Confieso lo que pasó en el resort del fin del mundo
La camioneta era más ruidosa de lo que Mateo recordaba y tenía un interior demasiado austero para lo que habían pagado. El camino de tierra se abría paso entre una vegetación densa que poco a poco daba lugar a un paisaje árido, salpicado de rocas y arbustos retorcidos. Nadia, apoyada contra la ventanilla, no paraba de sonreír, con el labio inferior atrapado entre los dientes en ese gesto suyo de pura anticipación.
—¿Estás nerviosa? —le preguntó él, deslizando una mano por su muslo. La piel se notaba tibia incluso a través del lino del pantalón.
—Nerviosa no. Un poco de miedo, igual. —Nadia giró la cabeza, los ojos verdes encendidos—. ¿Tú no? Mira qué sitio más inhóspito. Se han tomado en serio lo de la temática.
El complejo apareció de golpe: una silueta irregular de edificios robustos y semiderruidos, camuflados entre la roca y la maleza. No había rastro del lujo habitual. Todo estaba diseñado para confundir, para sumergirlos de inmediato en la fantasía. Un tipo vestido como un carroñero postapocalíptico les abrió la puerta. Tenía el rostro serio y la mirada intensa.
—Bienvenidos a El Cráter —dijo con voz grave—. Dejad vuestras pertenencias aquí. Se os indicará dónde depositarlas.
Mateo y Nadia intercambiaron una mirada de complicidad. La experiencia ya había empezado. El hombre validó las reservas con un lector de códigos y les pidió que dejaran los móviles en una caja. Unas manos discretas se llevaron las maletas mientras los guiaban a una cabaña pequeña. Dentro había una cama con un colchón fino, una mesita y, encima, una bolsa de tela de saco.
—Aquí tenéis vuestra indumentaria. Tenéis quince minutos para vestiros y dirigiros a la Sala de Iniciación. —Y desapareció tan rápido como había llegado.
Nadia abrió la bolsa con la avidez de una niña en Navidad. Sacó un pantalón ancho y desgarrado, lleno de parches, una camiseta de tirantes con agujeros estratégicos y un chaleco de tela gruesa, también roto.
—Joder, Mateo, mira esto. ¡Parecemos salidos de una peli! —Se cambió deprisa, dejando a la vista el sujetador de encaje negro que él le había regalado—. ¿Te gusta mi look de guerrera desquiciada?
Mateo también se desnudó. El tejido áspero se sentía extraño contra su piel. La camiseta se le pegaba a Nadia en algunos puntos y dejaba entrever el ombligo plano cuando se agachaba a atarse las botas.
—Estás tremenda. Pero con esta pinta no vas a pasar desapercibida —dijo él.
—Esa es la idea, ¿no? Ser la joya y que me intenten robar. —Nadia le lanzó una mirada cargada—. Y tú vas a ser mi protector.
—No lo dudes. —Mateo le pellizcó el trasero y ella se rió.
***
Con la nueva ropa salieron al exterior. El sol caía y teñía el cielo de tonos rojizos, como una herida abierta. La Sala de Iniciación resultó ser una cueva excavada en la roca, iluminada por antorchas y llena de parejas y de algún solitario, todos con atuendos parecidos. Había un murmullo de excitación contenida, una mezcla de nerviosismo y extraña camaradería.
Un hombre corpulento, de barba densa y voz resonante, se plantó en el centro. Vestía una armadura hecha de trozos de chapa y cuero, y un casco que parecía sacado de una película de serie B.
—¡Bienvenidos, supervivientes! —Su voz retumbó por la cueva—. Habéis cruzado el umbral. Aquí la civilización ha caído. No hay leyes, no hay moral, solo la supervivencia. Vuestra misión es simple: adaptaos.
Un silencio tenso se apoderó de la sala. Nadia apretó el brazo de Mateo.
—Es de lo más inmersivo —murmuró ella—. Hasta me parece barato por lo que es.
—Durante las próximas horas seréis separados —continuó el hombre—. Os enfrentaréis a desafíos. Solo quienes abracen la verdadera naturaleza de este mundo encontrarán la recompensa. ¿Estáis preparados para el caos?
Un coro de síes resonó en la cueva. Las antorchas parpadearon y, de entre las sombras, surgieron figuras enmascaradas que avanzaron hacia los participantes. Mateo sintió un escalofrío. Iba a ser una noche muy larga.
***
Una de las figuras, un tipo enorme cubierto de pieles y con una máscara de cráneo de animal, se acercó a ellos y señaló a Mateo con un dedo enguantado.
—Tú. Sígueme.
Mateo intentó aferrarse a Nadia, pero el enmascarado lo apartó de un empujón que dejó claro que no había negociación.
