Mi confesión empieza con la chica que yo era antes
Antes de empezar, deberías saber quién soy. O mejor dicho, quién era antes de todo esto, porque la mujer que se sienta ahora a escribir estas líneas no se parece demasiado a la que fui.
Me llamo Marina. Soy valenciana, tengo veintisiete años y, hasta no hace tanto, habría jurado que mi vida sexual era la cosa más previsible del mundo. En los relatos que vendrán quiero contarte cómo, poco a poco, casi sin darme cuenta, dejé de desear lo que se suponía que debía desear y empecé a buscar algo muy distinto.
Para que no se haga pesado, voy a dividirlo en varios capítulos. Cada uno tendrá su propio momento, su propio descubrimiento. Lo que vas a leer es real, aunque te confieso desde ya que cambiaré algunos nombres. No por mí, sino para proteger a las personas que pasaron por mi vida sin saber que terminarían en una página como esta.
Empecemos por lo más sencillo: cómo soy.
Mido un metro setenta y cuatro y soy delgada, de esas que de adolescente se quejaban de no tener curvas y que con los años aprendieron a quererse tal cual. Tengo el pecho mediano, un poco caído, con los pezones pequeños y de un rosa pálido que se oscurece cuando me excito. Los ojos los tengo verdes, casi grises según la luz, y llevo gafas de pasta desde los dieciséis. El pelo lo tengo castaño claro, largo, normalmente recogido en una coleta floja que se me deshace a lo largo del día.
Soy muy blanca de piel. Tan blanca que me sonrojo por cualquier cosa, y de niña los del colegio me llamaban «fresa» porque se me ponían las mejillas encendidas con solo nombrarme. Esa costumbre de ruborizarme no se me ha quitado nunca. Todavía hoy, cuando alguien me mira demasiado tiempo, siento el calor subiéndome por el cuello. Aprenderás, leyendo estos relatos, que ese rubor me ha delatado más de una vez.
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Mi infancia no tiene nada de especial, y precisamente por eso me gusta contarla: porque demuestra que cualquiera puede acabar donde yo acabé.
Fui buena estudiante, de las que se sientan en las primeras filas y entregan los trabajos antes de tiempo. No era la chica popular, pero tampoco la rara del fondo de la clase. Tenía mi grupo de amigas, mis libros, mis rutinas. Perdí la virginidad a los diecisiete con mi novio del instituto, un chico tímido que temblaba tanto como yo. Fue dulce, torpe y rápido, y durante mucho tiempo creí que aquello era todo lo que el sexo podía darme.
Con mis padres siempre me he llevado bien. Son personas tranquilas, de costumbres fijas, que aún hoy no tienen ni la más remota idea de lo que escribo por las noches cuando ellos creen que estoy viendo series. No me avergüenza lo que hago, pero hay cosas que una hija nunca le cuenta a su madre.
Hace un año y medio aprobé una oposición y entré a trabajar como administrativa en una oficina del ayuntamiento. Un empleo estable, gris, con horario de funcionaria y compañeros que llevan veinte años sentados en la misma silla. Te lo cuento porque ese contraste lo es todo en esta historia: por fuera, una vida ordenada; por dentro, un deseo que se me iba volviendo cada vez más urgente y más concreto.
Y hay un detalle más que no puedo callarme, porque marca el momento exacto en el que me decido a escribir todo esto. Ahora mismo estoy de baja por embarazo. Sí, lo has leído bien. Estoy embarazada, y aprovecho estas semanas de reposo, de tardes largas y silenciosas, para ordenar los recuerdos y ponerlos por fin en palabras. Quién es el padre, cómo llegué hasta aquí y por qué sonrío cada vez que me acaricio la barriga es algo que entenderás más adelante. No corras.
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Nunca imaginé por dónde iban a llevarme las cosas. De verdad que no.
Si me hubieras conocido a los veinte, me habrías visto saliendo con chicos perfectamente normales: compañeros de la universidad, amigos de amigos, el típico novio que duraba unos meses y se iba sin pena ni gloria. Eran buenos chicos. Educados, parecidos a mí, parecidos entre ellos. El sexo era agradable y se me olvidaba al día siguiente. Yo creía que así era como funcionaba todo, que el deseo era esa cosa tibia que sentía a veces y que se apagaba sola.
Hasta que algo empezó a cambiar.
