Lo que vi entre las plantas no debía verlo nunca
Lo cuento ahora porque ya pasó el tiempo suficiente, pero todavía me arde la cara al escribirlo. Soy Mariela y, junto con mi hermano, llevo desde hace años un puñado de invernaderos a las afueras del pueblo. Tomates, pimientos, mucho calor y mucha gente entrando y saliendo. Nunca imaginé que entre esas plantas iba a descubrir algo sobre mí misma que preferiría no saber.
Todo empezó el día que entró a trabajar Daniela. Apareció una mañana buscando empleo, con un acento del este que arrastraba las erres y una manera de mirar de frente que no se aprende.
—¿Has trabajado alguna vez en un invernadero? —le pregunté, repasando el papel que me había traído.
—No, sería la primera vez. Pero desde que llegué a España hice de todo: camarera, tienda, limpieza. Aprendo rápido, no tengas miedo —contestó ella, muy segura.
Llevaba un par de años en el país, buscándose la vida como podía. No hacían falta muchas explicaciones para entender que su situación con los papeles era complicada y que prefería no llamar la atención. Tenía treinta y pocos, el pelo castaño recogido en una coleta tirante y unos ojos claros que contrastaban con la piel morena. Un cuerpo de esos que hacen girar la cabeza sin que la persona haga nada.
—El tema de los contratos lo lleva mi hermano —le dije—. Espera, que lo llamo.
La entrevista fue corta. Daniela se quedó con el puesto.
***
Pasaron las semanas y la chica se adaptó mejor de lo que yo esperaba. Era trabajadora, no se quejaba del calor ni de las horas, y enseguida se hizo con la cuadrilla. Se llevaba especialmente bien conmigo y con Idris, un hombre africano de su misma edad que llevaba años con nosotros y que fue quien le enseñó todo el oficio. Los veía reírse entre las hileras de plantas, hablándose en ese español roto y simpático que tenían los dos, y me alegraba. Un buen ambiente vale más que cualquier prima.
Lo que no sabía es lo bien que se entendían cuando yo no estaba mirando.
Fue un viernes por la tarde, de esos en los que solo piensas en llegar a casa y meterte en la ducha. Habíamos terminado de recoger y mi hermano se subió a la furgoneta para acercar al resto de la gente al pueblo.
—Yo me llevo a estos —me dijo desde la ventanilla—. Tú quédate cerrando con Daniela y con Idris. Cuando acabéis, echáis la llave y os venís en el todoterreno.
Asentí sin demasiadas ganas. El día había sido largo y solo quería que terminara. Pero el día, en realidad, no había terminado todavía.
Apenas veinte minutos después sonó mi teléfono. Era mi hermano: se le había pinchado una rueda en mitad de la carretera y las herramientas para cambiarla estaban en el todoterreno, conmigo. Me pedía que se las llevara.
—Chicos, ha surgido un problema —les dije a los otros dos—. A mi hermano se le ha pinchado una rueda y tengo que acercarle unas cosas. Vengo enseguida, vosotros seguid recogiendo.
Cogí las llaves del coche y salí. Pero justo cuando estaba arrancando, me entró un mensaje suyo.
«Déjalo, al final encontramos un gato y lo estamos cambiando entre todos. Nos vemos en casa».
Respondí, apagué el motor y volví hacia la entrada del invernadero para terminar de cerrar. Y entonces, antes de que pudiera anunciar que había vuelto, escuché mi nombre.
Me quedé quieta, entre las plantas, sin que me vieran.
***
—Idris, a ti te gusta la jefa, ¿eh? —decía Daniela, con un tono burlón que no le conocía.
—No, no. A mí no me gusta la jefa —contestaba él, incómodo.
—Sí que te gusta. Te he visto cómo le miras el culo cuando se agacha a coger algo —insistía ella, divertida, como una niña que ha pillado a otro en una travesura.
—Que no, que es la jefa de aquí, del trabajo.
Debería haber salido en ese momento. Debería haber carraspeado, hecho ruido con las llaves, cualquier cosa. Pero no me moví. Me quedé detrás de una hilera de tomateras, con el corazón empezando a laterme distinto, escuchando cómo dos personas hablaban de mi cuerpo creyéndose solas.
Por una rendija entre las hojas las veía. Daniela había sacado el móvil y, riéndose, había entrado en mi Instagram. Pasaba las fotos delante de la cara de Idris.
—Mira, aquí tu jefa en bañador. Qué buena está, ¿a que sí? Mira este escote, dime que no te pone… —decía ella, acercándole la pantalla.
Idris miraba en silencio. Y ese silencio lo decía todo.
—Y mira esta, con los labios pintados de rojo. Menuda boca tiene tu jefa, ¿eh? Seguro que piensas en esa boca cuando estás solo en tu cama —seguía Daniela, bajando la voz.
Yo conocía esas fotos. Las había subido sin pensar, en algún verano, sin imaginar que un día estaría escondida entre mis propias plantas oyendo cómo se usaban para encender a un hombre. Tendría que haberme sentido violentada. En cambio sentí un calor que me subía por el cuello y se me instalaba abajo, donde no debía.
