El jardinero subía sin ducharse y yo lo esperaba
Hace un rato me quedé mirándome en el espejo grande de la habitación. Estoy de varios meses ya, y todavía me cuesta reconocer este cuerpo nuevo, redondo, lento. Sékou duerme a mi lado, boca abajo, con un brazo cruzado sobre la almohada. Hace una hora estaba encima de mí, respirando fuerte contra mi cuello, con la polla todavía dura hundiéndose hasta el fondo de mi coño hinchado por el embarazo, y ahora descansa como si nada. Todavía siento el semen resbalándome por dentro de los muslos, tibio y espeso. Sé que cuando despierte volverá a buscarme, a meterme la verga otra vez sin preguntarme, porque ya sabe que a estas alturas del embarazo me pongo caliente con cualquier cosa. Mientras tanto escribo, porque hay algo que llevo dándole vueltas desde que supe que iba a ser madre.
No es de él de quien necesito hablar. Es de otro. De alguien que pasó por mi vida antes que él y que, por algún motivo, vuelve a aparecer en mi cabeza justo ahora, cuando todo parece resuelto.
Se llamaba Yacine.
***
Para entender lo que pasó con Yacine hay que empezar un poco antes, cuando mi vida era un desastre prolijo y yo fingía que no.
Mi pareja de entonces se había mudado del departamento unos meses atrás. Después vino Bakary, que se instaló en mi casa casi sin que yo lo decidiera. No trabajaba, no movía un plato, no tenía la menor intención de construir nada conmigo. Pero me deslumbró y me llevó a la cama como pocos. Tenía una polla gruesa y curva que me tocaba puntos que yo ni sabía que existían, y follaba con una tranquilidad de hijo de puta que me dejaba temblando y pidiendo más. Cuando entendí que lo único que iba a darme era sexo —eso sí, un sexo de esos que te arruinan para los que vienen después—, lo enfrenté una noche en la cocina. Él recogió sus cosas sin discutir y se fue a buscar a su próxima víctima. Me dejó herida en el orgullo, que a veces duele más que el corazón, y con el coño acostumbrado a un tamaño que no era fácil de reemplazar.
Así estaba yo, dolida y con ganas de demostrarme que aún podía gustarle a alguien, cuando empecé a fijarme en el jardinero de la urbanización.
Yacine cuidaba los canteros y el césped de todo el complejo. Era alto, de casi un metro noventa, con un físico trabajado por el sol y el esfuerzo de cada día, no por un gimnasio. Llevaba el pelo largo, atado en rastas que le caían por la espalda. Cortaba el pasto sin camiseta, con el torso brillando de sudor, los pantalones cortos ajustados marcándole un bulto que no pasaba desapercibido, y yo lo espiaba desde el balcón con un café que se me enfriaba en la mano mientras me apretaba los muslos.
—Buenas tardes, señora —me saludaba siempre, con una sonrisa enorme y limpia.
—Buenas tardes —contestaba yo, y me metía adentro antes de que se me notara demasiado.
Tengo mis necesidades, me repetía, como si eso justificara lo que ya había decidido.
Una tarde de calor le ofrecí un vaso de agua fría. Subió hasta mi puerta, todavía con tierra en las manos, y se quedó parado en el umbral sin animarse a pasar. Le dije que entrara. Tomó el agua de un trago, con la nuez de Adán moviéndose en ese cuello negro y brillante, me miró, y esa mirada fue suficiente. No hizo falta hablar. Lo besé yo, apoyando una mano en su pecho húmedo, mordiéndole el labio inferior, y él me levantó del suelo como si no pesara nada, con las manos abiertas en mi culo, apretándome contra el bulto que ya se había puesto durísimo dentro del pantalón.
Me llevó cargada hasta el sofá. Ahí mismo me arrancó el vestido veraniego que llevaba, sin más, y se quedó mirándome en bragas como si nunca hubiera visto una mujer. Me bajó la ropa interior de un tirón y hundió la cara entre mis piernas antes de que yo pudiera decirle nada. La lengua le entró de golpe, ancha y torpe, chupándome el coño como quien bebe agua después de una jornada al sol. Le agarré las rastas con las dos manos y le apreté la cabeza contra mí, restregándome contra su boca hasta que me corrí gritando, con las piernas cerrándole las orejas.
