Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi marido no sabe lo que hice en la consulta médica

Tengo treinta y dos años, llevo casi diez de casada y, según mi marido, debería estar tranquila. Es lo que me dice cada vez que se le ocurre, que ya es bastante poco. La verdad es otra. La verdad es que llevo años durmiendo al lado de un hombre que me lleva dieciocho años, que ya no me mira como antes, que cumple en la cama los sábados —cuando se acuerda— y que confunde la rutina con la fidelidad.

Para que se entienda mejor: soy morena clara, mido un metro sesenta y dos, tengo el pelo negro hasta media espalda y la boca grande, esa que la gente describe como «carnosa» y que mi marido casi nunca besa. Tengo caderas anchas, muslos firmes y un pecho que siempre me ha dado más problemas que satisfacciones. Una talla treinta y ocho copa C que me obliga a comprar sostenes caros y a soportar bromas en cada cumpleaños familiar. Me depilo siempre. Cambio el diseño cada quince días, depende del humor. Eso, lo que se ve cuando me desvisto, lo decido yo. Lo demás, durante mucho tiempo, lo decidió otro.

Soy caliente. No lo digo con orgullo ni con vergüenza, lo digo porque es un hecho. Pienso en sexo a media mañana mientras tiendo la cama, pienso en sexo cuando voy a la farmacia, pienso en sexo cuando suena cualquier canción medianamente decente en el coche. Veo porno casi todas las noches con los auriculares puestos mientras él ronca, y me masturbo en el baño con la puerta cerrada como una adolescente. Ese era el escenario hasta hace algunos meses. Después dejó de bastarme.

La idea me vino mirando una de esas escenas absurdas en las que una paciente termina con las piernas abiertas sobre la camilla y un médico que olvida por completo el juramento. Sé que es un cliché. Lo sé. Pero los clichés tienen la ventaja de ser fáciles de reproducir, y yo estaba dispuesta a probar.

Elegí una clínica en otra zona de la ciudad, una a la que nunca había ido. Pedí cita con un médico general al azar, alguien cuyo apellido no me decía nada. Lo único que comprobé fue que era hombre y que tenía hueco esa misma semana. Me vestí con una blusa blanca de botones —no demasiado escotada, no hace falta— y una falda larga de algodón, de esas que parecen recatadas hasta que cruzas la pierna. Debajo, una tanga de hilo color mandarina, prácticamente transparente por delante. No me puse sostén. Estaba mojada solo de pensar en lo que iba a hacer.

***

El consultorio era pequeño: una camilla pegada a la pared, un escritorio viejo y un cartel con los huesos del cuerpo humano que llevaba allí más años que yo en este matrimonio. El doctor —lo llamaré Esteban, aunque ese no es su nombre— rondaba los sesenta. Pelo gris bien recortado, gafas en la punta de la nariz, manos grandes y bronceadas. Olía a colonia barata, de las que llevan limón. No era guapo. No me importaba.

—¿Qué la trae por aquí? —preguntó sin levantar la vista de la pantalla.

—Tengo algo de gripe, doctor. Dolor de garganta, un poco de fiebre por la noche.

Me revisó con paciencia mecánica. Me iluminó la garganta con la linterna, me hizo respirar hondo contra el estetoscopio frío, me tomó la tensión. Todo correcto. Recetó antigripales, paracetamol, los típicos consejos sobre líquidos y reposo. Estaba a punto de despedirme y entonces dejé caer la primera carnada.

—Doctor, ya que estoy aquí, le quiero preguntar algo que no tiene que ver con esto. Es sobre mi pecho.

Levantó la mirada por primera vez. Las gafas le bajaban por la nariz.

—Dígame.

—Estoy pensando seriamente en una reducción. A veces me incomoda, me duele la espalda, no encuentro ropa que me quede bien. Pero también me da miedo cómo pueda quedar después. ¿Usted qué opina?

Me explicó vagamente que dependía de la elasticidad de la piel, de la cantidad de tejido, que existían distintas técnicas, que lo mejor era ver a un cirujano plástico. Hablaba en automático. No estaba interesado todavía. Decidí subir la apuesta.

