Lo que pasó en el videoclub la noche del jueves
Siempre me pregunté qué fue primero, como en lo del huevo y la gallina. En mi caso no sé si llegaron antes las ganas de mi marido de imaginarme con otros hombres, o las mías de averiguar qué se sentía con algo que no cupiera en nuestra cama. Nos conocimos cuando yo tenía diecinueve años recién cumplidos y él veintiséis. Al principio todo era normal. Después, poco a poco, dejó de serlo.
Empezó con la ropa. Me pedía que usara faldas cortas, y después un poco más cortas, y después transparencias y nada de sujetador para que se me marcaran los pezones. Yo le seguía la corriente porque me divertía, y porque me gustaba el efecto que provocaba. Los hombres no son ciegos y yo no soy sorda: por la calle llegaban los piropos, las miradas largas, alguno que se pasaba de listo. Llegaba a casa y se lo contaba.
—¿La tenía grande? ¿Qué te dijo exactamente? —preguntaba él, fingiéndose enfadado mientras se le notaba todo lo contrario.
Y acabábamos en la cama follando como nunca. Esa era la mecánica. Él se calentaba con lo que otros me decían, yo me calentaba con lo calentado que se ponía él, y la rueda giraba sola.
Nos casamos y la cosa no cambió, sino que fue a más. Los fines de semana alquilaba películas en el videoclub del barrio, casi siempre del mismo tipo: maridos que miraban a sus mujeres con otros. Cuckold, lo llamaba él. Infidelidad consentida, jugada de los dos, nada de relación abierta sino el morbo concreto de exponer lo que para casi todo el mundo sería motivo de ruptura. Yo lo veía, me ponía, y no me hacía demasiadas preguntas sobre hasta dónde quería llegar él de verdad.
Hasta el jueves en que me lo dejó claro.
***
—Esta semana no puedo ir yo —me dijo a media tarde, sin levantar la vista del móvil—. Ve tú al videoclub y pregunta por Dorian. Ya hablé con él. Sabe qué buscas.
—¿Quién es Dorian?
—Un chico que trabaja allí. Dominicano. Muy majo. Tú pregunta por él.
No le di más vueltas, o me hice la que no se las daba. Me puse una falda de las que a él le gustaban, una blusa fina, y salí. Era casi la hora de cerrar cuando empujé la puerta del local. Detrás del mostrador había un chico altísimo, de metro noventa largo, piel oscura, una sonrisa que ocupaba media cara. Guapo de los que te hacen perder el hilo de lo que ibas a decir.
—Hola. ¿Tú eres Dorian?
—Soy yo. Y tú debes de ser Carla.
—¿Cómo lo sabes?
—Me llamó tu marido. Ya me contó qué tipo de película andas buscando. —Señaló una salita al fondo, separada por una cortina—. Mira en aquel apartado. Ahora cierro y te atiendo con calma.
Entré. Estuve un rato pasando carátulas sin que ninguna me dijera nada. Las conocía casi todas; eran las mismas que veíamos cada fin de semana. Salí justo cuando él echaba el cierre a la persiana y giraba el cartel a «cerrado». Las luces de la calle se apagaron del otro lado del cristal y de pronto el local se quedó solo para los dos.
—Estas son las que se lleva tu marido normalmente —dijo, metiendo un disco en el reproductor del mostrador—. Pero a mí, personalmente, me gustan otras.
Cambió de película. En la pantalla apareció una escena distinta a las nuestras: dos hombres de cuerpos enormes y una mujer en medio, y al fondo, sentado, el marido mirando sin tocar. Algo se me encendió en el estómago y bajó directo entre las piernas. Lo noté de golpe, sin aviso, como cuando subes una escalera y te falta un escalón.
—Joder —se me escapó, casi sin pensarlo—. Quién pudiera probar algo así.
Dorian no dijo nada. Me tomó la mano despacio, sin prisa, mirándome a los ojos para darme tiempo a apartarla, y la apoyó sobre su entrepierna. Lo que toqué a través del pantalón no parecía real.
—Dorian… ¿esto es de verdad?
—Compruébalo tú misma.
Se bajó el pantalón allí mismo, detrás del mostrador, y apareció la verga más grande que yo había visto en persona. No en pantalla: delante, a un palmo de mi cara.
—¿Puedo tocarla?
—Puedes tocarla, puedes chuparla y puedes intentar follarme —dijo con una calma que me ponía más que cualquier cosa—. Si eres capaz de tragarla entera, te aseguro que vas a disfrutar como nunca. Y si te preocupa tu marido, me dijo que disfrutes todo lo que quieras, con una condición: que después se lo cuentes con detalle.
***
Me arrodillé en el suelo frío del videoclub. Le tomé primero los huevos en la boca, los lamí mientras subía y bajaba la mano por el tronco. Era pesado, caliente, con la piel tirante. Subí la lengua despacio por una vena gruesa hasta la punta, ya brillante. Abrí la boca todo lo que pude y me metí la cabeza, sintiendo cómo me estiraba los labios hasta casi doler. Y me gustó que doliera un poco.
Él gruñó hondo y me sujetó el pelo con una mano enorme.