—¡Mateo! —gritó ella, con la voz a medio camino entre la alarma genuina y la emoción del juego.
—¡Nos vemos en el fin del mundo! —replicó él, arrastrado hacia una salida lateral hasta desaparecer en la oscuridad.
Nadia se quedó sola, con el corazón a mil. La sala se vaciaba a marchas forzadas. Entonces una figura más pequeña, envuelta en una túnica harapienta, se deslizó a su lado.
—Acompáñame, superviviente. Te espera un camino oscuro. —La voz era femenina, apenas un susurro.
Nadia asintió, todavía procesando la separación y el subidón de adrenalina. La mujer la guió por un pasadizo estrecho, donde el aire se volvía más frío y húmedo con cada paso. El murmullo de los demás se apagó, reemplazado por el goteo del agua y el crujido ocasional de algo moviéndose en la penumbra.
Emergieron a un complejo abandonado, una serie de edificios invadidos por la maleza y el moho. La luz de la luna apenas iluminaba el panorama, y el parpadeo de unas velas colocadas en nichos rotos proyectaba figuras grotescas en las paredes. Olía a humedad, a polvo y a algo vagamente metálico, como óxido viejo.
—Aquí. —La guía se detuvo frente a la entrada de lo que había sido un hotel, ahora una ruina imponente—. Aquí empieza tu prueba. Sola. Busca lo que necesites para sobrevivir. Y no te fíes de nadie.
Antes de que Nadia pudiera preguntar nada, la mujer se fue y la dejó en la boca del lobo.
***
Nadia dio un paso al frente. Sus botas resonaron en el suelo cubierto de escombros. El silencio era casi opresivo, roto solo por el crujido de la madera podrida y un aullido lejano. Encendió la pequeña linterna que le habían dado al principio; el haz débil apenas perforaba la oscuridad. Los pasillos eran un laberinto de puertas destrozadas, cristales rotos y muebles volcados.
Sentía el frío en los huesos y la tensión en el cuello. Pero también sentía otra cosa, algo que la encendía por dentro: el desafío, la promesa de lo desconocido, la posibilidad de que ocurriera algo salvaje y primario. Esto es real, joder. O lo bastante real.
Recorrió varias habitaciones, unas vacías, otras llenas de objetos cubiertos de polvo. La ambientación era impecable, como si el tiempo se hubiera detenido el día después del fin. Entonces, una puerta entreabierta al fondo de un pasillo llamó su atención. Por la rendija se filtraba un resplandor anaranjado, más cálido que el de las velas.
Con el corazón martilleando, se acercó sigilosa y empujó la puerta. La estancia era una antigua habitación en ruinas; buena parte del techo se había derrumbado y dejaba ver el cielo estrellado. En el centro, una hoguera improvisada crepitaba, lanzando sombras danzantes por las paredes. El calor fue un alivio en el aire helado.
Nadia entró, paseando la linterna por los rincones. No había nadie. Se acercó a la hoguera y extendió las manos. Mientras se calentaba, un movimiento a su derecha la hizo girarse de golpe.
De entre las sombras más profundas surgió una figura. Un hombre alto, de espalda ancha, la piel oscura brillando con el sudor y el reflejo de las llamas. No llevaba más que un taparrabos raído. Tenía los muslos potentes y el torso surcado de cicatrices simuladas que le daban un aspecto feroz. En la penumbra, sus ojos parecían dos ascuas.
La aparición fue tan repentina que a Nadia se le escapó un grito ahogado. La linterna se le cayó de la mano, rodó por el suelo y se apagó. Solo quedó la luz de la hoguera, que volvía la silueta del hombre todavía más imponente.
Él dio un paso lento hacia ella, los músculos flexionándose como los de un depredador que acecha. Su voz era profunda, gutural.
—¿Qué haces aquí? ¿Traes algo para mí? —La recorrió de arriba abajo, sin disimular el deseo.
Nadia sabía que era parte del juego, pero el escalofrío que la recorrió no fue solo de frío. Tragó saliva, con la garganta seca de repente.
—Yo… no tengo nada. Me acaban de dejar aquí.
El hombre soltó una risa ronca que retumbó en la habitación. Dio otro paso, acortando la distancia.
—¿Nada? En este mundo, si no tienes nada que ofrecer, eres lo que se come. —Sus ojos se clavaron en los de ella—. Si no tienes comida para mí, te comeré a ti.
El aliento caliente le golpeó la cara. Nadia sintió una descarga que le encendió algo primario por dentro. Se repitió que aquello era un entorno controlado, que no podía pasarle nada. Y aun así dudó.
