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Relatos Ardientes

Lo que pasó en casa de Andrés mientras esperaba a Mariana

Con Mariana llevaba meses en una relación cómoda y sin etiquetas. Éramos lo que algunos llaman folla-amigos: nos veíamos cuando nos apetecía, salíamos a tomar algo, paseábamos por el centro y casi siempre terminábamos en su piso o en el mío descargando la tensión acumulada. No había compromisos, no había celos, no había promesas que mantener. Solo dos personas que se llevaban bien y disfrutaban del sexo sin complicaciones. Hasta que una tarde, casi de pasada, me hizo una propuesta que iba a darle un giro brusco a la forma en que entiendo el deseo.

Para que se hagan una idea de mí: soy rubio, de ojos azules y piel clara, aunque el sol de la costa me deja casi siempre con un tono dorado. No soy muy alto, un metro setenta y dos, pero piso el gimnasio con cierta constancia y mi cuerpo está tonificado sin llegar a fortachón. Tengo un pene de tamaño común, nada espectacular, aunque las mujeres con las que he estado coinciden en que es bonito y que se pone duro al menor estímulo. Me cuido. Visto con ganas, me depilo entero y solo conservo el pelo de la cabeza.

Mariana es algo más baja que yo, de piel blanca, pelo castaño oscuro y unos ojos verdes que parecen morder. Tiene pechos grandes y firmes, un trasero redondo y trabajado, y unos labios gruesos que hacen lo que hacen con un piercing en la lengua que multiplica cualquier beso. Le gusta llamar la atención: minifaldas, botas altas, medias hasta la rodilla. En la calle siempre hay alguien que se gira al verla pasar, y ella lo nota. Le encanta sentirse mirada.

Aquella tarde estábamos en mi sofá después de un polvo largo. Recién duchados, en ropa interior, viendo una película tonta mientras nos acariciábamos sin objetivo. Como teníamos por costumbre hablar de sexo sin pudor, no me extrañó cuando bajó el volumen y soltó la pregunta.

—Oye, ¿alguna vez te ha apetecido un trío?

—Hombre, en teoría sí. ¿Tienes alguna amiga en mente?

—No hablaba de un trío con otra chica —dijo, y se mordió el labio—. Hablaba de uno con otro tío. Me apetece mucho probar eso y, si pasa, quiero que tú seas uno de los dos.

Me quedé en blanco. La idea de estar desnudo en una habitación con ella y con otro hombre a un metro de distancia no me había rozado nunca la imaginación. Le contesté con lo único que se me ocurrió.

—No sé, Mariana. Estar ahí contigo y tener a otro tipo en pelotas al lado… no sé cómo me sentaría.

Mariana es picarona y conoce mis resortes. Sin discutirme, empezó a darme besos cortos en el cuello, a pasarme la punta de la lengua justo debajo de la oreja. Cuando notó que el bóxer empezaba a apretarme, se acomodó pegada a mí, deslizó la mano por encima de la tela y me susurró al oído.

—¿No te gustaría hacer eso por mí? A mí me encantaría tener una polla en la boca y otra en la mano, ir cambiando, dejarme follar por uno mientras me como al otro. Quiero saber cuántas veces puedo correrme si dos hombres se concentran en mí. Y quiero verte a ti ahí, conmigo, ayudándome.

Mientras hablaba ya me había metido la mano dentro de la ropa interior. Me la trabajaba despacio, casi sin presión, y la imagen que me dibujaba a la vez que esa caricia me había puesto cardíaco. Qué cabrona, pensé, y dejé de resistirme.

—Bueno, por probar… —dije sin convicción, sabiendo perfectamente que ya estaba dentro.

—¿De verdad? Tengo a un amigo, Andrés, con el que también follo de vez en cuando. Buen tío, te vas a llevar bien con él. Esta semana hablo con él y montamos algo.

No pude responder porque me la metió en la boca. Mariana mama como si fuese una vocación. La forma en que cerró los labios, en que pasó la lengua con el piercing por el frenillo, en que me miró desde abajo, me bastó para que en cuestión de minutos vaciara la boca. Tragó todo y me dejó la polla limpia con un par de pasadas. Cuando se incorporó tenía una sonrisa de victoria. Sabía perfectamente lo que había conseguido.

***

Pasaron tres días y Mariana me llamó. Andrés había aceptado encantado, no era su primera vez con dos personas a la vez, y eso, sin saber por qué, me tranquilizó. Quedamos los tres ese mismo viernes en casa de él. Mariana me mandó la dirección por mensaje y añadió un emoji con un guiño.

Era pleno verano y elegí algo cómodo: pantalón corto por encima de las rodillas, camiseta de tirantes y zapatillas. Salí de mi piso entre la excitación y el nerviosismo, cosa que no me había pasado nunca antes de un encuentro sexual. Llegué al portal a la hora exacta y pulsé el telefonillo.

—Sube, planta cuarta.