Cuando levantó la cara, con la barbilla brillando de mis jugos, se bajó los pantalones. Le vi la verga por primera vez y se me escapó un gemido. Era gruesa, negra, dura como un palo, con las venas marcadas, y le colgaba pesada entre las piernas. La agarré con la mano, no me la abarcaba, y me lo llevé a la boca antes de que él pudiera reaccionar. Se lo chupé entera, tragándomela hasta atrás, hasta que la garganta se me contrajo y las lágrimas me nublaron la vista. Él me miraba con la boca abierta, sin creerse lo que le estaba pasando.
—Espera, espera —me pidió, agitado—. Que no aguanto.
Y no aguantó. Me tumbó de espaldas en el sofá, me abrió las piernas y me la metió de un empujón, hasta el fondo, arrancándome un grito ronco. Empezó a follarme rápido, demasiado rápido, con una desesperación de chico que lleva mucho aguantando. A los dos minutos ya se estaba viniendo dentro de mí, agarrándome las tetas con las dos manos y jadeando en mi oído. Yo me lo abracé con las piernas, apretándolo, dejándolo terminar bien adentro.
Cuando salió, con la polla todavía dura y el semen escurriendo, me dio vergüenza mirarlo. A él, no a mí. Se disculpó dos o tres veces por lo rápido. Le puse un dedo en los labios y le sonreí. Ya te enseñaré, pensé.
Ese fue el principio de algo que duró meses.
***
Me gustaba pedirle que subiera sin ducharse después de trabajar. Le decía que viniera tal como estaba, con la camiseta colgada del hombro y el olor del esfuerzo en la piel. A él le daba un poco de vergüenza al principio, pero terminó entendiendo que era justamente eso lo que me encendía. Algo crudo, real, sin perfume. Lo primero que hacía cuando entraba era arrodillarme delante de él, bajarle los pantalones y sacarle la verga sudada de dentro del calzoncillo para chupársela así, salada, con el gusto del día entero pegado a la piel. Se lo hacía despacio, mirándolo desde abajo, mientras él se agarraba del marco de la puerta para no caerse.
Yacine era joven y todavía no sabía del todo lo que tenía entre manos. Tenía fuerza, energía, una resistencia que no se acababa nunca, pero le faltaba la malicia, ese arte de tomarse su tiempo. Y yo se lo enseñé. Todo lo que había aprendido de otros hombres lo puse en práctica con él. Le mostré cómo ir despacio, cómo leerme, dónde detenerse para que yo terminara rogando que siguiera. Le enseñé a comerme el coño en serio, a chupármelo abierto con dos dedos separándome los labios, a lamerme el clítoris con la punta de la lengua durante minutos sin cambiar el ritmo, hasta que yo le tiraba de las rastas suplicándole que me la metiera.
—Más despacio —le susurraba contra la oreja—. No tengas apuro. Tenemos toda la tarde. Sácamela. Déjame así, al borde. Ahora otra vez.
Aprendía rápido. Sesión tras sesión se volvía mejor, más seguro, más atento a cada reacción de mi cuerpo. Pasó de ser un chico ansioso que casi terminaba apenas empezábamos a ser un amante que me sostenía al borde durante un rato larguísimo, sacándomela cuando yo estaba por correrme, dejándome jadeando en el vacío, hasta que yo no aguantaba más y le pedía que terminara conmigo. Aprendió a follarme de todas las maneras: de rodillas mientras yo me apoyaba en el sofá, con el culo en pompa y él dándome palmadas cada vez más fuertes; sentado con yo cabalgándolo, mis tetas rebotándole en la cara mientras me chupaba los pezones; de lado, con una pierna mía sobre su hombro, mientras me metía el pulgar en la boca y yo se lo chupaba.
Su fuerza era otra cosa. Cuando se soltaba del todo, cuando dejaba de cuidarme y se entregaba a la pura intensidad de la juventud, me empotraba contra la pared o contra el respaldo de la cama con una potencia que me hacía perder el aire. Me agarraba de las caderas con esas manos enormes de trabajador y me embestía desde atrás, clavándomela hasta el fondo, sacándomela casi entera y volviéndola a meter de un golpe seco que me sacudía el cuerpo entero. Los golpes de sus huevos contra mi coño se oían en toda la habitación. Yo le pedía más, más fuerte, más adentro, aunque después me dolía sentarme.
Una noche, entre los dos, rompimos la cama. Yo estaba boca abajo con una almohada bajo las caderas, el culo en alto, y él me la estaba metiendo por atrás, con una mano hundiéndome la cara contra el colchón y la otra sujetándome de la cintura. Follaba con tanta fuerza que la cama empezó a moverse contra la pared, un golpe seco tras otro, hasta que uno de los travesaños cedió con un crujido y todo se vino abajo. Se cayó él encima de mí, sin sacármela, y siguió follándome ahí mismo, en el colchón hundido, hasta que terminó vaciándose adentro con un rugido que me dejó los oídos zumbando.
