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Relatos Ardientes

Esa mañana en la ducha cruzamos un límite nuevo

Me despierto aturdida, sin poder abrir los ojos del todo. Anoche, con las prisas y las ganas con las que entramos por la puerta, no bajamos la persiana, y por la rendija de las cortinas se cuela un rayo de sol que me da de lleno en la cara. Es tanta la claridad que atraviesa mis párpados cerrados que las sienes me palpitan con un dolor sordo y molesto. Al final me rindo. Me pongo la almohada sobre la cabeza para que la luz deje de castigarme, pero ya no hay nada que hacer. Estoy completamente desvelada.

Sin sacar la cabeza del refugio de las almohadas, palpo la cama buscándolo, pero no está. Las sábanas siguen tibias por su calor, aunque su lado ya está vacío. Por un instante me invade una tristeza tonta, ese vacío de pensar que se ha ido a trabajar y que no volveré a verlo hasta la noche. Pero enseguida recupero la sonrisa: escucho el ruido del agua de la ducha. Todavía está conmigo. Vamos a poder desayunar juntos. Me gusta tanto desayunar con Bruno.

Me levanto desnuda y voy sorteando la ropa que anoche fuimos dejando tirada por el suelo, como un rastro del camino hasta la cama. Me acerco de puntillas al baño y lo espío por la rendija de la puerta que ha dejado entreabierta. Bendigo al amigo arquitecto que nos diseñó este aseo sin mamparas ni cortinas, un espacio diáfano y abierto donde la zona de ducha es solo un rincón alicatado con miles de azulejos diminutos de colores que forman un mosaico.

Está de espaldas a la puerta, apoyado contra la pared, dejando que el agua le caiga sobre la cabeza y resbale por toda su espalda. Desde aquí le veo los hombros anchos, las piernas firmes, la espalda perlada de gotas que atrapan la luz. No es un cuerpo de gimnasio de revista, pero es el suyo, y verlo así, mojado y ajeno a que lo observo, me hace morderme el labio sin querer. Me excito de golpe, porque ya sé lo que voy a hacer. Es imposible que me resista.

Empujo la puerta con cuidado para que no me oiga y entro justo cuando el vapor empieza a empañar el espejo que cubre una pared entera. Me veo de reojo al pasar y me sorprendo a mí misma con una sonrisa pícara dibujada en la cara. Ya no hay marcha atrás.

Me acerco por detrás y me pego a su espalda mojada. No le veo la cara, pero estoy segura de que ha sonreído en cuanto me ha sentido. Lo abrazo con fuerza pasando los brazos por debajo de los suyos, y le recorro el pecho, el vientre, esa línea de vello que baja y que tanto me gusta seguir con los dedos.

—Sabía que ibas a venir —dice, sin girarse, con la voz ronca de quien acaba de despertar.

—No me has dejado otra opción —contesto contra su nuca.

Él se queda quieto, con las manos apoyadas en las dos paredes del rincón, dejando que el agua lo golpee mientras mis manos bajan despacio. No tardo nada en notar cómo reacciona. Cuando por fin lo rodeo con una mano, suelta un gemido tan bajo que más que oírlo lo siento vibrar en su espalda, contra mi mejilla. Empiezo a acariciarlo lento, sin prisa, disfrutando de tener todo el control durante unos segundos.

Pero ninguno de los dos quiere quedarse en esto. En un movimiento brusco me agarra del brazo y tira de mí para colocarme delante, aprisionándome en el poco espacio que queda entre su cuerpo y la esquina. Me besa como si llevara meses sin hacerlo, con urgencia, mordiéndome los labios mientras yo le clavo las uñas en la espalda. El agua nos cae encima y apenas nos deja respirar.

Anoche llegamos demasiado cansados y un poco achispados, y casi no hubo preliminares antes de hacer el amor. Nos acoplamos nada más caer sobre el colchón, todo duró unos minutos y nos quedamos dormidos al instante. Los dos echamos de menos algo más de calma, más juego. Así que lo que faltó anoche lo vamos a tener ahora.

