Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que hice en las cabinas del cine para adultos

Llevaba meses obsesionada con la misma idea. No me la podía sacar de la cabeza: quería entrar en uno de esos cines para adultos del centro, los que tienen cabinas privadas con las paredes agujereadas a la altura justa. Pollas anónimas asomando como regalos que no se piden. Pero yo no buscaba el anonimato total. Quería algo más extremo.

Quería entrar con Bruno e Iván, mis dos amantes, y dejar que un puñado de extraños participaran mientras ellos dos me tenían a su merced. Esa era la fantasía. Esa noche dejó de serlo.

Lo había hablado con ellos durante semanas, siempre a medias, siempre entre risas, como si fuera un juego que nunca íbamos a cumplir. Pero cada vez que lo mencionaba se me aceleraba el pulso, y ellos lo notaban. Notaban cómo cambiaba mi voz, cómo cruzaba las piernas debajo de la mesa. Hasta que una noche Bruno dejó la copa en la mesa, me miró fijo y dijo que el sábado lo hacíamos. Sin preguntas. Y yo asentí antes de pensarlo.

Pasé los días siguientes en una especie de fiebre. Me costaba dormir. Me sorprendía a mí misma fantaseando en el trabajo, apretando los muslos en el coche, contando las horas. Sabía que estaba mal, sabía lo que diría cualquiera que me conociera. Y precisamente por eso lo deseaba con más fuerza.

Bajé las escaleras de aquel sótano cutre con el corazón latiéndome en la garganta y el coño ya empapado solo de imaginar lo que iba a hacer. Bruno e Iván caminaban a mis lados, sus cuerpos grandes rozándome a cada paso, sus manos posesivas en mi cintura y en mi culo. Llevaba un top corto que apenas me tapaba las tetas, los pezones marcándose duros contra la tela. La minifalda era tan corta que cada zancada me recordaba que iba sin bragas.

El olor me golpeó nada más pisar el último escalón. Sudor viejo, humedad, deseo rancio. En lugar de darme asco, me puso todavía más mojada. La pantalla del fondo proyectaba porno a todo volumen, gemidos rebotando contra las paredes pegajosas.

Había algunas siluetas dispersas entre las butacas, hombres solos que no apartaban la vista de mí en cuanto crucé la sala. Sentí todas esas miradas recorriéndome las piernas desnudas, el escote, y en lugar de encogerme me erguí más. Que miraran. Para eso había venido. Caminé entre ellos del brazo de mis dos amantes como si fuera la dueña del lugar.

Elegimos la cabina más grande, la del rincón. Tenía tres agujeros perfectos en la pared. Cerramos la puerta, pero la dejamos entreabierta a propósito.

Quiero que oigan. Quiero que sepan que aquí dentro está pasando algo.

Apenas entramos, Bruno me empujó contra la pared sucia. Me subió la falda despacio, con esa lentitud que sabe que me desespera, y me abrió las piernas con la rodilla.

—Mira cómo chorreas ya, Carla —me dijo al oído.

Me metió dos dedos gordos y los curvó directo, sin buscar, como si conociera el camino de memoria. Gemí fuerte, mordiéndome el labio. Detrás de mí, Iván me bajó el top de un tirón y me agarró las tetas, pellizcándome los pezones hasta que el dolor se volvió otra cosa.

Me trabajaron entre los dos. Bruno se arrodilló y empezó a comerme el coño como si llevara días sin probar nada, la lengua entrando y saliendo, la boca cerrándose sobre el clítoris. Iván me mordía el cuello y me metía los dedos en la boca para que se los chupara. Yo no sabía dónde mirar, qué sentir primero.

Entonces asomaron las primeras pollas por los agujeros de la pared.

Una a la izquierda, gruesa. Otra a la derecha, más larga y fina. Las cogí con las manos, una en cada palma, y empecé a pajearlas despacio, sintiendo cómo se ponían duras y calientes contra mi piel, cómo goteaban sobre mis dedos. No les veía la cara. No me hacía falta.

Bruno se levantó, se bajó los pantalones y me puso de rodillas en aquel suelo pringoso. Me agarró del pelo y me folló la garganta poco a poco, centímetro a centímetro, hasta que sentí que no me cabía más. Las lágrimas se me escaparon solas, la saliva me chorreaba por la barbilla y caía sobre mis tetas. Y yo, mientras tanto, no paraba de masturbar a los dos desconocidos.

—Esta es nuestra puta —dijo Iván, colocándose detrás de mí—. ¿Verdad que sí?

—Sí —contesté como pude, con la boca llena.

***

Iván me untó el culo con mi propia humedad y me penetró despacio, abriéndose paso. Ay, Dios, ese estiramiento. Ese ardor que tarda dos segundos en volverse placer puro cuando empieza a moverse. Me quedé un instante quieta, sin respirar, hasta que mi cuerpo cedió y lo aceptó entero.

Ahí estaba yo. Bruno follándome la garganta por delante, Iván taladrándome el culo por detrás, y mis dos manos ordeñando a unos extraños que no sabían ni mi nombre. El primer orgasmo me reventó así, sin aviso. Me corrí a chorros, empapando el suelo, salpicando las paredes, temblando entre los dos.

