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Relatos Ardientes

Obedecí cada orden de un amo al que nunca le vi la cara

Hacía meses que rondaba los foros y los chats donde la gente habla de estas cosas sin vergüenza. Varios conocidos me insistían con la misma idea: que dejara de entrenar sola, que buscara a alguien con experiencia que me guiara de verdad. Yo había tenido encuentros sueltos, nada serio, nada que valiera la pena contar. Un par de tipos que se corrían en cinco minutos y se dormían, una mina que me chupó el coño una noche y nunca más contestó, poca cosa. Hasta que llegó esta historia, y por eso decidí escribirla.

El contacto surgió en una sala de dominación que frecuentaba con un apodo que no era el mío. La propuesta fue clara desde el principio. Vivíamos lejos, así que cualquier dinámica entre nosotros sería a distancia: cámara, fotos, audios, videollamadas. Hablamos de límites antes que de cualquier otra cosa. Me hizo responder unas encuestas largas, de esas que te obligan a poner en palabras lo que solo habías sentido a medias. Ahí escribí, por primera vez sin filtro, que me gustaba que me trataran de puta, que me ordenaran abrirme las nalgas, que me hicieran acabar hasta que me doliera el coño. Después acordamos horarios, frecuencia y la manera de trabajar.

—Cuando empecemos, empezamos en serio —escribió—. No quiero dudas a mitad de camino.

—No las va a haber —respondí.

Y lo dije convencida, aunque las manos me temblaban sobre el teclado y ya tenía las bragas empapadas.

***

La primera sesión arrancó cerca de las siete de la tarde. La tarea inicial fue simple y a la vez reveladora: describirle, una por una, las cosas que tenía. Le fui detallando todo con la precisión que me pedía, como quien hace un inventario íntimo. Pinzas para los pezones con cadena, un succionador de clítoris, un plug anal mediano, un consolador realista bastante grueso, un vibrador rosado con forma de bala y un dildo negro que apenas me entraba. Sentí algo extraño al escribirlo, como si poner cada objeto en una lista los volviera de pronto reales, parte de un plan que ya no era mío.

—Bien —respondió cuando terminé—. Ahora quiero un video.

Las instrucciones llegaron en un párrafo largo, sin un solo titubeo. Debía levantarme la remera y morderla para sostenerla, dejar el torso descubierto, girar despacio, mostrarme de espaldas, agacharme y separarme las nalgas con las dos manos para que la cámara viera bien el coño y el culo. Después de frente otra vez, con las piernas abiertas y los dedos abriéndome los labios. Cada movimiento estaba pensado, ordenado, cronometrado. Una sola condición se repetía como un sello al final: nunca mostrar la cara.

Lo cumplí al pie de la letra. No pregunté nada, no dudé en ningún momento. Mi cuerpo respondía antes que mi cabeza, y cuando me vi en la pantalla preparando la toma ya estaba mojada, tanto que un hilo de flujo me bajaba por la cara interna del muslo. Hice el video tal como lo había pedido: mordí la tela, giré, me agaché, me abrí el culo con los dedos y sentí cómo el aire fresco me tocaba el ojete y el coño hinchado al mismo tiempo. Lo revisé apenas un segundo y se lo envié. Después me quedé sentada, mirando el chat en silencio, esperando. Esos minutos de espera eran casi peores que la orden. El corazón me golpeaba en el pecho y el clítoris me latía como si tuviera vida propia.

—Otra vez —escribió enseguida—. Pero ahora más lento. Y esta vez quiero verte cómo te tocás el coño.

El segundo pedido era una variación del primero, más detenido, más cruel en su minuciosidad. Tenía que recorrerme con las yemas de los dedos, demorarme, jugar conmigo misma sin apuro. Debía pellizcarme los pezones hasta ponerlos duros y erectos, escupirme la mano y bajarla despacio, meterme dos dedos hasta el fondo y sacarlos brillando para chupármelos frente a la cámara. Podía gemir si quería, pero no soltar la remera de la boca. Había tiempos para todo: dos minutos amasándome las tetas, un minuto entero frotándome el clítoris en círculos lentos, treinta segundos con los dedos adentro, pausas exactas que debía respetar.

—Y no te vas a venir —agregó—. Si lo sentís cerca, sacás los dedos y me avisás. Sos mía, no te corrés sin permiso.

Manosearme bajo una orden tan precisa era distinto a hacerlo por mi cuenta. Había algo en saber que cada gesto estaba decidido por otro que me ponía a mil. Me acariciaba sin prisa, justo en el borde del clítoris, sin tocarlo directo, sintiendo cómo se me endurecía y sobresalía entre los labios mojados. Metí los dedos y los saqué chorreando, los subí a la boca y me los chupé mirando a la cámara como me había ordenado. Dos veces tuve que parar y susurrar entre dientes lo que me había mandado decir —"estoy cerca, señor, me estoy por correr"— bajando el ritmo para no terminar. Miraba el cronómetro de grabación como quien mira una cuenta regresiva. Fueron unos minutos eternos, todos vividos al límite, sin permiso para cruzarlo.

