Lo que el padre Mateo me hizo en el confesionario
Esta es otra de las confesiones que tenía pendientes y la escribo ahora porque varias lectoras del último relato me la pidieron. Hablo del cura con el que tuve un encuentro prohibido cuando todavía tenía veintiocho años, vivía sola en un departamento del centro y la palabra penitencia me hacía gracia.
Todo empezó porque mi hermana mayor me pidió que fuera madrina de la primera comunión de su hija. Acepté sin pensarlo, hasta que ella me recordó que el protocolo exigía confesarme antes de la misa. Hacía más de diez años que no me arrodillaba ante un sacerdote, pero le había dado mi palabra y me tocó cumplirla.
Un martes por la tarde fui hasta la pequeña capilla franciscana que quedaba a quince minutos de mi casa, en una callejuela tranquila del barrio antiguo. La idea era preguntar los horarios de confesión, nada más. Cuando entré, las bancas estaban vacías y no había nadie atendiendo. Me senté a esperar, dispuesta a darle diez minutos antes de irme.
Una puerta lateral se abrió justo cuando estaba por levantarme. El hombre que entró me dio las buenas tardes con una voz suave que me hizo girar la cabeza, y lo que vi me dejó sin saber qué responder durante un par de segundos. El párroco era un tipo de unos cuarenta años, alto, de piel canela y pelo negro espeso peinado hacia un lado. Tenía la mandíbula angulosa, los ojos de un gris ahumado y los labios llenos. Llevaba camisa clerical gris de manga corta y un pantalón oscuro que le marcaba unos muslos que no parecían pertenecer a un religioso.
—Buenas tardes, hija. Soy Mateo, el párroco de esta capilla. ¿En qué puedo servirte? —dijo con una sonrisa que terminó de descolocarme.
Madre mía, qué tipo, pensé mientras sentía cómo me ardía la cara. Me invitó a pasar a un pequeño despacho lateral y acomodó dos sillas una frente a la otra. Cuando nos sentamos, nuestras rodillas casi se rozaban. Le expliqué el motivo de la visita y noté que sus ojos me recorrían con una calma que no era la de un cura. Hasta lo pillé mirándome el escote sin disimulo. En lugar de incomodarme, sentí una corriente caliente en el estómago. Lo único que mi cabeza registraba en ese instante era al hombre, no al sacerdote.
Le pedí que me confesara ahí mismo, pero se negó alegando que se hacía tarde y que necesitaba prepararse. Acordamos una cita para el martes siguiente, a las seis. Salí a la calle con las piernas flojas y un pulso que no se calmaba.
Los días que siguieron fueron una tortura productiva. No podía dejar de pensar en él. Por las noches me imaginaba cosas que jamás habría confesado: que me obligaba a mirarlo masturbarse en la sacristía, que me llevaba a una cripta debajo del altar, que me sometía con su cordón franciscano hasta hacerme suplicar. Me dormía con la mano entre las piernas casi todas las noches.
***
El martes siguiente llegué quince minutos antes. La capilla estaba cerrada y tuve que tocar el timbre tres veces hasta que el padre Mateo se asomó por una ventana del primer piso y bajó a abrirme. Me hizo pasar y me pidió que lo siguiera. Le dije que pensaba que me confesaría en el despacho, y él me explicó que prefería el confesionario del templo porque ahí el sacramento conservaba su forma debida.
Atravesamos la casa parroquial y entramos a la sacristía por una puerta interior. No se oía nada. El portón principal del templo estaba cerrado por dentro, no había monaguillos, ni feligreses, ni el ruido de la calle se filtraba al recinto. Estábamos solos, y la sola idea me apretó el pecho.
A diferencia del primer día, esta vez no llevaba ropa de civil. Vestía el hábito marrón oscuro de la orden franciscana, ceñido a la cintura con el cordón blanco de tres nudos. Su actitud era casi distante, como si yo fuese una feligresa más en la lista de la tarde. Esa indiferencia, lejos de calmarme, me encendió todavía más.
Me condujo hasta el ala izquierda del templo, donde estaban los confesionarios de madera oscura. Se metió en el del medio, corrió la cortina púrpura y se acomodó en el asiento central. Yo me arrodillé sobre el reclinatorio del costado, separados por la rejilla labrada. Hice la señal de la cruz y empecé a recitar mis pecados.
Mentiras, envidias, faltas pequeñas. Todo iba normal hasta que llegué al sexto mandamiento, «no fornicarás», y noté cómo el padre Mateo carraspeaba al otro lado de la rejilla.
—Hija, casi no te escucho desde aquí —dijo con voz baja—. Acércate, ven a este lado. Para que el sacramento sea válido necesito oír bien.
Salí del reclinatorio y entré al cubículo donde estaba él. Apenas cabíamos los dos. Me arrodillé a sus pies, apoyando las manos entrelazadas sobre sus muslos cubiertos por el hábito, mientras él se inclinaba hacia mí y posaba la mano derecha sobre mi hombro izquierdo. Quedé con la boca a la altura de su oreja.
—Sigue, hija. Cuéntame —murmuró.
Empecé a hablar de mis aventuras, en plural, sin pudor. Nunca lo tuve. Le conté de mi novio de aquel entonces, de un compañero del trabajo con el que había repetido un par de veces y de un desconocido al que llevé a casa después de una fiesta. Sentí su respiración acelerándose contra mi oreja. Cambió la mano derecha por la izquierda y la bajó por mi espalda, lentamente, hasta la nuca, donde se quedó.
