Mi compañero de piso hetero quiso probar por primera vez
Hace tiempo que no actualizo lo que pasa con mi compañero de piso, el que se suponía que era cien por cien hetero, y la verdad es que han cambiado muchas cosas en estos meses. Pero lo importante ocurrió en enero, así que dejadme que os ponga al día, porque tengo bastante que contar.
Para quien no conozca el principio, resumo: compartimos piso desde hace casi dos años, una noche cualquiera se desató algo entre nosotros y terminamos en la cama. Bruno me dejó claro al día siguiente que aquello no significaba nada, que él era hetero y que conmigo no quería nada serio. Yo le dije que me parecía perfecto, que cuando los dos estuviésemos calientes podíamos follar y luego seguir siendo amigos como si nada.
El problema era hacerlo en casa. Teníamos una tercera compañera, Lorena, y entre las normas que ella puso para alquilar la habitación estaba la de no convertir el piso en un picadero. Así que aprovechábamos las tardes en que ella no estaba. A veces incluso nos avisábamos cuando uno iba a traer a alguien, para coincidir: yo follándome a algún tío en mi cuarto y él dándole a una chica en el suyo, escuchándonos gemir a través de la pared. Confieso que esa parte me ponía muchísimo.
Otros días, sin nadie de por medio, la tarde se nos iba entre mamadas, partidas a la consola y ponerme yo a cuatro patas para él. Bruno ya me tenía el punto bien cogido. Folla con una fuerza que asusta, aguanta una barbaridad pese al ritmo que mete, y encima está pendiente de que yo lo disfrute. No suelo hacer de pasivo, pero diría que mis mejores polvos han sido con él. Le estaba cogiendo el gusto a que me la metiera.
Porque yo soy versátil, y aunque me encanta que me follen, la mayoría de los días puede más mi necesidad de meterla. Sé que recibir es más placentero, pero hay algo en llevar el control, marcar el ritmo de las embestidas, saber que con cada movimiento estoy haciendo gozar a otro hombre, que me vuelve loco. Solo con imaginarme a un tío a cuatro patas esperando mi polla ya se me empalma. Y si encima me deja darle alguna palmada mientras lo embisto, mejor todavía.
***
El caso es que una noche estábamos cenando los dos en el sofá del salón. Yo andaba con el móvil, hablando por una app con un chaval al que pensaba follarme esa misma noche, y Bruno había quedado con una chica. La conversación se me estaba calentando y, como iba en pantalón de pijama, se me empezó a marcar el bulto sin remedio.
—Serás cabrón —soltó él, mirándome fijamente la entrepierna. Me puso la mano encima, me sostuvo la mirada y añadió—: ya te pueden estar calentando bien para que estés así.
Empezó a frotármela por encima de la ropa, despacio. Yo le aparté la mano.
—Para, tío, que me quiero reservar para el chaval. Además, ¿tú no habías quedado también?
—Me acaba de dejar plantado la muy lista —dijo, agarrándome los huevos por encima del pijama—. Anda, que los maricones sois muy guarros. Te follo yo ahora y después te follas al de la app, que para eso sois insaciables.
Estuve a punto de aceptar. Pero entre lo que Bruno tarda en correrse, las ganas que tenía de enterrar la polla en algún sitio y que quería acostarme pronto, no me daban las cuentas para dos polvos. Ni siquiera sabía si me iba a dar tiempo a esperar al de la app como para encima follar dos veces.
Estuvimos un rato de bromas: yo le apartaba la mano, él se sacaba la polla y se la meneaba un poco, yo me la sacaba, seguía cenando y no le dejaba tocar para que se fastidiara. Cosas de amigos, supongo. Al final le dejé claro que no tenía ganas, que lo que me apetecía era metérsela a alguien y que, salvo que él me ofreciera su culo, pensaba seguir adelante con mi plan.
Se quedó callado. Y ese silencio me sonó rarísimo.
¿Se lo estará planteando de verdad?
No respondió nada, así que terminé de cenar. Justo cuando iba a recoger, el de la app me escribió que mejor lo dejábamos para mañana. A mí no me supuso ningún drama: me podía quedar con la polla de Bruno y, de paso, vendérselo como que lo hacía por él. Me levanté, fui a la cocina a tirar los restos y, al volver al salón, lo encontré todavía pensativo.
—Joder, qué callado estás, hermano. ¿Te estás planteando que te folle o qué? —se lo dije medio en broma, pero con tono serio.
—Sí, tío. No sé si atreverme.
***
Al oír eso me acerqué y le planté un buen morreo mientras le pasaba la mano por el pecho. Él se apartó un poco.
—A ver —dijo—, las últimas veces que hemos follado te he visto disfrutarlo tanto que me ha entrado curiosidad por saber qué se siente. Pero si lo hacemos me tienes que prometer que vas a ser delicado, que te he oído cómo les das a los tíos que te traes a casa.
—No te preocupes —le respondí, guiñándole un ojo—, seré todo un caballero.
Nuestras bocas volvieron a encontrarse. Le bajé el pantalón para empezar a tocarlo, él hizo lo mismo conmigo, y entre besos nos fuimos a su cuarto. Nos tumbamos en la cama y seguimos liándonos, masturbándonos el uno al otro. Noté cómo aceleraba la mano y, de pronto, dejó de besarme para metérsela en la boca. No veas cómo había mejorado la técnica el cabrón en estos meses.
