Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El motero de la app no me dejó pagarle el viaje

Era un sábado a la tarde de esos que no pasan nunca. Había decidido escaparme al Mercado del Sur, una feria enorme donde venden de todo, a comprarme un par de tangas y alguna que otra cosita más. No tenía ganas de tomar el colectivo, así que abrí la aplicación y pedí una moto. Seis minutos, me avisó la pantalla, y un nombre: Bruno. Por la foto, un chico bastante lindo.

Yo ya estaba lista, así que salí a esperarlo en la puerta de casa. Llegó puntual, frenó frente a mí y se levantó la visera del casco.

—¿Romina? —preguntó.

—Sí, soy yo.

Me pasó el casco extra, me lo acomodé y arrancamos rumbo a la feria. Me agarré de su cintura, bien pegada, con el cuerpo entero apoyado contra su espalda. Llevaba una calza gris finita, de esas casi transparentes, y abajo nada. Como casi siempre que salgo a la calle. Sentí enseguida que él lo notaba: cada vez que frenaba un poco, mi cuerpo se apretaba más contra el suyo y él tensaba los hombros sin decir nada.

En la primera curva soltó la primera frase para romper el hielo.

—¿De paseo? —me dijo, girando apenas la cabeza.

—Sí, a hacer unas compras. El día se presta.

—Y más en moto —contestó, y se rió.

—Eso sí. ¿Vos salís igual cuando llueve? ¿Te ponés algún piloto?

—Sí, sí, ya estoy acostumbrado. Lluvia, calor, lo que venga.

El viaje era largo y la charla fluía sola. A mitad de camino me preguntó si vivía sola. Le dije que sí. Si era soltera. Le dije que también. Y de ahí, no sé cómo, salió el tema de mi cumpleaños.

—¿Y qué edad cumplís? —tiró, haciéndose el desinteresado.

—Tengo cuarenta y seis. El martes hago cuarenta y siete.

Vi por el espejito cómo asentía despacio con la cabeza, como diciendo «me sirve». Sonreí para adentro. Había onda, eso estaba clarísimo.

—¿Tenés planes esta noche? —preguntó al rato, ya sin tanto rodeo.

—Iba a salir con una amiga a un bar de la avenida, uno que está sobre la colectora. ¿Lo conocés?

—Sí, vivo por esa zona —dijo—. Capaz me aparezco.

Estábamos llegando a destino. Antes de frenar del todo me pidió el número, me pasó su celular para que lo anotara. Me bajé de la moto, le escribí mi contacto, le devolví el aparato y el casco. Cuando metí la mano en la cartera para sacar la plata del viaje, él me hizo un gesto con la mano. Que no.

—¿Hacemos algo? —dijo, mirándome de costado.

—Dale —le contesté, sin pensarlo demasiado.

—Sacate el casco, que te quiero dar un beso para sellar esto —le dije, y me reí de mi propio atrevimiento.

Se lo sacó. Le comí la boca ahí mismo, en plena vereda, con la gente de la feria pasando al lado. Cuando me separé tenía una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Entonces hacemos algo a la noche? ¿Te parece?

—Dale, escribime —le dije, y me fui caminando hacia la entrada del mercado.

***

Entré a la feria y me dediqué a lo mío. Recorrí los puestos despacio, toqueteando géneros, comparando precios, dejándome tentar por cada vidriera. Me probé un par de conjuntos detrás de la cortina de un local chiquito y terminé comprando puras tangas: encaje negro, una roja con moñitos, otra blanca casi transparente. Una de ellas, sin saberlo todavía, la iba a estrenar esa misma noche con él.

Mientras pagaba, no podía sacarme de la cabeza la forma en que el motero había tensado los hombros cuando le apoyé el cuerpo en la espalda. Hay algo en la moto que me prende: la velocidad, el viento, sentir a un desconocido tan cerca, agarrarme de él como si lo conociera de toda la vida. Y este en particular me había dejado con ganas de más.

Al ratito miré el celular y ya tenía su primer mensaje. «¿Vas a tardar mucho? Me dieron ganas de hacerte el amor, jaja.» Me quedé mirando la pantalla con cara de no poder creerlo. Le contesté que se calmara, que tenía para un buen rato, que no fuera ansioso y esperara a la noche.

Hice las compras tranquila y salí del lugar. Esta vez decidí volver en colectivo. Estaba parada en la parada, con las bolsas en la mano, mientras me caían mensajes suyos uno atrás del otro. El chico estaba como loco.

De repente un auto gris claro salió de la esquina y frenó de golpe justo frente a mí. Me asusté. Bajó la ventanilla un tipo.

—¿Romina? —dijo.

—Sí —contesté, descolocada.

—¡Ah, menos mal! Pensé que no eras vos. ¿Todo bien?

—Sí, todo tranquilo. Acá, esperando el colectivo.

—Yo te sigo por las redes —me dijo, como si eso explicara todo.

—¿En serio? Ay, gracias —le contesté, todavía sin ubicarlo del todo.

—¿Vas para el centro? Yo voy para allá, si querés te llevo.

