La noche en el club en la que mi mujer no quiso parar
Habíamos hablado de esa noche durante semanas, en la cama, después de follar, cuando las fantasías salen sin filtro y todo parece posible. Carla quería ir a un club. No a uno de esos discretos de hotel, sino a uno de verdad, con salas temáticas y gente dispuesta. Yo dije que sí porque la idea me ponía, y porque cuando ella se muerde el labio como lo hizo aquella noche, soy incapaz de negarle nada.
El sitio quedaba en las afueras, en un polígono mal iluminado. Por fuera no era nada: una puerta metálica y un cartel sin nombre. Por dentro era otra cosa. Luces tenues, música baja, olor a perfume caro mezclado con algo más animal. Carla llevaba un liguero, medias de rejilla y unas botas altas hasta la rodilla. Cuando se quitó el abrigo en el guardarropa, dos hombres giraron la cabeza al mismo tiempo.
—Tranquilo —me dijo al oído, notando mi tensión—. Esta noche mando yo.
No supe entonces lo literal que era esa frase.
***
Me tomó de la mano y me llevó por un pasillo hasta una sala con una jaula. Dentro había un columpio sexual, de esos que cuelgan del techo con correas. En casa tenemos uno parecido, así que no nos costó acomodarnos. Ella encima, yo dentro de ella, el balanceo marcando el ritmo. Por los barrotes empezaron a aparecer manos. Manos que le acariciaban los pechos, que le rozaban el cuello, alguna que se aventuraba a mi culo mientras yo empujaba.
—Dios, qué morbo que me toquen así —jadeó—. Me están poniendo todavía más cachonda.
—¿Te gusta? —le pregunté contra su nuca.
—Me encanta. Ya lo sabes.
Y mientras lo decía me guiñó un ojo. Dos manos desconocidas le estiraron los pezones y ella se rompió en un orgasmo sonoro que me exprimió por dentro. Estuve a punto de correrme, pero salí a tiempo. Me arrodillé y la probé, lamiéndola despacio mientras seguía temblando. Me tiró del pelo para apartarme la cabeza y me miró a los ojos.
—Vamos al otro pasillo. Quiero ver lo que hay.
***
Lo siguiente a la jaula era una celosía de madera. Una pared con agujeros por los que los hombres del otro lado asomaban sus miembros, para que quien estuviera de este lado hiciera lo que quisiera con ellos. Carla me miró con una sonrisa que ya conocía, esa que no anuncia nada bueno para mi tranquilidad.
Se acercó al primer agujero. Una polla normal, parecida a la mía. La sujetó para calcular su tamaño y, sin dejar de mirarme, se arrodilló y se metió la punta en la boca. La chupó un momento, le dio unas sacudidas con la mano y pasó al siguiente. Ese ni lo miró. Íbamos a retirarnos hacia los sillones de enfrente cuando del último agujero emergió algo que la hizo detenerse en seco.
—Es el de la entrada —murmuró—. El alto.
Era enorme. En reposo medía más que la mía en erección, y de gruesa daba respeto. Carla se arrodilló de nuevo y empezó a moverla con las dos manos, sopesándola, notando cómo respondía. Cuando empezó a crecer, abrió la boca y apenas le entró la punta. Se entregó a una mamada larga, concentrada, mientras del otro lado se oían gemidos ahogados. Cuando se incorporó, tenía los ojos brillantes.
—Vamos para adentro —me dijo al oído—. Quiero que me folle.
—¿Quieres una así de grande, eh? —le pregunté, sin esperar respuesta.
Se quedó de pie con su liguero, sus medias y sus botas. Una imagen para enmarcar. Una mujer en celo, decidida, dispuesta a probar algo que llevaba tiempo rondándole la cabeza. Yo sentía una mezcla rara de nervios y excitación que no había sentido nunca. Pero si ella quería esa noche, no iba a ser yo quien se la quitara.
***
Cruzamos una cortina hacia el centro del local y allí estaba él, esperándonos. Desnudo, todavía firme, con unos preservativos en la mano. Tan alto como yo, fuerte, el cuerpo trabajado. Pero lo que se imponía era lo que le colgaba entre las piernas.
—Hola. Me llamo Adrián —dijo, dándole dos besos a Carla y tendiéndome la mano.
—Diego. Y ella es Carla —respondí, estrechándosela.
Carla nos cogió a los dos por la cintura y nos guio por el pasillo de las habitaciones. Entró en la primera, la sala de juego: paredes oscuras, una cama amplia forrada en cuero, una luz roja tenue pero suficiente para verlo todo. Dentro ya había una pareja, dos personas mayores y bien entradas en carnes, dándose placer en un rincón. Nos saludaron con un gesto de cabeza y nos dejaron el sitio.
—La idea es un trío —le dije a Adrián, marcando terreno—. Empieza tú y luego vamos cambiando.
—Como queráis —contestó, tranquilo.
Carla nos miraba con la lujuria escapándosele por los ojos. Empezó a besarme de pie, con voracidad, y él aprovechó para colocarse detrás de ella y acariciarle el culo. Se arrodilló y enterró la cara entre sus nalgas. Carla cortó el beso de golpe.