Cuando finalmente envié el video, me ordenó un audio. Tenía que describirle con mi voz lo que sentía, ponerle palabras al deseo, decir cómo tenía el coño, cuánto lo necesitaba, para qué lo quería. Lo hice con una voz que no reconocí del todo como mía, una voz más baja, más entregada. "Tengo el coño hinchado, chorreando, se me caen las gotas por el muslo, necesito que me lo llenen, que me follen fuerte, que me traten como una puta y me abran hasta el fondo". Para entonces eran casi las diez de la noche y yo ya no era del todo dueña de mí misma.

***

—Ahora quiero que llegues hasta el final —escribió—. Pero con tus juguetes. Y siempre frente a la cámara. Te vas a correr las veces que yo te diga, no una menos.

El nuevo pedido era el más largo de todos. Debía empezar con las pinzas, jugar un par de minutos solo con ellas: colgármelas de los pezones ya duros, tirar de la cadena, apretar, soltar, morderla y sacudir la cabeza para que la cadena me tirara y me arrancara un grito. Estimularme apenas con eso, sin nada más, hasta que el coño me lo pidiera a gritos. Después debía recostarme y acomodar la toma para que la cámara quedara fija en un solo lugar, apuntando entre mis piernas abiertas. Tres minutos con el succionador de clítoris, ni uno menos. Tres minutos con el vibrador. Podía correrme, pero sin detenerme: solo avisar en voz alta y seguir hasta completar el tiempo, aunque el clítoris me quedara tan sensible que doliera.

Tuve que mandarlo en partes, porque el archivo entero pesaba demasiado. Empecé con las pinzas. No voy a mentir: al principio dolía, un dolor punzante en las puntas de los pezones que después se volvía calor y me bajaba directo al coño, como si un cable conectara una cosa con la otra. Con la misma cadena me rozaba la piel, me la cruzaba sobre el pecho como si me atara, tiraba de golpe y sentía el tirón hasta la boca del estómago. Cada vez que tiraba, se me apretaba el coño en un espasmo, y ese gesto inútil me prendía más que cualquier caricia. Me las saqué —el momento en que se suelta la pinza y la sangre vuelve al pezón es casi peor que ponérsela— y pasé al succionador. Lo apreté firme sobre el clítoris, sentí cómo la ventosa me lo estiraba hacia afuera, cómo se me hinchaba y ardía esa zona delicada, y aun así quería más. Soltaba, volvía a apretar, y el sonido de la ventosa al despegarse chorreando me hacía gemir sola en la habitación. Al minuto y medio ya me estaba viniendo con el clítoris atrapado en el aparato, y avisé en voz alta —"me estoy corriendo, señor, me estoy corriendo"— sin soltarlo, aguantando el resto de los tres minutos con el coño convulsionando y el clítoris tan sensible que cada nuevo pulso de la bomba me hacía retorcer las caderas contra el colchón.

El tiempo pasó volando. Cuando me tocó el vibrador ya estaba ida, perdida en mi propio cuerpo, obedeciendo a un hombre que me veía desde algún punto indefinido del otro lado de la pantalla. Me lo apoyé en el clítoris hinchado y todavía palpitante, y con la otra mano me metí dos dedos en el coño para masturbarme por dentro al mismo tiempo. En esos pocos minutos me corrí dos veces más, seguidas, casi encimadas, empapando la sábana debajo de mí, y cada vez lo decía en voz alta, tal como me había ordenado, sin dejar de moverme. "Me corro, señor, me estoy corriendo otra vez, no puedo parar". No era un orgasmo cualquiera. Era uno administrado, vigilado, ofrecido a otro como quien rinde cuentas.

Fue agotador. Después de ese video me permitió levantarme, tomar agua, comer algo si tenía hambre. No comí nada. Estaba demasiado encendida para pensar en eso, pero bebí mucha agua, casi temblando, con las piernas todavía flojas y el coño abierto y goteando entre los muslos. Eran cerca de las once y media de la noche, y todavía faltaba la parte que más esperaba.

***

—¿Querés seguir? —escribió, y no era una pregunta retórica.

Tenía que responderle con la voz, decirle en un audio qué quería y cómo lo quería. Lo hice. Me costó reconocerme en esa grabación, en lo claro y directo que sonaba el pedido. "Quiero que me llenen los dos agujeros, quiero un juguete en el culo y otro en el coño, quiero que me trate como a una perra en cuatro y que me haga acabar hasta que no aguante más". No quedaba en mí ni una pizca del pudor con el que había empezado la noche.

—Ponete en cuatro —ordenó—. Culo bien arriba, cara contra el colchón. Empezá despacio, con los dedos. Primero el coño, después me abrís el ojete. Si tenés con qué lubricar, usalo bien.

La última parte de la sesión fue la más intensa. Debía prepararme primero a mano, con paciencia, y recién cuando estuviera lista pasar al primer juguete. Meterlo y sacarlo varias veces, girarlo, acostumbrarme. Después el segundo, más exigente, y por último los dos a la vez, uno en cada agujero, para terminar de la manera que él decidiera.

