Probé aquel vestido de novia y descubrí a otra persona
Entré a la tienda sin saber muy bien por qué lo hacía, empujado por esa inercia rara que a veces nos lleva a lugares que nunca habíamos pensado visitar. Era una tarde de marzo, gris y húmeda, una de esas tardes en las que el cielo se queda suspendido en la amenaza de una lluvia que no termina de caer. Caminaba sin rumbo por una calle estrecha del centro que casi nunca pisaba, una calle de edificios viejos apretados unos contra otros y comercios que sobrevivían a duras penas entre cafeterías de moda y locales vacíos.
La tienda de segunda mano estaba en una esquina, con el escaparate abarrotado de objetos colocados sin ningún criterio: una lámpara de pie con la pantalla torcida, dos maletas antiguas apiladas, un maniquí sin cabeza con un abrigo de tweed. En el cristal empañado habían pegado un cartel escrito a mano que decía Aquí nada termina de morir, con una caligrafía temblorosa que me hizo pensar en manos viejas.
No necesitaba nada. Esa es la verdad más honesta que puedo ofrecer sobre aquel momento: no buscaba nada, no me faltaba nada. Tenía treinta y dos años, un trabajo que no me disgustaba pero tampoco me apasionaba, un piso pequeño que compartía con un compañero al que apenas veía, y una sensación constante de estar esperando algo que no sabía nombrar. Entré porque la puerta estaba abierta y porque dentro se veía cálido, y porque a veces uno entra a un sitio solo para dejar de estar afuera.
El olor fue lo primero que me recibió: polvo antiguo, madera vieja, telas que han absorbido décadas, cuero gastado y algo vagamente floral, como lavanda olvidada en el fondo de un cajón. No resultaba desagradable, sino reconfortante de una manera extraña, como si al cruzar el umbral hubiera entrado también en otro tiempo. La mujer que atendía apenas levantó la vista del mostrador; me hizo un gesto vago con la mano que interpreté como permiso para mirar lo que quisiera.
Me adentré con esa indiferencia fingida que adoptamos cuando no tenemos ningún propósito, dejando que mis dedos rozaran las cosas: el lomo de un libro de cocina de los años setenta, un jarrón con un desportillado en el borde, el terciopelo gastado de un cojín que alguna vez había sido rojo. Había algo hipnótico en deambular sin destino, algo que me permitía vaciar la mente y simplemente existir en el presente, entre objetos que habían pertenecido a desconocidos y que ahora esperaban a que alguien los reclamara.
Fue entonces cuando lo vi. O, para ser más preciso, fue él quien me encontró a mí, porque yo no lo estaba buscando y sin embargo ahí estaba, colgado al final de una barra de ropa, medio oculto entre abrigos de invierno. Un vestido de novia. Blanco, de ese blanco que no es blanco del todo sino que tiene matices de marfil, un blanco cálido que sugería suavidad antes de tocarlo. Una funda de plástico transparente lo protegía del polvo, pero a través de ella se adivinaba la caída de la tela, el corpiño que se estrechaba antes de abrirse en una falda amplia, el encaje que recorría las mangas formando dibujos como flores.
Me quedé inmóvil, como si me hubieran echado raíces en el suelo de madera. Sentí una opresión en el pecho que no era dolor ni comodidad, algo parecido al vértigo de asomarse al borde de un precipicio sabiendo que no vas a saltar pero sin poder evitar imaginarlo. Es hermoso. Ese fue mi primer pensamiento. El segundo fue preguntarme por qué demonios me había detenido frente a un vestido de novia como si tuviera alguna relevancia para mí. El tercero, más traicionero, fue notar que mi polla se había endurecido dentro del pantalón sin permiso, palpitando contra la tela con una insistencia que me hizo tragar saliva.
