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Relatos Ardientes

Confieso los mensajes más absurdos de mis lectores

Mientras termino el próximo capítulo de la historia que tantos me reclaman, he decidido dejaros un pequeño regalo. Algo distinto, más ligero, casi un recreo entre tanto morbo. Llamémoslo un interludio, porque suena más elegante que «el rato en que me río de vosotros».

Durante las últimas semanas he recibido muchísimos correos. Algunos preguntan dudas, otros alaban mis capítulos, y unos cuantos solo quieren conocerme un poco mejor. He intentado responder a todos sin tardar demasiado, porque me hace ilusión ese contacto directo. Pero una es humana y hace lo que puede.

Entonces, ¿por qué escribo esto?

Pues porque hay lectores que, a la hora de relacionarse con otra persona, tienen ciertas… dificultades. Y como mi instinto narrativo no descansa ni cuando abro la bandeja de entrada, he decidido presentaros a algunos de ellos. Con cariño, con humor y con sus citas textuales, que no tienen desperdicio. Los nombres, por supuesto, son inventados. Faltaría más.

***

El primero se llama Mauro. O así lo bautizo yo.

Mauro empieza correcto, educado incluso, pero acelera demasiado. En el primer correo ya me pide fotos y vídeos, como si lleváramos media vida juntos. Envidio su confianza, de verdad, ojalá yo tuviera esa fe ciega en mí misma a las nueve de la mañana. Pero seamos sinceros: Mauro ha pecado de exceso de velocidad y se la ha pegado contra un simple «no» por mi parte.

—Cariño —le diría si pudiera mirarlo a los ojos—, no se entra así.

Es literalmente lo mismo que acercarse a una chica en una discoteca y soltarle «¿quieres follar?» antes de saber su nombre. La negativa la tienes garantizada, y de regalo, una noche de soledad y mano propia.

Su mensaje, para que juzguéis vosotros:

«Hola amiga, espero que te encuentres bien, estuve leyendo tu relato y quisiera saber si no tienes unas fotos o un vídeo que te gustaría compartir.»

Mauro, el «hola amiga» seguido de petición de contenido es el equivalente digital de tender la mano para saludar y, en el mismo gesto, intentar robarte la cartera. No funciona. Nunca funciona.

***

El segundo concursante es Bruno.

Bruno, querido, empezar una conversación con un «hola, cachonda» no me invita precisamente a sentarme a charlar contigo. De hecho, ni te respondí. Hay que arrancar con buenas formas, un halago sencillo, nada del otro mundo. Pero con ese comienzo, te confieso que prefiero quedarme tirada en el sofá viendo el programa más soporífero de la televisión antes que contestarte.

Su aportación a la literatura universal fue esta:

«Hola, cachonda.»

Dos palabras. Dos. Y se quedó tan ancho, convencido de que mi corazón iba a derretirse. Bruno, si alguna vez lees esto, que sepas que tu mensaje lo guardo enmarcado en la sección de «cosas que jamás haré por nadie».

***

Pasemos a uno más ambicioso. Lo llamaré Téo.

Téo me propone, de entrada, una orgía con su pareja y un grupo de amigos. Por mi experiencia, este tipo de propuestas suelen ser tan fiables como una promesa electoral. Además, insiste en hacerlo dentro de una semana. Chico, dame tiempo, conozcámonos, tomemos al menos un café. Comprenderás que encerrarme en una habitación con cinco o seis desconocidos no me transmite demasiada tranquilidad.

Lo curioso es que en mis relatos cuento, capítulo a capítulo, cómo se construye el deseo poco a poco. Cómo se siembra, cómo se riega, cómo se espera. Pues parece que a Téo esa parte de la paciencia no le interesó y se la saltó entera. Lo bueno se hace esperar, dicen. Téo prefiere el menú del día.

No me meteré otra vez con el asunto de las fotos y los vídeos, que ya lo he mencionado. Solo le deseo suerte. Que él y sus amigos, en caso de existir, encuentren lo que buscan. Y que, si juntan sus carteras, les alcance al menos para una buena cena.

Su propuesta, resumida y sin las partes más impublicables, decía algo así:

«Unos amigos y yo queremos pasar un buen rato contigo. Una especie de fiesta privada. ¿Quedamos este finde? Sube algo para ir calentando: un par de fotos, un vídeo y una descripción de lo que más te gusta.»

Téo, la planificación logística de tu fantasía es admirable. La sutileza, en cambio, brilla por su ausencia.

***

Y ahora, señoras y señores, llega la joya de la corona. Lo he dejado para el final porque se lo merece. Lo llamaré Damián, aunque firma sus correos con tres nombres distintos, así que llamadlo como queráis.

Damián dice ser administrador de la web donde publico. Sí, administrador. Me escribe desde una cuenta con un nombre, firma con otro, y menciona a un tercero como si fueran un comité entero revisando mis relatos antes de subirlos. Sinceramente, todo esto es más confuso que una película de esas en las que el tiempo va hacia atrás y nadie sabe qué está pasando.

