El préstamo que terminé pagando en mi cama
Les voy a contar mi primera vez con un hombre como él, porque todavía hoy me cuesta creer hasta dónde llegué. Cuando pasó yo tenía veintinueve años y él treinta y siete. Nos conocimos en la tienda donde yo trabajaba, un local pequeño al que él empezó a venir casi todos los días desde que se mudó al barrio.
Lo llamaré Damián. Era costeño como yo, un negro alto de casi un metro noventa, con la cara amable y una sonrisa fácil. Pero lo que hacía girar la cabeza a todo el mundo era su cuerpo: ancho de hombros, los brazos marcados, la camiseta siempre a punto de romperse. Trabajaba como entrenador personal en un gimnasio cerca de la plaza.
Desde el primer día fue atento conmigo. A las pocas semanas ya me coqueteaba sin disimulo. Yo no soy una mujer despampanante, pero también soy costeña y tengo más cadera y más culo que la mayoría de las mujeres de aquí arriba, en la ciudad, y eso a él le gustaba mirarlo. Además yo estaba sola: sin hijos, sin familia cerca, sin marido.
Con mi sueldo mantenía a los míos, que se habían quedado en la costa, y pagaba mi arriendo. No me sobraba nada, pero me alcanzaba para vivir, y ya me había acostumbrado al frío de la altura. No tenía pareja, pero sí algún noviecito que me visitaba de vez en cuando para calmarme las ganas. Por eso, durante un buen tiempo, esquivé las invitaciones de Damián sin demasiado esfuerzo.
Hasta que la necesidad me empujó hacia él.
Mi papá se enfermó allá en la costa y había que mandar dinero para los médicos. Mandé todo lo que tenía y me quedé en cero, pero los gastos seguían subiendo. A fin de mes no me alcanzaba ni para el arriendo. Uno de esos días, viéndome preocupada detrás del mostrador, Damián se ofreció a prestarme. Acepté con vergüenza, pero acepté.
Para no hacer larga la historia: pasaron dos meses y todavía no le había devuelto un peso. Entonces me propuso, medio en broma medio en serio, que arregláramos la deuda «de otra forma». Al principio me ofendí y le dije que no. Pero las semanas pasaban, se acercaba otro mes sin poder pagarle, y un día simplemente acepté. Quedamos en vernos en mi casa.
***
Llegó puntual, bien vestido, con dos botellas de vino bajo el brazo. Nos sentamos en el sofá y enseguida empezó con sus coqueteos, acercándose poco a poco, hasta que nos besamos. Damián besaba bien, con una calma que me fue calentando más que cualquier prisa. Bajó por mi cuello, me apretó las tetas por encima de la ropa, me agarró el culo con las dos manos y me fue desvistiendo despacio, como si tuviéramos toda la noche.
Me recostó en el sofá y se lanzó a mis pechos. Sentí todo su peso encima, sus manos enormes abarcándome, su lengua dando vueltas alrededor de mis pezones antes de morderlos suave. Gemí como hacía mucho no gemía. Y eso que apenas estábamos empezando.
Cuando ya estaba completamente desnuda, él se levantó y empezó a quitarse la ropa frente a mí. Yo lo miraba desde abajo, viendo aparecer ese cuerpo de gimnasio que tanto presumía. Pero lo que me dejó la boca abierta fue su verga. Nunca había estado con un hombre así, y al verla tan grande y tan gruesa supe, antes de tocarla, que me iba a costar.
Se acostó encima de mí, me dio un beso largo y después me levantó suave de la nuca para pedirme que se la chupara.
De cerca era todavía más impresionante. Cuando la agarré con las dos manos, que las tengo pequeñas, la cabeza seguía sobresaliendo por arriba. Estaba durísima, con las venas marcadas y un olor espeso que me mareó. Le pasé la lengua por el glande y él dio un respingo entre risas. El sabor me gustó tanto que me la metí en la boca, aunque por el grosor solo me entraba la cabeza y unos pocos centímetros más.
Seguí, pero la longitud me intimidaba, y creo que él se dio cuenta. Entonces hizo algo que ninguno de mis amantes hacía nunca: me levantó y me plantó un beso con lengua sin importarle de dónde venía mi boca. Ninguno de los anteriores me besaba después de chupárselos, siempre con la excusa del «sabor». Ese beso me prendió todavía más.
Después me solté del todo. Se la mamé de todas las maneras que se me ocurrieron: le lamí el glande, lo masturbé con la mano mientras le besaba el tronco, le chupé las bolas una por una, le pasé la lengua de arriba abajo hasta dejarla brillante. Él jadeaba, me tenía agarrada del pelo y soltaba alguna palabra entrecortada. No me considero ninguna experta, pero esa noche, con semejante hombre encima, me dejé llevar como nunca.
***
En un momento me levantó y me acomodó al revés sobre su pecho, en sesenta y nueve. Yo seguía con su verga en la boca cuando sentí el primer lengüetazo, una sola lamida larga que me recorrió entera y me hizo saltar. Después se concentró ahí abajo y me chupó sin prisa.
Damián sabía lo que hacía. Me lamió por dentro, me succionó los labios, me jugó con el clítoris hasta que se me cerraron las piernas solas del puro placer. Él me las volvió a abrir con fuerza y siguió. Me olvidé por completo de su verga. Solo existía su lengua, tocando lugares que nadie había tocado antes, sacándome cosquilleos y temblores, llevándome al borde sin que él me penetrara todavía.
