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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi mejor amigo en aquella cabaña de pesca

Voy a contarles algo que viví hace bastante tiempo, cuando todavía pensaba que me conocía bien y que sabía exactamente lo que me gustaba.

Andaba por los treinta. Estaba casado, tenía un trabajo estable y esa rutina cómoda que algunos llaman felicidad y otros, simplemente costumbre. De los amigos del colegio me quedaban dos o tres, los que sobreviven a las mudanzas, los hijos y los matrimonios. El más cercano de todos era Mariano. Nos conocíamos desde los dieciséis, cuando perseguíamos a las mismas chicas en la rambla y nos prestábamos cigarrillos con la misma falta de elegancia.

Lo que de verdad nos unió fueron las noches de pesca. Pasábamos horas tirados en la arena, frente al mar negro, esperando un pique que muchas veces no llegaba. En esas horas sin tiempo no había temas prohibidos: hablábamos de mujeres, de fracasos, de la primera vez de cada uno, de cómo nos masturbábamos cuando éramos pendejos. Entre nosotros no quedaban secretos. O eso creía yo.

Un feriado largo decidimos irnos lejos. Más de doscientos kilómetros al norte, a una costa brava donde decían que el pique era brutal. Alquilamos una cabaña diminuta de madera, una de seis o siete iguales que se levantaban frente al mar y se llenaban en verano. Tenía dos camas de una plaza, un baño minúsculo, una ducha que escupía agua tibia y una cocina pegada al living donde hubiéramos podido freír pescado si la suerte acompañaba.

Había también un televisor viejo de catorce pulgadas y, en la única pieza con mesa, una videocasetera negra cubierta de polvo. Antes de salir habíamos pasado por una videoteca de barrio y nos habíamos llevado una docena de películas. Algunas de acción, otras de las que entonces llamábamos «para adultos», compradas con una sonrisa cómplice del tipo del mostrador.

El clima nos hizo trizas el plan. Tres días pudimos pescar de verdad. El resto fue viento, lluvia y un cielo bajo que parecía empujarnos hacia adentro de la cabaña. Tirábamos el plomo y el plomo volvía a los cuarenta metros, arrastrado por la corriente. Nos resignamos a las charlas, al mate, a la cerveza con asado bajo el techito y a las películas alquiladas.

El segundo día fue el peor. Viento que sacudía las paredes de madera, frío que se metía por las hendijas y nosotros dos tirados en las camas, con la estufa a leña encendida, eligiendo qué casete poner. Mariano sacó uno de la caja y se rió.

—Este me lo recomendaron especialmente —dijo, agitándolo en el aire.

La carátula estaba mojada, como si la caja hubiera dormido al aire libre. Lo cargamos igual. Resultó ser una de esas películas que parecían un menú degustación: setenta minutos en los que aparecía todo lo imaginable, escenas lésbicas, parejas heterosexuales, dos chicas con una travesti, dos tipos en una sauna, una rubia mayor que les daba clases particulares a dos jóvenes. Un compendio, casi un manual.

—Por las dudas trajeron de todo, ¿eh? —comenté.

—Para no aburrirse —contestó él, encogiéndose de hombros.

A los quince minutos teníamos los dos la misma situación bajo el pantalón. Era imposible disimular y, francamente, no había a quién disimularle. Sin decir una palabra, casi al mismo tiempo, nos las sacamos fuera de la ropa y empezamos a masturbarnos cada uno en su cama, mirando la pantalla. De reojo nos espiábamos. Comentábamos cualquier cosa para fingir que aquello era normal.

—Mirá la cara que pone —decía él.

—Está actuando, pero actúa bien —respondía yo.

Acabamos casi en silencio, casi al mismo tiempo, los dos jadeando bajito. Yo miré el techo y traté de no pensar en lo recién ocurrido. Detuvimos la película, lavamos las manos, cebamos unos mates, hablamos del noticiero local que pasaba la misma nota tres veces al día. Salimos a caminar a pesar del frío. El mar seguía revuelto, como si supiera algo.

De vuelta en la cabaña, después de un guiso liviano y de fumarnos un par de cigarrillos en el porche, retomamos la película. La detuvimos donde la habíamos pausado y, sin acordarlo, los dos terminamos en calzoncillos. La estufa a leña pedía a gritos que la apagaran y nosotros, en cambio, le tirábamos otro troncho.