En su caso voy a compartir varios mensajes, porque ninguno tiene pérdida. El primero fue este:

«Felicidades desde el control de la web por tu relato, esperamos más de ti, tienes potencial para mejorar mucho hasta bajar a los infiernos del vicio y sentirte barata. Administración. Saludos.»

No termino de entender por qué se supone que quiero bajar a los infiernos del vicio ni sentirme barata. Creo que mis capítulos no transmiten exactamente eso, pero quién sabe, igual leen entre líneas mejor que yo. También me pregunto quién espera más de mí. ¿La administración? ¿Mis lectores? ¿Los reptilianos que controlan el mundo desde una galaxia lejana?

El caso es que decidí darle una oportunidad. Le respondí haciéndome la despistada, preguntándole desde qué web me escribía. Su contestación fue de premio:

«Donde publicas, hija mía, yo reviso tus relatos antes de subirlos, barata. Administración. Saludos.»

Le doy la razón en la primera parte. En la segunda, lo de llamarme «barata» como si fuera mercancía rebajada, pues no termina de encajar con el tono cordial del resto. No creo que a ninguna mujer le guste que la llamen así. Pero seré yo, que estoy loca y me ofendo por nada.

Damián, además, mantiene una guerra personal con las comas. No sabe dónde ponerlas, las olvida, las amontona, las maltrata. No tengo pruebas concluyentes, solo unos correos capaces de hacer sangrar por los ojos a cualquier profesor de lengua. El siguiente fue la gota que colmó el vaso:

«Y sobre tus relatos muy pillado una casada y otra recién divorciada tocándose sin permiso luego te mando fotos de las muy zorras, entendido barata. Administración. Saludos.»

Respondiendo a su pregunta: no, no he entendido nada. Leer esto es como intentar seguir un discurso político a las tres de la madrugada. Y minutos después la cosa cobró un sentido perverso, cuando me adjuntó unas imágenes de dos mujeres que, sorpresa, llevaban años circulando por medio internet. Dudo mucho que alguien necesite un intermediario para mandarme nada, cuando puede escribirme directamente, como han hecho tantos de mis lectores y lectoras.

Al final me cansé y le respondí lo siguiente. Y aquí, lo confieso, me solté.

—Voy a ser sincera, ya que lo soy en mis relatos —empecé—. Tú no eres administrador de nada. Apenas sabes escribir, no controlas las comas y tengo la firme sospecha de que me llamas «barata» en cada correo porque crees que así me impresionas. No tienes la confianza ni mi permiso para llamarme nada parecido. Las fotos que me mandas están en media red desde hace años, así que tu mentira tiene las costuras a la vista. Y ninguna lectora que se hubiera animado conmigo te escribiría a ti de intermediario; me escribiría a mí. Como ya han hecho varias, por cierto.

Le dije, en resumen, que supuse que me había escrito pensando que me iba a acobardar, que le mandaría fotos o cualquier cosa. Quizá hasta creyó que tenía alguna posibilidad. La respuesta, evidentemente, era no. Le confesé incluso que sentía cierta pena por que tuviera que recurrir a todo esto para relacionarse, y más aún por hacerlo con tan poca gracia. Pero que se tranquilizara, que pronto subiría un capítulo que le iba a interesar muchísimo.

Chicos, no sabéis el gusto que da desahogarse así. Ni el mejor de los polvos me deja tan relajada. Gracias, Damián, por ese regalo. En su último correo me llamó «creída» y, como guinda, soltó alguna otra perla que prefiero guardarme para no aburriros.

***

Y hasta aquí el desfile. No es que no quiera que me escribáis, todo lo contrario. Muchísimos lo hacéis con respeto, con humor, con curiosidad sincera, y os respondo encantada. Ese ida y vuelta me parece de lo más bonito de escribir en abierto: que alguien al otro lado de la pantalla sienta algo con lo que cuento.

Pero, por favor, si me escribís, hacedlo bien. Un saludo de verdad, una frase con cabeza, la paciencia de quien sabe que las cosas que valen la pena tardan un poquito. Yo seguiré contestando, porque creo que el contacto directo con quien me lee es lo más enriquecedor que tengo. Eso no quita que, si alguno se pasa de bruto, le acabe dedicando otro pequeño intermedio como este.

Así que os lanzo la pregunta: ¿qué os parecen estas perlas? ¿Estáis de acuerdo conmigo o pensáis que esta vez me he pasado un poco? Dejádmelo en los comentarios, que los leo todos.

Un beso enorme para todos los que me leéis. Nos vemos en el próximo capítulo, ese sí, con todo el morbo de siempre.

Vuestra, hasta el próximo escándalo.

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Comentarios (5)

LaLectora22

jajajaja que horror algunos!! espero no estar en esa lista 😅

SofíaMdq

Solidaridad total. La bandeja de entrada a veces da mas miedo que cualquier historia de terror.

Rodrigo_ba

jaja espero no ser uno de esos... aunque en mi defensa diré que al menos saludo primero

Curiosa_87

Por favor mas partes!! Hay material para un libro entero ahi, no te quedes con nada

nacho_cba

Confieso que nunca mandé mensajes así jajaja pero ahora entiendo por qué algunas autoras tardan en responder. Muy bueno.

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