Aquella siesta en que me dejé ver por los vecinos
Hace ya algunos veranos de aquello, pero cada vez que paso al patio y veo la vieja bicicleta estática contra la pared del fondo, me vuelve la imagen completa: la luz blanca del mediodía, el sudor en la espalda y la respiración corta del miedo que se va volviendo otra cosa.
Vivo en un pueblo del interior, de esos donde si cruzás la plaza dos veces el mismo día ya se nota. Mi casa es la última de la cuadra, sobre una calle de tierra que termina en un descampado. Atrás del jardín está el viejo taller de mi abuelo, un galpón cerrado con chapas que cubre todo el costado oeste del terreno y nos regala una privacidad casi insular. Esa pared de chapa fue mi escudo aquella tarde.
Era enero. Llevaba casi dos semanas con temperaturas arriba de los cuarenta grados y el ventilador del techo apenas movía aire caliente. Me había duchado a la mañana, después de regar las plantas, y a la una y media volví a meterme bajo el agua fría porque la blusa se me pegaba al pecho. Cuando salí, ni siquiera me sequé del todo. Me quedé parada frente al espejo del cuarto, con la toalla en la mano, mirándome el contorno del cuerpo cubierto de gotas.
Hay un punto exacto en el verano en que el calor empieza a parecerse a otra cosa. No es incomodidad, es una especie de impaciencia que te corre por debajo de la piel. Yo lo conocía bien, pero esa siesta lo sentí distinto. Más insistente. Como si me empujara a hacer algo que no había hecho nunca dentro de mi propia casa.
Cerré la puerta del cuarto, aunque sabía que no había nadie. Mi madre estaba en lo de mi tía, mi hermano en la piscina del club. La casa era mía hasta la noche.
Lo primero que hice fue abrir las cortinas del cuarto de par en par. Las del frente, las que dan a la calle de tierra. Sé que suena temerario, pero conozco el pueblo: a las dos de la tarde, en pleno enero, nadie cruza esa cuadra. Los vecinos se meten adentro con el aire o se sientan en el garaje del fondo, lejos de la ventana. Y si alguien pasaba, debía pasar exactamente cuando yo estuviera enfrente del vidrio. Las probabilidades me daban el margen justo para asustarme y excitarme a la vez.
Quedé desnuda en la luz, con las gotas todavía rodándome por las clavículas. Sentí el reflejo verde del fresno del jardín contra el techo del cuarto y se me erizó la nuca. Caminé despacio hasta la cama, me recosté boca arriba en el borde y separé las piernas mirando directo a la ventana abierta. Me toqué primero por encima del vientre, lento, con la palma plana, como si quisiera reconocerme. Después bajé los dedos y empecé a dibujar círculos en el clítoris, muy suave al principio, sintiendo que estaba más hinchado de lo normal.
Que me vean.
La idea no me llegó como una decisión, me llegó como una corriente. En lugar de cerrar las piernas, me di vuelta. Apoyé la cara contra las sábanas, levanté la cadera y dejé el culo apuntando hacia el vidrio. Si alguien hubiera pasado en ese segundo, habría visto el dibujo entero, sin disfraz. Me toqué así, en cuatro patas, mordiéndome el labio cada vez que un auto lejano cambiaba de marcha. Ninguno frenó. Ninguno bajó la velocidad. Pero yo me imaginé que sí, y eso bastó.
Estuve un rato largo en esa postura. Hasta que el ardor en las rodillas y el aire pegajoso me obligaron a parar antes de terminar. No quería acabar todavía. Quería estirar el juego un poco más.
Me levanté sin ponerme la bata. Caminé por el pasillo desnuda, descalza sobre las baldosas frías, y sentí cómo el cuerpo me cambiaba de temperatura en cada paso. La sala da al otro costado de la casa, al jardín lateral, donde está el ventanal grande que se asoma al terreno del vecino. La casa de Domingo, el jubilado que vive con su hijo Andrés, queda como a treinta metros, separada por una hilera de palmeras y un eucalipto enorme. Pero el ventanal de la sala es alto, ancho, y a esa hora reflejaba el cielo limpio del mediodía.
Sé bien que desde su galería se ve mi sillón. Lo sé porque más de una vez, sentada con ropa y mate, había levantado la vista y visto a Andrés cortando el pasto con el torso desnudo. Si yo lo veía a él, él podía verme a mí.
El sillón es de tres cuerpos, viejo, con apoyabrazos macizos de madera tapizada. Subí una rodilla, después la otra, y me senté a horcajadas sobre el apoyabrazos del lado de la ventana. El borde de madera me presionaba justo en el lugar correcto. Empecé a moverme, despacio al principio, sintiendo cómo la tela rugosa me raspaba la cara interna de los muslos. La fricción me prendía fuego.
Hubo un momento en el que escuché el ladrido del perro de Domingo. Me quedé quieta, con el corazón galopando, mirando el ventanal sin parpadear. No vi ninguna sombra. No vi ningún movimiento. Pero la posibilidad estaba ahí, latiendo como un segundo pulso. Me la imaginé hasta el detalle: la cabeza de Andrés asomándose por el pasillo de tierra entre las palmeras, su mano sobre los ojos para esquivar el sol, su silueta intentando descifrar lo que estaba pasando del otro lado del vidrio. Solté un quejido contra el dorso de mi mano y volví a moverme, ahora más rápido, casi rabiosa.
***
Cuando me bajé del sillón tenía los muslos rojos y temblando. No había acabado todavía. No quería acabar todavía. La adrenalina me había abierto otra puerta, y atrás de esa puerta estaba la cocina.
