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Relatos Ardientes

Lo que pasó con la elfa detrás del taller de Santa

El aire del pequeño estudio navideño olía siempre a lo mismo: pino de plástico, caramelo viejo y el sudor que se me iba juntando debajo del terciopelo rojo. Eran casi las cinco de la tarde y el sábado se había convertido en una marea de cochecitos, padres apurados y niños con la lista pegada al pecho.

Yo, el Sr. Claus de aquel centro comercial, me hundía un poco más en mi trono de felpa falsa. El traje relleno de gomaespuma me asfixiaba a pesar del ventilador escondido detrás del castillo de cartón. Llevaba cinco horas sonriendo, asintiendo y repitiendo la misma cantinela de buenos deseos. Las rodillas me crujían en silencio cada vez que un crío hiperactivo se me tiraba encima.

—¡Claro que sí, campeón! ¿Un tren de madera, dices? ¡Jo, jo, jo! —el «jo, jo, jo» me retumbaba en el pecho, pero la alegría era pura actuación. Por dentro solo sentía el hormigueo del agotamiento y una presión que crecía sin parar.

A mi lado, la elfa que me ayudaba —se llamaba Marina, aunque en su credencial ponía «Cascabel»— intentaba calmar a una niña que lloraba porque su hermano le había pisado el zapatito de lentejuelas. De fondo, el bucle interminable de villancicos había dejado de ser música para convertirse en un zumbido constante metido entre mis sienes.

Por fin llegó una pausa. Una familia terminó su turno y Marina se inclinó hacia mí, con los ojos muy abiertos, mientras manoseaba un cupón de descuento mal impreso.

—Señor Claus —susurró, con la voz tensa—, creo que tenemos un respiro. ¿Está bien?

Mi numerito de Papá Noel se evaporó en cuanto ella bajó la guardia. Me enderecé y sentí un alivio inmediato al no tener que forzar la curva benévola de la espalda.

—Marina —dije, y mi voz volvió a ser la mía: un barítono cansado, muy lejos del tono juguetón que usaba con los niños—. Estoy bien, pero mi vejiga y, francamente, mi dignidad están en estado crítico. Necesito una tregua. ¿Podrías anunciar algo? Cualquier cosa, un reajuste mágico en el taller, lo que sea para que me regalen diez minutos de paz.

Ella asintió, comprendiendo la gravedad del asunto, y se dirigió al intercomunicador con cara de pánico contenido. Yo me puse de pie. El peso del disfraz me hizo tambalear.

—Diez minutos, Cascabel. Y que no vuelva a entrar nadie con un perro vestido de reno —murmuré, y me escabullí detrás del biombo que supuestamente ocultaba la entrada al «Taller Secreto».

La puerta de servicio, una trampilla camuflada tras un castillo de turrón de utilería, daba a la planta de abajo. Solo empleados. La abrí con cautela y me recibió el aire cerrado del pasillo de mantenimiento. Avanzaba con la lentitud forzada de un hombre embutido en un traje tres tallas más grande y con una misión biológica urgente. Cruzar aquel pasaje sin que me reconocieran era todo un arte: encorvado, con la capucha del abrigo de calle subida y la barba sujeta con unos clips magnéticos que me dejaban deslizarla hasta el pecho cuando no estaba en uso.

Bajé los primeros escalones jadeando. La barba blanca se me había torcido hacia la izquierda y las piernas empezaban a temblarme. No pensaba en regalos ni en logística de renos; solo pensaba en el mármol frío del lavabo y en la bendita privacidad.

Marina apareció detrás de mí en lo alto de la escalera.

—¿Necesita ayuda, señor Claus? —preguntó, todavía metida en su papel.

—La magia está temporalmente averiada, Cascabel —respondí, alisándome la barba con un gesto lento—. Necesito asistencia para el descenso.

Me miró confundida, pero la profesionalidad de su trabajo de elfa le impedía cuestionar mis excentricidades.

—¿Asistencia para bajar?

Respiré hondo. Bajé la voz a un susurro de conspirador, porque explicar la verdadera razón de mi torpeza exigía mantener un mínimo de ilusión.

