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Relatos Ardientes

El mejor amigo de mi padre y la noche que no debió pasar

Lo que iba a ser una sola noche en la ciudad terminó siendo lo único que recuerdo con claridad de aquel invierno. Vine a quedarme un fin de semana, de paso, porque tenía un trámite y su departamento estaba a diez minutos del centro. Nada más. Eso fue lo que me dije mientras armaba el bolso.

Estoy sentada en su sala, sola, con una manta sobre las piernas que él dejó doblada en el sillón antes de irse a dormir. Hace un par de horas intenté seducirlo. Fracasé.

Me vine acá a pasar el mal rato. Tengo vergüenza de seguir en esta casa, me habría ido sin decir nada, pero estoy demasiado lejos de lo mío. Tengo que esperar a que amanezca para sacar el pasaje y volver.

Confundí su amabilidad de recibirme con otra cosa. Y siendo honesta, con lo bien que está, no me costó nada imaginar que algo podía pasar.

Se llama Esteban. Tiene cuarenta y ocho. Yo tengo veintisiete. Podría decir que estuvo presente toda mi vida, pero no sería verdad: todo lo que sé de él me lo contaron mis padres. La última vez que lo vi fue a mis veinte, y entonces ni me fijé en lo atractivo que era.

Mis padres me matarían si se enteraran. Me da igual. Hace años que no vivo con ellos, y a Esteban no lo iba a volver a ver hasta quién sabe cuándo. Pero me rechazó. Y yo sé que él también quería.

Sigo mirando la serie en la pantalla sin entender nada de lo que pasa.

Una figura entra por el costado de la televisión y me sobresalta. Estaba acostada, tapada, cómoda, medio dormida. Está todo oscuro. No le veo bien la cara.

Camina directo hacia mí, con paso firme. No le distingo el rostro, pero su presencia llena la sala entera. Algo en el aire cambió.

Viene desabrochándose los botones de la camisa negra que me trae loca desde la tarde.

—Renata —mi nombre en su boca suena a perdición—. Esto va a ser así.

Llega hasta mis pies y me quita la manta de un tirón. No tengo tiempo de moverme ni de pensar.

La electricidad de hace unas horas vuelve de golpe. Me recorre entera, desde el centro de las piernas hasta los pezones.

—Solo esta vez. Estoy cansado, estoy caliente, y sé que vos también.

Me toma de los tobillos con las dos manos y sube despacio por mis piernas.

—Solo hoy —afirma. Mi respuesta es apenas un suspiro.

Apoya una rodilla en el sillón. Sus labios empiezan a recorrer mi piel, siguiendo el mismo camino que hicieron sus manos. La camiseta con la que me quedé se me subió hasta el abdomen y deja a la vista la tanga rosa, lisa, sin adorno.

Recorre los bordes con la yema de los dedos. No presiona en ningún lado. Me abre las piernas del todo, me besa los muslos, me los lame con calma.

Ya no puedo seguir mirándolo ahí, su cara entre mis piernas, haciendo estragos en todo mi cuerpo.

Mi respiración se vuelve pesada, superficial. Mientras me besa, su otra mano acaricia mi vientre, sube hasta el contorno de mis pechos. Me abre todavía más las piernas, me las lleva contra el cuerpo, y se me escapa un gemido pequeño.

La postura es obscena, casi sucia. Lo veo tocarme con dos dedos en el centro, recorrerme de arriba abajo. Estoy completamente mojada.

Me saca la tanga. Estiro las piernas para que pueda quitármela del todo.

—¿Siempre lo llevás así? —su voz es puro deseo. Sé que habla de lo lisa que estoy.

—Sí. Así me gusta.

Lo miro abrir mis labios con los dedos, recorrerlos despacio. Apoya un dedo en mi entrada y no lo mueve, apenas roza. Siento cómo todo se contrae adentro, y solo eso me arranca un latigazo de placer que me hace gemir.

—¿Creés que ya podés tenerme? —pregunta lento, sin dejar de mirar.

—No sé —tragué duro—. Vamos a tener que probar.

Baja la cabeza y me lame sin sacar el dedo. La posición no me deja moverme. No controlo nada de lo que me hace, y la verdad es que tampoco quiero.

Su lengua se siente increíble. No le aparto la mirada. Me aprieta los pechos con las dos manos mientras su boca trabaja sin pausa. Todo en mí le pide algo más, algo adentro, y no dejo de contraerme sin poder evitarlo.

Levanta la vista y me mira a los ojos. Tiene los labios a centímetros de mi centro.

—Tu cuerpo me está rogando —dice, soltando el aire.

Se incorpora y sube hasta mi boca. Siento mi propio sabor en sus labios cuando me besa, lento, posesivo, apretándome un pezón entre los dedos.

Quiero bajar las piernas, rodearle la cintura, atraerlo hacia mí. No me deja. Detiene el movimiento con las manos y me sostiene en la misma posición.