—¿Comerme a mí? —susurró, con un matiz que no era de súplica, sino de provocación—. ¿Y qué parte te apetece más?
***
El hombre sonrió, una sonrisa ancha de dientes blancos. Sin previo aviso, se abalanzó sobre ella, pero no con violencia, sino con una rapidez asombrosa. Antes de que pudiera reaccionar, la había alzado en brazos y la sostenía a horcajadas sobre su cadera, de frente a él, como si no pesara nada. Los muslos de Nadia se aferraron por instinto a su cintura, y los pechos, bajo la tela rasgada, le quedaron a la altura de la boca.
Él atrapó uno de sus pezones por encima del algodón. Nadia dejó escapar un sonido grave. Lo notó succionar con fuerza, arrastrando tela y piel a la vez, una sensación que la hizo arquear la espalda. Le clavó las uñas en los hombros tensos. La boca del hombre pasó al otro pecho con la misma avidez, dejando una mancha de humedad en la tela.
Sin soltarla, él bajó una mano y de un tirón seco rasgó la camiseta. El sonido del tejido cediendo fue casi un disparo en el silencio. Otro tirón y el sujetador de encaje cayó al suelo. El aire frío golpeó los pechos desnudos, ahora ofrecidos sin pudor a su boca hambrienta.
El hombre no se detuvo. Con la otra mano agarró la cintura del pantalón y, con un movimiento poderoso, lo rasgó de arriba abajo, dejando a la vista las caderas y la curva del trasero. La ropa quedó reducida a jirones. Nadia estaba casi desnuda, salvo por la tanga.
Pegados, piel contra piel, ella sintió una dureza gruesa presionando contra su bajo vientre. El taparrabos no podía disimular el tamaño de lo que escondía. El hombre la bajó despacio sin romper el contacto visual, las manos grandes acariciándole las nalgas, y se arrodilló frente a ella.
—¿Esto también está incluido en la experiencia? —preguntó Nadia, la voz ronca, mezcla de excitación y curiosidad.
Él soltó una risa profunda.
—Calla. Ya te lo he dicho: voy a comerte.
Nadia sonrió, pícara. Su mirada descendió hasta el bulto bajo el taparrabos. Los dedos se movieron con una lentitud deliberada, rozando el borde de la tela.
—¿Comerme tú? ¿O comer yo? Antes quiero ver qué escondes aquí…
Metió la mano bajo el taparrabos. Los dedos se cerraron alrededor de algo caliente, duro y mucho más grueso de lo que había imaginado. Lo sacó a la luz. La hoguera lanzó un destello que iluminó la escena. Nadia se quedó sin aliento, los ojos verdes muy abiertos, no de sorpresa, sino de admiración casi reverente.
—Joder… —murmuró, apenas audible—. Nunca había visto una así.
***
Con una lentitud calculada, como si saboreara cada instante, Nadia deslizó ambas manos a lo largo del miembro. La piel era suave y caliente. Lo recorrió de arriba abajo, masturbándolo despacio, mientras él gruñía con voz gutural. Llevó la punta hasta sus labios, rozándola sin llegar a introducirla, sintiendo el calor que emanaba. El hombre cerró los ojos y dilató las fosas nasales.
Mientras tanto, él bajó una mano hasta la entrepierna de Nadia. Apartó la tanga a un lado y empezó a acariciarla. El contacto fue eléctrico. Notó cómo se humedecía, cómo cada roce se volvía más insistente, hasta que la estuvo volviendo loca.
—Qué bien lo haces, cabrón… —jadeó ella, la respiración disparada—. Me estás poniendo a mil. Quiero que me la metas. Quiero sobrevivir a esto.
De pronto lo empujó hacia atrás. Él cayó al suelo sin resistirse, con una sonrisa de éxtasis. Nadia se arrodilló frente a él y abrió los labios, pero el grosor la sorprendió: apenas pudo abarcar la punta. Las mandíbulas le dolían en el intento. Succionó con todas sus fuerzas, la lengua trabajando alrededor, y cada centímetro que conseguía era una pequeña victoria que la excitaba más.
El hombre la detuvo, las manos en su cabeza.
—Ahora me toca a mí.
La tumbó sobre un colchón desvencijado en un lateral de la estancia y le abrió las piernas. Nadia las separó al instante, ansiosa. Él se inclinó entre sus muslos. Su lengua, ancha y precisa, se deslizó por el clítoris, una caricia que la hizo arquearse con un gemido. La succionó con avidez, alternando con lametones largos, los dedos hundidos en sus nalgas, llevándola al borde una y otra vez.
—Sí… más fuerte —gemía Nadia, las manos enredadas en su pelo.