Apareció en pantalla la misma rubia de la tarde, mamándole la verga a un señor que parecía a punto de jubilarse de eso. Mariano se rió, después se quedó callado un buen rato.

—Che —dijo, sin mirarme—. ¿Y si me la pajeás vos a mí y yo te la pajeo a vos?

Yo no contesté. Ni sí, ni no. Hice silencio, como cuando alguien dice algo que no puede ser y uno espera que se desdiga.

—Dale —insistió—. Arrimamos las camas, nadie se va a enterar.

Tampoco contesté. Me levanté. Él se levantó. Empujamos las dos camas hasta que se juntaron en el medio del cuarto y formaron una sola. Nos acostamos uno al lado del otro, de costado, mirándonos sin mirarnos.

Cruzó la mano y me tomó la verga sin avisar. Fue un latigazo. No sé describirlo de otra manera. Una corriente fría y caliente al mismo tiempo, que me llegó hasta la nuca y me la puso dura como nunca. Yo crucé la mía y encontré la suya: parecida a la mía, un poco más corta, pero más gruesa, y húmeda en la punta.

—Qué bien se siente —murmuró, suspirando, moviendo las caderas despacio.

—Sí —dije yo, casi sin voz—. Riquísimo.

Estuvimos un buen rato así, en una postura incómoda que sin embargo no queríamos cambiar, como si moverse pudiera romper el hechizo y obligarnos a aceptar lo que estaba pasando. Después le solté la verga y giré sobre la cama, hasta quedar invertido, mis pies a la altura de su cabeza y al revés. Estiré la mano por entre sus piernas y volví a tomarle la verga, y él hizo lo mismo. A esa altura nos habíamos sacado los calzoncillos sin darnos cuenta.

Las manos subían y bajaban con un ritmo que ya no se preocupaba por nada. La película seguía sonando en el televisor, pero ninguno de los dos la miraba.

—Me voy a acabar —dijo él, arqueando la espalda.

No supe qué hacer. Mi mano siguió. Sentí en la palma la primera oleada caliente, después la segunda. Yo exploté pocos segundos después, casi sin entender de dónde venía tanto. Quedamos los dos hechos un asco, panza, manos, muslos, el cobertor que afortunadamente ya no era nuestro problema porque nos íbamos al otro día. Nos miramos un segundo y nos largamos a reír como dos pendejos.

—Nunca acabé así, te juro —me dijo, agitado.

—Yo tampoco, ni cuando andaba con Lucía, y mirá que con esa flaca terminé en cualquier lado —le contesté riendo todavía.

Pasaron cinco o diez minutos en silencio, escuchando la lluvia que volvía a golpear el techo. Después Mariano se incorporó.

—Hay que bañarse —dijo—. Quedamos como dos chanchos.

—Lástima la lechada —bromeé—. Cuántos hijos sin nacer.

Se rió, se levantó y se metió en el baño. Escuché correr el agua. Al rato me llamó. Dudé tres segundos, después fui. El baño no era para dos, pero entramos los dos. Apenas había lugar para girarse. Nos enjabonamos lentos, las manos pasaban por lugares que ya no tenían pretexto. Las vergas volvieron a ponerse duras como si no hubieran descansado nada.

Me empezó a masturbar bajo el agua, despacio. Su otra mano me tocó el culo, abierta, midiendo. Le aparté la mano con suavidad.

—Por ahí no —le dije—. Tengo un quilombo viejo de salud en esa zona.

—Está bien —contestó, y no insistió.

Quedamos solo en el toqueteo, en las vergas, en los testículos, en las caderas. Salimos de la ducha envueltos en toallas, dejamos un charco gigante en el pasillo de la cabaña y volvimos a la cama improvisada.

Nos colocamos en la misma posición que antes, esa especie de sesenta y nueve incompleto, cada uno a la altura del sexo del otro. Esta vez las pajas eran más suaves, más controladas, casi como si estuviéramos negociando algo en silencio. Y entonces él se giró un poco más y, sin previo aviso, me metió la verga en la boca.

Lo que sentí en ese momento todavía me cuesta nombrarlo. No fue solo placer. Fue sorpresa, fue vergüenza, fue una calentura nueva que no estaba en mi catálogo. Su boca trabajaba con una precisión que me dejaba al borde a cada chupada. Cuatro o cinco y yo estaba ya pidiendo internamente que parara para no terminar antes de tiempo.

