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Relatos Ardientes

Mi novia me contó lo que pasó en su clase de yoga

Esta historia no la viví yo, pero la cuento con todo el detalle que me dio Vera la noche que volvió de su primera clase. Me la susurró al oído mientras su mano se movía despacio entre mis piernas, y juro que cada palabra suya me calentaba tanto como a ella le había pasado horas antes. Así que la cuento tal cual me la regaló.

Vera es arquitecta y vive atrapada entre planos, entregas y una cabeza que nunca se apaga. Es menuda, de poco más de metro y medio, delgada pero firme, con unos pechos pequeños y respingones que se le endurecen con el menor roce, y un trasero terso que se le marca bajo cualquier tela. Tiene la piel canela, el pelo oscuro y liso hasta los hombros, y unos ojos castaños que destellan cuando se le mete una idea entre ceja y ceja.

Lo nuestro es una relación abierta desde hace tiempo, y ella en la cama es una fuerza que no se frena. Cuando se enciende, no hay quién la pare: le gusta lo intenso, lo descarado, y entre los dos hemos explorado más de lo que mucha gente se atreve a imaginar. Pero esa temporada andaba buscando otra cosa, algo que le conectara el cuerpo con la cabeza, y se le ocurrió probar yoga.

Buscando por internet dio con Adrián, un instructor cuyas reseñas lo describían como «intenso» y «transformador». En las fotos del perfil se veía a un tipo alto, de piel bronceada, con un cuerpo trabajado por años de práctica y una sonrisa que, me confesó, le dio curiosidad antes incluso de empezar. Con ese instinto suyo para meterse en líos, reservó clases privadas en su estudio, un loft despejado en pleno centro.

***

El sitio era un refugio: una colchoneta en el suelo, incienso ardiendo en una esquina, música suave y unos ventanales enormes que dejaban entrar la luz del atardecer. Todo teñido de naranjas y dorados, me dijo, como si el lugar también supiera lo que iba a pasar.

Llegó puntual a las siete. Llevaba un top deportivo negro que le abrazaba el pecho y unos leggings grises que le dibujaban cada curva. Se había recogido el pelo en una coleta alta que le dejaba el cuello al descubierto, y los ojos le brillaban de anticipación. Estaba nerviosa, me dijo, pero de ese nerviosismo que da gusto.

Adrián abrió la puerta con una sonrisa cálida que chocaba con su tamaño. Casi metro noventa de músculo, brazos esculpidos y un torso que se adivinaba bajo una camiseta blanca ajustada. Pero lo que le robó la atención de inmediato fueron los shorts grises, tan ceñidos que marcaban un bulto que prometía demasiado. Mientras lo seguía hacia dentro, los ojos se le fueron solos hacia abajo y sintió un calor subiéndole por el pecho.

Mantén la compostura, se repitió, mordiéndose el labio. Pero la cabeza ya se le había ido a otra parte.

—Inhala profundo, exhala lento —dijo Adrián, con una voz grave que parecía hecha para ese cuarto.

Ella obedecía, aunque la atención se le escapaba cada vez que él se movía. Empezaron con respiraciones guiadas, luego el perro boca abajo, después el guerrero. La clase avanzaba, pero el aire entre los dos se iba poniendo denso, casi pegajoso.

***

En la postura de la paloma, con las caderas abiertas y el torso inclinado hacia delante, Adrián se arrodilló frente a ella para corregirle la alineación. Los shorts, tensos por el movimiento, dejaban ver una silueta que la hizo tragar saliva. Nunca había visto algo así, me contó, y la curiosidad se le mezcló con un deseo que apenas conseguía disimular.

—Relaja las caderas, déjate llevar —murmuró él.

Sus ojos se encontraron, y ella notó un brillo que iba mucho más allá de lo profesional.

—¿Todo bien, Vera? —preguntó, casi en un susurro.

Ella asintió, pero la mirada se le volvió a ir hacia abajo, y esta vez ni se molestó en esconderlo. Adrián no se apartó. Al contrario: se acercó un poco más, y las manos que le ajustaban los muslos se quedaron un segundo de más sobre la piel.

A partir de ahí, cada corrección fue una excusa para tocarla. Los dedos se le deslizaban por la espalda, por la cintura, por el borde del trasero. En un estiramiento profundo, él se colocó detrás de ella y Vera sintió algo firme rozándole el muslo. Giró la cabeza y se cruzaron las miradas sin reservas.

—¿Quieres seguir con el yoga —preguntó él, directo— o prefieres algo más?

Vera no contestó con palabras.

***

Se giró hacia él y le puso las manos en el pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camiseta húmeda de sudor. Despacio, con esa decisión suya que tan bien conozco, deslizó una mano hacia abajo hasta rozar el borde de los shorts. La respuesta de Adrián fue inmediata: un gemido ronco se le escapó de la garganta y los ojos se le oscurecieron.

Ella tiró de la cintura de la prenda y lo que vio la dejó sin aire. Era, me dijo riéndose y todavía colorada, lo más grande que había tenido entre las manos en su vida, y mira que ella tiene con qué comparar.

—Madre mía —soltó, con la voz tomada—. Esto es una barbaridad.

Adrián sonrió, seguro de sí mismo.

—Vas a sentir cada centímetro. Prepárate.

