El chico de la frutería esperó años por esa noche
A la vuelta de mi casa hay una frutería a la que voy desde que me mudé al barrio. El dueño es un señor callado que casi no levanta la vista del cajón de tomates, pero su hijo es otra historia. Maxi tiene esa mezcla de simpatía y descaro que algunas mujeres encuentran insoportable y otras, como yo, encontramos divertida. Nos conocemos hace años. Jugamos en el mismo club de vóley los domingos, nos cruzamos en el almacén, en la parada del colectivo, en todos lados.
Y nunca, en todo ese tiempo, perdió la oportunidad de tirarme los perros.
—Hola, mi amor. ¿Qué te doy hoy? —me decía cada vez que aparecía en la puerta del local.
—Hola, chamuyero. Lo de siempre —le contestaba yo, sin darle el gusto de una sonrisa completa.
Me invitó a salir tantas veces que perdí la cuenta. Un café, una cerveza, una vuelta en el auto de un amigo, lo que fuera con tal de tenerme cinco minutos para él. Y yo siempre le decía que no. No porque no me gustara —porque me gustaba, y mucho—, sino porque me divertía verlo insistir, verlo ponerse colorado, verlo improvisar elogios cada vez más ridículos mientras me pesaba las naranjas.
Esa tarde entré como cualquier otra. Él estaba acomodando unas cajas de fruta contra la pared del fondo.
—Ahí atrás tengo algo guardado para vos —me dijo bajando la voz—. Agachate y mirá. Está escondido.
Me giré y me incliné para revisar el rincón que me señalaba. No vi nada, claro. Cuando volví a enderezarme, él me miraba con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
—Si aceptás salir conmigo de una vez, nos tomamos esa botella juntos —insistió—. La tengo reservada hace meses.
—Es tentador… —le admití, solo para verlo encenderse.
—Tentador también es lo que tenés ahí atrás —dijo, y se rió de su propia atrevida.
Negué con la cabeza, pero esta vez no me molesté. Algo en mí, esa tarde, estaba cansado de decir que no.
—Esta noche tomamos esa botella en la plaza. ¿Querés? —solté, casi sin pensarlo.
Se quedó congelado un segundo, con una manzana en la mano, como si no creyera lo que había escuchado.
—¿En serio, mi amor? ¿Por fin me vas a dar bola?
—A las diez en la esquina del mástil. No llegues tarde —le dije, y me fui antes de que pudiera contestar.
***
Pasé el resto de la tarde diciéndome que era una locura, que iba a dejarlo plantado, que mejor me quedaba en casa. Pero a las nueve y media ya estaba frente al espejo eligiendo una minifalda. A las diez menos cinco caminaba hacia la esquina del mástil con el corazón latiéndome más fuerte de lo que quería admitir.
Él llegó unos minutos después, con una mochila chica colgada de un hombro. Cuando me vio, se le iluminó toda la cara. Me apoyó una mano en la cintura y me dio un beso suave en el cuello, casi tímido para lo bocazas que era de día.
—Buenas noches, reina —murmuró contra mi piel.
—Buenas noches, petiso —le contesté, y sentí cómo se le erizaba el cuello con el roce de mi aliento.
Caminamos hasta un banco perdido en el fondo de la plaza, cerca de la calesita apagada. Es mi banco preferido. Está escondido entre dos arbustos altos, y atrás hay un retazo de pasto y otros dos arbustos más. La luz del único farol no llega hasta ahí; apenas se cuela un reflejo gris que deja todo en penumbra. El lugar perfecto para algo que no debería pasar a la vista de nadie.
Maxi sacó la botella de la mochila y dos vasos de plástico. Servimos, brindamos por los años perdidos, y empezamos a charlar. Me contó del local, de su viejo que no lo dejaba cambiar nada, de las ganas que tenía de irse a vivir solo. Yo lo escuchaba y le seguía la conversación, pero mis ojos ya estaban en otra parte: en sus manos curtidas, en la forma en que se mordía el labio cuando se reía.
Para la segunda vuelta, su mano izquierda ya descansaba sobre mi rodilla. Subía despacio por mi pierna, buscando entrar bajo la falda, sin lograrlo del todo, pero sin que yo la frenara tampoco. Yo le acariciaba el pelo, le rascaba la nuca con las uñas, lento, como una novia que tiene todo el tiempo del mundo.
Hasta que su mano derecha subió por mi cadera, recorrió mi cintura y se cerró sobre mi pecho izquierdo.
Ahí lo agarré de la nuca y lo besé.
Me devolvió el beso con una urgencia que me sorprendió. Toda la calma de la charla se evaporó de golpe. Yo me encendí en el acto, mordiéndole el labio, metiéndole la lengua, dándole un beso lleno de fuego que él recibió como si lo hubiera estado esperando media vida. Que en realidad era lo que había pasado.
Crucé mi pierna izquierda por encima de las suyas y la apoyé del otro lado del banco, quedando casi montada sobre él. El frío de la noche ya no existía.
—Tocame —le dije al oído—. Metémela antes de que me arrepienta.
—Estás loca —murmuró con una sonrisa torcida—. Y me encanta que estés loca.
Corrió mi tanga a un costado con un solo movimiento. Dos dedos entraron en mí sin vueltas, sin dudar, con una decisión que no esperaba de él. Eran dedos ásperos, gastados por el trabajo de cargar cajones todo el día, y esa aspereza me hizo soltar un suspiro que se me escapó sin permiso.