El ascensor tardó lo que tardan los ascensores cuando uno tiene prisa por algo y, a la vez, un poco de miedo. La puerta del piso se abrió antes de que llamara. Andrés era de mi altura, pelo corto castaño claro y ojos marrones. Bastante guapo, debo reconocerlo, con una sonrisa que no parecía ensayada. Llevaba puesta una bata corta de algodón gris que apenas le tapaba la mitad de los muslos, y por lo poco que asomaba estaba depilado igual que yo.

—¿Andrés?

—El mismo. Pasa, pasa, te estaba esperando.

El piso era pequeño y ordenado. Me llevó al salón, fue a la cocina y volvió con dos cervezas frías. Nos sentamos en el sofá uno al lado del otro y hablamos del calor, del barrio, de algún concierto reciente. Charla de relleno para que la sangre bajara un par de grados.

—Por cierto, me ha llamado hace nada Mariana —dijo—. Que llega un poco tarde. No pasa nada, así nos conocemos antes de que esto se vuelva un caos.

—Mejor. Vengo nervioso, no te voy a mentir.

—Para nada hace falta. Yo ya he hecho esto un par de veces. Si te dejas llevar, sale solo.

Su voz era serena y su forma de mirar, directa. Me tranquilizó más de lo que estaba dispuesto a admitir. Cuando terminamos las cervezas, Andrés se levantó y me ofreció enseñarme el resto del piso, casi como una excusa para movernos. No había mucho que ver: cocina, dos dormitorios, un baño grande con una mampara doble.

El último dormitorio, el principal, era donde íbamos a estar. Entré detrás de él y Andrés se giró cuando llegamos al centro de la habitación, dejándome a dos pasos.

—Aquí es donde vamos a follar —dijo con naturalidad—. La cama es amplia, no tropezaremos.

—Sí, mejor.

—Te confieso una cosa. Me está pudiendo la espera. Mariana lleva veinte minutos de retraso y, sinceramente, no me apetece quedarme aquí parado. ¿Empezamos tú y yo? Cuando llegue, que se sume.

Algo me bajó por la espalda. Un escalofrío entre el miedo y la curiosidad. No respondí. Me quedé de pie, mirándole. Andrés deshizo el lazo de la bata sin dejar de sonreír y la dejó caer sobre los hombros. Debajo no llevaba nada. Su cuerpo era parecido al mío: delgado pero trabajado, la piel un poco más morena. Tenía un piercing pequeño en un pezón y la polla, ligeramente más larga que la mía, estaba a medio camino entre el reposo y la erección.

Avanzó hasta quedar a un palmo. Me puso las dos manos sobre los hombros y empezó a presionar hacia abajo, muy suave, casi sin fuerza. No sé por qué no opuse resistencia. No sé por qué no me aparté. Pero el cuerpo se me iba doblando solo, como si llevara meses esperando una excusa que no me atrevía a buscar.

Me arrodillé. Su polla estaba a un dedo de mi cara. El pulso me latía en las sienes. Andrés se la cogió con una mano y empezó a masturbarse despacio, justo delante de mí, hasta tenerla del todo dura. Mi instinto fue echar la cabeza atrás, pero la otra mano se le posó en mi nuca, sin presión, solo como guía, y empujó adelante. Cuando el glande rozó mis labios los abrí. No sé si por reflejo o por permiso silencioso. La metió y me dejó hacer.

Empecé a moverme adelante y atrás, torpe al principio, con miedo a hacer daño con los dientes. Apoyé la mano izquierda en la base. Andrés soltó la nuca cuando entendió que no me iba a retirar. Se le escapó un gemido corto cuando subí el ritmo y eso, no sé explicarlo, me animó.

—Joder, qué bien la chupas —jadeó—. Sigue, sigue así. Como sigas, voy a vaciarte la boca antes de tiempo.

Yo seguía. La sensación de tener algo así de duro entre los labios, de sentirlo palpitar sobre la lengua, era nueva y desconcertante. Mi propia polla se había puesto durísima dentro del pantalón corto sin que la hubiese rozado nadie. Me daba cuenta de que estaba disfrutando, y eso me daba más vértigo que la situación.

Andrés se apartó un momento y me miró desde arriba con una sonrisa burlona, pasándome el glande por la mejilla.

—¿Habías chupado una polla antes?

—No.

—¿O sea, que esta es la primera?

—Sí. La primera.

—Pues lo haces mejor que muchas tías. De verdad.

Me dio dos golpecitos suaves con la polla en la cara. Yo estaba colorado, no por vergüenza, sino por el calor que me subía desde el pecho. Me volvió a empujar la nuca con la misma suavidad y volvimos a empezar. Esta vez yo ya no dudaba. Buscaba el ritmo, jugaba con la lengua sobre el glande cuando le sacaba la polla a medias, escupía un poco para que no rozara. Andrés murmuraba palabras sueltas. Que si más, que si así, que si lástima que Mariana no estuviera viéndolo. Yo le miraba a los ojos cada tantos segundos, como me había pedido en un momento, y veía cómo se mordía el labio inferior, exactamente igual que Mariana lo hacía conmigo.