—¿Le puedo mostrar para que me dé una opinión sincera? Es que de verdad estoy entre hacerlo o no.

No esperé respuesta. Me desabroché tres botones de la blusa, separé la tela y dejé que mis pechos quedaran a la vista bajo la luz blanca del consultorio. No llevaba sostén. Los pezones se me pusieron duros al instante, no sé si por el aire acondicionado o por la cara del doctor, que dejó de ser cara de médico y pasó a ser cara de hombre.

—Señora —dijo, y se aclaró la garganta. La voz le había bajado un tono—. Son… son pechos firmes. No es estrictamente necesario reducir. Pero entiendo que la decisión es personal.

—Es que mire, aquí —dije, levantándomelos un poco con las manos—. Pesan. Me dejan marcas.

Lo miré a los ojos mientras lo decía. Tardó dos segundos en apartar la vista. Dos segundos son una eternidad cuando uno mide ese tipo de cosas.

—Puede vestirse cuando quiera —dijo, fingiendo escribir algo en la computadora.

No me vestí. Me quedé así, con la blusa abierta y los brazos cruzados debajo de los pechos, como si estuviera pensando.

—Tengo otra duda, doctor. Pero esta es más rara. Llevo tres días sintiendo una bolita en la ingle, casi al lado de mi sexo. No sé si es un quiste o qué. ¿Podría revisar?

Tragó saliva. Lo vi. Tenía las manos sobre el teclado y los dedos se le quedaron quietos un instante de más.

—Puedo revisar, claro. Acuéstese en la camilla, por favor.

***

Me subí a la camilla y me recosté de medio lado. La falda subió sola los primeros centímetros. Él se acercó con el banquito rodante y se sentó frente a mí. Yo, despacio, me fui levantando la falda hasta el muslo. Después, hasta la cadera. Después, del todo.

La tanga naranja, casi transparente, se transparentaba todavía más por la humedad. No traté de disimularlo. No había venido a disimular.

—Aquí, doctor —le dije, y me toqué con dos dedos por encima de la tela, justo en el pliegue de la ingle—. Aquí siento la bolita.

Esteban no contestó enseguida. Acercó la mano, dudó, y al final apoyó los dedos sobre mi piel. Estaban tibios. Empezó a palpar con la punta del índice y del medio, presionando suavemente como si de verdad buscara algo.

—Aquí no noto nada —murmuró—. ¿Más al centro?

—Más abajo. Justo al lado.

Bajó los dedos. Los rozó contra el borde de la tanga. Levantó la vista para mirarme y yo no aparté la mía. Bajó otra vez la cabeza.

—Aquí tampoco.

—Más al lado, doctor. Casi pegado.

Cuando sus dedos rozaron la tela mojada, el aire del consultorio cambió. Lo sentí en mi propia piel, lo sentí en su respiración, que se había vuelto un poco más larga. Bajé la mirada y vi el bulto debajo de la bata blanca. Llevaba la bata abierta encima de la camisa. Debajo de la camisa, debajo del pantalón, ya estaba todo dicho.

Levanté la cadera apenas y me hice la tanga a un lado con un dedo. Mi sexo quedó al descubierto, depilado, brillante. Esteban se quedó quieto. El dedo medio se le suspendió a un centímetro de mí.

—Si quieres puedes tocar —le dije, bajando la voz hasta donde solo me oía él—. Yo ya tengo ganas de sentir tus dedos.

No hubo discusión. No hubo «señora» ni «no debería». Lo que hubo fueron sus dos dedos deslizándose por entre mis labios, recorriendo el largo, separando, hundiéndose un poco en mí. Tenía las manos grandes y los dedos torpes al principio, casi tímidos, como si no terminara de creer lo que estaba pasando. Pero el cuerpo lo ayudó. Se dejó llevar a los pocos segundos.

Empezó a moverlos en círculos pequeños. Yo cerré los ojos y dejé caer la cabeza contra la almohadilla rígida de la camilla. Cuando los abrí, él estaba inclinado entre mis piernas y lo siguiente que sentí fue su lengua. No la imaginé tan suave. Lamía despacio, de abajo hacia arriba, deteniéndose unos segundos en el clítoris y bajando otra vez. Solté el aire de golpe. No tenía sentido fingir que no.