Lo que vino después fue puro deseo en bruto, justo como a ella le gusta. La levantó sin esfuerzo, las manos firmes bajo sus muslos, y la llevó contra la pared del estudio. Los leggings cayeron al suelo de un tirón, dejándola expuesta y ya empapada de pura anticipación. Vera le enroscó las piernas en la cintura y los pechos se le aplastaron contra ese torso ancho.

Cuando la penetró por primera vez, soltó un grito que retumbó en todo el loft.

—Me estás partiendo —jadeó, clavándole las uñas en los hombros.

Cada embestida era profunda, medida, y ella sentía que la abrían de un modo nuevo. Adrián marcaba un ritmo implacable, las caderas chocando contra las suyas con una fuerza que la hacía perder el hilo de todo.

—Te gusta, ¿verdad? —gruñó él, mordiéndole el cuello.

—Sí. Dámela toda —respondió ella, sin un gramo de pudor.

***

Cambiaron de sitio, hacia la colchoneta del centro. Adrián la puso a cuatro patas, una versión retorcida del perro boca abajo con un propósito muy distinto. Desde atrás la tomó con una intensidad feroz, sujetándole el trasero mientras empujaba sin tregua. Vera sentía cómo la estiraba con cada golpe, una fricción que la llevaba al borde una y otra vez.

—Más fuerte —pidió, arqueando la espalda y echando las caderas hacia atrás para buscarlo.

Él aceleró, la respiración pesada confundiéndose con los gemidos de ella. El cuerpo sudado, los músculos tensos, todo en él la arrastraba al momento sin dejarle pensar. El sonido de los dos cuerpos chocando llenaba el estudio y tapaba la música suave que seguía sonando de fondo, como si nada de eso estuviera pasando.

Pero Vera, insaciable como es, terminó tomando el control. Lo empujó con suavidad para que se tumbara y se subió encima, las rodillas a ambos lados de sus caderas. Desde ahí podía sentir cada detalle mientras lo montaba, marcando ella el ritmo, bajando despacio para luego acelerar hasta hacerlo gruñir.

—Qué grande eres —gimió—. Me llenas entero.

Adrián le arrancó el top de un tirón y le atrapó los pezones entre los dedos.

—Cabálgame —le ordenó, las manos firmes en su trasero, ayudándola a bajar más hondo.

Ella obedeció, el pelo oscuro pegado a la piel canela por el sudor, los ojos cerrados. Movía las caderas en círculos que lo iban llevando al límite, disfrutando de tener el mando.

***

Volvieron a cambiar, esta vez con Vera tumbada de lado, una pierna en alto mientras él se acomodaba entre sus muslos. Esa postura le permitió entrar todavía más profundo, y ella temblaba con cada empuje, sorprendida del ángulo nuevo.

—Me estás matando —murmuró, arañando la colchoneta.

Él la besaba y le mordía el cuello mientras seguía sin piedad.

—Dime cuánto te gusta —gruñó.

—Me encanta. No pares —contestó ella, y la frase se le rompió en un jadeo.

El suelo parecía vibrar bajo los dos. El incienso, olvidado. El estudio entero convertido en un escenario de gemidos y respiraciones rotas, lejísimos de la calma que prometía la fachada del lugar.

El final llegó como una tormenta. Vera arqueó la espalda, el cuerpo menudo temblando de arriba abajo mientras el orgasmo la recorría entero.

—Ya voy, no pares —gritó, la voz quebrándose contra el techo del loft.

Adrián la siguió segundos después, con un gemido grave, vaciándose mientras los dos se desplomaban sobre la colchoneta, sudados y sin aliento. Se quedaron ahí, enredados, mientras la música ambiental seguía sonando como una broma de mal gusto. El aire olía a incienso y a sexo, y la última luz del atardecer les pintaba la piel de dorado.

***

Cuando por fin se separaron, él le dedicó una sonrisa traviesa.

—¿Seguimos con el yoga la semana que viene?

Ella se rio, todavía jadeando, con el pelo hecho un desastre.

—Solo si vuelves a ponerte esos shorts —contestó, guiñándole un ojo mientras se levantaba—. Eres, de lejos, el mejor profesor que he tenido.

Esa fue la historia que me contó esa noche, con la boca pegada a mi oído y la mano sin parar quieta. Y cuando terminó de contármela, ninguno de los dos teníamos ganas de dormir. Le pregunté, medio en broma, si pensaba apuntarse de verdad a más clases. Me miró con esos ojos castaños encendidos y me dijo que el yoga, después de todo, le había sentado de maravilla. No pude estar más de acuerdo.

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Comentarios (6)

CarlosV_ok

Increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!

Romi_GBA

Se siente tan real que no sabes si envidiar al instructor o al novio jajaja. Muy bueno.

VeroMdq

Me recordo a algo que vivi hace años... hay algo en ese ambiente que baja las defensas. Lo contaste muy bien, sin exagerar, que es lo mas dificil de lograr.

PabloC_MZA

Segunda parte por favor!! Me quede con ganas de saber mas

Anahi_77

Cuanto valor tuvo ella para contarlo... y cuanto el para escucharlo. Muy bien llevado el relato.

Diego_OK

El instructor sabia exactamente lo que hacia. Esas correcciones no eran casualidad jaja

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