La idea me daba demasiadas vueltas como para sostenerla.

De pronto noté un endurecimiento brusco, un par de latidos rapidísimos contra mi lengua, y se vació. El primer chorro me llenó la boca de un golpe. Tragué lo que pude. El segundo se desbordó y me caía por la comisura mientras él seguía gimiendo encima de mí. Yo seguí moviendo la cabeza despacio hasta que dejó de salir nada. Me la dejé dentro un par de segundos más, igual que él me había mantenido sujeto, y entonces la solté.

Andrés me miraba con una satisfacción extraña, sin condescendencia. Me acercó otra vez la polla a la boca, y entendí. Le pasé la lengua por el glande, por el tronco, me la metí entera para asegurarme de que quedaba limpia. Él mismo la sacó cuando terminé.

—Muy bien. Lo has hecho muy bien —dijo en voz baja—. Ve al baño y enjuágate. Vuelve cuando termines.

***

Me levanté con las rodillas algo entumecidas y entré en el baño. Me lavé la cara, me enjuagué la boca dos veces y me miré en el espejo. Tenía los ojos brillantes y la polla todavía dura debajo del pantalón corto. No sentí culpa. Sentí curiosidad, y eso me asustó más que cualquier otra cosa.

Cuando volví a la habitación, Andrés ya estaba vestido con un bóxer blanco y una camiseta también blanca, sentado en el borde de la cama con las piernas separadas.

—Ven aquí.

Obedecí sin pensarlo. Me coloqué entre sus piernas, con el bulto justo a la altura de su cara. Me posó la mano sobre el muslo y subió hasta apretar el paquete por encima de la tela.

—Vaya, chupar pollas te pone. Mira tú qué bien —se rio—. Te has portado, así que te toca recompensa.

Me desabrochó el cinturón despacio, me bajó la cremallera y dejó caer el pantalón hasta los tobillos. Cuando me bajó el bóxer salió la polla de un golpe, completamente recta. La cogió con una mano, me la masturbó con calma durante medio minuto y después acercó la lengua para jugar con el glande. Yo le miraba sin parpadear, con la espalda agarrotada y los muslos vibrando.

Se la metió entera sin avisar. La chupó como si llevara tiempo deseando hacerlo: subía, bajaba, paraba para pasarme la lengua plana por el tronco, escupía y volvía a engullir, succionaba con la mejilla hundida. En un par de momentos se la sacó solo para mirarme y volver a metérsela. Era, con diferencia, una de las mejores mamadas que había recibido. Aguanté lo que pude. Cuando me corrí, no avisé. Salieron varios chorros y Andrés no se separó. Se tragó cada gota, me la limpió a conciencia y me la dejó caer de su boca con cuidado. Ni una mancha sobre su camiseta blanca.

Me senté a su lado en la cama. Estuvimos en silencio cerca de un minuto. Yo intentaba ordenar las piezas. Él fue quien habló primero.

—¿Qué tal?

—No sé. Necesito asimilar todo esto.

—Lo imagino. Pero el hielo está roto del todo.

—De eso no hay duda.

Esperé un par de segundos antes de mirar el reloj de la mesilla. Casi una hora desde mi llegada y ni rastro de Mariana.

—Por cierto —dijo Andrés, como si fuera un detalle menor—. Hay algo que tendrías que saber. Mariana me llamó hace un rato, antes de que llegaras. Dijo que le había salido un imprevisto y que no iba a poder venir. Pero pensamos que era mejor no contártelo hasta que estuvieras aquí.

Lo miré. No le creía. O sí le creía, pero no quería creerle. Mariana sabía perfectamente que, si yo cruzaba esa puerta, iba a quedarme. Lo había planeado al milímetro: la presentación previa, la mamada en mi sofá la semana anterior, el «no es su primera vez» como si fuera un detalle aleatorio. Todo.

Y yo, lejos de enfadarme, supe que ya estaba pensando en la siguiente.

Después de aquel viernes hemos quedado varias veces. A veces los tres. A veces solo Andrés y yo. A veces solo ella, que me pregunta con esa media sonrisa qué se siente al estar al otro lado. Pero esos polvos son otros relatos. Este, el de la trampa, es el único que merecía empezar por aquí.

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Comentarios (6)

Ro_cba

Increible!! me engancho desde el principio

PatriQ

Por favor seguí, me quede con ganas de saber mas

NicoV_arg

Me recordo algo parecido que casi me pasa jaja. Muy bien contado, parece real

Leti_sur

Y Mariana aparecio al final?? jajaja me quede con esa duda colgada

LectoFan77

Excelente relato. La intriga del principio te atrapa y no la soltas

CuriosaMdz

Estas situaciones pasan mas de lo que se cree... muy bueno

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