Debería haber seguido caminando. Es lo que habría hecho cualquiera. En lugar de eso di un paso, y luego otro. La funda crujió cuando la rocé, un sonido pequeño que en el silencio me pareció ensordecedor, y por un instante me quedé paralizado, convencido de que la mujer del mostrador levantaría la vista y me preguntaría qué estaba haciendo. No lo hizo. Nadie me miraba. Y esa soledad me dio el valor —si es que puede llamarse valor a algo tan diminuto y tan aterrador a la vez— para apartar el plástico y tocar la tela.
Era suave. Increíblemente suave, con esa textura sedosa de las telas que han sido elegidas con cuidado para un día importante. Mis dedos recorrieron el encaje casi sin que yo les diera permiso, siguiendo los contornos de aquellos dibujos florales, y sentí que algo se movía dentro de mí. Algo que llevaba mucho tiempo dormido y que de pronto estaba muy despierto, mirándome desde el interior de mi propio pecho con ojos que no reconocía. Mi verga latió una segunda vez, más fuerte, y noté una humedad tibia asomándose en la punta, manchando el algodón del calzoncillo con una gota espesa de líquido preseminal.
Aparté la mano como si la tela quemara, aunque no quemaba. Di un paso atrás, y luego otro, sin dejar de mirarlo. El corazón me golpeaba las costillas con una urgencia absurda, tenía las palmas húmedas y un nudo en la garganta. Sabía que aquello no tenía nada que ver con la ansiedad y sí todo que ver con la imagen que había cruzado mi mente durante una fracción de segundo y que ahora intentaba borrar: yo mismo, vestido de blanco, con la tela cayendo sobre mi cuerpo, la polla dura debajo de la falda, mirándome en un espejo que no existía.
Salí sin comprar nada. Pasé junto al mostrador con la cabeza gacha, murmuré un «gracias» que la mujer ni siquiera escuchó y empujé la puerta con más fuerza de la necesaria. El aire frío me golpeó la cara y caminé rápido, casi corriendo, con la erección todavía apretada contra la bragueta, repitiéndome que no había pasado nada, que solo había visto un vestido bonito y lo había tocado, y que aquello no significaba absolutamente nada.
***
Pero no lo olvidé. Esa noche, acostado a oscuras con el tráfico filtrándose por la ventana, el vestido volvió a mí con una claridad que me asustó. Podía verlo en la oscuridad de mis párpados, blanco y brillante, y sentía todavía en las yemas de los dedos la textura del encaje. Con él venían preguntas que no quería hacerme, preguntas acumuladas durante años en algún rincón oscuro de mi mente. ¿Por qué me afectó tanto? ¿Qué fue eso que sentí, esa mezcla de miedo y fascinación que se parecía tanto al deseo? No estaba preparado para responder, pero mi cuerpo sí, y bajo las sábanas la polla se me puso dura otra vez, dura como no lo había estado en meses, tan hinchada que dolía. Metí la mano dentro del calzoncillo casi sin decidirlo. Estaba mojada, empapada de líquido preseminal, resbaladiza. Me la agarré por la base y empecé a masturbarme despacio, imaginando el encaje contra mi pecho, la falda amplia rozándome los muslos, el corpiño ciñéndome la cintura. La imagen fue suficiente. En menos de un minuto me corrí a chorros sobre mi propio vientre, mordiéndome los labios para no gemir, y cuando terminé sentí un calor extraño en la cara, mezcla de vergüenza, alivio y una necesidad todavía intacta que la corrida no había apagado. Me limpié con la camiseta, la tiré al suelo y me di la vuelta, y hice lo de siempre: enterré todo bajo capas de negación y me obligué a pensar en las facturas, en el trabajo, en cualquier cosa que no fuera aquella tela blanca.
Los días siguientes fueron extraños. Iba a la oficina, hablaba con mis compañeros, sonreía cuando tocaba sonreír, pero por dentro estaba en otra parte. El vestido me perseguía. Lo veía al cerrar los ojos, lo veía reflejado en los escaparates de camino al metro, en las novias de las películas que mi compañero de piso veía por las noches en el salón. Cada noche, sin excepción, terminaba con la mano en la polla y el vestido en la cabeza, corriéndome en la ducha, en la cama, una vez incluso en el baño de la oficina, mordiéndome el puño para no soltar un gemido. Era como si el mundo entero se hubiera puesto de acuerdo para no dejarme olvidar lo que había sentido aquella tarde.