La cocina da al patio trasero por una puerta corrediza de aluminio. Tiene un mosquitero medio roto y una cortina liviana que mi madre nunca cierra bien. Me asomé desde adentro, con el cuerpo todavía pegajoso, y miré a través del vidrio.
El patio era un cuadrado simple: piso de cemento alisado, una galería con techo de fibrocemento, un par de cajones plásticos apilados, dos sillas de jardín, una manguera enrollada y, en el extremo más cercano a la pared de chapa del taller, la bicicleta estática. La había comprado mi madre dos inviernos antes con una promesa que nunca cumplió. Estaba ahí, oxidada en algunas partes, con el asiento de vinilo cuarteado, esperando.
El problema era el lado opuesto. El vecindario del este no tenía pared, solo un cerco bajo de ligustro. Si los vecinos de esa casa estaban en su galería —y siempre estaban en su galería al mediodía— me veían entera. Bastaba con que uno de ellos diera tres pasos hacia la izquierda, hacia el sector de las parrillas, para tener vista limpia de todo el patio mío.
Me quedé varios minutos pegada al marco de la puerta, calculando. Escuché ruido de cubiertos lejano, una conversación inentendible, una risa de mujer. Estaban almorzando. Estaban distraídos. La probabilidad volvía a estar de mi lado, pero esta vez por muy poco margen.
Tomé la toalla que me había dejado en una silla del living, la apreté contra el pecho como si fuera a darme valor, y abrí la puerta corrediza. El aire de afuera me golpeó como un horno. El cemento, a esa hora, quemaba bajo los pies; tuve que caminar de puntas, casi de costado, hasta llegar a la sombra de la galería.
Solté la toalla sobre los cajones. Mi cuerpo entero estaba al sol, expuesto en un ángulo que durante años había evitado incluso con vestido puesto.
No frenes ahora. Si frenas, no lo haces nunca más.
Me agaché frente a la dirección del cerco, en cuclillas, con las rodillas abiertas. Abrí los labios con dos dedos, sin tocarme, ofreciéndome al espacio vacío entre los ligustros. Si alguien hubiera dado esos tres pasos, me habría encontrado así, en pose de animal en celo, mirándolo de frente. Nadie los dio. La voz de la mujer siguió hablando del horno, del calor, de una receta. Ninguno se movió. Y yo, en lugar de tranquilizarme, me sentí decepcionada. Quería que alguien me viera. Quería que alguien me hubiera visto desde el principio.
***
Me incorporé despacio. La bicicleta estaba a un metro y medio, contra la pared de chapa. Caminé hasta ella sin mirar al cerco, como si negarles la mirada los castigara. Me apoyé en el manubrio con las dos manos y pasé una pierna por encima del cuadro. El asiento de vinilo, calentado por el sol, me quemó al primer contacto. Me mordí el labio para no quejarme en voz alta.
Me senté en el borde del asiento, apenas, dejando que el bulto plástico se hundiera entre mis labios. Empecé a balancearme adelante y atrás, sin pedalear, usando el asiento como un punto de fricción. La piel ya estaba tan resbalosa que el plástico se sentía suave, deliciosamente firme. Una mano se quedó sostenida del manubrio. La otra subió a mi pecho derecho y empezó a apretar el pezón con la fuerza justa para que doliera apenas, ese dolor que en realidad es otra cosa.
Los pezones se me endurecieron como dos canicas calientes. La cadera empezó a moverse sola, en círculos cada vez más cerrados, cada vez más rápidos. Estaba al sol, en el patio, en pleno mediodía, montando la bicicleta de mi madre, con los vecinos almorzando a quince metros y una calle de tierra abierta detrás del galpón. No me importó nada. Me dejé caer sobre el asiento con todo el peso, abrí más las piernas y froté hasta que la respiración me empezó a romperse en pedazos.
Sentí el orgasmo subir desde los muslos, lento, agarrándose a cada centímetro, hasta que me explotó en la base de la espalda y me obligó a tomarme del manubrio con las dos manos para no caerme. Solté un gemido bajo, retenido, que se mezcló con el zumbido de una mosca en el techo de fibrocemento. Me quedé temblando, con la frente apoyada entre las manos, escuchando mi propio corazón.
Cuando levanté la vista, vi el cerco intacto, la casa vecina intacta, el cielo intacto. Como si nada hubiera pasado. Como si todo lo que había sentido fuera solo mío.
Y quizás lo fue. O quizás no. Nunca lo voy a saber.
***
Me bajé de la bicicleta con las piernas blandas. Recogí la toalla, me la envolví debajo de los brazos y volví a entrar a la casa por la puerta corrediza, dejando huellas húmedas sobre el cemento que el sol borró en menos de un minuto. Cerré la puerta detrás de mí, corrí la cortina, y me apoyé contra la pared de la cocina riéndome sola, todavía con el pulso desbocado.
Me tomé un vaso de agua de la heladera, lento, escuchando cómo el frío me bajaba por la garganta. Me miré las manos: me temblaban. Me miré los muslos: estaban marcados con el dibujo del vinilo. Me toqué el pecho y sentí el corazón todavía latiendo demasiado fuerte para una siesta común.
Esa tarde, después de vestirme, salí al patio con una jarra y rocié las plantas. Saludé al vecino del este por encima del ligustro cuando me crucé con él cargando bolsas. Me miró igual que siempre. Sonrió igual que siempre. Tal vez no había visto nada. Tal vez había visto todo y prefería guardárselo. Tal vez yo le había prestado una escena que él, sin saberlo, iba a recordar el resto del verano.
De cualquiera de las tres maneras, gané.
La bicicleta estática sigue ahí, contra la pared de chapa. Mi madre nunca la usó. Yo, en cambio, todavía me pregunto por qué no la uso más seguido.