Después nos quedamos los dos en el colchón hundido, riéndonos como dos adolescentes que acababan de hacer una travesura, con su semen todavía escurriéndoseme por los muslos.
—La rompimos —dijo él, todavía agitado, con la polla flácida apoyada contra mi cadera.
—Hacía falta —contesté.
Y era verdad. Era la misma cama en la que había estado con mi ex, la misma donde Bakary me había dejado el corazón en carne viva. Tirarla a la basura me dio un alivio enorme. Yacine, sin saberlo, me ayudó a sacar de mi casa lo que tenía que irse.
Al día siguiente me dolía el cuerpo entero. El coño hinchado, los pezones enrojecidos de tanto mordisco, el culo con las huellas moradas de sus manos y una molestia profunda, persistente, en la entrepierna, que duraba horas. Pero era un dolor placentero, un recordatorio físico de la noche anterior que yo llevaba conmigo todo el día con una sonrisa secreta. Cada vez que me sentaba o cruzaba las piernas, me acordaba de él y se me humedecía la ropa interior.
Nos volvimos cómplices de un juego que nadie más conocía. Por las mañanas él trabajaba en los jardines como si no pasara nada, saludando con respeto a los demás vecinos, y yo bajaba a tirar la basura solo para cruzarme con él un segundo. Una mirada bastaba. Esa noche subiría, y los dos lo sabíamos desde temprano.
—Hoy podaste los rosales debajo de mi balcón —le dije una vez, haciéndome la inocente.
—Pensé que así me mirabas más rato —contestó, sin levantar la vista de las tijeras.
Me reí sola todo el camino de vuelta al ascensor. Tenía algo que muchos hombres con el doble de experiencia nunca habían tenido conmigo: la capacidad de hacerme sentir deseada con una sola frase. Y una polla que, para colmo, me llenaba entera.
***
Lo que no esperaba era que Yacine resultara, además, un buen hombre.
Empezó a portarse de una forma que ninguno de los anteriores había siquiera intentado. Lavaba los platos antes de irse. Aparecía con la compra hecha porque me había escuchado decir que no tenía ganas de salir. Me invitaba a cenar a lugares modestos pero elegidos con cariño. Me cuidaba. Y, sobre todo, me hacía el amor de verdad, no solo me follaba el cuerpo. Empezó a tomarse su tiempo también fuera de la cama, a besarme el cuello sin apuro cuando me encontraba lavando los platos, a meterme la mano por debajo del vestido sin que fuera necesariamente el prólogo de una embestida. A veces me la comía durante media hora, tranquilo, entre las piernas, solo por el gusto de hacerlo, sin buscar nada para él después.
El chico se enamoró. Lo vi venir y no supe frenarlo a tiempo. Ponía toda su voluntad en darme exactamente lo que yo le había reclamado a Bakary y nunca había recibido: presencia, ternura, la sensación de importarle a alguien. Sentirme amada y cuidada por un hombre tan fuerte tendría que haber sido suficiente.
Y, sin embargo, no lo era.
Porque yo soy de las que quieren lo que las rechaza. Lo sinvergüenza, lo escurridizo, lo que no se deja atrapar. A Yacine lo tenía rendido a mis pies, y eso, aunque me dé vergüenza confesarlo, le quitaba parte del atractivo. En lo más caliente del sexo a veces le pedía cosas imposibles, le decía al oído que me dejara embarazada, que me hiciera un hijo, que se corriera bien adentro para preñarme, que me llenara el coño hasta que rebalsara. Se lo susurraba con la voz rota mientras él me embestía cada vez más rápido, y sentía cómo la polla se le ponía más dura y se venía con un rugido, disparándome chorros calientes dentro. Pero era solo para encenderlo, para sentir cómo se volvía loco encima de mí. No lo decía en serio. No con él.
La diferencia la entendí más tarde. A Bakary, que me había tratado como a un mueble, le habría dado todo lo que me hubiera pedido. Con Yacine, que me lo daba todo, yo me guardaba. Las personas somos un desastre contradictorio, y yo no era ninguna excepción.