Idris soltó un sonido ronco, casi un gruñido. Y entonces vi cómo Daniela, sin dejar de pasar fotos con una mano, le llevaba la otra a la entrepierna y empezaba a acariciarle por encima del pantalón de faena. Despacio. Mirándole la cara para no perderse el efecto.
No podía moverme. Estaba clavada en el suelo de tierra húmeda, conteniendo la respiración, con miedo a que una hoja crujiera y me delatara.
***
Lo que pasó después lo recuerdo a cámara lenta, como si lo hubiera soñado.
Daniela le bajó la cremallera y lo sacó. Incluso desde la distancia y entre las hojas, se notaba que era grande. Empezó a acariciárselo con la mano mientras seguía enseñándole mis fotos en la pantalla, como si quisiera mezclar las dos cosas en la cabeza de él.
—Cierra los ojos —le dijo en un susurro—. Imagínate que es ella la que te lo está haciendo.
Y se arrodilló sobre la tierra, allí mismo, entre las matas, con la ropa de trabajo manchada de todo el día, y se lo metió en la boca.
Yo apreté las llaves dentro del puño para no hacer ruido. Notaba el metal frío contra la palma sudada. Daniela sabía lo que hacía. Lo tomaba entero, con una entrega que no parecía improvisada, lo sacaba para respirar y volvía a hundirse, ayudándose con la mano para mantenerlo duro. Idris había echado la cabeza hacia atrás y respiraba con la boca abierta.
—Todavía no te corras —le advirtió ella, levantando un segundo la vista.
Cada gemido de él me recorría la espalda. Yo no quería estar excitada. Me repetía que aquello era inapropiado, que eran mis empleados, que estaba mal mirar. Y al mismo tiempo no podía despegar los ojos, y notaba la ropa interior pegada al cuerpo, empapada, traicionándome.
En una de las veces que ella se lo hundió hasta el fondo, Idris la sujetó por la cintura y la hizo levantarse. La inclinó sobre unas cajas de plástico apiladas, dejándola a cuatro patas. Le bajó los pantalones de un tirón.
—Por fin —jadeó Daniela, mirando hacia atrás—. Pensaba que no ibas a atreverte nunca.
Él se hundió en ella de una sola vez y la chica soltó un gemido largo que rebotó entre el plástico y las plantas. Yo me mordí el labio hasta hacerme daño.
—Más fuerte —pedía ella, con la cara contra las cajas—. Dale fuerte, imagínate que se la estás dando a la jefa.
Esa frase me atravesó. Era yo la que estaban usando, sin saberlo, como combustible de su deseo, y en lugar de indignarme, una parte oscura de mí se sintió poderosa. Deseada. Embestía Idris como si llevara meses esperando aquel momento, sujetándola por las caderas, perdido del todo.
***
Cuando él empezó a gemir más grave, más hondo, supe sin verlo que se había terminado dentro de ella. Daniela se quedó un momento apoyada en las cajas, recuperando el aire, y luego se incorporó deprisa.
—Vístete —le dijo, ya con otra voz, práctica—. Mariela tiene que estar al llegar.
Esa fue mi señal. Retrocedí entre las hileras con un cuidado infinito, conteniendo la respiración, hasta salir por el otro extremo. Rodeé el invernadero por fuera, llegué al todoterreno y toqué el claxon dos veces, como si acabara de volver de la carretera, como si no hubiera visto nada.
Salieron los dos al cabo de un rato, recogidos, con la ropa de trabajo de siempre. Daniela me sonrió con total naturalidad, sin una sombra de culpa. Idris apenas me miró. Nos subimos al coche y los llevé al pueblo hablando del tiempo y de la cosecha, con la voz tranquila y el cuerpo todavía vibrando por dentro.
Esa noche, en casa, me metí en la ducha intentando despejar la cabeza. No lo conseguí. Cada vez que cerraba los ojos volvía a verlos, volvía a oír aquella frase. Acabé tocándome contra los azulejos, con el agua cayéndome por la espalda, imaginando que era yo la que estaba a cuatro patas sobre aquellas cajas.
Estaba a punto de llegar cuando llamaron a la puerta de la calle.
Me quedé helada, con la mano entre las piernas y el corazón disparado. Cerré el grifo y esperé. Nadie volvió a llamar. Pensé que habría sido una equivocación, así que terminé de secarme y me fui a la cama, con el deseo a medias y una sensación rara en el estómago.
Y aquí viene lo que de verdad me quita el sueño. A la mañana siguiente recordé que había dejado la ropa interior en el cesto del baño, las bragas que llevaba aquel día en el invernadero. Fui a por ellas para meterlas a lavar.
No estaban.
Lo busqué todo, di la vuelta al baño, miré detrás de la lavadora. Habían desaparecido. Y entonces me acordé del timbre de la noche anterior, de la puerta que no llegué a abrir.
Todavía hoy no sé quién entró en mi casa esa noche. No sé si alguien me estuvo mirando a mí, como yo los miré a ellos entre las plantas. Solo sé que, desde entonces, cada vez que me agacho a coger algo en el invernadero, siento que hay unos ojos detrás de las hojas. Y lo peor de todo es que ya no estoy segura de que me moleste.