Sus manos dejan mis pechos y suben hasta mis hombros. Interrumpe el beso, me mira a los ojos y nos sonreímos. Los dos sabemos lo que va a pasar. Me empuja muy suave hacia abajo, y mi espalda resbala por los azulejos hasta que termino sentada en el suelo de la ducha. Él se queda de pie y abre un poco las piernas para quedar justo a la altura de mi cara.

No lo dejo dudar. Meto los brazos por debajo de sus muslos, lo agarro de las nalgas y tiro de él hacia mí. El agua lo limpia todo, así que me da igual. Es mío esta mañana, y quiero tenerlo entero en la boca.

Sin darnos cuenta empieza a mover las caderas adelante y atrás, despacio. Yo estoy atrapada entre él y la pared, y no puedo hacer otra cosa que dejarme llevar y disfrutar de algo que me vuelve loca. Solo cuando se deja arrastrar y aprieta demasiado, le apoyo las manos en los muslos para frenarlo un poco y poder respirar. Lo entiende a la primera y casi me pide perdón con la mirada, pero no se aparta del todo. Yo tampoco quiero que lo haga.

Intento mirarlo a los ojos, porque no hay nada más excitante que sostenerle la mirada mientras hago esto, pero la lluvia de gotas que rebotan en su cuerpo me cae en la cara y me obliga a cerrar los ojos. Al final me rindo y sigo a ciegas, concentrada en él, en el sonido amortiguado de su respiración por encima del agua.

De vez en cuando levanto la cara, abro la boca y dejo que se me llene de agua para luego soltársela encima con presión mientras le acaricio. Se pone como loco. Sigo hasta que noto que, si continúo, va a terminar antes de tiempo, y ninguno de los dos quiere eso. Me levanto con su ayuda y vuelvo a buscar su boca.

Nos quedamos un rato largo así, abrazados bajo el agua tibia, besándonos, frotándonos, acariciándonos. Siento su erección apretada contra mi vientre y eso me enciende todavía más. No la quiero ahí; la quiero dentro. Me muero por sentirla hasta el fondo.

Como si me leyera el pensamiento, me agarra un muslo por detrás y lo sube hasta encajarlo en su cadera. Luego hace lo mismo con el otro, y yo me cuelgo de su cuello con los brazos para no caerme. Con la espalda contra la pared y las piernas abiertas, espero. No me hace esperar. Apoya la punta unos segundos en mi entrada, los dos contenemos la respiración, y de una embestida entra hasta el fondo.

Nos quedamos quietos un momento, mirándonos, y nos da la risa, esa risa que se mezcla con los primeros gemidos. Luego me agarra por las nalgas y, aplastándome contra la pared, me embiste con fuerza mientras el agua caliente sigue cayendo y el espejo del fondo ya no refleja nada.

Sus empujones son tan fuertes que la espalda se me golpea contra los azulejos, y alguna vez me llevo un coscorrón en la cabeza. Me aferro a su cuello y escondo la cara en el hueco de su hombro. Hacía tiempo que no lo hacíamos en la ducha, y entre el esfuerzo y el agua que no para, a veces hasta nos cuesta respirar.

En una de las embestidas más bruscas se le resbala un pie y perdemos el equilibrio. Yo no puedo hacer nada con los pies en el aire, así que él se va agachando como puede para que no caigamos de golpe. Aun así me doy una buena culada contra el suelo y él se golpea una rodilla y suelta un grito que se confunde con los gemidos. Por suerte, nada grave.

Nos entra la risa floja y, sin salir de mí en ningún momento, terminamos en el suelo, él sentado y yo a horcajadas. Las carcajadas nos sacuden el vientre, y esas pequeñas contracciones lo estimulan por dentro sin que yo lo busque. En cuestión de segundos se pone serio otra vez y vuelve a lo que estaba haciendo.

Me sujeta por debajo de las axilas, tomando todo mi peso, y me sube y me baja a su antojo. Después de un buen rato así me tumba en el suelo para hacerlo en horizontal, encima de mí, pero el azulejo duro le castiga la rodilla y empieza a dolerle. Me abraza, rueda conmigo e invertimos las posiciones: ahora él queda de espaldas y yo encima, marcando el ritmo, apoyándome en su pecho para no perder el equilibrio.