No fue de golpe. Fue como una grieta fina que se abre en una pared y que un día, cuando te quieres dar cuenta, ya no puedes dejar de mirar. Empecé a fijarme en otra clase de hombres. Hombres de piel oscura, de manos grandes, de una presencia que me hacía bajar la mirada y subir el rubor. Al principio me lo negaba a mí misma. Pensaba que era curiosidad, una tontería pasajera, algo que se me iría como se me había ido todo lo demás.
No se me fue. Al contrario: creció.
Cada vez que uno de ellos se cruzaba conmigo por la calle, en el metro, en la cola del supermercado, sentía esa misma sacudida en el estómago. Y empecé a darme cuenta de que con mis parejas de siempre ya no funcionaba igual. Que mientras un chico cualquiera me besaba, yo cerraba los ojos y mi mente se escapaba hacia otro cuerpo, otra piel, otra manera de tocarme que aún no había probado pero que ya echaba de menos.
Recuerdo perfectamente la primera vez que el deseo me pilló por sorpresa. Fue un martes cualquiera, en el autobús de vuelta del trabajo. Iba de pie, agarrada a la barra, medio dormida con los auriculares puestos, cuando un hombre subió en una parada del centro y se quedó justo a mi lado. Era alto, mucho más alto que yo, de hombros anchos y una piel oscura y limpia que olía a algo cálido, a madera o a especias, no sabría decirte. No hablamos. No nos miramos siquiera. Pero durante los diez minutos que duró el trayecto fui incapaz de pensar en otra cosa que no fuera el calor que desprendía su brazo a un palmo del mío.
Bajé en mi parada con las piernas temblando y la cara ardiendo. Llegué a casa, me encerré en el baño y me toqué pensando en un desconocido cuyo nombre jamás sabría. No me había pasado nunca, esa urgencia, esa necesidad física de aliviar algo que se me había encendido sin permiso. Cuando terminé, me quedé sentada en el borde de la bañera, asustada y excitada a partes iguales, entendiendo por primera vez que aquello no era una fase.
¿Qué me está pasando?, me preguntaba algunas noches, mirando el techo de mi habitación.
La respuesta tardó en llegar, y cuando llegó, vino acompañada de la primera de las experiencias que voy a contarte. Pero esa es otra historia, y prefiero contarla con calma, con todos sus detalles, en el capítulo que viene.
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Quiero ser sincera contigo sobre una cosa, porque creo que es lo justo.
Durante mucho tiempo me sentí culpable de mis propios deseos. Me parecía que había algo malo en saber tan exactamente lo que quería, en haberme convertido en una mujer que solo se enciende de una manera. Me preguntaba si era una fase, si era un capricho, si tenía que avergonzarme. Tardé en aceptar que el deseo no se elige, que simplemente está ahí, y que negarlo solo me hacía infeliz.
El día que dejé de pelearme conmigo misma, todo cambió. Empecé a buscar, a probar, a atreverme. Y descubrí un placer que ni siquiera sabía que existía, un placer que me ha llevado por sitios que jamás habría imaginado y que me ha traído hasta este momento, embarazada y feliz, escribiéndote a ti.
No me arrepiento de nada. Que quede claro desde la primera línea. Cada decisión, cada noche, cada hombre, cada error: todo me ha hecho ser quien soy. Y quien soy ahora me gusta mucho más que la chica previsible de los veinte años.
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Hechas las presentaciones, déjame pedirte un par de cosas.
Si te gusta lo que lees, déjame tus comentarios y tus valoraciones. Me ayudan a saber si voy bien, si merece la pena seguir contándolo, si lo que para mí fue tan intenso significa algo para alguien más. También dejaré por aquí un correo, por si quieres preguntarme cualquier duda, contarme tus propias experiencias, charlar o simplemente desahogarte con alguien que no te va a juzgar. Te leeré con gusto.
Y te pido una última cosa, con todo el cariño. Todo lo que vas a leer ocurrió de verdad. No es una fantasía inventada para excitarte un rato, aunque ojalá también te excite. Es mi vida. Así que, si en algún momento te asalta una opinión que crees que puede ofenderme a mí o a otro lector, te ruego que te la guardes. Este es un sitio para disfrutar, no para herir.
Dicho esto, ponte cómodo. Sírvete algo de beber. Apaga el móvil.
Porque lo que viene a partir del próximo capítulo te lo voy a contar sin filtros, sin pudor y sin saltarme un solo detalle. Te voy a contar cómo una chica corriente de Valencia, con sus gafas y su rubor de fresa, descubrió exactamente lo que quería y fue a buscarlo.
Muchas gracias por estar aquí. Espero, de corazón, que disfrutes de mi historia tanto como yo disfruté viviéndola.