—Marina, escúchame bien. Este traje —me di un golpecito en la barriga falsa— es una obra maestra del engaño, pero carece de la ergonomía necesaria para caminar como un ser humano. Piénsalo como un camión mal diseñado. Si me muevo demasiado rápido o giro sin apoyo, el centro de gravedad se me dispara. Ahora mismo, bajar esta escalerita es como pilotar un dirigible sobre un campo de minas.

Me incliné un poco hacia ella, con un tono casi paternal.

—Necesito que vengas conmigo. No me puedo arriesgar a tropezar y terminar rodando. Ponte a mi derecha, justo aquí, donde el brazo no te estorbe.

Le tendí la mano enguantada y ella la tomó sin dudar. La tenía pequeña y, sorprendentemente, firme.

—Si empiezo a inclinarme hacia delante o hacia la izquierda, apriétame fuerte. No me importa que parezcamos un anciano y su sobrina bajando una colina. Solo quiero llegar al suelo sin un parte de accidente laboral. ¿Entendido?

—Entendido, señor Claus. Yo seré su contrapeso —dijo muy seria—. Confíe, lo guío.

—Excelente, Cascabel. A la de tres: uno… dos… y jo, jo, jo, fuera de aquí.

Con su mano agarrada a la mía y una presión suave hacia arriba y hacia fuera, empecé el descenso. Cada milímetro fue calculado. El traje tiraba de mí, pero ella funcionaba como un ancla inesperada que me permitía negociar el borde de cada escalón sin caer en el ridículo ni en una fractura.

***

Empujé con el hombro la puerta del lavabo de empleados y logré entrar. El sitio era amplio, olía a limpiador barato y a humedad, y la única luz venía de un fluorescente que parpadeaba sobre el espejo. Cerré la puerta con un chirrido y me apoyé en ella, resoplando. La presión en la vejiga era insoportable, un dolor agudo que me robaba el aliento.

—Maldita sea —gruñí entre dientes.

Mis manos, enguantadas y torpes por el grosor del disfraz, peleaban con el cinturón de cuero falso. Era una hebilla absurda, decorada con un renito de plástico, y mis dedos no encontraban el mecanismo.

Ábrete de una vez.

Tiré de la cinturilla del pantalón rojo, pero el elástico era demasiado fuerte. El pánico empezaba a mezclarse con la desesperación. Sentí el primer temblor serio en las piernas, la señal de que mis músculos estaban a punto de rendirse.

La puerta se abrió de golpe. Era Marina.

—¿Todo bien? Te veo mal —preguntó frunciendo el ceño, con la tiara de elfa brillando bajo la luz.

—Estoy a punto de mearme encima —siseé, con la cara contorsionada por el esfuerzo y la vergüenza—. No consigo abrir este maldito disfraz.

No lo dudó ni un segundo. Entró, cerró la puerta a sus espaldas y echó el pestillo con un chasquido seco.

—Tranquilo, yo lo arreglo.

Sus manos, pequeñas y ágiles, se movieron con una eficiencia que las mías no habían tenido. Soltó el cinturón con un chasquido y encontró el cierre del pantalón. Lo bajó. La tela roja y acolchada cayó hasta mis rodillas y dejó al descubierto mis calzoncillos blancos de algodón, ya tensos por la urgencia.

Marina no se detuvo. Enganchó los dedos en la goma y, con un movimiento rápido, también los bajó. Una chica de veintidós años, disfrazada de elfa, con las orejas puntiagudas y un maquillaje que le agrandaba los ojos, estaba de rodillas a mi lado sacándome la polla al aire.

Y entonces pasó. Como si el susto, la vergüenza y la cercanía de su cuerpo hubieran activado un interruptor, sentí una oleada de sangre que me recorrió entero. Lo que un momento antes estaba flácido y solo preocupado por la urgencia de orinar empezó a latir y a endurecerse. Creció con una rapidez insultante, ganando peso y volumen en la palma de su mano, hasta alzarse tieso y rozarle la mejilla con la punta. Era una erección descomunal, evidente, un testimonio brutal de mi falta absoluta de control en esa situación. Ella mantenía la mirada fija en mi verga hinchada, con una expresión a medio camino entre la sorpresa y la fascinación.