—Así, Carla. Despacio. No tienes que tragarla toda de golpe.
Lo intenté igualmente. Era imposible. Me llegaba al fondo de la garganta y todavía sobraba la mitad. Babeaba, se me caía la saliva por la barbilla, los ojos se me llenaban de lágrimas cada vez que empujaba un poco más. Él me marcaba el ritmo con cuidado, primero lento, después algo más firme, sin pasarse, atento a cuándo me ahogaba para aflojar.
Cuando ya no aguantaba las ganas, me levantó del suelo como si yo no pesara nada. Me apoyó contra el mostrador y me subió la falda. No llevaba ropa interior; mi marido me había pedido esa mañana que saliera sin nada debajo, «por si acaso», y yo le había hecho caso sin preguntar por qué.
—Estás empapada —murmuró pasándome los dedos—. Tu marido tenía razón con lo que me contó de ti.
Me separó las piernas y apoyó la punta en la entrada. Empujó despacio, milímetro a milímetro, y yo sentí cómo me abría de una forma que no conocía. No es que no hubiera tenido sexo antes; es que nada de lo anterior se parecía a aquello. Me mordí el labio para no gritar y empujé hacia atrás, buscando más, contradiciendo lo que mi propia boca estaba a punto de decir.
—Es demasiado grande —jadeé—. No voy a poder.
—Sí que puedes. Mira cómo entras tú sola.
Y era verdad. Mi cuerpo lo aceptaba a su ritmo, como si llevara tiempo esperándolo. Cuando estuvo todo dentro, se quedó quieto un segundo, dejándome respirar, y después empezó a moverse: hondo y pausado al principio, más decidido después. El mostrador temblaba, un par de carátulas cayeron al suelo y ninguno de los dos las miró.
—Más —pedí, agarrándome a la madera con las dos manos—. No pares.
Me sujetó los pechos por debajo de la blusa, jugando con los pezones mientras me embestía. Sentía cada vena rozando por dentro, la punta tocando un sitio que nunca nadie había tocado. Me corrí la primera vez antes de lo que jamás me había pasado, con un temblor que me subió por las piernas y me dejó floja contra el mostrador.
No paró ahí. Me giró, me puso de rodillas y manos sobre el suelo y volvió a entrar desde atrás, una mano en mi cadera y la otra dándome palmadas que me dejaban la piel ardiendo.
—Tu marido va a alucinar cuando se lo cuentes —dijo entre jadeos—. O mejor: la próxima vez lo traemos y lo ve en directo.
La idea me puso todavía más. Lo imaginé sentado en una silla, mirándome, sin permiso para tocarme. Me corrí otra vez, más fuerte, mordiéndome el brazo para no gritar tanto que me oyeran desde la calle.
Él aceleró, soltando frases a medias en su acento, hasta que lo sentí hincharse y terminar dentro con un gruñido largo. Se quedó un rato así, apoyado sobre mi espalda, recuperando el aire los dos a la vez.
***
Cuando salió, me ayudó a levantarme. Me dio un beso largo, tranquilo, como si nos conociéramos de siempre, y me tendió una película.
—De regalo. Para que la veáis juntos.
Llegué a casa con las piernas temblando y una sensación rara de calma y de escándalo a la vez. Mi marido me esperaba en el sofá, incapaz de disimular las ganas.
—¿Y bien? ¿Qué tal Dorian?
Me senté frente a él y se lo conté todo, sin saltarme un solo detalle. Cómo me había arrodillado, cómo me había costado, cómo me había abierto contra el mostrador, cuántas veces me había corrido. Mientras hablaba veía crecerle el bulto bajo el pantalón, y eso me animaba a contar más, a ponerle palabras a cosas que ni yo sabía que me habían gustado tanto.
Cuando terminé, no dijo nada. Me llevó a la cama y me folló con una rabia distinta, repitiéndome al oído preguntas que ya conocían su propia respuesta. Y yo, por primera vez del todo sincera, se la di sin maquillar.
—Sí —le dije—. Más grande. Mucho más.
***
Desde aquella noche del jueves cambió todo. Las películas que alquilaba fueron de un solo tipo. Empezó a pedirme que volviera al videoclub sola, y yo volvía con esa misma cara de haber cruzado una raya. Él me esperaba para que se lo contara, y de contarlo pasamos a algo más: encuentros que organizaba él, primero con Dorian y después con otros. Siempre hombres que prometían más de lo que yo podía con comodidad, porque ese era justo el morbo.
Él miraba. A veces ni eso; a veces solo escuchaba el relato después, que era casi lo que más le gustaba. Y yo aprendí a disfrutar de las dos cosas a la vez: de lo que pasaba en el momento y de la cara que ponía él cuando se lo describía.
¿Quién empezó? ¿Sus ganas de imaginarme con otros, o las mías de probar algo que no cabía en nuestra cama? La verdad es que a estas alturas ya no importa. Lo único que tengo claro es que aquella tarde, detrás de una persiana cerrada, los dos descubrimos qué queríamos de verdad. Y que dejamos de fingir que no lo sabíamos.
Fin. O, mejor dicho, principio.