—Esteban —dije, sin saber si era el nombre correcto, pero ya daba igual—, ven, siéntate aquí.

Se incorporó, todavía respirando rápido. Me bajé de la camilla, lo empujé suavemente al banquito y me arrodillé entre sus piernas. Le abrí el cinturón con prisa, le bajé el pantalón hasta las rodillas, le bajé los calzoncillos. Tenía una erección recta, no enorme pero firme, con la punta brillante de líquido. La piel de la base era más oscura que el resto. Olía a hombre limpio.

—¿Te puedo chupar? —pregunté, ya con la punta a un centímetro de mi boca—. Tengo muchas ganas.

—Sí —contestó, ronco—. Por favor.

***

Empecé despacio. Le lamí toda la longitud, de la base a la punta, como si fuera un helado que no quería que se cayera. Después rodeé la cabeza con la lengua, jugando con el frenillo, con la abertura de la punta, presionando con la punta de la lengua. Lo veía echar la cabeza hacia atrás, agarrarse al borde del banquito con las dos manos. Bajé y le lamí los testículos uno a uno, sin prisa, mientras le rodeaba la base con los dedos.

—Pero qué… —empezó a decir, y no terminó la frase.

Me lo metí entero. Tan profundo como pude. Con cada subida lo soltaba un instante y volvía a metérmelo, manteniendo el ritmo. La saliva me chorreaba por la barbilla. Una mano de él se posó en mi nuca, no para empujar, solo para acompañar. Me gustó. Me hizo soltar un sonido alrededor de él.

—Espera —dije, parando un segundo—. Quiero que sigas tocándome mientras te lo chupo.

Me subí otra vez a la camilla, esta vez en cuatro patas, mostrándole la espalda. Me bajé del todo la tanga, la dejé en el tobillo. Volví a metérmela en la boca por debajo, en una postura imposible, con la cadera en pompa y sus dedos otra vez en mí. Esta vez no se contuvo. Hundió los dedos dentro y subió el pulgar al clítoris. Hacía círculos lentos y constantes mientras me embestía con dos dedos. Yo seguía mamándolo, con los ojos llorosos y el cuerpo entero ardiendo.

El primer orgasmo me vino así. Sin avisar. Casi me caigo de la camilla. Solté su sexo un segundo, abrí la boca contra su muslo, temblé. Él no paró. Siguió moviendo los dedos hasta que yo se los aparté.

—Ahora termina tú —le dije, volviendo a su pene.

No tardó mucho. Tenía el placer acumulado de mil consultas a personas con gripe, de mil tensiones tomadas, de mil señoras que jamás se desnudaron en su camilla. Soltó un quejido bajito, muy controlado, casi avergonzado. Sentí el primer chorro caer contra mi lengua, después otro, después otro más. Tibio, espeso, salado. Tragué casi todo. Una parte se me escapó por la comisura. Me limpié con el dorso de la mano sin dejar de mirarlo.

Me corrí por segunda vez con los dedos en mí, antes de levantarme. No con los suyos. Con los míos.

***

Nos vestimos en silencio. Él se subió el pantalón con manos temblorosas, se acomodó la bata, se sentó frente a la computadora sin saber muy bien qué hacer con su cuerpo. Yo me abroché la blusa con calma, me alisé la falda, me pasé los dedos por el pelo. Tenía la cara roja, los labios hinchados, los pezones todavía marcándose contra la tela. No me importaba.

—Doctor —dije desde la puerta, con una sonrisa que él no me supo devolver—, gracias por el diagnóstico.

Salí. Pasé por la recepción y la secretaria me llamó para cobrarme. El doctor había olvidado pasar la consulta al sistema. Pagué en efectivo, sin recibo, y me fui caminando hasta el coche con la tanga todavía húmeda dentro del bolso.

Esa fue la primera vez. La primera vez que decidí dejar de calentarme sola en mi baño y salir al mundo a buscar lo que mi marido había dejado de darme. La primera, dije. Significa que no fue la última. Pero esa, esa, la cuento otro día.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.