Cuando estaba a punto de estallar, él se incorporó. Ella se giró y se colocó sobre él, de espaldas, guiándolo hacia su entrada. La punta apenas entró, estirándola al máximo. Se apoyó en las manos y bajó despacio, sintiendo la fricción intensa, dolorosa y exquisita a la vez.
El hombre le dio una palmada suave en la cadera.
—Vamos. Si quieres sobrevivir aquí, tienes que serme útil.
Esa palmada fue el detonante. Nadia empezó a moverse, primero despacio, sintiendo la presión, la batalla de su cuerpo por aceptar semejante tamaño. Cada descenso era un suspiro; cada milímetro ganado, un gemido. Los sonidos se volvieron continuos, un lamento ronco que llenaba la habitación.
—Así… más profundo —gritó ella, con la voz rota—. ¡Me vas a partir en dos!
Se giró por fin para sentarse de frente, los ojos clavados en los de él. Esta vez entró con una profundidad que la dejó sin respiración, una sensación de plenitud que la inundó por completo.
Él la agarró por las caderas y el ritmo cambió. La penetración se volvió brutal, las embestidas rápidas y profundas, los cuerpos chocando con un sonido húmedo. Nadia gritaba con la cabeza echada hacia atrás, las uñas arañándole los hombros, el cuerpo empapado de sudor.
—¡Fóllame como si fuera el fin del mundo! —gritó, fuera de sí.
El hombre gruñó, el rostro contorsionado por el esfuerzo. Con una última embestida, un espasmo lo recorrió y se vació dentro de ella con una intensidad que la hizo gritar. Pero no habían terminado: la giró, la puso a cuatro patas y la penetró por detrás con una ferocidad renovada, las caderas golpeando las suyas sin tregua.
—Eres un animal… —jadeó Nadia.
Por último la tumbó de lado, entrelazando las piernas, la penetración más lenta pero igual de profunda, los cuerpos moviéndose al unísono. Él la miraba con una posesión salvaje. Nadia se sabía perdida, y quería estarlo.
***
El silencio de la habitación, roto solo por sus respiraciones, fue el único testigo de lo que habían compartido. Nadia se puso de pie y se abrazaron. El calor de los cuerpos entrelazados y el eco de los jadeos aún llenaban las ruinas. Había sido una descarga de instintos primarios que la dejó exhausta y exultante a partes iguales.
De repente, un ruido. Pasos que se acercaban, voces ahogadas. La luz de varias linternas parpadeó en el pasillo. Nadia se incorporó, alerta, el corazón todavía latiendo con la adrenalina. El hombre también se tensó.
La puerta destrozada se abrió de golpe. Un grupo de cinco o seis figuras, vestidas con harapos como los suyos, con cascos y máscaras improvisadas, se detuvo en el umbral, las linternas apuntando directamente a la escena. Eran otros clientes, inmersos en su propio papel de supervivientes, que por alguna razón del juego habían llegado hasta allí.
Los haces se quedaron fijos, revelándolo todo: el hombre, desnudo salvo por el taparrabos caído a los tobillos; y Nadia, tendida a su lado, sudorosa, con el pelo revuelto y rastros inconfundibles en la comisura de los labios. El olor a sexo era innegable.
Hubo un silencio tenso, casi cómico. Las bocas se abrieron tras las máscaras; nadie pudo ocultar el asombro. Para ellos, la inmersión acababa de alcanzar un nivel nuevo.
Justo entonces, una voz familiar resonó al fondo del pasillo.
—¿Nadia? ¿Estás aquí? ¡Menuda odisea!
Mateo apareció por detrás del grupo, con la ropa de superviviente aún más rasgada que antes, el rostro sucio y una expresión de agotamiento. Su mirada recorrió a los clientes estupefactos, luego la habitación, y finalmente se posó en Nadia, desnuda, y en el hombre que seguía a su lado.
La escena lo golpeó como un rayo. La confusión le duró apenas un segundo. Después, una sonrisa lenta se extendió por sus labios y acabó convertida en una carcajada sonora que rebotó por las ruinas.
—¡Joder, Nadia! ¡Te has tomado al pie de la letra lo de la inmersión! —Mateo empezó a aplaudir, un aplauso lento y rítmico que rompió el silencio de los demás. Sus ojos brillaban con una mezcla de celos, orgullo y excitación.
Nadia sonrió, satisfecha y traviesa.
Él se acercó, ignorando al resto, y miró primero al hombre y después a ella.
—Bueno, bueno… veo que te has adaptado de maravilla, mi pequeña superviviente.
Se giró hacia el grupo con una mirada desafiante pero divertida y empezó a desabrocharse el pantalón.
—Ahora… —dijo— me toca a mí ser un superviviente.