Descubrí en la estación que mi madrastra era infiel
Esto que voy a contar ocurrió hace ya bastantes años, cuando yo acababa de cumplir los diecinueve y todavía vivía en casa. Después del divorcio de mis padres, mi padre rehízo su vida con una mujer a la que llamaré Mariela, para proteger su intimidad, porque ese no es su nombre verdadero. Él tenía por entonces cuarenta y siete años; ella, cuarenta.
Mariela no se parecía en nada a las madrastras de los cuentos. Al contrario, era cariñosa, generosa, de esas personas que no piden nada a cambio. Desde el primer día me trató como a un hijo y nunca me hizo sentir un estorbo. Y lo que más me convencía: parecía adorar a mi padre. Se reían juntos, se buscaban con la mirada, daban la impresión de ser uno de esos matrimonios sólidos que aguantan cualquier cosa. O eso creía yo.
Mi padre es militar, así que pasaba temporadas largas fuera, entre maniobras y misiones en el extranjero. Durante esas ausencias yo me quedaba con Mariela sin ningún problema, como si fuera mi propia madre. Cocinábamos juntos, veíamos series hasta tarde, discutíamos por tonterías y nos reconciliábamos al rato. Era una convivencia fácil.
Toda esa imagen idílica que yo tenía de ella se hizo añicos el día en que mi padre por fin regresaba después de seis meses fuera, destinado en una misión en el extranjero. Habíamos hablado con él casi a diario, sabíamos que estaba en una zona tranquila, pero la preocupación no se va con palabras por teléfono. Los dos contábamos los días.
El avión militar aterrizaba en una base que quedaba lejos, a varias horas de tren y con un transbordo de por medio. Salimos de casa de madrugada, porque nos esperaba una jornada larga. Mariela estaba nerviosa y feliz, no paraba de mirar el reloj.
Hacia el mediodía llegamos a la estación donde teníamos que cambiar de tren. El siguiente salía cuatro horas más tarde, así que teníamos tiempo de sobra para comer y descansar. Entramos en una cafetería del andén, pedimos unos bocadillos, un refresco para mí y una cerveza para ella. Estábamos sentados, charlando de nada, cuando una voz nos interrumpió.
—¡Mariela! Cuánto tiempo —dijo un hombre.
Mi madrastra abrió los ojos de par en par. Era un cincuentón alto, calvo, con pinta de chulo de barrio y una sonrisa que no me gustó nada.
—¡Gerardo, qué sorpresa! —respondió ella. Le cambio el nombre también, por las dudas.
Mariela lo invitó a sentarse y se levantó para ir a la barra a pedirle una cerveza. No me gustó la manera en que aquel tipo le recorrió el cuerpo con la mirada mientras ella se alejaba. Hacía calor, sí, era pleno verano, pero mi madrastra iba demasiado ligera de ropa para lo que solía vestir. Llevaba un vestido verde corto que apenas le tapaba, ajustado en las caderas anchas y en el pecho generoso. Unos tacones altos la obligaban a contonearse a cada paso. Supuse que se había arreglado así para recibir a mi padre, pero eso no justificaba que aquel desconocido la mirara con esa cara de hambre, y menos delante de mí, que era el hijo de su marido.
Cuando volvió, los dos se enredaron en una conversación de la que yo quedé completamente fuera. No me presentó. Hablaban de sitios y de gente de su antigua ciudad, de anécdotas viejas. Debían de ser amigos de hacía mucho. Como no tenía nada que aportar y empezaba a sentirme de más, me levanté y salí a dar una vuelta por la estación.
Diez minutos después regresé. Y nada más cruzar la puerta me quedé clavado en el sitio. La mano de Gerardo estaba sobre el muslo de mi madrastra, y él acercaba la boca a la de ella. ¿Está intentando besarla o son cosas mías?, pensé. La cafetería era grande y había mucha gente, así que me quedé en la esquina opuesta, disimulando, para mirar sin que me vieran.
