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Relatos Ardientes

El vendedor que tocó mi puerta esa tarde de verano

Tengo treinta y ocho años y, hasta aquella tarde, habría jurado que ya sabía todo lo que había que saber sobre mi propio cuerpo. Mi vida sexual había sido lo que la gente llama «normal»: hombres correctos, encuentros tibios, nada que mereciera recordarse al día siguiente. Llevaba años convencida de que el deseo, ese de verdad, era cosa de las novelas. Y entonces tocaron el timbre.

Era pleno julio. El termómetro del recibidor marcaba treinta y cuatro grados y la humedad pegajosa de la costa me tenía de mal humor desde el mediodía. Abrí la puerta esperando a una vecina, a un cartero, a cualquiera. Lo que encontré fue a un hombre alto, de piel oscura y sonrisa tranquila, con una carpeta bajo el brazo y la camisa abierta en el primer botón.

—Buenas tardes, señora. Me llamo Dembo. ¿Tiene un seguro contratado para su televisor?

Me reí casi sin querer. Un seguro para el televisor, en pleno verano, con aquel calor. Le dije que no, que jamás había oído algo semejante.

—Pues por eso mismo vengo —insistió él, sin perder la calma—. ¿Cuántos años tiene su aparato?

—Siete u ocho, supongo.

—Entonces es el momento ideal. No tardará en estropearse, y un seguro ahora le saldría regalado.

No me interesaba el seguro. Me interesaba, eso sí, la forma en que hablaba, sin prisa, mirándome a los ojos como si tuviéramos toda la tarde por delante. Cuando me pidió un vaso de agua porque llevaba toda la mañana caminando bajo el sol, no encontré ninguna razón para negarme.

—Pase —dije, y la palabra me salió más suave de lo que pretendía.

Lo dejé en la cocina y fui a buscar un vaso limpio. El problema era que mi hijo tenía la costumbre de guardar la vajilla en la estantería de arriba, esa a la que yo no llegaba. Arrastré una silla, me subí con cuidado y estiré el brazo. Llevaba una falda vaquera corta y una camiseta de tirantes, lo justo para sobrevivir al calor.

Y entonces se me fue el pie.

El mundo se inclinó hacia atrás y, antes de que pudiera gritar, dos manos firmes me sujetaron por la cintura. Dembo me bajó despacio, casi con dulzura, deslizándome contra su cuerpo hasta dejarme de pie en el suelo. En ese descenso, mi trasero pasó rozando su entrepierna, y noté algo que me hizo contener la respiración.

—Gracias —murmuré, sin atreverme a girarme del todo.

No puede ser lo que creo que es.

—¿Qué llevas ahí abajo? —pregunté al fin, mitad asustada, mitad fascinada.

Él no se inmutó. Me dijo, con esa misma voz pausada, que yo era una mujer muy guapa, que cualquier hombre haría locuras por estar conmigo. Le pregunté si de verdad lo creía.

—Solo tienes que ver cómo me has puesto —respondió.

***

Se bajó el pantalón corto sin dramatismo, como quien enseña una herramienta de trabajo. Lo que apareció me dejó la boca seca. Era grande, mucho más de lo que había visto nunca, de un negro profundo y con un peso que se adivinaba solo de mirarlo. Calculé mentalmente y me asusté de mis propios números.

—Eso no me cabe —dije, retrocediendo un paso—. Súbete el pantalón. Ese monstruo no entra en mi cuerpo.

—Sí que entra —contestó, sin un gramo de prepotencia—. Es más, vas a pedírmelo tú misma. Solo tienes que acostumbrarte poco a poco. Tómala con la mano. Acostúmbrate a su tamaño, a su peso.

Le obedecí casi sin pensarlo, y el calor de aquella cosa entre mis dedos me sorprendió tanto como su dureza.

—¿Y si la pruebas? —añadió, observándome.

—¿Estás loco? No me cabe ni en la boca.

—De momento solo lámela. Cuando la veas brillante, intenta tragar despacio. La aguantas un poco, vuelves a intentarlo, y verás cómo la saliva te ayuda.

Me arrodillé en el suelo de la cocina, todavía sin creerme lo que estaba haciendo. Empecé despacio, con la punta de la lengua, y luego intenté ir más allá. Cada intento parecía ganar un centímetro, hasta que llegué a un punto en que sentí un tope, una curva que no me dejaba avanzar. Dembo me miró desde arriba y me tendió la mano.

—Ven a la cama.

***

En el dormitorio me pidió que me tumbara boca arriba, con la cabeza colgando por el borde del colchón. Tardé un segundo en entenderlo: quería que aquella curva imposible se enderezara. Y funcionó. Al primer empujón suave, la punta llegó hasta la entrada de mi garganta sin el tope de antes.

Mientras tanto, él se humedeció los dedos en su propia boca y, alargando el brazo, me pidió que me subiera la falda hasta la cintura y me quitara la ropa interior. Sus dedos empezaron a acariciarme entre las piernas, mojados, expertos, encontrando exactamente dónde tocar.