Tras el primer instante, una sonrisa se le dibujó en los labios. No era burla: era complicidad, una aceptación traviesa de lo absurdo del momento. Fijó sus ojos en los míos y, con una voz que sonó como un susurro sedoso y mandón, dijo:

—Yo la dirijo. No te ensucies los guantes, Santa.

Sus manos pequeñas, que aún sostenían mi polla, tomaron el control con una delicadeza que me heló y me quemó a la vez. Me giró un poco y apuntó con una precisión casi quirúrgica hacia la taza. Sentí salir el primer chorro y el alivio fue tan abrumador que estuve a punto de doblarme. Pero no me moví. No podía.

Mientras el líquido caía contra el agua con un sonido que me llegaba lejanísimo, toda mi conciencia se concentró en el punto de contacto. Su tacto era cálido y suave, tan suave como el terciopelo de su traje. Sentía la curva de sus dedos envolviéndome la verga, la yema del pulgar apoyada justo debajo del glande, en ese punto tan sensible. Cada latido se le transmitía a la palma. No era solo una ayuda; era una caricia. El calor de su piel se filtraba a través de la mía, una corriente que me subía por toda la columna. El alivio físico de vaciarme se mezcló con una excitación tan intensa que se me erizó la piel bajo la lana. El contraste entre la humildad del acto y la intimidad de su mano era abrumador. Aquella chica preciosa no se apartaba, sonreía mientras me sostenía la polla, y eso me encendía de una forma que jamás había sentido.

Cuando cesó el último temblor y el silencio se adueñó del lavabo, Marina no se movió. Con una mano todavía firme sobre mi verga, alargó la otra hacia el dispensador y arrancó un trozo de papel con un gesto experto.

—Cascabel a su servicio —susurró, y la sonrisa se le volvió francamente maliciosa—. Permíteme limpiarte, querido Santa.

Mientras hablaba, su mano libre descendió. Sentí sus dedos sobre los huevos, una caricia ligera y exploratoria al principio. Después empezó a masajearme el escroto con una precisión que me dejó sin aliento, rodando los cojones entre las yemas con un movimiento rítmico y circular, sopesándolos como si midiera cuánto semen le prometían. Con la otra mano me secó la punta con el papel, apretando el glande a través del pañuelo, un gesto de una intimidad tan exagerada que casi me hizo gemir.

Lo que ya estaba duro alcanzó un nivel de rigidez que no recordaba desde los treinta. La polla se me marcaba, gruesa y venosa, latiendo cada vez con más fuerza en su mano. Una chica de poco más de veinte años, vestida de elfa, estaba de rodillas frente a mí, con la boca a centímetros de mi verga, sonriendo como si hubiera encontrado el mejor regalo de Navidad.

—Señor Santa —murmuró, con la voz cargada de promesas—, así no van a poder sentarse las niñas en sus piernas. Las elfas estamos para servirle.

Y cumplió su palabra. La sonrisa se le suavizó en una expresión de pura concentración y deseo. Se inclinó despacio y sentí el calor de su aliento sobre el glande. Fue un primer contacto casi etéreo que me hizo estremecer, un vaho húmedo que me erizó cada centímetro de piel. Después sacó la lengua, plana y rosada, y me lamió la punta con la parsimonia de quien saborea un caramelo. La saliva se mezcló con la primera gota de fluido que me asomaba, y ella la recogió con la lengua como si no quisiera perderse ni un detalle.

—Qué dura la tienes, Santa —susurró contra el glande, y sentí vibrar sus palabras en la carne caliente—. Se ve que llevabas mucho tiempo aguantando.