Cuatro o cinco noches después soñé con él. En el sueño la tienda estaba vacía, sin estanterías ni muebles, solo el vestido colgado en medio de la nada bajo una luz sin origen. Me acercaba con el corazón en la garganta y, cuando extendía la mano, el vestido se deslizaba de la percha y flotaba hacia mí como si tuviera vida propia. Y entonces yo me lo ponía. No recuerdo cómo; solo sé que de pronto estaba dentro, envuelto en la tela, y me miraba en un espejo aparecido de la nada. La persona que me devolvía la mirada era yo y no era yo: alguien que no conocía y que sin embargo reconocía, que sonreía con una sonrisa pequeña y secreta, como diciendo por fin, por fin, por fin. En el sueño la falda se levantaba sola y aparecían mis manos por debajo, acariciándome la polla que asomaba entre los pliegues blancos, y me corría dentro del vestido, manchando el encaje con lechada tibia mientras seguía sonriendo desde el espejo.
Desperté con lágrimas en los ojos y con el calzoncillo empapado de semen real, no soñado, la sábana pegajosa contra el muslo. No sabía muy bien por qué lloraba. Faltaban horas para el despertador, pero supe que no volvería a dormirme, así que me senté en el sofá con un té que no me apetecía y, por primera vez, me permití pensar en lo que estaba pasando sin huir. Había algo dentro de mí que quería ponerse ese vestido. Y algo más: había algo dentro de mí que quería correrse dentro de ese vestido, follarse a sí mismo debajo de esa falda, sentir el encaje contra los pezones mientras se pajeaba hasta caer. Esas eran las verdades desnudas que llevaba días intentando no ver, y al formularlas en palabras, aunque solo fueran palabras dentro de mi cabeza, me sentí extrañamente más ligero.
***
Empecé a investigar, al principio casi sin darme cuenta. Buscaba de madrugada artículos sobre hombres que se vestían con ropa de mujer, con la excusa de entender qué me pasaba, pero poco a poco la excusa se fue borrando y las búsquedas se convirtieron en una exploración. Descubrí que no era el único, que había miles de personas como yo, que sentían atracción por prendas que el mundo había decidido que no les correspondían. Leí testimonios de hombres que describían la primera vez que se habían puesto un vestido, la paz repentina de encajar por fin en su propia piel, y me reconocí en sus palabras aunque mi experiencia se limitara todavía a un roce de dedos sobre encaje en una tienda polvorienta. Leí también foros más oscuros, hilos anónimos con fotos borrosas donde otros como yo se masturbaban vestidos de novia, con la polla asomando entre las capas de tul, corriéndose sobre el corpiño mientras se decían a sí mismos «puta», «zorra», «guarra». La primera vez que me topé con esas imágenes se me puso la verga tan dura que tuve que apagar el ordenador y masturbarme de pie contra el escritorio, escupiendo la corrida sobre el teclado en cuestión de minutos.
Cuanto más leía, más entendía que aquello no era una aberración sino una parte de mí que había estado esperando a ser descubierta, y más difícil se hacía resistir la llamada del vestido. A veces, caminando por la calle, mis pies me llevaban hacia aquella zona del centro sin que yo me diera cuenta, y tenía que obligarme a cambiar de dirección. Porque eso era lo peor: la certeza irracional de que el vestido seguía ahí, paciente, sabiendo que yo iba a volver.
La decisión llegó una mañana, casi un mes después. No hubo ningún desencadenante; simplemente desperté con una determinación tranquila que se parecía a la paz. Iba a volver, comprar el vestido, llevármelo a casa y probármelo a solas, en la intimidad de mi habitación, sin que nadie lo supiera ni me juzgara. Me aterraba pensar en lo que aquello podría significar para la persona que creía ser. Pero estaba cansado, infinitamente cansado de la actuación, del esfuerzo de mantener las apariencias. Quería saber cómo se sentiría la tela contra mi piel, cómo caería la falda alrededor de mis piernas, cómo se me pondría la polla debajo del encaje, cómo me miraría la persona del espejo cuando por fin dejara de esconderse.