Entonces me giró, me dejó en cuatro y empezó a lamerme también por detrás mientras me daba palmadas. Era la primera vez que me hacían eso. Al principio se sintió raro, pero cuando le sumó pequeños mordiscos en las nalgas me empezó a gustar de verdad. Duró poco: se levantó, buscó en su pantalón, sacó un preservativo y se lo puso. Nunca me había parecido tan excitante ver a un hombre ponerse uno; su verga quedó tan apretada dentro del látex que parecía aún más gruesa.
Se acomodó detrás de mí y empezó a entrar. Cada centímetro me dolía más que el anterior. Llegó un punto en que el dolor fue tan fuerte que me dejé caer y se la saqué.
—Me duele mucho —le dije.
—Tranquila —contestó, girándome con cuidado—. Así no.
Me puso boca arriba, me besó y empezó a entrar de nuevo, esta vez muy despacio, ayudándose con saliva. En esa posición podía verle el cuerpo entero empujando, y para mi sorpresa así no dolía igual: cada centímetro era un hormigueo que me iba envolviendo.
Sentir y ver cómo entraba me tenía hipnotizada. Llegó a una profundidad a la que nunca había llegado nadie y, aun así, le faltaba. Empujó y empujó hasta meter el último tramo, y sentí sus bolas pegadas contra mí. Con todo adentro empezó a moverse lento. La presión era tanta que por momentos sentía que me iba a orinar, pero aguanté. No mucho, la verdad, porque enseguida arreció el ritmo y volvió a dolerme.
Al verme quejarme se detuvo, salió, se agachó y escupió varias veces. Cuando volvió a entrar todo resbalaba, y ya no había molestia, solo placer. Ahora sí entraba hasta el fondo sin que yo me quejara.
***
Damián manejaba los tiempos como pocos. Sabía cuándo darme fuerte y cuándo ir lento, y me tenía al borde de la cabeza. Cada embestida la sentía más adentro, cosas que nunca había sentido. Y lo que más me gustó fue cuando se acostó sobre mí sin dejar de moverse y me besaba mientras yo me aferraba a su cuello y a su espalda ancha.
Cuando ya estábamos completamente entregados, me dobló una pierna hacia un lado para abrirme más y me siguió penetrando mientras me daba palmadas en el culo. Sus manos eran tan grandes que me dejaban la piel ardiendo, y con la verga dentro era un golpe de placer extra que me llevaba al límite.
Él tampoco se quedaba callado. Mientras yo gemía, él jadeaba y soltaba frases roncas: «qué apretada estás», «qué rico esto», «te gusta, ¿verdad?». Y a mí esas palabras me encendían todavía más. Su voz, grave pero temblorosa porque no paraba de moverse, me decía que él lo estaba disfrutando tanto como yo.
Lo mejor llegó al final. Empezó a moverse cada vez más rápido, gruñendo, hasta que me giró boca arriba, salió de golpe y se quitó el preservativo. Se corrió encima de mí, cubriéndome casi hasta la cintura.
Después, entre risas nerviosas, me dijo que estaba muy estrecha, como si temiera que yo pensara que había durado poco. Era todo lo contrario: ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado, pero estaba tan exprimida y tan satisfecha que no me quedaban fuerzas para nada.
Fue a buscar papel para limpiarme y nos quedamos un rato acostados, hasta que me propuso bañarnos juntos. Acepté. Me levanté con un dolor profundo de tanta cogida, pero igual lo seguí al baño. Ahí, bajo el agua, él ya tenía la verga floja; igual de grande, pero con otra cara. Entre caricias se la fui tocando y nos besamos, y sentí cómo crecía despacio en mi mano. Lo masturbé un poco y me agaché a chupársela unos segundos.
Tenía toda la intención de cogerme otra vez ahí mismo, pero la tenía tan sensible que hasta orinar le resultaba raro. Le dije que mejor lo dejábamos para la próxima y solo nos bañamos. Cuando se vistió para irse, se despidió con un beso y me soltó, medio en broma, que si necesitaba otro préstamo se lo pidiera sin pena, que ya sabía cómo pagárselo.
***
Desde ese día Damián se convirtió en mi amante. Me ayudaba con plata, sí, pero sobre todo disfrutaba de cómo me cogía. Con él me corrí por primera vez en mi vida. Me quedé tan enviciada que en alguna ocasión hasta me dejé coger sin condón, gritando más que nunca.
Pero nada dura para siempre. Dejamos de vernos cuando descubrí que tenía hijos en la costa y que nunca se había separado de la madre de ellos. Me enteré porque la mujer misma me escribió a reclamarme. Damián, todo este tiempo, había sido el infiel, y yo, sin saberlo, la otra.
La última vez que estuvimos juntos fue unos cuatro meses después de aquella primera noche. Como ya había decidido que sería el cierre, lo hicimos tres veces en la misma madrugada. Quedé deshecha. Después casi rompo mi promesa, porque las ganas volvían y él insistía con sus mensajes, pero me aguanté y no le respondí.
Con el tiempo se fue del barrio; consiguió otro trabajo en otra ciudad. Todavía lo tengo agregado en alguna red, pero nunca volví a escribirle. A veces, cuando nadie me ve, me pregunto qué habría pasado si esa noche le hubiera dicho que no al préstamo. Y la verdad, prefiero no saberlo.