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Relatos Ardientes

Le enseñé a Camila lo que ningún libro iba a contarle

Conocí a Camila el segundo día que pisé la casa de doña Patricia, la madre de Iván. Era una chica de dieciocho años, callada, con esa mirada curiosa de quien guarda más preguntas de las que se anima a hacer. Como su madre y como Andrea, su hermana mayor, era amable, atenta, fácil de tratar. No pasaba inadvertida, aunque ella creyera que sí.

Con el tiempo supe algo más de ella. Después de aquella historia que tuve con Andrea y su amiga Lola, terminé enterándome de que Camila leía revistas de relatos eróticos en el silencio de su cuarto. Lo escuché de boca de Andrea, una tarde de cervezas, como si fuera un chisme inofensivo. Yo lo guardé sin comentarios.

A alguien que mire desde afuera, le va a parecer una familia con muchas mañas. No es así. Son gente común, vecinos de barrio, costumbres ordinarias. El asunto es que las hormonas no responden igual en todos los cuerpos, ni se disparan con la misma intensidad en todas las edades. Y en esa casa, por azar o por herencia, las mujeres tenían la sangre caliente.

A eso se le suma el ambiente. El que cada quien arma en su casa, lo que escucha sin querer, lo que llega a ver una noche sin proponérselo. Camila había crecido entre puertas mal cerradas. Más de una vez había alcanzado a oír a su madre buscarse el alivio sola, en sus noches largas, con un consolador que zumbaba bajito desde el cuarto de al lado. Yo lo supe después, cuando ella misma me lo contó.

Pero esa noche todavía estaba lejos. Lo que voy a contar empezó una tarde cualquiera, en la sala de su casa.

Llegué de visita a saludar. Me recibió doña Patricia con un café y galletas, y al rato apareció Andrea con cara de quien aún no termina de despertarse. Conversamos como cuarenta y cinco minutos de cosas sin importancia, y entonces bajó Camila. Saludó tímida, se sentó en el sillón frente a mí, y se puso a escuchar.

No sé qué pasó por la cabeza de doña Patricia, pero a los pocos minutos se levantó diciendo que tenía que salir a una diligencia con su comadre y que se tardaría como dos horas. Andrea se despidió poco después: la pasaba a buscar Lola para una tarea en equipo, según ellas. Al salir, las dos me guiñaron el ojo. Entendí entonces que la diligencia y la tarea probablemente eran lo mismo: un permiso silencioso para que Camila se quedara conmigo.

Y así fue como, sin proponérmelo, terminé solo con la hermana menor de Iván en una casa vacía.

—Tengo un trabajo que entregar pasado mañana —me dijo apenas se cerró la puerta— y no sé por dónde empezar.

—¿De qué se trata?

—Biología. Enfermedades de transmisión sexual.

Le dije que la ayudaba con gusto. Subió a su cuarto y bajó con el libro, una libreta y dos lapiceras. Se sentó en el sillón al lado mío y abrió en la página del capítulo. Empezamos por lo básico: gonorrea, sífilis, chancro, VIH. Le expliqué qué se cura con antibióticos, qué no, cuáles son los síntomas, cómo se contagian. Ella tomaba apuntes prolijos, con letra redonda, asintiendo.

Pero en algún momento dejó la lapicera sobre la libreta. Y empezaron las preguntas que ya no salían del libro.

—¿Y cómo sabe uno si la otra persona tiene algo?

—No siempre se sabe. Por eso se usa preservativo.

—¿Y si igual usa preservativo, puede pasar algo?

—Casi nada, si lo pones bien.

Asintió. Pero su mirada ya no era la de una alumna. Era otra cosa. Una curiosidad que se había soltado.

—¿Por qué los hombres se la jalan? —preguntó, así, sin rodeos.

Me reí con sorpresa. Ella se rió también, roja hasta las orejas, pero no se echó atrás.

—Lo pregunto en serio.

—Es la forma más fácil de aliviar la tensión —le contesté—, cuando no hay otra persona, o cuando hay ganas y no se puede más.

—¿Las mujeres también?

—Las mujeres también.

Bajó la vista. Se mordió el labio. Y volvió a levantarla.

—Yo lo hago casi todas las noches —dijo en voz baja—. Pero no sé si lo hago bien.

***

Le tomó cinco minutos contarme el resto. Que había encontrado revistas eróticas en el baño de su cuñada Carolina, que las había leído a escondidas, que había visto una película que su hermano Iván tenía guardada en el cajón del mueble del comedor. Que una vez, sin querer, vio a Carolina haciéndole a Iván algo con la boca, en el sillón, cuando todavía eran novios. Y que a su madre la espiaba algunas noches, cuando escuchaba el zumbido del consolador en el cuarto de al lado.

—No sé a quién preguntarle —me dijo—. A mi hermana le pregunto y se hace la tonta. Mi mamá no me va a contestar nada. Por eso le pregunto a usted.

Le agradecí la confianza. Le dije que me preguntara lo que quisiera, que yo le iba a contestar como si fuera cualquier otra duda del libro.

Y entonces vinieron las preguntas reales. Que cómo se hace la primera vez. Que si dolía. Que cómo era un orgasmo de verdad, no uno solitario. Que qué tan grande era un pene erecto. Que cómo se ponía un preservativo, porque lo había visto en dibujos del libro, pero nunca de verdad.

—Para eso necesitaríamos un plátano —le dije, intentando que sonara como una broma de profesor.

—No tengo plátano, profe —me respondió. La palabra «profe» le salió natural, y yo no la corregí—. Pero tengo un preservativo. Lo guardo en mi mesa de luz hace meses.

Sonreí. La miré. Ella aguantó la mirada.