El camino se me hizo eterno y brevísimo al mismo tiempo. Cuando doblé la esquina y vi el escaparate, con su lámpara torcida y su maniquí sin cabeza, sentí una mezcla de alivio y terror que me dejó sin aliento. La puerta estaba abierta, la mujer de las gafas seguía en su puesto, y el olor familiar me envolvió como un abrazo. Caminé hacia el fondo con el corazón en la garganta, y por un momento horrible pensé que no estaba, que se había vendido. Pero ahí seguía, exactamente donde lo había dejado, con su funda transparente y su blancura que brillaba en la penumbra.
Me acerqué despacio, pero ya no había terror en mis pasos, solo anticipación. Aparté la funda y toqué la tela, y fue como la recordaba, quizás mejor: suave, sedosa, cálida a pesar del frío de la tienda, como si hubiera conservado el calor de todas las manos que lo habían tocado antes. Busqué la etiqueta del precio que colgaba de una manga, y cuando vi la cantidad —absurdamente baja para algo tan hermoso— supe que no había excusa posible.
Lo descolgué con manos que temblaban un poco y lo llevé al mostrador intentando mantener la expresión neutra, como si comprar vestidos de novia fuera lo más normal del mundo. La mujer levantó la vista por primera vez, y por un instante temí que preguntara para quién era. No dijo nada. Tecleó la cantidad en una caja registradora antigua que soltó un chasquido metálico al abrirse, metió el vestido en una bolsa grande de papel y me la tendió con una sonrisa cansada.
—Buena elección —dijo, con esa voz ronca de quien ha visto demasiadas cosas como para sorprenderse por nada.
Le di las gracias con un hilo de voz y salí a la calle con la bolsa apretada contra el pecho, sintiendo el peso del vestido a través del papel y también el peso de mi polla, ya media dura solo de imaginarme lo que iba a hacer con él en cuanto llegara a casa. Y supe que la persona que entraba en aquella tienda no era la misma que salía de ella.
***
Hice el camino de vuelta casi corriendo, impulsado por una necesidad de estar a solas con el vestido que se había vuelto física, imposible de ignorar. Mi compañero de piso no estaba —los martes trabajaba hasta tarde—, y cuando cerré la puerta, el silencio que me recibió fue perfecto. Fui directo a mi habitación, dejé la bolsa sobre la cama y saqué el vestido, extendiéndolo sobre las sábanas blancas que por una vez parecían el marco adecuado para aquella blancura mayor. Fuera de la tienda, bajo la luz de mi lámpara, era aún más hermoso: el corpiño de encaje intrincado, las mangas que caían como alas, la falda que se abría en ondas suaves.
Me desvestí despacio, con una solemnidad que el momento parecía exigir, doblando cada prenda hasta quedar desnudo frente al espejo de cuerpo entero que había comprado años atrás y nunca había usado más que para comprobar que la ropa no estuviera arrugada. Me miré de verdad, quizás por primera vez en mi vida: las líneas de los hombros, el vello del pecho, las piernas largas, la polla ya medio erecta colgando pesada entre los muslos, los cojones apretados y tirantes, el rostro mezcla de miedo y esperanza. No era un cuerpo de mujer. Era, innegablemente, el cuerpo de un hombre. Y sin embargo, en aquel momento, me di cuenta de que eso no importaba, de que los cuerpos son solo cuerpos y la ropa es solo ropa, y de que las categorías en las que nos empeñamos en dividirnos no son más que líneas dibujadas en la arena.
