Fui sola a la playa a desconectarme y conocí a Esteban
Antes de que se acabara el verano, y aprovechando que mi exmarido se había llevado a nuestra hija de viaje al extranjero por dos semanas, decidí escaparme yo también. Una semana sola, sin amigas ni planes, solo para respirar. Las rupturas con Tomás y con Andrés me habían dejado vacía, y aquella penúltima semana de vacaciones era lo único que tenía para volver a sentirme persona.
Mi cuñado tiene una casa en la costa, en un pueblo pequeño y tranquilo que da a una bahía de aguas frías. Le pedí a mi hermana que me la prestara unos días y ella accedió sin hacer preguntas. Quizá notó que lo necesitaba más de lo que yo misma admitía.
Los primeros tres días los pasé en la playa de Los Cardos, una franja de arena clara donde había familias y niños jugando en la orilla. No me molestaban en absoluto. Al contrario: ese ruido lejano de risas ajenas me dejaba sola con mis pensamientos. Tenía siete días por delante y pensaba ir a la playa los siete.
Cada mañana repetía el mismo ritual: café en la terraza mirando el mar todavía gris, una novela que apenas avanzaba y la promesa de no revisar el teléfono. Quería desaparecer un rato del mundo, de los mensajes que ya no llegaban y de los que llegaban demasiado tarde. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no me dolía.
El miércoles de esa semana se me acercó un hombre. Maduro, aunque tampoco tanto: se veía mayor que yo, pero no llegaba a los cincuenta. Desde el primer instante supe que quería entrarme, y yo justamente había ido a no ser molestada, así que no le presté mucha atención.
Se llamaba Esteban. Me preguntó si me incomodaba que se instalara a mi lado y, como la playa no es de nadie, le dije que hiciera lo que quisiera. Tendió su toalla, pero yo me levanté enseguida y me metí al mar. Estuve un buen rato flotando, dejándome mecer, y pensé que al volver ya no lo encontraría.
Pero seguía ahí cuando regresé.
No se cortó un pelo. Me dijo que me había esperado para invitarme a comer.
Pero qué descarado, pensé. Le respondí que había venido para estar sola y tranquila esa semana. Él insistió. Me contó que se había separado hacía cinco meses, que buscaba compañía femenina solo para una amistad, sin segundas intenciones, para reencontrarse con las mujeres. Y que de toda la playa yo le parecía la más encantadora.
Le dije que lo iba a pensar. Recogí mis cosas, me despedí y me fui.
***
Al día siguiente volví a la misma hora, alrededor de las tres, y ahí estaba otra vez. Insistió con su invitación, pero esta vez vi algo de nostalgia en sus ojos, una tristeza que no encajaba con su descaro. Solo por esa noche, decidí aceptar.
Le conté que me alojaba en la casa de mi hermana y él me dijo que tenía una propiedad allí mismo, en el pueblo, una de las cosas que le quedaron del divorcio. Los dos nos reímos. Le confesé que yo también era divorciada y nos quedamos conversando en la arena un buen rato.
De tanto en tanto notaba que se le iban los ojos hacia mis pechos, pero no le di importancia. Ese día no me había metido al agua y andaba con un pareo encima de la camiseta. Me propuso que, en vez de cenar, fuéramos a tomar algo, una merienda tardía. La conversación se había alargado tanto que ya parecía lo natural. Acepté.
La verdad es que fue muy agradable. Muy caballero. Hablamos de nuestros divorcios sin rencor, de los lugares a los que habíamos querido viajar y nunca fuimos, de esa sensación rara de empezar de cero pasados los cuarenta. Me hizo reír más de una vez, y me sorprendí pensando que hacía meses que no me reía así, con ganas, sin estar pendiente de la hora.
Se nos hicieron las nueve de la noche y, como yo andaba en auto y él no, me ofrecí a acercarlo a su casa. Total, me quedaba de camino.
Le conté que soy nutricionista; él me dijo que es arquitecto. Cuando llegamos a su puerta, me pidió que lo acompañara un momento porque le había bajado la presión. Obviamente no me negué.
Una vez dentro, su cara cambió. Y por lo visto la presión, lejos de bajarle, le subió. Se me acercó. Yo retrocedí hasta que mi espalda chocó con la puerta. Y me besó. Tierno, suave, casi pidiendo permiso.
Pensé que iba a decirme que nos veríamos al día siguiente. En cambio, me levantó la camiseta y la parte de arriba del bikini y empezó a chuparme los pechos.
Me resistí lo que pude. ¿Qué estoy haciendo? Pero él me alzó por las nalgas y me llevó al sillón. El pareo ya había caído al suelo. Le dije que no, y me respondió que desde el momento en que me vio se había propuesto tenerme.