Sin esperar respuesta, abrió la boca y me engulló la cabeza de la polla. La entrada fue lenta, increíblemente lenta. El borde de sus labios se estiró para acoger el glande y noté la presión cálida y húmeda de su boca cerrándose alrededor. Su lengua, ágil, se movió para recibirme, trazando un círculo, explorando el surco de la corona, colándose bajo el frenillo con toques precisos que me hicieron gemir. La sensación fue tan aguda que me tembló una rodilla y tuve que apoyarme con más fuerza en la pared.

Después empezó a descender. Su cabeza avanzaba y mi verga se le deslizaba más y más adentro. Sentía cómo el paladar se le curvaba a mi paso, cómo sus labios se cerraban firmes alrededor del tronco, creando un anillo de presión perfecta que me chupaba con avidez. Su mano, en la base, se movía en sincronía, guiándome más hondo, mientras la otra seguía amasándome los huevos con una insistencia suave y constante.

La escena era surrealista: la tiara brillando bajo el fluorescente, las pestañas largas oscureciéndole las mejillas mientras bajaba la cabeza para tragarme la polla. Llegó al fondo de su garganta y me hizo jadear. Se detuvo un instante, respirando por la nariz, adaptándose a tenerme entero dentro, antes de retroceder con la misma lentitud. La lengua se deslizaba a lo largo de la verga mientras salía, dejando un rastro de saliva que brillaba a la luz.

—Dios, cómo la mamas, Cascabel… —jadeé, sin creer lo que estaba viendo—. No pares, sigue así, por favor.

Ella sonrió con la polla dentro de la boca, y el simple movimiento de sus labios estirándose alrededor del tronco fue una descarga eléctrica. Sacó la verga con un pop obsceno y me miró desde abajo, con los labios brillantes y los ojos entornados.

—Cállate y deja que te la chupe bien, Santa. Te la voy a dejar reluciente.

Volvió a tragármela, esta vez sin pausas, marcando un ritmo hipnótico. Cada vez que descendía lo hacía un poco más profundo, peleando contra su propio reflejo, y el sonido ahogado, un «glup» húmedo y gutural que se le escapaba cuando el glande le tocaba el fondo, era lo más erótico que había oído en mi vida. Cuando subía, la mejilla se le hundía por dentro por la succión con la que me apretaba, y podía verle marcado el contorno de mi polla contra la piel tersa de la cara.

Su lengua era un torbellino. No se conformaba con estar ahí: giraba alrededor del glande, presionaba puntos que ni yo sabía que existían. A veces la mantenía plana y ancha, frotando toda la longitud de la verga mientras subía y bajaba, ensopándomela de saliva. Otras la convertía en una punta firme, masajeando la vena principal con movimientos cortos que me hacían ver estrellas. Sacaba la polla del todo, me lamía los huevos uno a uno metiéndoselos en la boca con cuidado, y volvía a devorármela entera de una sola pasada. La combinación de la succión húmeda, el calor abrumador y la precisión casi acrobática de su lengua era una sobrecarga sensorial completa.

Su mano izquierda nunca abandonó la zona, pero ahora apretaba más, formando un anillo firme con el pulgar y el índice justo en la base, tirando suavemente hacia abajo cada vez que su boca llegaba a lo más hondo, subiendo la tensión a un nivel casi insoportable. La otra mano migró hacia mi abdomen y sus uñas arañaron la piel por encima del traje, una mezcla de dolor y placer que solo intensificaba todo.

La miraba desde arriba: las mejillas sonrosadas y hundidas por la succión, los ojos cerrados por la concentración, entregada del todo a la tarea de mamar. Un hilo fino de saliva se le escapaba de la comisura y le bajaba por la barbilla, cayendo en gotas gordas sobre el escote verde del disfraz de elfa, un testimonio crudo y hermoso de su empeño. La verga se me perdía una y otra vez entre esos labios pintados, brillante de saliva, y yo empecé a mover las caderas sin darme cuenta, embistiéndole la boca con pequeños golpes que ella recibía como si los llevara pidiendo horas.

—Marina, joder… —gruñí, agarrándome al borde del lavamanos para no caerme—. Me la estás chupando como una diosa.