Cogí el vestido con manos que ya temblaban de otra manera, más anticipación que miedo, y busqué la cremallera oculta en el costado. La abrí del todo, introduje los pies por el hueco de la falda y fui subiendo la tela por mis piernas, mis caderas, mi cintura, hasta meter los brazos en las mangas de encaje y sentir cómo el vestido se acomodaba sobre mis hombros como un abrazo que llevaba toda la vida esperando. La cremallera se resistió un poco —el vestido no estaba hecho a mi medida, quedaba demasiado justo en unos puntos y holgado en otros—, pero al final cedió, y cuando el último diente encajó tuve que cerrar los ojos, porque lo que sentía era demasiado intenso para procesarlo mirando.
La tela era fresca contra mi piel, no fría sino fresca, con esa frescura agradable que no irrita ni pica, que se siente como una caricia constante. El encaje del corpiño rozaba mi pecho, los bordes delicados de aquellos dibujos florales en contacto directo con mis pezones, y era una sensación completamente distinta a cualquier cosa que hubiera sentido antes al vestirme. Los pezones se me pusieron duros de inmediato, tan duros que se marcaban contra la tela, y cada movimiento me los rozaba enviándome pequeñas descargas hasta la polla. La falda caía pesada alrededor de mis piernas, y cuando me moví ligeramente sentí cómo la tela ondulaba y susurraba conmigo, convirtiéndose en una extensión de mí mismo en lugar de algo ajeno. Debajo, mi verga se había endurecido del todo, tan hinchada que levantaba la parte delantera de la falda formando un pequeño bulto que apuntaba hacia el espejo.
Abrí los ojos despacio, casi temiendo lo que iba a ver, y me encontré con mi reflejo. Y lo que vi me dejó sin aliento. Era yo, indiscutiblemente yo —la misma cara, el mismo pelo, los mismos ojos de cada mañana—, pero al mismo tiempo era alguien diferente, alguien que nunca había visto pero que reconocía de inmediato, como si hubiera estado escondido detrás de un velo toda mi vida y por fin se hubiera decidido a dar un paso adelante. El vestido no me quedaba perfecto: las mangas eran cortas, el corpiño se arrugaba donde mi cuerpo no tenía las curvas para las que fue diseñado, la falda rozaba el suelo pidiendo unos tacones que no tenía. Pero nada de eso importaba. Lo que importaba era cómo me sentía, y me sentía bien de una manera que no sabía explicar, como si todas las piezas de un rompecabezas hubieran encajado por fin.
Me llevé una mano al pecho, todavía sin mirar hacia abajo, y me pellizqué un pezón por encima del encaje. La sensación fue brutal: la tela rasposa raspando la punta hipersensible, el pinchazo dulce trepándome por el esternón hasta la garganta. Solté un gemido pequeño, involuntario, y en el espejo vi cómo mis labios se entreabrían con la sonrisa idiota y avergonzada de quien descubre por primera vez algo que debería haber descubierto hacía años. Me pellizqué el otro pezón, más fuerte, retorciéndolo entre dos dedos hasta que la tela hizo de lija y el placer se volvió filo. Debajo de la falda mi polla dio un latigazo brutal, tan fuerte que sentí una gota gorda de líquido preseminal deslizarse por el glande y correrse hacia abajo, mojando el forro del vestido.
—Joder —susurré, y mi propia voz sonó como una obscenidad en la habitación silenciosa.
Levanté la falda despacio, con las dos manos, y la fui recogiendo hacia mi cintura hasta que en el espejo apareció mi polla, tiesa, roja, brillante en la punta, apuntando al techo como si tuviera vida propia. Verla asomar entre las capas blancas de tul y encaje fue una imagen tan pornográfica, tan cargada, que se me escapó otro gemido. La agarré por la base con la mano derecha, apretando fuerte, y me di el primer bombeo largo y lento, desde los cojones hasta el glande, arrancándome un espasmo que me hizo doblar las rodillas.
—Mírate —me dije en voz baja, con la voz ronca y desconocida—. Mírate bien. Vestido de novia y con la polla fuera. Menuda puta estás hecha.