—Me lo está comiendo —jadeó contra mi cuello—. Y lo hace bien. Me voy a correr.
Se agarró a mis hombros y se vino temblando, apoyándose en mí. Yo le bajé la mano al clítoris mientras él se ponía de pie y le metía dos dedos. Me miró por encima del hombro de ella y sonrió, sabiéndose dueño de la situación. Carla se inclinó hacia delante, las manos en la cama, el culo en pompa. Él añadió un tercer dedo. La estaba abriendo, preparándola.
***
Yo seguía con su clítoris cuando soltó un grito y se corrió de una forma exagerada. Me di cuenta de que él le había metido la mano casi entera. Cuando ella terminó, él sacó los dedos, se colocó el preservativo y yo me puse delante para ofrecerle mi polla. Me la chupó hasta el fondo, como pocas veces. De pronto se detuvo, me la sacó de la boca y lanzó un grito que se oyó en toda la sala.
—Dios, me está partiendo en dos —gimió.
Adrián no dijo nada. Siguió empujando despacio, sujetándola de las caderas para que no se escapara. Carla me clavó las uñas en el muslo con tanta fuerza que al día siguiente tenía un moretón. Cerró los ojos y tuvo un orgasmo instantáneo, solo de sentirse llena. Después subió las rodillas a la cama y se quedó a cuatro patas, completamente a su disposición.
—La llevas clara —me dijo el hombre del rincón, con media sonrisa—. Esa no se cansa. Va a aguantar hasta el cierre.
Su mujer asentía, dándole la razón.
Carla seguía gritando de placer. Había dejado de chupármela, aunque yo le acercaba la polla una y otra vez. El siguiente orgasmo la hizo apoyar la cabeza en el cuero y levantar todavía más el culo hacia él, que se hundía entero en ella. Carla había perdido la noción de todo lo que pasaba alrededor. Empezó a mecerse, a empujar hacia atrás para empalarse ella sola. Se oía el golpe de su cuerpo contra el de él, acompasado a los gemidos.
A esas alturas yo me había convertido en un mero observador. Ella estaba entregada a su propio placer, y yo parecía haber desaparecido del mapa.
***
Cambiaron de postura. Carla se tumbó boca arriba y, sin mirarme siquiera, abrió las piernas para mostrarle lo que le esperaba. Adrián la penetró de nuevo y ella gimió con cada embestida. Cada vez eran más profundas, más violentas. Los gritos subían, los orgasmos se encadenaban. Carla levantó las piernas, le rodeó los costados con las botas y le clavó los tacones en el culo para apretarlo contra ella y ganar profundidad. Estaba fuera de sí.
Decidí salir un momento a despejarme. La situación me desbordaba. Lo que íbamos a vivir los tres se había convertido en otra cosa: mi mujer follando con un desconocido que la hacía gritar como yo no la había oído nunca, y yo de figurante. En el papel de cornudo consentido, sin haberlo pedido ni del todo aceptado.
Volví a los pocos minutos. Seguían igual. Me subí a la cama y, al acercarme, comprendí que ella ni se había enterado de que me había ido. Eso me dolió más de lo que esperaba.
—Oye. ¿Ya está bien, no? —le solté.
—Espera que termine. No quiero parar —contestó, apartándome con la mano.
Me supo a cuerno quemado. Me senté en una esquina de la cama, a mirar. Volvieron a cambiar de postura. Esta vez Carla se puso boca abajo y él la montó por detrás. Quedó de cara a mí, mirándome. En algún momento se dio cuenta de la expresión que yo tenía, pero no paró. Seguía corriéndose, seguía levantando el culo buscando más.
***
Llevaban un buen rato cuando él avisó.
—Me voy a correr.
—Sí, sí —jadeó ella—. Vente. Dame mi premio.
Aceleraron. Carla empezó a gritar de una forma que no le había escuchado jamás y él se hundió hasta el fondo y se quedó quieto, descargando dentro del preservativo. A ella le sobrevino un último orgasmo que se me hizo eterno.
—¿Qué? ¿Te lo has pasado bien? —le pregunté con sorna.
—Muy bien —contestó, como si no hubiera pasado nada raro.
Adrián salió de ella. En el preservativo se notaba la cantidad que había soltado. Se lo enseñó a Carla antes de quitárselo.
—Esto es por ti —le dijo. Y a mí—: Tienes una mujer de primera. Disfrútala.
Le dio dos besos, nos dejó una tarjeta con su nombre y un teléfono, y se despidió.
—Si queréis repetir, encantado —dijo antes de cruzar la cortina.
Nos quedamos solos en aquella cama de cuero, con la luz roja y la pareja mayor recogiendo sus cosas en el rincón. Carla me buscó con la mano, todavía agitada, y entrelazó sus dedos con los míos.
—¿Estás bien? —preguntó, por fin mirándome de verdad.
Tardé en responder. No estoy seguro de qué soy ahora, pensé. Pero la verdad es que, debajo de los celos y del orgullo herido, había algo más. Algo que me había puesto durísimo toda la noche y que no sabía cómo nombrar.
—Sí —dije al fin—. Estoy bien.
Y mientras lo decía, supe que no íbamos a tirar aquella tarjeta.