Su verga estaba a centímetros de mi cara. Yo me resistía. La miraba, sentía su olor a jabón, sentía cómo latía cuando le daba la luz de la lamparita, pero algo me clavaba a la almohada. Mariano soltó la mía, se incorporó un poco y me dijo:

—Dale, chupámela. Nadie te va a juzgar acá. Te aseguro que no sabe a nada raro. Y si te gusta que te lo hagan, ¿por qué no devolvés el favor?

Dejó la frase suspendida y volvió a meterme la verga en la boca. Esta vez la chupada fue más feroz, más decidida. Como si me estuviera convenciendo con argumentos físicos.

Pasaron unos segundos eternos. Pensé: si lo que él me hace me da tanto placer, ¿qué pierdo si pruebo? Sin abrir del todo los ojos, estiré el cuello y la chupé. La cabeza primero, despacio, como si fuera un experimento. El olor a jabón, la textura tibia y limpia, la firmeza distinta a lo que esperaba. No me pareció horrible. Para ser sincero, no me pareció casi nada al principio: me pareció una sensación nueva, sin demasiado peso moral.

Empecé a entender el ritmo. Sentía la cabeza entrar y salir entre mis labios, escuchaba sus gemidos contra mi propia verga, y eso me ponía más caliente que la chupada en sí. La sensación de que él me estuviera disfrutando a mí mientras yo apenas atinaba a moverme.

—Me voy a acabar, viejo —le avisé, pensando que iba a apartar la cabeza.

No apartó nada. Apretó la mano en la base de mi verga, abarcando los testículos, y siguió chupando con una succión brutal. El primer chorro me hizo levantar el cuerpo entero. El resto vino solo. Lo dejé acabar en su boca largo rato. Largo, según yo. Después él se quedó quieto, lamiendo despacio.

Casi enseguida sentí cómo su verga golpeaba contra mi paladar. No había avisado. Tampoco hizo falta. Me sujetó la nuca con una mano firme y la verga entraba y salía mientras se acababa. Dejé pasar los chorros directo a la garganta, ayudándome con la mano para que no me ahogara, sin saber muy bien qué se supone que hace uno en ese caso. Cuando lo sentí relajarse, me dejé caer boca arriba.

Él seguía. Lamía despacio, descubría la cabeza, me agarraba los testículos con una delicadeza que no le hubiera adjudicado al Mariano de la rambla, ese que se reía fuerte y manejaba mal los autos prestados. Yo estaba al límite del agotamiento. Lo dejé hacer. Cerré los ojos y escuché el mar afuera, como un fondo musical que no pedía nada.

Nos dormimos así, sin acomodarnos demasiado. Como dos animales rendidos después de una pelea o de una caza.

***

La mañana entró por la ventana con una luz gris, esa luz que avisa que el día va a seguir feo. Sentí algo cálido y húmedo en la entrepierna antes de abrir los ojos. Era Mariano. Estaba abajo, concentrado, chupándome despacio, redescubriendo cada centímetro como si la noche no hubiera bastado.

Se dio cuenta de que había despertado. Sin decir nada, se trepó encima mío y dejó la verga, dura como un fierro, a la altura de mi cara. Esta vez no dudé. Me prendí a ella sin pensarlo más, con un hambre que me extrañó a mí mismo.

Sus manos viajaban por mis testículos, por el perineo; sus dedos rozaban el agujero del culo sin entrar, respetando lo que le había dicho la noche anterior. Abrí las piernas para que estuviera cómodo. Por momentos olvidaba dónde estaba y por momentos me acordaba demasiado bien.

Terminamos acabándonos casi al mismo tiempo. El olor a sexo, a leche, a sudor, a humedad de cabaña vieja, era denso en esa pieza pequeña donde la mañana ya iluminaba un mar inhóspito que seguía sin permitirnos pescar.

Nos quedamos un rato más en la cama, sin hablar. No hubo confesiones, no hubo «esto qué fue», no hubo planes. Nos levantamos, hicimos café, miramos por la ventana. Hablamos de la pesca como si nada, de los amigos que no habían venido, del calendario del año que entraba.

Volvimos a casa al día siguiente. Mariano y yo seguimos siendo amigos muchos años más. Nunca volvimos a hablar de aquella semana. Tampoco hizo falta. Cuando me siento en una cocina cualquiera y veo una caja de casetes vieja en algún rincón, o pruebo un mate amargo con olor a humedad, me acuerdo de la cabaña de madera, del mar bravo y de aquel señor agotado en una película que jamás debió haberse mojado.

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