—¿Y entonces?

—Entonces use el suyo, profe —dijo, con los ojos inyectados de algo que ya no era curiosidad académica—. Al fin y al cabo usted me está enseñando. No lo va a tomar a mal.

Sentí cómo se me subía el calor a la cara. Disimulé. Le pregunté si estaba segura de lo que estaba diciendo. Me dijo que sí. Le pregunté si entendía que para ponerle un preservativo a alguien, primero esa persona tenía que estar excitada. Me dijo que también sabía eso.

—Solo que vas a tener que ayudarme, Camila. Así nada más no se va a parar.

—No se preocupe, profe. Ahorita lo dejamos en condiciones.

***

Se levantó con una determinación nueva y se fue al mueble del living. Buscó entre los DVDs que su hermano había dejado y eligió uno sin etiqueta. Lo puso, bajó el volumen, y volvió a sentarse al lado mío. No tan al lado como antes. Más cerca.

En la pantalla, una chica le acariciaba el bulto a un tipo por encima del pantalón. Camila miraba la película con atención fingida. Yo la miraba a ella. Después de un minuto, su mano derecha se acercó a mi pierna. No me tocó de golpe. Primero la apoyó sobre la tela, en el muslo. Después subió, despacio, como si estuviera tanteando un terreno desconocido.

Cuando me sintió duro, levantó la vista.

—¿Ya está, profe?

Asentí. Le desabroché el botón del pantalón, me bajé el cierre y lo saqué. Ella se estiró hasta la mesita del costado, abrió un cajoncito que yo no había visto, y sacó un preservativo en su envase. Me lo dio. Lo abrí. Se lo devolví.

—Cuidado con el lado —le advertí—. Si lo apoyas al revés, hay que tirarlo.

Lo apoyó bien. Empezó a desenrollarlo despacio, con las dos manos, y la curiosidad le ganó al pudor: lo hizo concentrada, como si estuviera ensayando un examen. Sin proponérselo, esa concentración me regaló la masturbación más rara y más rica que había tenido en años.

—Bien —dije cuando terminó—. Está perfecto.

—¿Y ahora?

—Ahora depende de lo que quieras saber.

Le pedí permiso para tocarla. Le acaricié los pechos por encima de la remera. No dijo nada. Solo cerró los ojos. Después la mano bajó, por la cintura, por la cadera, hasta el monte. Tenía el short de algodón empapado. La acaricié despacio, con paciencia, hasta que empezó a respirar fuerte y a apretarme la muñeca contra ella.

—Profe —dijo—, ¿qué es un cunnilingus?

—¿Quieres que te muestre?

Asintió.

—Pero no me penetre —agregó rápido—. Todavía no. Tengo miedo. Mi mamá no lo va a entender. Tal vez más adelante. Hoy no.

Le dije que no había problema. Que íbamos hasta donde ella quisiera, y ni un paso más.

Le bajé el short. Le abrí las piernas con cuidado. Y le enseñé, con la boca, todo lo que ningún libro de biología iba a contarle nunca. Le mordí el interior de los muslos, le pasé la lengua despacio, le aprendí cada gesto. Cuando se vino, lo hizo con la mano apretándome el pelo y los dientes clavados en el dorso de la otra. No gritó. Solo dejó escapar un sonido que parecía un quejido y una risa al mismo tiempo.

Después, cuando me lo pidió, ella también me probó con la boca. Lo hizo con la misma seriedad con la que había desenrollado el preservativo: como si fuera un examen oral y no quisiera reprobar. Me preguntó cosas mientras lo hacía. Si así estaba bien. Si me gustaba más fuerte o más suave. Si podía usar la mano. Le contesté todo en voz baja, como si todavía estuviéramos repasando el capítulo.

***

Esa tarde quedó en eso. La mamada, el cunnilingus, los dedos. Nada más. Ella misma puso el límite y yo lo respeté.

Tres días después, sin avisar, se apareció en la puerta de mi departamento. Llevaba el pelo recogido y una mochila chiquita colgada del hombro. Cuando le abrí, entró sin saludar, dejó la mochila en el sillón y me dijo:

—Hoy sí.

No hizo falta preguntar a qué se refería.

Lo hizo todo ella. Se desvistió ella, me desvistió a mí, se acostó ella, me llamó ella. Cuando se ensartó por primera vez, lo hizo despacio, los ojos cerrados, mordiéndose el labio igual que aquella tarde con el libro abierto sobre las piernas. No le dolió tanto como esperaba. O al menos no se quejó. Subía y bajaba con un ritmo propio, mirando todo el tiempo, como si estuviera estudiándome a mí del mismo modo en que había estudiado el preservativo.

Cuando terminamos, se quedó un rato en silencio, mirando el techo.

—¿Sabe qué, profe? —dijo después.

—¿Qué?

—Aprendí más en estos tres días que en toda la secundaria.

Me reí. Ella también. Después se vistió, agarró la mochila y se fue, prometiéndome que iba a volver.

Volvió. Esa iniciativa que tuvo desde el primer día sigue intacta. Cada vez que aparece, llega con una idea nueva, una pregunta nueva, una postura que se le ocurrió de la nada. Y yo, que sigo siendo el profe en esta historia, me limito a tomar apuntes.

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Comentarios (4)

ToniLector

que buenísimo, de verdad. Uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Carlitos85

Seguí escribiendo por favor, tenés un talento natural. Espero el proximo!!!

Vale_Quilmes

me recordo un poco a lo que vivi de joven jaja, esas situaciones inesperadas que no se olvidan mas

EduardoBA

increible como lo contaste, tan detallado sin ser exagerado. Muy buena pluma, en serio

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