El vendedor que me untó crema en la playa nudista
Nunca le conté esto a nadie, y mucho menos a mi marido. Tenía treinta y seis años aquel verano, dos hijos en casa de mis padres y una semana entera para mí sola. Elegí una cala apartada, de esas que solo aparecen si bajas un sendero de piedras durante veinte minutos, donde la gente va sin ropa porque a nadie le importa nada. Necesitaba justamente eso: que no me importara nada.
Era un martes cualquiera, entre semana, con la playa casi vacía. Extendí la toalla cerca de las rocas y me tumbé boca abajo, completamente desnuda, con la cara apoyada en los brazos. El sol caía fuerte sobre mi espalda, sobre las nalgas, sobre la curva de los pechos aplastados contra la arena tibia. Llevaba meses sin sentirme así de libre. Cerré los ojos y dejé que el calor me fuera derritiendo poco a poco.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que una sombra me tapó el sol.
Levanté un poco la cabeza. Era un vendedor ambulante, de esos que recorren las playas con una caja de mercancía colgada al cuello: gafas, pulseras, abanicos. Alto, de piel oscura y brillante por el sudor, con los músculos de los brazos y las piernas marcados por horas de caminar bajo el sol. Lo único que llevaba puesto era un pañuelo de colores anudado a la cintura. Me sonrió con una calma que no era del todo profesional.
—Si no te pones crema, te vas a quemar, señorita —dijo, con una voz grave que parecía salirle del pecho.
Me apoyé en los antebrazos para mirarlo mejor. El gesto hizo que los pechos se me juntaran y se elevaran, y noté perfectamente cómo sus ojos bajaron un segundo antes de volver a los míos. No me molestó. Al contrario.
—Pero yo no llego a la espalda —le dije, y me oí a mí misma con una voz que no reconocía—. ¿Me ayudas?
Se agachó a mi lado sin pensarlo demasiado. Dejó la caja sobre la arena y, con el movimiento, el pañuelo se le abrió apenas un instante. Lo justo para que yo, desde donde estaba, viera el contorno grueso y oscuro que se insinuaba debajo. No estaba duro todavía, pero era evidente que era grande, pesado, y que el calor del día ya lo tenía algo hinchado.
Me sostuvo la mirada. Sabía que yo lo había visto, y yo sabía que él lo había notado. Bajó todavía más la voz, hasta convertirla en algo que solo era para mí.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, sin una pizca de vergüenza—. Porque eso no está en venta. Para ti sería gratis.
Me llamo Lorena, por cierto. Lo digo ahora porque en ese momento ni se me ocurrió presentarme. Solo asentí, despacio, y volví a apoyar la mejilla en el brazo, ofreciéndole la espalda entera.
No esperó respuesta. Destapó el tubo y dejó caer las primeras gotas frías en mi nuca, justo donde empieza la columna. Di un pequeño respingo y él se rió por lo bajo. Entonces sus manos grandes y calientes empezaron a extender la crema, despacio, desde el cuello hacia los hombros, bajando por la espalda con movimientos firmes pero suaves, como si estuviera memorizando cada parte de mí.
Llegó a la zona baja, justo encima de los riñones, y allí se detuvo. Presionó un poco más fuerte, amasando, y yo arqueé la espalda sin querer. Fue un masaje que invitaba a relajarse, sí, pero también a entregarse. Y mi cuerpo entendió la diferencia antes que mi cabeza.
Cambió de posición. Se colocó a la altura de mis pies y empezó de nuevo desde abajo: primero los tobillos, después las pantorrillas, subiendo por los muslos con círculos lentos. Sus dedos rozaban la piel interna cada vez un poco más arriba, siempre con esa delicadeza que fingía ser profesional, aunque los dos ya sabíamos que no lo era.
Dejó lo mejor para el final. Cuando por fin llegó a las nalgas, extendió la crema con las palmas abiertas, amasándolas, y sus pulgares se deslizaron por el centro sin entrar, solo sugiriendo. Después bajó hacia las ingles, de fuera hacia dentro, deteniéndose siempre a un suspiro de distancia de donde yo realmente quería que llegara.
Me temblaban las piernas. Sentía un calor distinto al del sol acumulándose entre los muslos, y supe que él lo notaba en mi piel, en mi respiración, en la forma en que mis caderas empezaron a moverse buscando sus dedos. No intenté disimularlo. Para qué.
Se inclinó hacia delante. Su pecho casi rozó mi espalda y su aliento cálido me erizó la nuca cuando acercó los labios a mi oído.
—Aquí el sol también quema fuerte, ¿verdad? —susurró.
Y al mismo tiempo, un dedo, uno solo, con una lentitud deliberada, me rozó apenas por entre los labios del sexo. Se deslizó por el centro sin penetrar, solo humedeciéndose con mis ganas antes de retirarse. Fue un toque tan ligero que podría haber sido un accidente. No lo era, y los dos lo sabíamos.
Entonces decidí que ya no quería seguir escondiendo lo que sentía.
Empecé a girarme. Muy despacio, primero las caderas, después la cintura, hasta quedar boca arriba sobre la toalla. Mis pechos quedaron expuestos al sol, los pezones ya duros apuntando al cielo, la piel brillando por el sudor y la crema. Abrí un poco las piernas sin pudor, dejando que lo viera todo: el vientre, el sexo depilado, la piel encendida por el calor y por las ganas.
Se quedó quieto un instante, arrodillado entre mis piernas, mirándome de arriba abajo. El pañuelo ya no ocultaba nada. La tenía completamente dura, gruesa y oscura, y latía con cada uno de sus latidos.
Lo miré a los ojos, o quizá un poco más abajo, y le solté lo que llevaba pensando desde que se agachó a mi lado.