Me expuse en primer plano, en esa posición, con las piernas todo lo separadas que pude, apoyada sobre el pecho y con las dos manos abriéndome las nalgas hacia la cámara. Sabía la imagen que le estaba dando: el coño abierto y brillando, el ojete fruncido a la vista, todo ofrecido como en bandeja. Usé aceite de coco para lubricar y empecé a masajearme con suavidad, en círculos, sintiendo cómo el cuerpo cedía de a poco. Primero un dedo en el coño, después dos, después tres, entrando y saliendo con un ruido húmedo y obsceno que llenaba la habitación. Con la mano libre me pasé aceite por el ojete y empecé a masajearlo, a apretar y soltar el músculo hasta que un dedo se hundió entero. Me gusta ir despacio, ir abriéndome de a poco, disfrutar cada etapa en lugar de apurar el final.

Cuando estuve lista pasé al consolador. Al principio había resistencia, el coño se me contraía alrededor de la punta como defendiéndose, pero el cuerpo aprende rápido, y enseguida dejó de oponerse. Empecé a metérmelo hasta la base, sacándolo casi entero para volver a hundirlo, y a esa altura ya no costaba nada, chapoteaba solo con la mojadura mía y el aceite. Me lo cogía yo misma, mirando la cámara por encima del hombro, moviendo las caderas hacia atrás para clavármelo hasta el fondo, gimiendo como una puta.

El plug anal era otra cosa. Más grueso en el medio, con esa base que asusta cuando la mirás, una sensación de llenura que me cortaba la respiración cuando la parte más ancha empezaba a pasar. Tuve que usar bastante lubricante y avanzar con cuidado, empujando con paciencia hasta que de golpe el músculo se rindió y el plug se acomodó adentro, dejándome el ojete estirado alrededor de la base. Gemía sola, me sentía colmada, expuesta y sometida, observada por un extraño al que jamás le había visto la cara. Con el plug bien puesto, volví a meterme el consolador en el coño, y la sensación de tener los dos agujeros ocupados a la vez me arrancó un grito ronco. Sentía la pared de carne entre uno y otro juguete apretada, delgada, latiendo, y cada empujón del consolador me hacía sentir también el plug moviéndose adentro.

Me sostuve las caderas con una mano, separándome al máximo, y con la otra manejaba el consolador cada vez más rápido, más profundo, aguantando la sensación hasta el borde de lo soportable. Sumé el vibrador contra el clítoris para completar la escena: tres puntos de placer al mismo tiempo, y yo en el medio, temblando, con la cara contra el colchón y el culo alzado hacia la cámara.

Terminé como me había ordenado, con los dos juguetes adentro y el vibrador pegado al clítoris, en un orgasmo largo y sucio que me hizo empapar la sábana y expulsar el consolador de un espasmo. Grité, dije guarradas que ni recordaba tener en la cabeza —"me corro, me corro toda, soy tu puta, soy tuya"—, perdida en un frenesí que ya no controlaba. Mi cuerpo respondía a una coreografía que había escrito otro, y eso —esa entrega total, esa renuncia a decidir— era lo que me hacía explotar.

Cuando todo terminó, quedé tirada sobre la cama, agitada, con la respiración entrecortada, el plug todavía puesto y el cuerpo todavía vibrando en réplicas del orgasmo. La sesión se cerró con un último pedido: una foto. Algo cercano, un detalle que probara hasta dónde había llegado esa noche. Le mandé un primer plano del culo, con el plug aún adentro, la base negra brillando entre las nalgas, y el coño abierto y chorreando debajo.

***

Todavía guardo esa imagen en una carpeta que solo abro yo. La miro de vez en cuando, en noches en las que el coño me lo pide de nuevo, y me sorprende reconocerme en ella. No es solo lo que se ve —el culo abierto, el coño empapado, la marca de los dedos en las nalgas—. Es lo que recuerdo de adentro: la voz que me daba órdenes desde lejos, la espera entre cada mensaje, esa mezcla rara de miedo y deseo que me sostuvo despierta y goteando hasta la madrugada.

Nunca le vi la cara. No sé dónde vive, no sé su nombre verdadero, no sé casi nada de él. Y sin embargo aquella noche me cogió mejor sin tocarme que cualquiera que haya estado en mi cama. A veces pienso en lo lejos que voy a llegar si seguimos por este camino, en cuánto más puedo entregar antes de quedarme sin nada que esconder.

Por ahora me basta con saber que estoy dispuesta a averiguarlo, con las piernas abiertas y la boca cerrada.

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Comentarios(6)

MirnaLectora

increible, me dejo sin palabras

NocturnoPY

El titulo ya me engancho y el relato no decepciona. Muy bien escrito, se siente autentico.

Flor_Lectora

Por favor que haya una segunda parte, me quede con muchas ganas de saber como termino todo!

ValeBsAs

Me recordo a una situacion que yo vivi algo parecido. Es una sensacion muy intensa eso de obedecer sin cuestionar. Gracias por compartirlo.

ElCurioso77

Pregunta sincera, esto fue algo real? Porque se lee muy autentico y eso lo hace mucho mas interesante

SandraK_lectora

Que forma de escribir, te metiste en la piel del personaje de una manera que pocas veces encuentro en esta pagina. Sigue asi!!!

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