La palabra salió sola, sin permiso, y me sorprendió la corriente eléctrica que me atravesó al escucharla en mi propia boca. Me la volví a decir, más bajo, saboreándola. Puta. Guarra. Novia sucia. Cada insulto que me lanzaba desde el espejo me ponía la verga más dura, si es que eso era posible. Empecé a pajearme en serio, con ritmo, con la mano cerrada bien apretada y el pulgar deslizándose por el frenillo en cada subida, mientras con la otra mano me sujetaba la falda para no perder la vista de mi propia polla enmarcada por el blanco del vestido.
El placer subía por oleadas, cada una más honda que la anterior. No era solo el roce físico de mi mano en la verga; era el conjunto entero, el encaje rozando los pezones erectos con cada movimiento del brazo, la falda pesada resbalándome por los muslos desnudos, el corpiño apretándome las costillas como un abrazo firme, y sobre todo esa imagen en el espejo, la de un hombre vestido de novia masturbándose con la cara roja y la boca abierta, la novia guarra que llevaba treinta y dos años escondida dentro de mí y que ahora aparecía sin filtros.
Me lamí la palma de la mano izquierda para mojarla con saliva y me llevé los dedos a los pezones otra vez, esta vez metiéndolos por dentro del corpiño para tocarme directamente la piel con la yema húmeda, mientras la derecha seguía trabajándome la polla. La combinación fue devastadora. Sentí que se me venía la corrida encima demasiado pronto, así que apreté la base de la verga con fuerza para retrasarla, jadeando, con los muslos temblándome.
—Todavía no —le dije al del espejo—. Aguanta un poco más, guarra.
Me obligué a bajar el ritmo. Me pasé la mano por toda la falda, sintiendo el volumen del tul, la aspereza dulce del encaje, la caída de la tela contra la parte de atrás de mis muslos. Me giré despacio para verme de lado, luego de espaldas, mirando por encima del hombro cómo el vestido dibujaba la curva de mi culo debajo de la tela, y me llevé la mano libre allí, atrás, acariciándome las nalgas por encima de la falda, apretándomelas, y luego colando los dedos por debajo hasta encontrar la piel desnuda. Me acaricié la raja del culo por encima del vello, arriba y abajo, y descubrí que estaba tan sensible que solo con eso se me escapó otro gemido largo.
Volví a la posición de frente. Me solté la falda un momento para escupirme en la mano y me la volví a agarrar con la palma bien mojada, y esta vez empecé a pajearme de verdad, sin freno, con la muñeca rápida y el chapoteo pequeño y obsceno de la saliva y el líquido preseminal mezclándose. Los cojones me subían y bajaban contra la mano en cada bombeo, apretados, calientes, listos. En el espejo mi cara se había desencajado, la boca abierta, los ojos entornados, el pelo pegado a la frente por el sudor. Estaba precioso. Estaba obsceno. Estaba, por primera vez, entero.
—Me voy a correr —le anuncié al reflejo, y él me sonrió con esa misma sonrisa secreta del sueño, la del por fin, por fin, por fin.
La corrida me golpeó como un tren. Sentí el latigazo subir desde los cojones, atravesarme el bajo vientre y estallar por la polla en el primer chorro largo y espeso que salió disparado hacia arriba y aterrizó en pleno corpiño, empapando el encaje blanco con una raya viscosa de semen. El segundo chorro fue todavía más fuerte, y luego otro, y otro, salpicándome el vestido de gotas gruesas que resbalaban despacio por la tela, siguiendo los relieves de los dibujos florales, colándose entre los hilos del encaje. Me estaba corriendo sobre mí mismo, sobre mi vestido de novia, y mientras lo hacía no dejé de mirarme al espejo ni un segundo, ni de gemir en voz baja, ni de repetirme la palabra que había descubierto que era mía: puta, puta, puta, mía, mía, mía.
Cuando el último espasmo me sacudió y la polla empezó a ceder entre mis dedos, todavía escurriendo una última gota que cayó en el suelo, me quedé quieto un momento largo, con la respiración cortada, sintiendo cómo el semen tibio empezaba a enfriarse sobre el corpiño y se filtraba a través de la tela hasta rozarme la piel del pecho. Debería haberme dado asco. No me dio ninguno. Me dio, en cambio, una plenitud tan absoluta que se me llenaron los ojos de lágrimas otra vez, igual que en el sueño, y esta vez sí supe por qué lloraba.