—Tú también necesitas crema ahí —le dije, con la voz ronca—. Y yo tengo justo la que te hace falta.
El aire se cargó todavía más, si es que eso era posible. El silencio que siguió duró un par de segundos, pero a mí me pareció eterno.
Ya no podía contenerse, y no quería. Dejó caer del todo el pañuelo y se inclinó sobre mi cuerpo, apoyando una mano en la toalla junto a mi cabeza y rozándome el costado con la otra. Su pecho, brillante de sudor, quedó a centímetros del mío, y su erección dura me rozó la cara interna del muslo mientras se acomodaba.
Bajó la boca hasta uno de mis pechos. Lamió el pezón con la lengua plana, lo succionó con fuerza, lo mordió apenas lo suficiente para que el placer me bajara directo al vientre. Mientras tanto, su mano libre por fin descendió entre mis piernas. Pero no entró. Todavía no.
Sus dedos rozaron solo los labios externos, deslizándose arriba y abajo con una lentitud exasperante, extendiendo la humedad que ya me empapaba entera. Cada vez que pasaba por el clítoris lo rozaba apenas, como por casualidad, y mis caderas se alzaban solas buscando más presión. Yo me retorcía debajo de él, con la respiración rota en jadeos cortos, sin saber si quería cerrar las piernas o abrirlas más.
Las abrí más. Me entregué a esa tortura deliciosa.
No aguanté esperar. Bajé la mano y le agarré la verga gruesa que llevaba rato latiendo cerca de mi piel. La sentí caliente, pesada, mucho más grande de lo que había imaginado. La acaricié una vez, dos, desde la base hasta la punta, y noté cómo se tensaba y soltaba un gruñido bajo contra mi pecho.
Después lo guié. Lo coloqué justo en la entrada, rozando la cabeza hinchada contra mis labios empapados, arriba y abajo, cubriéndolo de mi humedad. Sentí lo ancho que era, cómo me abría solo con ese roce, cómo mi cuerpo se entreabría queriendo tragárselo entero.
***
Pero él tenía otra idea. Con un gruñido profundo, me levantó como si no pesara nada, las manos fuertes bajo mis muslos, mis pechos rebotando contra su torso. Dio unos pasos rápidos hacia la palmera más cercana, apartándonos apenas del centro de la cala, todavía al aire libre, con el riesgo excitante de que cualquiera que bajara el sendero pudiera vernos.
Me apoyó contra el tronco. La corteza rugosa me raspaba la espalda desnuda, un contraste áspero con el calor de los dos cuerpos. Enrollé las piernas alrededor de su cintura, con el sexo empapado rozando la base de esa verga enorme.
Y entonces me penetró de una sola embestida, profunda y firme.
Solté un grito que se mezcló con el ruido de las olas. Mi cuerpo se abrió de golpe para recibirlo, estirado hasta el límite, y sentí la punta golpear hondo, muy hondo, presionando con una fuerza que rozaba el dolor sin llegar a serlo. Me clavé las uñas en sus hombros y él no aflojó. Empujó otra vez, y otra, con embestidas potentes que me hacían rebotar contra el tronco.
—Ohhh, me matas —se me escapó de la garganta en un gemido largo y roto.
Cada golpe llegaba a un sitio que yo ni sabía que existía. La sensación era un placer abrumador que crecía con cada embestida, una presión intensa que mi cuerpo aprendía a recibir poco a poco. Él me sostenía las caderas con las dos manos, marcándome la piel con los dedos, hundiéndose más adentro con cada movimiento.
Después me bajó. Me giró contra el tronco, me dobló hacia delante y me puso las manos sobre la corteza. Aquel nuevo ángulo le permitía llegar todavía más profundo, presionar lugares que antes solo había rozado. Yo empujaba hacia atrás, ofreciéndome entera, el culo arqueado buscando cada embestida.
El placer se acumulaba como una ola enorme en lo más hondo de mi vientre. Lo sentí venir desde lejos, imparable, un calor líquido que se extendía desde el sexo hasta la punta de los dedos. Mis gemidos se volvieron gritos cortos, desesperados. Empujaba contra él con más fuerza, encontrando cada golpe a medio camino.
Y el orgasmo me atravesó como un rayo. Todo mi cuerpo se tensó, tembló sin control, me contraje en oleadas alrededor de él mientras un chorro caliente escapaba de mí y me empapaba los muslos y los suyos. Grité contra el tronco, sin importarme ya quién pudiera oírme.
En ese instante él perdió el control. Soltó un gruñido animal, profundo, y con una última embestida brutal se hundió hasta el fondo. Lo sentí palpitar dentro de mí, una y otra vez, vaciándose en chorros calientes mientras me apretaba contra el árbol. Nos corrimos casi a la vez, los dos cuerpos convulsionando juntos, los gemidos mezclándose con el sonido de las olas. Por un segundo eterno fue como si el mundo entero hubiera desaparecido y solo quedáramos nosotros y aquel calor que se derramaba entre los dos.
Cuando las contracciones empezaron a calmarse, se quedó dentro de mí un rato más, respirando agitado contra mi nuca. Después nos dejamos caer sobre la toalla, todavía temblando, con su cuerpo sudoroso cubriendo el mío. No dijimos nada durante un buen rato.
Al final se levantó, se ató otra vez el pañuelo a la cintura, recogió su caja de mercancía y me miró con esa misma sonrisa tranquila del principio.
—Que no se te olvide la crema, señorita —dijo.
Y siguió caminando por la orilla, vendiendo gafas y pulseras, como si nada hubiera pasado. Yo me quedé tumbada al sol, con el corazón todavía latiéndome fuerte, sabiendo que aquella era una tarde que jamás le contaría a nadie. Hasta hoy.