Empezó a entrar y salir, despacio primero, después con más ritmo. Yo no dejaba de besarlo, de respirarle en la boca, de clavarle las uñas en el hombro. Estuvimos así varios minutos, sus dedos trabajando entre mis piernas, mis caderas siguiéndole el movimiento, mi deseo subiendo como una marea que ya no iba a poder frenar.
—Basta. Girate —le ordené—. Pasá las piernas para el otro lado del banco.
Me hizo caso sin chistar. Se sentó al revés, con los brazos apoyados en el respaldo, mientras yo me deslizaba hacia atrás, hacia el lado del pasto. Me agaché entre sus piernas, le abrí el pantalón y la saqué. Estaba dura, lista, latiéndole en la mano cuando la sostuve.
Me la metí en la boca entera. Él se chupó los mismos dedos que había tenido adentro mío unos segundos antes, mirándome con los ojos entrecerrados, y eso me prendió todavía más. No era enorme, no para lo que estoy acostumbrada, pero eso me daba ventaja: podía chuparla al ritmo que se me antojara, tragarla completa, una y otra vez, sin apuro, hasta sentir cómo se le tensaba todo el cuerpo.
—Vení acá conmigo —le dije, soltándolo—. El pasto se siente suave.
—Lo que vos pidas, fogosa —contestó, y se bajó del banco como un perro obediente.
Nos recostamos sobre el pasto, en esa franja de sombra donde nadie podía vernos. Volvió a besarme, esta vez más despacio, saboreándome, mientras sus manos me recorrían como si quisiera memorizar cada centímetro.
—No te vas a poder quejar nunca más del tiempo que esperaste para tenerme acá —le dije contra la boca.
Me saqué la remera y después el corpiño. Me subí la falda hasta la cintura. Le puse los pechos en la cara y él los acarició, los apretó, los chupó como si fueran lo único que importaba en el mundo. Me mordía los pezones, me lamía, me hacía arquear la espalda. Aproveché ese momento para correr mi tanga otra vez y sentarme sobre él.
La introduje despacio, hasta el fondo, hasta hacer tope. Nos miramos en la penumbra y nos besamos. Apoyé las manos en sus hombros y empecé a mover la cadera, lento, sensual, sintiéndolo entrar y salir de mí con cada vaivén. Él me agarró de la cintura, no para guiarme, sino para sostenerse, porque ya se le notaba que cada movimiento lo quebraba un poco más.
—¿Te gusta? —le pregunté, frenando apenas—. ¿Lo querés más rápido?
—Me encanta… sos perfecta… hacé lo que quieras conmigo —jadeó.
—Así me gustan —le susurré, cerrándole una mano en la garganta—. Sumisos con mami.
Aceleré. Me moví rápido, fuerte, apretándole el cuello con la mano derecha mientras saltaba sobre él. Cuando me pongo así, me descontrolo, pierdo la cabeza, dejo de pensar. Y esa noche estaba completamente fuera de control. Me acomodé mejor, clavé las rodillas en el pasto y empecé a cabalgarlo desenfrenada, gimiendo bajo para no llamar la atención, jadeando contra su cara.
Él me agarró los pechos y los apretó con una fuerza que me hizo gemir más alto. Después subió la mano hasta mi cuello y me lo apretó él a mí, devolviéndome el juego, y yo no dejé de moverme ni un segundo. Le solté la garganta solo para volver a buscarla, para apretarla otra vez, para darle caderazos cada vez más profundos.
—No pares… no pares… —repetía él entre dientes.
No tenía la menor intención de parar. Seguí, cada vez más fuerte, cada vez más rápido, sintiendo cómo se me acumulaba todo en el vientre, cómo él se ponía rígido debajo de mí. Continuamos así varios minutos más, hasta que lo sentí estallar adentro mío, y entonces dejé de contenerme.
Levanté la cabeza, cerré los ojos y solté un gemido largo, ronco, que se perdió entre los arbustos.
Después me desplomé sobre su pecho, agotada, con el corazón golpeándome las costillas. Él me abrazó fuerte y nos quedamos así, respirando juntos, mientras el reflejo gris del farol nos dibujaba apenas en la oscuridad.
—¿Y ahora qué? ¿Satisfecho? —le pregunté con una sonrisa que él no podía ver, pero seguro adivinaba.
—Nunca viví algo igual —dijo, todavía agitado—. Sos una locura hermosa y no lo puedo creer.
—¿Ninguna te garchó así, no? —lo provoqué.
—Ninguna. Ni cerca —se rió—. ¿Cómo me gustás?
—Bueno, pero hasta acá llegamos —le dije, empezando a buscar mi corpiño en el pasto—. Tuviste lo que tanto pediste. Me encantó, no te voy a mentir. Pero estamos a mano.
—Yo igual voy a estar esperando que esto se repita, petisa hermosa —contestó, apoyándose sobre un codo para mirarme—. Y vos lo sabés.
No le respondí. Me vestí en silencio, me acomodé la falda y le di un último beso, uno corto, casi de despedida. Cada uno tomó para su casa por veredas distintas, como si nada hubiera pasado.
Y mientras caminaba, sintiendo todavía el pasto en la espalda y su olor en mi piel, me sorprendí pensando que quizás, solo quizás, la próxima vez que me invitara a salir no le iba a decir que no tan rápido.