Seguí resistiéndome. Fue tanta su insistencia, tanto el peso de sus manos y de su boca, que terminé cediendo.
***
Estábamos en el sofá de su casa de veraneo, yo sentada sobre sus piernas y él mamándome los pechos como si llevara meses sin tocar a nadie. Volví a pedirle que parara, y me calló con un beso muy hondo, de esos que no dejan espacio para pensar.
Me dio la vuelta, me recostó sobre el sofá y quedó encima de mí. Me quitó la parte de abajo del bikini con una calma que me puso más nerviosa que las prisas. Bajó hasta mi entrepierna y me hizo un sexo oral lento, paciente, hasta que terminé de entregarme por completo.
Me penetró suave. Yo me mordí los labios y lo besé. Esteban no llevaba preservativo, pero yo estaba tomando la pastilla, así que no lo detuve. Terminó dentro de mí, no sin antes preguntarme si podía; le dije que sí. Después se recostó sobre mi pecho, escondió la cara entre mis senos y me besaba el hueco entre ellos como si fuera lo único que importaba en el mundo.
No tardó en volver a endurecerse. Ahí mismo me clavó de nuevo, esta vez con la boca prendida a mis pechos, succionando fuerte, dejándome marcas.
—Qué cuerpo tienes —murmuró contra mi piel.
Iba a responderle, pero me calló otra vez con un beso tan intenso como sus mordiscos. Levanté las piernas, las crucé sobre su espalda mientras me montaba, y para entonces yo ya estaba demasiado encendida como para fingir que aquello no me gustaba. Se corrió dentro de mí por segunda vez.
Me llevó en brazos hasta su habitación y me recostó. Yo solo abrí las piernas para dejarlo entrar de nuevo.
—No te suelto en toda la semana —me dijo al oído, como quien declara una victoria—. Elige: nos vamos a casa de tu hermana o nos quedamos aquí.
Le respondí que prefería la casa de mi hermana, mientras lo tenía otra vez encima, esta vez con la boca ocupada en él. Llevábamos ya tres veces seguidas y todavía no daba señales de cansancio.
Tomó su teléfono y me pidió mi Instagram para seguirme. Le dije que no tenía, que esas redes no me gustaban, que solo usaba alguna red para ver a la familia. Me agregó igual. Se puso a mirar mis fotos antiguas y parece que aquello lo volvió a encender, porque me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y me tomó de nuevo desde atrás.
***
Debían ser las cinco de la mañana cuando por fin nos fuimos a casa de mi hermana. Allí me volvió a hacer el amor en el jacuzzi, bajo el vapor y las luces apagadas. Para entonces los besos ya no eran de dos desconocidos calientes; eran otra cosa, algo más lento y más hondo que ninguno de los dos quiso nombrar.
A partir de ese día dejamos de ir a la playa. Nos quedábamos en la casa, perdiendo la cuenta de las horas y de las veces. Cocinábamos cualquier cosa a media tarde, comíamos en la cama, y antes de terminar el plato ya estábamos otra vez enredados. Esa semana me tuvo entera para él, y yo lo dejé.
Lo curioso es que no me sentía usada ni avergonzada. Me sentía deseada de un modo que había olvidado por completo, como si mi cuerpo, después de tanto tiempo de sentirse invisible, volviera a tener un sentido. Esteban no me trataba como a una conquista de playa; me trataba como si llevara años buscándome, y eso, aunque sabía que probablemente era mentira, me bastaba para esa semana.
El último día, el sábado —porque yo me iba el domingo al mediodía—, me lo pidió. No dije nada. Solo me recosté boca abajo en la cama y, con mis propias manos, separé mis nalgas para él.
Me hizo un beso negro largo, paciente, y después me lubricó con cuidado, sin prisa, hasta que dejé de tensarme. Entró despacio. Esa noche se dedicó a tomarme por detrás tantas veces que tuve que retrasar mi vuelta hasta el lunes: me dejó dolorida, pero más satisfecha de lo que recordaba haber estado en años.
No le di más que mi nombre y un par de fotos viejas que guardó de mi perfil. Le dejé claro que venía saliendo de una época complicada en lo sentimental y que, por ahora, no quería empezar nada. Él lo aceptó sin discutir, aunque con una sonrisa que decía otra cosa.
De todas formas, no creo que olvide mi nombre. Lo comprobé un mes después, cuando abrí mi agenda de la consulta y vi que había reservado una hora para su hijo conmigo, para abril.
Algunos hombres no insisten con palabras. Insisten con citas que sabes que vas a tener que atender.