Los anónimos no aguantaron mucho más. Sentí los primeros chorros volando por los agujeros, cayéndome en la cara, en el pelo, en el cuello. Tragué lo que pude. El sabor salado y espeso me llenó la boca y, lejos de cortarme, me encendió todavía más.

Me levantaron del suelo. Bruno se sentó en la butaca de la cabina y me hizo bajar despacio sobre él. Sentí cada vena rozándome por dentro, la presión subiendo hasta el fondo. Gemí como una loca, agarrándome a sus hombros, moviéndome sobre él en círculos lentos.

Iván volvió a colocarse detrás. Me abrió el culo otra vez y entró. Doble penetración completa. Los dos dentro de mí a la vez, frotándose entre ellos a través de mi cuerpo, cada movimiento una descarga que me subía por la columna. No podía ni hablar. Solo gemir y respirar a sacudidas.

Me incliné hacia los agujeros y chupé todo lo que asomaba. De pronto salió una polla enorme por uno de ellos, más grande que las anteriores. La tragué hasta el fondo, comparándola en mi cabeza con los dos que me llenaban, sintiéndome la reina sucia de aquel cuartucho.

Por la rendija de la puerta veía moverse sombras. Se habían acercado. Sabían lo que ocurría dentro y querían su turno, esperando a que un agujero quedara libre para colar la suya. Esa idea, la de ser deseada por gente que no veía la cara, me llevó al borde otra vez.

—Diles que estás disfrutando —me ordenó Bruno, embistiendo desde abajo—. Que te oigan.

Y gemí. Gemí sin guardarme nada, alto, para que cada hombre de aquel sótano supiera exactamente lo que me estaban haciendo. Mis gemidos rebotaban contra las paredes y se mezclaban con los de la pantalla, hasta que ya no sabía cuáles eran míos.

***

Perdí la cuenta de los orgasmos. Venían uno detrás de otro, en oleadas, cada uno más largo que el anterior. Me corría y volvía a empezar antes de bajar del todo, los muslos temblándome, las rodillas sin fuerza. Los desconocidos no paraban de correrse contra mí, la leche caliente pegándoseme a la piel, chorreándome por todas partes, cubriéndome como una marca que no se borra.

El final fue lento y brutal a la vez. Bruno e Iván aceleraron a la vez, gruñendo, sudando encima de mí, sus respiraciones rotas contra mi nuca. Sentí cómo los dos se hinchaban al mismo tiempo.

Bruno explotó dentro de mí, chorro tras chorro espeso y caliente, llenándome hasta que noté la presión rebosando y resbalando por mis muslos. Iván se corrió en mi culo medio segundo después, su leche mezclándose con todo lo demás. Y, como si lo hubieran ensayado, los agujeros de la pared estallaron casi al unísono. Corridas desde todos lados, cayéndome encima, pegándose a mi cara, a mis tetas, a mi espalda.

Tragué lo que llegó a mi boca. Me cubrí con el resto. Me bañé en ello sin un gramo de vergüenza.

Me dejaron allí, temblando, abierta, chorreando por todas partes, el cuerpo pegajoso de semen seco y fresco. Olía a sexo puro, a sótano, a noche. Tardé un buen rato en poder ponerme de pie.

Bruno me apartó el pelo de la cara con una ternura que no encajaba con lo que acababa de pasar, y me dio un beso lento en la frente. Iván me ayudó a recolocarme el top y la falda, aunque de poco servían ya. Los dos me miraban con una mezcla de orgullo y deseo, como si yo fuera lo mejor que les había pasado en la vida. Y en ese momento, hecha un desastre y sin fuerzas, me sentí más poderosa que nunca.

***

Salí de la cabina tambaleándome, el top torcido y la falda pegada a la piel como una segunda capa húmeda. Las piernas me fallaban. El coño y el culo me palpitaban a cada paso por las escaleras. Subí a la calle con el aire frío de la madrugada golpeándome la cara y una sonrisa que no me cabía en el cuerpo.

Llegué a casa hecha un desastre absoluto. Y ahí estaba lo mejor de todo, lo que convierte esta confesión en lo que es: mi marido me esperaba despierto.

No me preguntó nada. Solo me miró de arriba abajo, me llevó a la cama y me lamió cada gota mientras yo le contaba todo con detalle. Cómo entré. Lo que sentí. Cada polla, cada orgasmo, cada chorro. Y mientras se lo narraba, volví a gemir, otra vez encendida, reviviéndolo palabra por palabra.

—Cuéntame otra vez lo del último —me pidió contra mi piel.

Y se lo conté. Las veces que hiciera falta.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (4)

ViajeroSolo

Que relato tan fuera de serie. Se nota que es real, esos detalles no se inventan. Felicitaciones!!

Mati_ok

esto si que es una confesion sin filtros, me encanto!!! mas historias asi por favor

CarlosRV

Me dejo sin palabras. Hay mucho valor en animarse a contar algo tan intimo. Esperando el proximo relato con ganas.

LectorFurtivo9

La tension del arranque esta perfectamente lograda. Nunca habia pensado en ese tipo de lugares pero ahora los veo con otros ojos jaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.