Lo pensé dos segundos y dije que bueno. Me subí. Charlamos de cualquier cosa durante el viaje, le conté un poco de mis cosas y, sin querer, se me escapó lo del motero. El chico se puso celoso, me di cuenta enseguida por cómo apretó el volante. Cuando me bajó frente a casa lo compensé con un beso rico, de agradecimiento por el viaje. Se fue contento.

***

Ya en casa volví a escribirme con Bruno. Acordamos horario para vernos esa noche y solo quedaba esperar. Mientras tanto aproveché el tiempo: me hice un trago, un vino con frutas batido para estar más relajada, me teñí el pelo, me bañé tranquila y me arreglé bien para él. Sabía que esa noche me iba a comer entera. Antes incluso ya me había mandado una foto desnudo, y debo decir que el morocho prometía.

Me puse un vestidito corto, de los que se sacan de un solo tirón, y debajo la tanga roja recién comprada. Me perfumé el cuello, las muñecas, atrás de las rodillas. Me miré en el espejo del baño y me gustó lo que vi. A los cuarenta y seis me siento mejor que a los treinta: sé lo que quiero, lo pido y no me da vergüenza nada. Esa noche quería al motero, y lo iba a tener.

A las diez de la noche me llegó el mensaje: «Estoy a dos cuadras, salí.» Y enseguida escuché el motor de su moto frente al edificio. Salí a saludarlo. Cuando se bajó lo vi entero por primera vez sin casco: un morocho bajito, compacto, con los brazos marcados y una sonrisa que me terminó de convencer. Dejó la moto estacionada afuera y entró conmigo a mi monoambiente. Apoyó el casco y la riñonera sobre la mesa, miró alrededor y después me miró a mí.

Lo invité a sentarse en el sillón. No le di tiempo a nada. Me senté sobre sus piernas, a horcajadas, y le comí la boca como si lo conociera de toda la vida. Sentí cómo me agarraba de la cintura, cómo me apretaba contra él. De golpe se paró, me levantó en peso con mis piernas enredadas en su cadera y me llevó hasta la cama.

Caímos sobre el colchón. Él arriba, moviéndose despacio, restregándose contra mí con todo el cuerpo. Lo sentía duro a través de la ropa, buscándome, marcando el ritmo de lo que iba a venir. Nos seguíamos besando, mordiendo, respirando agitados el uno sobre el otro.

Se paró un momento y se desvistió sin apuro, mirándome. Yo hice lo mismo. Cuando volvió a la cama no fue a besarme la boca: bajó directo, me abrió las piernas y empezó a comerme. La lengua firme, insistente, todo el rato sobre el mismo punto, hasta hacerme gemir sin control. Me agarré de las sábanas. Aguanté así un buen rato, sintiéndome cada vez más mojada, hasta que ya no pude más y le pedí que se acostara.

Se tiró boca arriba y me dediqué a él. Se la chupé despacio primero, mirándolo a los ojos, después más hondo, hasta el fondo. Le gustaba demasiado cómo se la hacía, lo notaba en cómo se le tensaban los muslos y se le escapaba la respiración. No aguantó mucho.

—Te quiero coger ya —me dijo, casi sin voz.

Cuando estiré la mano para buscar el preservativo en el cajón, me frenó.

—Dejame sentirte un poco a piel —pidió.

Estaba tan caliente que acepté. Apenas entró, toda mojada, lo dejé hacer. Me cogió de pie, ahí nomás, contra el borde de la cama. Me la metía, me la sacaba, me bajaba a meterme los dedos y me hacía acabar a chorros, y volvía a entrar. No me daba tregua.

Me llevó de vuelta a la cama, me puso en cuatro. Se agachó atrás y me pasó la lengua de arriba abajo, lento, sin saltearse nada, hasta el fondo. Después se levantó y me cogió bien fuerte, salvaje, hablándome al oído.

—¿Te gusta así? —me preguntaba, jadeando contra mi cuello.

—Sí, no pares —le contestaba yo, mordiendo la almohada.

Sentí que estaba por acabar de nuevo. Le dije que fuéramos hasta la mesada de la cocina, para no terminar de empapar la cama. La idea lo excitó todavía más. Lo seguí, me apoyé contra el mármol frío y él se acomodó atrás. Quería terminar, pero eligió hacerlo de otra forma.

Se escupió los dedos, me preparó despacio y después me penetró por atrás, bien hondo. Yo me iba en chorros mientras él empujaba hasta el final, acabando dentro mío. Cuando se retiró, todo se mezcló y resbaló por mis piernas hasta el piso de la cocina.

Nos quedamos un rato así, recuperando el aire, riéndonos de nada. Después nos limpiamos, ordenamos un poco el desastre y, al ratito, él se vistió. Tenía que volver a trabajar; la noche del sábado era buena para hacer viajes.

Lo acompañé hasta la puerta, le di un último beso y lo vi alejarse en la moto.

Quién iba a decir que un viaje tan corto me iba a dejar tan rota. Literal. Todavía me río cuando abro la aplicación y veo motos disponibles cerca de casa.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.