Solté la falda despacio y dejé que cayera, tapándome la polla ya blanda y goteante. Me quedé frente al espejo mucho tiempo, tanto que perdí la noción de los minutos, girándome para verme desde distintos ángulos, levantando los brazos para sentir caer las mangas, caminando unos pasos para escuchar el susurro de la falda y las manchas de semen secándose sobre el corpiño como cicatrices dulces. Y mientras lo hacía, algo dentro de mí se relajó, como un músculo que ha estado tenso tanto tiempo que ya ni notabas la tensión hasta que desaparece. No sé si era felicidad exactamente; la palabra parece demasiado simple. Era más bien reconocimiento, la sensación de llegar a casa después de un viaje muy largo, de encontrar por fin un lugar donde poder ser yo mismo sin tener que explicar ni justificar nada.
***
No sé cuánto habría durado aquel estado casi meditativo si no hubiera escuchado una llave girando en la cerradura de la puerta principal. Mi compañero de piso. Había vuelto antes de lo esperado, y yo estaba ahí, vestido de novia, con manchas de mi propio semen medio secas en el corpiño, con la puerta entreabierta y la luz encendida. El pánico fue instantáneo, borrando de golpe toda la paz, y mis manos volaron hacia la cremallera mientras escuchaba sus pasos en el recibidor, el sonido de las llaves cayendo en el cuenco de cerámica.
—¿Estás en casa? —dijo su voz desde el pasillo.
—Un momento —grité, y mi voz sonó extraña hasta para mí, demasiado aguda—. Me estoy cambiando.
La excusa era patética, pero fue lo único que se me ocurrió, y por algún milagro funcionó: sus pasos se detuvieron.
—Vale, voy a pedir algo de cenar. ¿Pido para ti también?
—Sí, lo que sea —respondí, y me encerré en el baño contiguo para librarme del vestido sin riesgo de que abriera la puerta de repente. La cremallera se atascaba en cada intento, y cuando por fin conseguí quitármelo, cuando lo tuve en las manos arrugado en lugar de cayendo suavemente sobre mi cuerpo, sentí una pérdida que me sorprendió por su intensidad, como si me hubieran arrancado algo que me pertenecía. Las manchas de corrida sobre el corpiño estaban ahí, blancas sobre blanco, endurecidas, y por un momento me llevé la tela a la cara y las olí, y el olor a mi propio semen mezclado con el olor a lavanda vieja del vestido me puso la polla otra vez media dura, agotada como estaba.
Lo doblé con todo el cuidado que pude, dejando las manchas hacia dentro para que no se marcaran contra la manta, lo escondí en el fondo del armario debajo de una manta vieja y me puse mi ropa de siempre, que de pronto me resultaba extrañamente incómoda, extrañamente ajena, como si fuera yo quien se disfrazaba al ponerme aquellos pantalones y aquella sudadera que había llevado mil veces.
Esa noche, mientras cenábamos la pizza y yo fingía escuchar sus historias del trabajo, pensé en el vestido escondido en mi armario, en la sensación de la tela contra mi piel, en las manchas de mi corrida secándose entre las flores de encaje, en la persona que me había mirado desde el espejo con ojos que por fin parecían reconocerme. Y supe, con una certeza al mismo tiempo aterradora y liberadora, que aquello no había sido un experimento aislado. Era el principio de algo. No sabía de qué, ni adónde me llevaría, ni cómo encajaría con la persona que el mundo creía que era. Pero sabía que el vestido volvería a salir de aquel armario, que volvería a ponérmelo, que volvería a pajearme dentro de él hasta correrme sobre el encaje, que volvería a buscar en el espejo a aquella versión de mí mismo. Y por primera vez en mucho tiempo, quizás por primera vez en mi vida, esa perspectiva no me daba miedo. Me daba esperanza.