—Te la quiero meter así. Después como vos quieras.

Después. Ya está pensando en que va a haber más.

Le como la boca, le rodeo el cuello con los brazos, le hundo los dedos en el pelo. Apoya toda su erección contra mí. Lo voy a dejar empapado.

***

Bajo las manos por su cuerpo. Cuando nos separamos, me corre un poco la pelvis hacia abajo, hasta dejarme en una altura más cómoda para la espalda.

Le recorro los pectorales. La poca luz me da el ambiente justo para no tener vergüenza, para tocarlo todo, hasta llegar a su entrepierna.

Le abro el pantalón y salta una erección gruesa, marcada de venas. Retengo el aire un segundo. Es perfecta.

Le rodeo la punta con la palma de la mano. Le gusta. Su cuerpo se tensa, late contra mis dedos cuando la suelto para abarcarla entera.

Levanta la vista y me mira fijo, con unos ojos que dicen una sola cosa: te voy a partir en dos.

Me besa mientras sigo recorriéndolo, sintiendo cómo palpita cada vez que cierro la mano.

Me lleva un poco más atrás, me acomoda el cuello contra el apoyabrazos del sillón.

—¿Estás bien? —pregunta, suave.

—Me duele un poco la espalda —sigo tocándolo. Quiero lamerla.

—Levantá. —Tiene un cojín en la mano y me lo pone debajo.

Quedo cómoda, con la cabeza a centímetros de él. Lo paso por toda mi humedad, por todo mi centro. Él solo me observa, en silencio, me deja tocarlo como quiero.

Su pecho sube y baja a la vista. Sus manos van bajo mi camiseta, juegan con mis pechos, los aprietan uno contra otro y mi abdomen se contrae. Me sube la tela, los expone, baja a ellos y los besa, los lame, sucio, se los lleva a la boca, los succiona, juega con uno y después con el otro.

Apoya su sexo en mi centro con una mano. La otra la lleva a mi cadera, acercándome más a él.

Me besa el cuello. Siento sus labios mojados, me muerde, esconde la cara en el hueco de mi hombro cuando por fin cede y me deja recibirlo. Lo tomo entero.

La invasión es profunda. La punta abre paso por todo el canal y lo siento en todas partes. Me gime en el cuello, descarga su peso sobre mí por unos segundos.

No puedo decir nada ni moverme. Me siento muy llena, muy abierta. Necesito que se retire apenas unos centímetros.

Estoy temblando debajo de él.

Mueve la cadera, levanta el cuerpo y queda arrodillado frente a mí, con la mitad adentro. Arremete despacio, profundo. Apoya los dos pulgares y me acaricia mientras entra.

—Relajate, preciosa. —Y la mete toda.

Gimo fuerte. Se mueve en círculos, tocando un punto que me hace perder la cabeza. Cierro los ojos. Lo vuelve a hacer. Cuando la saca, mi cuerpo hace un sonido obsceno, y lo siento chorrear por todos lados.

—Eso es. Abrite para mí.

Juro que le habla a mi cuerpo, no a mí. Y mi cuerpo le obedece, lo recibe bien, se va acostumbrando a su grosor.

Se viene contra mí sin cortar el ritmo, me besa entera, me calla los gemidos. Solo se escucha el sonido de él entrando y saliendo, el de mi humedad recibiéndolo.

Como si fuera posible, lo siento crecer adentro, abrirme más. Echo la cabeza atrás y gimo duro. Me toma de la cintura y embiste más fuerte. Siento mis pechos temblar con cada choque. No soy la única gimiendo.

No para. Cada vez más intenso, más adentro. Sus manos grandes me rodean la cintura entera, me aprietan, y yo lo aprieto a él cada vez que entra.

Está cerca. Yo también voy a terminar.

Los espasmos se vuelven más seguidos, más fuertes, como si todo en mí quisiera retenerlo ahí, adentro.

Y explota.

El placer que se venía juntando en el centro se libera por toda mi columna. Los espasmos me recorren el cuerpo entero y él no deja de gemir, de meterla cada vez más rápido. Grito su nombre, le clavo las manos en la cadera. No quiero que se retire, pero ya no sé qué hacer con mi cuerpo.

Lo empujo apenas desde el abdomen. Sigue.

Sigue.

Sigue.

Grito su nombre más fuerte y una segunda ola me da vuelta entera.

Y pasa. Lo siento llenarme, terminar adentro con todo. Se deja caer sobre mí. Mis paredes no dejan de temblar. Ninguno de los dos deja de gemir.

Se siente exquisito su peso encima del mío, el cuerpo pegado al mío en la oscuridad.

Busca mi boca, arremete con la lengua, y yo le muerdo el labio de abajo.

Sigo temblando. Y ya sé que esta no va a ser la única vez, por mucho que los dos hayamos dicho que sí.

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