Disfruté un rato de la mamada y después lo coloqué al borde de la cama para devolvérsela y, de paso, ir jugando con los dedos en su culo. Probé a meterle uno, pero le molestaba. Al fin y al cabo era un tío que nunca había explorado esa zona; costaba abrirlo y lo notaba tenso, nervioso. Así que cambié de estrategia y me dediqué a comerle el culo.
Aquello le voló la cabeza. No solo notaba cómo se iba relajando poco a poco, sino que empezó a gemir de una forma que solo le había escuchado cuando estaba a punto de correrse. Estuve un buen rato así, comiéndoselo mientras se la meneaba despacio, hasta que lo sentí del todo receptivo.
Volví a metérmela en la boca y probé otra vez con un dedo. Ahora entró perfecto. Seguí con un segundo, que me costó algo más, pero acabó cediendo. Le pegaba succiones en la punta mientras movía los dedos dentro de él.
—Cabrón, me está flipando. Como sigas así me corro —me dijo entre jadeos.
Paré de mamársela y me concentré en abrirlo bien, buscándole la próstata hasta que conseguí meterle un tercer dedo. Jugué un rato más con él y entonces alcancé el lubricante. Me eché un buen chorro en la polla y otro en su culo. Como ya estaba al borde de la cama, solo tuve que levantarle las piernas. Le pregunté si estaba listo, me dijo que sí, y empecé a introducírsela muy despacio.
Cuando llevaba la mitad me incliné a besarlo, hasta que mis huevos hicieron tope contra él. Estaba apretadísimo. Cada roce me ponía a mil, y tuve que frenarme conscientemente, porque si me dejaba llevar empezaba a embestirlo como un animal.
—Avísame si te duele —le susurré.
***
Empecé sacándola y metiéndola muy lento. Estuve así varias veces, hasta que probé a sacarla un poco más y clavarla algo más rápido, lo que le arrancó un gemido. Era justo lo que necesitaba escuchar para saber que estaba listo para más. Por si quedaba alguna duda, me miró y asintió con la cabeza.
—¿Quieres que te dé más fuerte? —le pregunté mirándolo a los ojos.
—Por favor —respondió.
—¿Seguro? ¿Sí o…?
—Sí, sí que… ¡aaah! —No pudo terminar la frase, porque ya le estaba dando caña de verdad.
Empecé a follarlo mucho más rápido y profundo. Notaba mis huevos chocar contra él cada vez que se la enterraba entera. Fui subiendo el ritmo poco a poco y los dos gemíamos como locos, él sobre todo; jamás lo había oído así. Era otra persona, suelta, entregada, sin rastro del tío que dos horas antes juraba que aquello no era para él.
Aguanté embistiéndolo todo lo que pude, hasta que sentí que me corría. Él no había querido que se la tocase, porque decía que no sabía si aguantaría sin correrse antes de tiempo. Pero al ver que a mí me quedaba poco, empecé a masturbarlo, y enseguida se vino. Entre lo apretado que estaba y las contracciones de su orgasmo, no pude evitar correrme yo también. Se la saqué a tiempo y descargué sobre su abdomen, mezclando las dos corridas.
Me dejé caer a su lado y nos quedamos un par de minutos tumbados, recuperándonos del polvazo.
—Supongo que ahora soy uno de tus maricones —dijo de repente.
—¿Cómo? —pregunté, sin entender del todo.
—Que me ha gustado, tonto. Creo que después de esto ya no me puedo considerar muy hetero.
***
Después de aquella noche hemos follado muchas más veces. Bruno descubrió que ser pasivo le gusta bastante, y yo encantado con el descubrimiento: cuando me apetece, me folla él; cuando no, me lo follo yo. La cosa fluye como nunca.
Lorena acabó enterándose y nos pidió que nos marcháramos del piso. Mejor para nosotros, la verdad: ahora vivimos los dos solos en un apartamento de dos habitaciones que nos sale por el mismo dinero y es mucho más luminoso. Y, sobre todo, sin normas absurdas sobre a quién podemos meter en casa.
Yo he empezado a sentir cosas por él, y creo que él por mí también. Pero no sé si está preparado para salir con otro hombre y para todo lo que eso conlleva. De momento solo se lo ha contado a un par de amigos, que es bisexual. Todavía lo está asimilando.
Hace una semana me pidió exclusividad. Me dijo que quería estar conmigo, pero que respetara sus tiempos, que de momento prefería no llamarlo relación. Así que ahora tengo un… ¿amante exclusivo? Algo así. Es cuestión de tiempo que termine de aceptarlo del todo. Al principio me lo pensé, porque yo ya tengo una edad como para andar acompañando a alguien en su salida del armario, pero la verdad es que creo que puedo darle un par de meses. Por él, los que hagan falta.
Y con esto ya estáis al día de lo que ha pasado con mi compañero de piso. ¿Qué os parece? Escribirlo me ha hecho revivir un montón de emociones de estos meses, y reconozco que estoy deseando que llegue la noche para follármelo y ver una peli en el sofá después.