El baño entero parece una sauna. Hay tanto vapor que apenas se ve la puerta, y el espejo llora gruesos goterones de condensación. A mí también empiezan a dolerme las rodillas, y se lo digo. Él, atento como siempre, cambia de táctica. Me tumba con cuidado y me pide que extienda los brazos y las piernas, como un aspa. Se pone de pie, descuelga la alcachofa de la ducha y regula la presión.

Desde cierta altura empieza a recorrerme el cuerpo con el chorro de agua caliente, evitando la cara para que pueda respirar. Se recrea en los pechos, en el vientre, baja por la cara interna de los muslos. Al principio esquiva mi sexo, pero al final dirige el agua justo ahí y no puedo evitar empezar a gemir. Cuando sube la presión y la temperatura, me pongo como loca. El chorro me recuerda a las veces que me toco yo sola en la bañera, y los gemidos se me escapan cada vez más fuertes.

En un momento, al sentir demasiada presión, me encojo por instinto y me pongo de lado, en posición fetal, para protegerme. Pero al girarme dejo la retaguardia al descubierto, y noto que algo cambia en su mirada. Cuelga otra vez la ducha y se lanza sobre mí a besarme y acariciarme. Me coloca boca abajo, coge un bote de gel de la repisa y me vierte una buena cantidad en la espalda. Con el agua que sigue cayendo, el jabón hace espuma enseguida y mi cuerpo se cubre de burbujas.

Me masajea la espalda, los hombros, baja hasta la zona lumbar y las nalgas. Se sienta sobre mis piernas y se dedica un buen rato a sobarme los glúteos con las manos llenas de espuma. Yo me dejo hacer, jadeando contra el suelo, encantada. Alguna vez pasa los dedos muy cerca del canal entre las nalgas. Nunca hemos sido de explorar mucho por ahí, pero hoy me ha excitado tanto, y el jabón resbala tanto, que esas caricias tan cerca me están volviendo loca.

La espuma sigue creciendo. Hemos tapado el desagüe con mi cuerpo y el suelo empieza a encharcarse, pero ahora mismo todo nos da igual. Sigo boca abajo, pero abierta de par en par porque él se ha colocado de rodillas entre mis piernas. Elevo un poco el trasero, ofreciéndome, y entiendo que esta mañana quiero algo que no hemos probado nunca. Quiero que lo intente por ahí. Creo que él también lo ha pensado.

Cierra el grifo un momento para que el agua no se lleve toda la espuma, que vamos a necesitar. Echa otro buen chorro de gel justo en la rabadilla y me masajea de nuevo toda la zona. Pasa los dedos desde la espalda baja hasta mi sexo, y de vez en cuando mete un par dentro. Cuando levanto las caderas buscando más, él lo interpreta a su manera: saca los dedos y extiende el jabón justo en mi entrada de atrás.

Con un solo dedo, el índice, empieza a hacer pasadas suaves sobre el orificio, presionando un poco más en cada una. En pocos minutos consigue meter la primera falange. Siento un escozor leve, mezcla del jabón y de la intromisión en una zona virgen, pero no me desagrada. Al contrario. Me muevo, gimo y le invito a seguir.

Ninguno de los dos quiere quedarse en el dedo. Estirándose, vuelve a coger el bote y esta vez se embadurna a sí mismo, con generosidad, repartiendo el gel a lo largo con un par de movimientos mientras yo giro la cabeza para mirarlo, sonreírle y provocarlo moviendo el trasero en círculos.

Se tumba sobre mí y dirige la punta hacia esa entrada nueva. No empuja todavía. Primero pasea el glande arriba y abajo por todo el valle, desde la rabadilla hasta mi sexo, hasta que se decide. Apoya la cabeza justo en el centro y presiona despacio. Yo gimo con fuerza al notar la presión, y me duele. Va a costarnos un poco, pero tenemos toda la mañana.