Mi cuerpo dio una sacudida de placer. Él aprovechó ese instante de descuido para hundirse un poco más, llenándome la boca casi por completo. La retiró para que tomara aire, como quien prepara a alguien para una batalla.

—Voy a por ti —susurró.

El siguiente empujón llegó hondo, hasta el fondo de mi garganta, mientras tres de sus dedos buscaban dentro de mí un punto que yo misma desconocía. Cuando lo encontró, el orgasmo me subió de golpe, y en ese mismo segundo Dembo empujó a fondo. Lo sentí inflamarse, vibrar, y luego un latido espeso que se derramaba dentro de mi boca.

Cuando salió, lo hizo despacio, y la sensación de vacío fue tan brutal que por un instante temí que se me fueran las entrañas detrás. No fue así, claro. Lo único que ocurrió es que aquella verga salió más dura de lo que había entrado, brillante, goteando las últimas gotas, dejándome temblando y con un hueco extraño por dentro.

Le pedí que se tumbara. No iba a ser la única que disfrutara.

***

Me subí sobre su cara y le dije, sin reconocer mi propia voz:

—Demuéstrame que sabes lo que haces ahí abajo.

Separó sus labios carnosos y sacó la lengua, ancha y blanda, y yo bajé las caderas buscándola. Casi me desmayo. La movía de un modo que no había sentido jamás, alternando suavidad y firmeza, y de vez en cuando la endurecía y me la metía despacio, rozando otra vez ese punto que parecía guardar todos mis secretos.

El orgasmo me partió en dos. Le mojé la cara entera, un chorro que ni yo sabía que mi cuerpo podía dar, y él se rió debajo de mí, encantado, sin apartarse.

Pensé que ya estaba lista. Me coloqué sobre él, apunté con cuidado y empecé a descender. Y volví a chocar contra lo imposible: entraba apenas algo más de la mitad. Resbalé arriba y abajo, frotándolo contra mí, cada vez más cerca, roja del esfuerzo, hasta que se me escapaba en el último instante.

—Ven a la silla —dijo entonces.

Se sentó. Me indicó que me dejara caer apuntando al centro, dejando que mi propio peso hiciera el trabajo. Pero estábamos casi igual. Frotó otra vez con los dedos, me arrancó un nuevo orgasmo, y aprovechó ese temblor para pasarme los brazos por delante, sujetarme de los hombros y tirar hacia abajo.

Solté un grito. Por un segundo tuve la sensación de que algo se rasgaba dentro de mí. No fue así, por suerte. Lo que pasó fue que, por fin, se había abierto paso.

—Cómo aprietas —jadeó él, y se corrió de nuevo, llenándome por dentro.

Aquello, lejos de detenerlo, lo lubricó todo. Siguió empujando hacia abajo sobre mis hombros, ganando terreno milímetro a milímetro, mientras me apretaba los pechos y me mordía los pezones, duros como piedras. Cada vez que el placer amenazaba con desbordarme, él empujaba un poco más.

—Vamos —le pedí, sin reconocerme—, ya casi lo tienes.

Las gotas de sudor resbalaban por nuestros cuerpos pegados. Yo repetía que no sabía que se pudiera disfrutar tanto, que no parara, que siguiera. Y de pronto lo noté: algo cediendo, abriéndose por completo, un dolor que era exactamente lo contrario al dolor.

—Ya... ya entró —gemí—. Por fin.

Me quedé quieta sobre él, atravesada, llena de un modo que no creía posible, riéndome y temblando a la vez. Dembo me sostuvo la cara con las dos manos y me besó despacio, como si todo lo anterior hubiera sido solo el prólogo.

***

No le compré el seguro del televisor. Pero le di mi número, y volvió varias tardes de aquel verano, siempre con la misma carpeta bajo el brazo por si alguien preguntaba.

De aquello hace ya un tiempo. Sigo teniendo treinta y ocho años en mi cabeza, aunque el calendario diga otra cosa, y sigo sin saber muy bien por qué dejé entrar a un desconocido aquella tarde sofocante. Lo único que tengo claro es que, desde entonces, mi idea de lo «normal» se quedó pequeña para siempre.

A veces, cuando suena el timbre en pleno verano, mi cuerpo se acuerda antes que yo.

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Comentarios (6)

Lucia_23

dios mio que final!! sigo con el corazon acelerado y ya lo termine hace rato

PabloEnero

Por favor que haya una segunda parte. Quede queriendo saber que paso despues, me dejo con muchas ganas de mas

Caro_lee

Me encanto como lo contaste. Se nota que es vivido, sin exageraciones ni adornos. Sigue compartiendo!

marcoselva22

tremendo relato, corto y contundente. Eso es lo que mas me gusta de las confesiones

NocheCalida22

me recordo a algo que me paso el verano pasado jaja, aunque en mi caso el vendedor no era tan... convincente. Envidia sana

Anita_Lecto

el titulo solo ya me atrapo, y el relato cumplio con todo lo que prometia

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