***
Tomé la decisión una mañana, mirándolo dormir. Yacine era pura inocencia y puro desenfreno a la vez, una máquina incansable y, al mismo tiempo, un hombre que merecía que lo quisieran de verdad. Y yo no estaba en condiciones de hacerlo. Quedarme con él por comodidad habría sido la peor crueldad: retenerlo años para terminar rompiéndole el corazón cuando apareciera otro que sí me hiciera perder la cabeza.
Decidí dejarlo ir. Que buscara a alguien que pudiera corresponderle, que le diera los hijos que él soñaba en voz alta entre las sábanas.
Me despedí de él una noche junto a la piscina del complejo, cuando ya no quedaba nadie y el agua reflejaba las luces de los departamentos. No le dije de entrada que era una despedida. Primero nos metimos al agua, desnudos, y ahí mismo, dentro de la piscina, con el pecho aplastado contra el borde, le pedí que me la metiera despacio, en silencio, para que no nos oyeran. Me la clavó por detrás con el agua chapoteando entre nosotros, sujetándome de las caderas bajo la superficie, follándome largo rato mientras yo mordía el brazo para no gritar.
Después salimos a una de las reposeras y estuvimos juntos casi dos horas, sin prisa, como si supiéramos los dos que no habría otra. Le chupé la polla despacio, sentada entre sus piernas, saboreándomela, mirándolo a los ojos mientras se la sacaba y se la volvía a meter en la boca. Se la mamé hasta ponérsela dura otra vez y entonces me subí encima de él, guiándomela con la mano hasta encajarla dentro de mí, y me quedé quieta un rato largo, sintiéndolo completo dentro, memorizándolo. Después empecé a moverme despacio, apoyándome en su pecho, buscándome en él por última vez.
Esa última vez lo dejé terminar dentro de mí. No me importó el riesgo. Cuando sentí que la polla se le hinchaba y empezaba a temblar, apreté las piernas alrededor de sus caderas para que no pudiera sacármela y me quedé sentada encima de él, ordeñándolo con el coño, mientras me llenaba de chorros calientes hasta el fondo. Quería darle algo que fuera solo suyo, un recuerdo que no compartiera con nadie más. Me quedé encima de él mucho rato después, sintiendo cómo su verga se iba ablandando dentro de mí sin que yo la dejara salir. Yacine lo merecía. Sé que habría sido un gran padre, paciente y entregado, pero ese hijo no estaba escrito para nosotros.
—¿Esto es un adiós? —me preguntó después, mientras me secaba el pelo con su remera, con el semen todavía escurriéndoseme por los muslos.
—Es un gracias —le dije, y era lo más honesto que tenía para darle.
No volvió a cortar el césped de mi edificio. Pidió cambio de zona, supongo. Nunca se lo reproché.
***
Después de Yacine vino una etapa que todavía me cuesta ordenar.
Llegó Oumar, y con él un primer embarazo que esta vez sí busqué. Oumar era lo contrario de Yacine en casi todo: duro en la cama, dominante en la casa, de esos que se hacen dueños del lugar y de la mujer que lo habita. Me follaba como si me estuviera castigando, me agarraba del pelo, me obligaba a chupársela hasta la garganta, me abría de piernas cuando le daba la gana y me la metía sin preguntar. Y yo, que me las daba de independiente, se lo permití todo. Llegué incluso a quedar embarazada para retenerlo a mi lado, una jugada desesperada que ninguna amiga me habría aconsejado.
Nadie me había tratado como me trató él. De aquella relación me quedaron ciertas inclinaciones, ciertas necesidades nuevas que descubrí casi sin querer y que sigo practicando hasta hoy. Pero esa es otra historia, una que merece su propio relato y que prometo contar más adelante, con todos los detalles.
Por ahora me quedo con esto: con Yacine, con el olor a tierra y a sol, con la cama rota y la risa, con la última tarde en la piscina y su semen bajándome por las piernas mientras me despedía. Fue el hombre más bueno que pasó por mi vida y el único al que dejé ir sabiendo exactamente lo que estaba perdiendo.
A veces el deseo y el cariño no caminan juntos. A veces uno aprende eso demasiado tarde.
Sékou se acaba de mover en la cama. Estiró el brazo buscándome sin abrir los ojos, y eso quiere decir que está despertando. Ya le veo la polla marcándose bajo la sábana, dura otra vez a pesar de haber terminado hace nada. Voy a dejar el cuaderno, a apoyarlo en la mesa de luz, y voy a volver con él a dejar que me la meta de nuevo, sin sacarla hasta que los dos volvamos a dormirnos.
Gracias por leerme.





