondos, de pezones rosados y puntiagudos que respondían al frío de la noche. Se los acaricié con las dos manos, los apreté, los junté, bajé la boca y me metí uno entero adentro. Se lo chupé despacio, tirándole del pezón con los dientes, mientras con la otra mano le pellizcaba el otro. Ella echaba la cabeza hacia atrás y miraba las copas de los árboles, respirando por la boca abierta.
—Chúpamelas más fuerte —jadeó—. Muérdemelas.
Le hice caso. Le dejé los pezones enrojecidos, brillantes de saliva, mientras mi mano se hundía por dentro de su pantalón, por dentro de las bragas ya, y encontraba el coño empapado. Le separé los labios con dos dedos y le busqué el clítoris. Estaba hinchado, duro como un botón. Empecé a frotárselo en círculos y ella abrió las piernas todo lo que le permitía el pantalón.
—Métemelos —me pidió al oído—. Méteme los dedos.
Le hundí el corazón primero, luego el índice, y empecé a follármela con la mano mientras seguía chupándole las tetas. El coño le hacía ruido, tan mojado estaba. Se le escapaban gemidos que intentaba tapar mordiéndome el hombro por encima de la sudadera.
De pronto se oyeron pasos en el sendero. Carolina se inclinó rapidísimo y se recostó sobre mi pierna, fingiendo que descansaba, con la cara justo encima de mi bulto. Yo saqué la mano del pantalón como pude y me la limpié en el jean. La persona pasó a unos metros y se alejó sin mirarnos. Cuando volvió el silencio, ella me miró desde abajo con una sonrisa que no tenía nada de inocente. Le brillaban los ojos.
—Quédate quieto —dijo.
Terminó de abrirme el pantalón, que ya estaba a medio camino, me bajó también el calzoncillo hasta la mitad del muslo y me sacó la polla entera al aire, tiesa, apuntando al cielo. La miró un segundo, se relamió, y se la metió en la boca de golpe hasta la mitad. Se me escapó un gemido que tuve que ahogar apretando los dientes.
Lo que siguió fue lento, deliberado, como si tuviéramos toda la noche y no un parque a oscuras con vecinos a punto de encender las luces. Me la chupaba entera, hasta el fondo, hasta que se le atragantaba y le lloraban los ojos. Después subía y jugaba solo con la punta, dándole vueltas con la lengua, chupándomela como un caramelo, escupiendo encima para que resbalara mejor. Volvía a bajar tragándomela y me apretaba los huevos con la otra mano. La saliva le caía por la barbilla y le mojaba las tetas, que seguían al aire meciéndose con cada movimiento de cabeza.
Yo la sostenía del cabello, le marcaba el ritmo despacio, sentía cada movimiento de su boca recorrerme entero desde los huevos hasta la punta. Le pasaba la otra mano por el muslo, buscando ir más allá, buscando volver a meterle los dedos en el coño, pero ella me detuvo con firmeza.
—El coño no —dijo sin soltarme la polla, con la voz pastosa por la saliva—. Todavía no. Esta noche te corres en mi boca o en mis tetas. Elige.
No insistí. Había algo en ese límite que ella imponía que lo volvía aún más excitante: me daba todo menos lo último, y me dejaba con la certeza de que aquello no terminaría esa noche.
—En la boca —le dije—. Trágatelo todo.
Aceleró. Empezó a mamármela más rápido, con las dos manos en la base, girando la muñeca al ritmo de la boca. Yo sentía el cosquilleo subir desde los huevos, tensarme entero. Le apreté la nuca y ella entendió, se la metió hasta el fondo y me dejó reventar ahí, dentro de su garganta. Me corrí en chorros gruesos, uno detrás de otro, mientras ella tragaba sin apartarse, con los ojos cerrados y el ceño fruncido de concentración. Cuando terminó de vaciarme, subió por el tronco chupando lo que quedaba, se pasó la lengua por los labios y me sonrió.
—Rico —murmuró—. Tenías ganas, ¿eh?
—Te toca —le dije, todavía jadeando, e intenté meterle la mano otra vez en el pantalón. Se dejó un rato. Le desabroché el botón, le bajé el cierre y le metí tres dedos en el coño mientras con el pulgar le seguía dando al clítoris. Ella se agarró del respaldo del banco, abrió las piernas y empezó a mover las caderas contra mi mano, follándose mis dedos con descaro. Le hice ruido dentro, chapoteando, hasta que empezó a temblarle todo. Se corrió mordiéndome el cuello para no gritar, con el coño apretándome los dedos como un puño.
Estuvo así un buen rato después, recuperando el aire, con las tetas todavía al aire y mi mano pegajosa entre sus piernas, hasta que las ventanas de los edificios cercanos empezaron a iluminarse una tras otra. Era la hora en que la gente vuelve a casa, y el parque dejó de ser nuestro. Caminó más gente por la acera, una pareja con un perro, un hombre con bolsas del supermercado. Nos enderezamos, nos acomodamos la ropa a las apuradas —ella se guardó el sostén en el bolso porque no tuvo tiempo de ponérselo— y nos miramos con una mezcla de risa nerviosa y deseo a medias.
***
La acompañé hasta el portal de su edificio. Por el camino le dije, sin filtros, lo mucho que me había gustado, cómo me la había chupado, lo apretado que tenía el coño, todo lo que se me cruzaba por la cabeza. Ella se reía y me daba pequeños golpes en el brazo, pero no soltaba mi mano y de vez en cuando me la llevaba de nuevo al bulto por encima del pantalón.
Cuando llegamos a su puerta la besé una última vez, despacio, y dejé que mis manos volvieran a recorrerle las tetas por encima de la ropa. Todavía olía a mí, a saliva y a semen en el aliento.
—La próxima quiero que me folles —me dijo al oído antes de soltarme—. Bien fuerte.
—Nos vemos en la facultad —contesté, y ella desapareció escaleras arriba riéndose.
Al día siguiente me la crucé entre dos clases. Tenía una cara entre divertida y avergonzada. Me contó que esa misma noche le había escrito a su amiga, la chica de la parada, para confesarle lo que habíamos hecho.
—¿Y qué te dijo? —pregunté, curioso.
—Que estoy loca —respondió, mordiéndose el labio igual que en el parque—. Que cómo se me ocurre mamársela a un tío en un parque. Y que se muere por que vuelva a pasar. Creo que quiere que la próxima vez le cuente con pelos y señales.
—O que venga —dije, medio en broma.
Ella se rió y no me dijo que no.
Lo que vino después es otra historia. Pero esa noche, la del autobús lleno de luces y el parque a oscuras, la de su mano ordeñándome entre desconocidos y su boca tragándose todo entre los árboles, fue la que me enseñó que las personas más interesantes son siempre las que esconden mejor lo putas que quieren ser.