No eran imaginaciones. El tipo le estaba metiendo mano y a ella no parecía molestarle demasiado, aunque apartaba la cara cuando él se acercaba de más. Daba la sensación de que él buscaba algo y de que ella jugaba a ser simpática sin cerrarle la puerta del todo. Se levantó para pedir otra ronda y Gerardo la siguió hasta la barra, le dio una palmada en el trasero y se lo apretó. En lugar de indignarse, Mariela se rió, como si todo fuera una broma entre viejos conocidos.
Volvieron a la mesa y siguieron charlando y riendo. Él no le quitaba la mano del muslo. En un momento ella metió la cara en la jarra y se llenó los labios de espuma, una broma privada que yo no entendí pero que a ellos les hizo una gracia enorme. No aguanté más. Me acerqué.
—Hola, ya volví.
Los dos dieron un respingo. Gerardo retiró la mano con disimulo. Mi madrastra me miró incómoda.
—¿Ya estás de vuelta? ¿No decías que ibas a pasear? —me preguntó.
—Sí, pero me aburría.
Me senté y se hizo un silencio espeso, de esos que se cortan con cuchillo. Era evidente que mi presencia les estorbaba. Después de un par de minutos eternos, Mariela habló.
—Si no te importa, Gerardo y yo vamos a echar un vistazo a una tienda aquí al lado. Espérame, que en media hora vuelvo.
—¿Puedo ir con vosotros? —pregunté.
—No, te vas a aburrir. Además, alguien tiene que cuidar las maletas. Toma, por si quieres pedir algo.
Me puso un billete en la mano y se marchó del brazo de aquel hombre, dejándome solo con el equipaje. Mil preguntas me daban vueltas en la cabeza. ¿Adónde van? ¿Por qué no quieren que los acompañe? ¿A qué viene tanta complicidad y tanta incomodidad cuando aparezco? No pude soportar la duda. Le pedí al camarero que me guardara las maletas detrás de la barra un momento y salí tras ellos.
Al principio no los vi. Miré en todas direcciones hasta que los distinguí a lo lejos, entre la multitud. Caminaban abrazados: ella le pasaba el brazo por la espalda, él tenía la mano apoyada en su culo. Empecé a seguirlos a una distancia prudente. Cada tanto Gerardo le apretaba las nalgas, y como el vestido era tan corto, hasta se le veía colar la mano por debajo.
Bajaron unas escaleras mecánicas y salieron de la estación. ¿Adónde demonios van?, me repetía mientras los seguía calle tras calle. Al final se metieron en un aparcamiento al aire libre, poco transitado. El hombre abrió un coche y los dos subieron: él al asiento del conductor, ella al del copiloto.
El coche no arrancó. Supuse que se habían metido a hablar, aunque no le veía sentido. ¿Para qué meterse en un coche a hablar? Me acerqué despacio y me coloqué detrás de otros dos vehículos, en un ángulo desde el que yo los veía por la ventanilla izquierda pero ellos no podían verme a mí.
Bajaron las ventanillas y encendieron un cigarro. Eso me sorprendió: yo nunca había visto fumar a Mariela. Gracias a los cristales bajados podía oír retazos de lo que decían. Reían, fumaban, charlaban. Hasta que ella se pasó al regazo de él y empezó a besarlo.
***
Se me cerró el pecho. No podía creer lo que veía. En aquella época casi nadie llevaba móvil con cámara; de haberlo tenido, habría hecho una foto. Se besaban como dos adolescentes, ella sentada a horcajadas, moviendo las caderas. Gerardo le bajó los tirantes del vestido, le desabrochó el sujetador y aparecieron sus pechos. Los tenía grandes, con los pezones pequeños y rosados. Una cosa es imaginarlo y otra muy distinta verlo de golpe, así, sin filtro. El tipo se los agarraba y se los chupaba con ansia mientras ella se aferraba al asidero del techo del coche.
No sé si pasaron minutos o segundos. Ella volvió a su asiento con los pechos al aire y vi cómo él se movía para bajarse el pantalón. Le saltó el sexo erecto, largo y de aspecto torcido, con el glande muy grueso. Mariela lo besó en la boca un rato largo mientras se lo agarraba con la mano, luego escupió saliva sobre él y hundió la cabeza en su regazo.