Hace un primer intento y la punta vence la resistencia de golpe. Siento una punzada fuerte y le pido que pare. Se queda quieto, respetando mis tiempos, porque sabe que no hay otra forma de hacerlo. Sale despacio, yo respiro aliviada, y enseguida le pido que lo vuelva a intentar. La segunda vez, gracias a que el jabón ya entró antes, mi cuerpo lo tolera mejor. Nos quedamos quietos unos segundos para acostumbrarme y, cuando el dolor cede, soy yo la que levanta el trasero buscando el resto.

Empuja muy lento, centímetro a centímetro. Con cada uno aumentan a la vez el dolor y el placer, tan mezclados que no soy capaz de separarlos. Por un lado quiero que pare, y por el otro deseo que llegue hasta el fondo. Cuando por fin entra del todo, me da unos segundos más antes de empezar a moverse despacio, saliendo y entrando, dejándome aprender que el placer no está solo en la presión, sino en la fricción constante.

Pronto mis caderas marcan el ritmo y él me sigue, cada vez con más facilidad. Si para mí es intenso, para él, por lo que me dice entre jadeos, es brutal. En un momento sus rodillas se quejan, así que me agarra de las caderas y tira de mí hacia arriba para ponerme a cuatro patas. Estoy tan agotada que apenas me sostengo, y termino apoyada en los codos, con el trasero mucho más elevado y ofrecido.

Echa más gel, lo reparte, y vuelve a entrar, esta vez casi sin esfuerzo. Me sujeta por las caderas y se abandona a la recta final. Yo también estoy a punto, y casi le suplico que no pare ahora. Aunque hubiera querido, ya no podría: empieza a bombear con toda la velocidad que puede, su pelvis chocando contra mis nalgas, y un placer eléctrico me recorre entera. Mis pechos se balancean con cada embestida y los dos llegamos a un punto en el que ya no podemos más.

Termino con un orgasmo que me sacude de arriba abajo, y mi cuerpo se contrae de forma refleja justo cuando él empieza a soltarse dentro de mí con un gemido largo y desgarrado. Siento algo extraño, un calor nuevo por dentro, una de las sensaciones más raras y más intensas que he vivido. Cuando por fin termina, se desploma sobre mi espalda, exhausto, y los dos nos dejamos caer de lado sobre el suelo encharcado.

Tardamos un buen rato en recuperar el aliento. Ha sido de las mejores mañanas que recuerdo, y los dos nos sentimos felices y rendidos a partes iguales. Nos quedamos abrazados en la posición de la cucharita, él besándome la nuca, sin fuerzas ni para movernos. Luego abrimos otra vez el grifo y nos duchamos el uno al otro con mimo, con especial cuidado en mi dolorida retaguardia, que escuece de lo lindo.

Cuando terminamos, nos vestimos en el dormitorio y bajamos a la cocina. Mientras yo bato unos huevos para revolverlos con jamón y pongo unas tostadas, Bruno carga la cafetera y exprime un par de naranjas. Desayunamos entre besos, caricias y risas tontas. Y es que me encanta desayunar con él. Creo que es uno de los mayores placeres del mundo.

Mira el reloj y se da cuenta de que hoy va a llegar tarde al trabajo. Coge la mochila y el casco y se va hacia la puerta, y yo lo sigo por el pasillo con una sonrisa boba en los labios. Antes de salir se da la vuelta, me sujeta la cara entre las manos y me da un beso de despedida, dándome las gracias por haber hecho el esfuerzo de levantarme para desayunar con él. Cierro la puerta y me asomo a la ventana para verlo desaparecer, calle abajo, montado en su ruidosa moto.

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Comentarios(5)

NandoCba

increible!! me dejo sin palabras

LectoraOsada

Que final tan inesperado!! Segui escribiendo por favor, quede con ganas de mas

MarcelaLectora

Me recordo a una situacion muy parecida que viví el año pasado jaja. Lo contaste de una forma muy real.

ReySol23

Y despues del desayuno que paso?? jaja necesito saber la continuacion

DiegoRio82

Muy bien narrado, se nota que es de verdad. Me atrapo desde la primera linea

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