Ella redobló el esfuerzo. Aceleró el ritmo, subiendo y bajando la cabeza a una cadencia que me hacía perder la noción del lavabo, del centro comercial, del maldito disfraz. La succión se volvió tan intensa que cada retirada era una pequeña tortura, un vacío que solo se llenaba cuando volvía a hundirme en su garganta. Los huevos, ya tirantes por su masaje, empezaron a apretárseme contra el cuerpo, avisando de lo que venía.

—Vaya… —jadeé, sintiendo que aquello se hacía demasiado intenso—. Cascabel, me voy a correr… ¡ahora!

Sin dudarlo, sacó la polla de la boca con un chasquido húmedo, inclinó un poco su agarre y dirigió el glande directamente hacia la taza, sin dejar de bombearme con la mano en un movimiento firme y rápido, pegajoso de su saliva.

—Suéltelo, señor Claus. Córrase entero, que yo me encargo de que no haya desperdicio —prometió, y se acercó tanto a la punta que sentí su aliento chocarme contra el glande a cada bombeo.

Con un temblor profundo que me subió desde los huevos hasta la nuca, solté la presa. El primer chorro salió disparado, blanco y espeso, y ella lo dirigió con precisión hacia la porcelana, sin dejar de masturbarme. El segundo salió más largo, con más fuerza, y sentí cómo la polla se me sacudía en su puño mientras se vaciaba. Marina no aflojó ni un instante: seguía apretando y deslizando, arrancando cada gota, con la mirada fija en el chorro como si estuviera midiendo mentalmente cuánto semen le había sacado. Cuando el espasmo terminó, no me soltó enseguida: con movimientos lentos y expertos me masajeó desde la base hasta la punta, ordeñándome hasta el último resto de corrida, asegurándose de que no quedara nada dentro. Fue un gesto minucioso, casi ritual, y me arrancó un último gemido cuando el pulgar rozó el glande hipersensible.

Cuando por fin desapareció el último indicio, se inclinó y me dio un beso húmedo en la punta, como una firma, antes de retirar la mano, limpiársela en el forro del traje sin mirarla y dedicarme una sonrisa amplia y profesional.

—Señor Santa Claus —dijo, con la voz clara y satisfecha—, ¿le he servido bien?

Solo pude asentir, sin entender todavía qué había pasado. Cascabel, con renovada profesionalidad, volvió a guardarme la polla, ya blanda y satisfecha, dentro de los calzoncillos, me subió el pantalón rojo y me abrochó el maldito cinturón como si acabara de terminar de vestir a un niño. Después subimos y aguanté dos horas y media más de tortura, atendiendo a niños felices de hablar con Papá Noel mientras yo sonreía pensando únicamente en la boca de Marina cerrada alrededor de mi verga en aquel lavabo.

***

Al terminar la jornada, ya a solas, Marina me confesó una de sus fantasías. Le gustaba jugar con disfraces en la intimidad, follar vestida de personajes, sentirse otra mientras se la metían. Su novio no lo disfrutaba. Y, sin venir a cuento, me dio las gracias por todos los regalos que Santa le había traído de pequeña. Entonces me preguntó algo que me dejó con la boca abierta:

—¿Te puedes llevar el disfraz a tu casa?

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Comentarios(8)

RaulD77

increible relato, de los mejores que leí acá en mucho tiempo!!!

curiosa88

Por favor que haya segunda parte, me quedé con ganas de saber qué pasó después. Se hizo cortísimo.

Kike_gomez

jajaja el título me hizo doble click y no me arrepentí para nada

Mati_cba

Me recordó una situación parecida que me tocó vivir en una fiesta de fin de año, diferente pero con la misma vibra. Muy bueno.

Ventana_Curiosa

¿Es real o ficción? Porque escribe con demasiado detalle para ser inventado jaja. Buen relato.

Sole_Noc

Buenisimo!! Sigue asi :)

Lucia_BA

Lo leí de un tirón, no pude parar. Me encantó como lo contaste, fluye natural y tiene un morbo bárbaro sin pasarse. Ojalá salgan mas seguido!

NocheEnCasa

Tremendo final, no me lo esperaba. Bien jugado.

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