No le veía la cara, porque la puerta me la tapaba. Solo distinguía su pelo subiendo y bajando, las rodillas apoyadas en el asiento. A él sí lo veía bien. El muy cerdo soltaba gruñidos y jadeos, con los ojos entornados, la boca abierta y una sonrisa torcida de puro placer. Estaba a dos coches de distancia y lo oía perfectamente. Le sujetaba la cabeza con una mano, marcándole el ritmo. Mi madrastra le estaba haciendo una felación, y a juzgar por los ruidos que él hacía, de las buenas.
No sabría decir cuánto duró. Para mí fue una eternidad. De repente Gerardo empezó a gritar más fuerte, hasta que soltó un alarido ronco y la cabeza de ella se detuvo. Cuando Mariela se incorporó, yo me agaché unos segundos, porque estaba justo del lado de él y no quería que me descubriera.
Al levantarme la vi otra vez en el asiento del copiloto. Se abrochó el sujetador, se subió los tirantes del vestido y sacó un paquete de pañuelos del bolso. Cogió uno, se lo llevó a la boca y escupió en él una baba blanca y espesa antes de tirarlo por la ventanilla. Repitió la operación con otro pañuelo. Era el semen de aquel desconocido. Después sacó una barra de labios y se retocó mirándose en el espejo del coche, mientras él le decía algo que no alcancé a oír.
Cuando vi que Gerardo se abrochaba el pantalón, supe que iban a salir. Me agaché y avancé en cuclillas entre los coches hasta llegar a la salida del aparcamiento. Luego eché a correr de vuelta a la estación, hasta la cafetería donde se suponía que yo había estado esperando todo el tiempo. Recogí las maletas y me senté en la barra, porque nuestra mesa ya estaba ocupada.
***
Pasaron unos minutos eternos sin que apareciera. ¿Seguirán en el coche? ¿Estará chupándosela otra vez? Lo dudaba, no creía que un hombre de su edad se recuperara tan rápido. Por fin, alrededor de media hora después, Mariela entró en la cafetería. Venía peinada, serena, con el rostro impecable, como si no hubiera hecho nada. Imaginé que ese rato extra lo había pasado arreglándose dentro del coche.
—Perdona el retraso, es que había mucha gente en la tienda. Venga, vámonos, que ya sale el tren. ¿Por qué te cambiaste a la barra?
—¿Dónde estuviste tanto rato? ¿No habías dicho media hora? ¿Quién era ese Gerardo? ¿Adónde fuisteis? —solté, sin atreverme a contar lo que había visto. Me temblaba la voz, estaba al borde del llanto. Ella, en cambio, me respondió tranquila, con unos nervios de acero.
—Ya te lo he dicho, estuvimos viendo una tienda. Vamos al andén, que llega nuestro tren.
Caminé a su lado hervido de rabia. ¿Cómo puede ser tan mentirosa? ¿Cómo es capaz de engañar así a mi padre? La vi masticar un chicle de menta, algo que nunca hacía, supongo que para disimular el olor. Y le descubrí unas manchas sospechosas en el vestido, cerca del cuello.
Tomamos el tren, llegamos a la ciudad de destino y por fin a la base. Vimos bajar a mi padre del avión militar. Mariela se abalanzó sobre él, lo besó, lloró de emoción, le repitió que lo quería y que lo había echado de menos, ignorando por completo lo que había hecho apenas unas horas antes.
A día de hoy soy el único que sabe lo que pasó. Nunca tuve el valor de contárselo a mi padre ni a nadie. Ellos siguen casados, aparentemente felices, y de aquel hombre no volví a saber nada. Pregunté con cuidado a amigos comunes de mi padre por un tal Gerardo, pero nadie parecía conocerlo. A veces pienso en hablar, pero sé que ni me creería ni serviría de nada después de tanto tiempo. Lo único que reconozco, y me da algo de vergüenza, es que todavía hoy me sorprendo recordando aquella escena más veces de las que debería.