No quise parar. Empecé a usar palabras que sabía que no se decían en un confesionario: verga, coño, follar, culo. Cada palabra parecía subirle un grado más la temperatura. Su mano se cerró sobre mi nuca con firmeza y su aliento se volvió un vaho caliente sobre mi oído. Yo no era idiota: aquello había dejado de ser una confesión hacía rato.
No sé en qué instante mis manos pasaron de descansar sobre sus muslos a deslizarse por debajo del hábito. Sin pensarlo demasiado, le envolví los tobillos, recorrí sus pantorrillas duras, los muslos marcados. Cuando llegué a la entrepierna esperaba toparme con la tela de un bóxer. Me equivoqué. No llevaba nada. A tientas, mis dedos encontraron primero sus testículos. Lo escuché soltar un suspiro contenido.
Él respondió girando la cara y metiéndome la lengua en el oído. Su mano libre se coló bajo mi blusa, levantó la copa del sujetador y se aferró a mi pecho desnudo. Lo amasaba con la palma entera, sin disimulo, como si llevara meses esperándolo. Yo seguía abajo, sin destapar todavía su hábito, palpándolo con calma. Le estiré la piel del saco, le apreté las bolas con más fuerza de la necesaria. Sabía que el dolor mezclado con el placer le iba a gustar. Sus dientes en mi oreja me lo confirmaron.
Mi mano izquierda subió y le encontró el miembro a medio endurecer. Lo froté despacio, sintiendo cómo se iba engrosando entre mis dedos, sin verlo todavía, midiéndolo solo por el tacto. Era largo, denso, con la cabeza muy marcada. Cuando estuvo del todo duro, le levanté el hábito hasta la mitad del abdomen y por fin lo vi: una verga morena, venosa, gruesa, circuncidada, exactamente como me gustaban. La tomé por la base y me quedé un segundo admirándola, como quien se prepara para una comida que esperó mucho tiempo.
El padre Mateo se reclinó contra el respaldo de la silla y se acomodó para mirarme. Yo seguía hincada, las dos manos sobre su mástil, masturbándolo despacio, queriendo volverlo loco. Le sostuve la mirada en silencio, esperando una orden. Sus ojos grises brillaban distintos.
—Si en verdad buscas la salvación, Camila, tendrás que empezar por purificar tu boca —dijo con voz ronca—. Vamos, hija.
Sabía perfectamente qué hacer. El primer lengüetazo fue desde la base, subiendo lento por toda la extensión hasta la cabeza oscura, a la que le di vueltas con la punta de la lengua antes de envolverla con los labios. Cuando me la metí en la boca lo escuché soltar un «ahhh» largo y cerrar los ojos. Me esforcé como pocas veces: la tragaba hasta donde podía, jugaba con la lengua, le acariciaba las bolas con la mano libre.
—¿Hago bien mi penitencia, padre? —le pregunté con voz mansa, lamiéndole la punta.
—No está mal —contestó—. Pero falta arrepentimiento. Esmérate más, hija.
Me agarró del pelo y me empujó la cabeza hasta que su verga me tocó el fondo de la garganta. Aguanté las arcadas y me concentré en respirar por la nariz. Estuve así un rato largo, hasta que él mismo me detuvo. Me hizo levantar, me giró de espaldas y se puso de pie detrás de mí. Sus manos fueron directo a mis glúteos por encima del pantalón ajustado de lycra. La tela era tan fina que sentía perfectamente cada movimiento. Me separó las piernas, deslizó la palma entre ellas y empezó a frotarme desde atrás hacia adelante, mientras con la otra mano me sostenía por la cintura.
La humedad atravesó la tela del pantalón en menos de un minuto. Me bajó la prenda con la ropa interior hasta las rodillas, pero en lugar de penetrarme me giró para quedar frente a frente. Llevó el índice y el anular a mi sexo y empezó a moverlos con una rapidez que me dejó sin aire. Sus dedos entraban completos, la palma me golpeaba el clítoris con cada empuje, y cuando los arqueó hacia adelante encontró un punto que me hizo apretar la mandíbula y aferrarme a sus hombros.
El orgasmo me llegó en menos de dos minutos. Salió de mí un chorro tibio que me sorprendió incluso a mí; pocas veces había eyaculado así. Mojé el piso, le mojé la mano, le mojé el bajo del hábito. Las piernas se me doblaron y él me sostuvo por la cintura para que no me cayera.
—Aún te falta penitencia, Camila —dijo con calma, como si nada extraordinario hubiera pasado.
Volvió a sentarse en la silla del confesionario y me hizo subir a horcajadas sobre él, lentamente, hasta que su miembro entró del todo. Cuando sentí sus bolas contra mis nalgas supe que estaba toda dentro. Empecé a moverme. Mis pechos quedaban a la altura de su boca y los devoraba como si llevara años en ayunas.
—Qué rica verga tiene, padre Mateo —le solté entre jadeos.
—Calla, hija. Vienes a cumplir un castigo, no a disfrutar —me respondió con un dejo de severidad que solo me puso más caliente.
Quise besarlo. Acerqué la boca a la suya y él giró la cara con una firmeza casi cómica.
—Eres una pecadora sucia. No vengas a corromperme también con eso —murmuró.
No entendí cuál era la diferencia entre tenerlo dentro de mí y darle un beso, pero esa negativa volvió a aumentar mis ganas. Había algo intocable en él que me encendía más. Seguí cabalgándolo hasta que un segundo orgasmo me sacudió entera, esta vez con convulsiones cortas y rápidas. Apoyé la frente contra su hombro y me quedé un momento ahí, sintiéndolo todavía dentro, latiendo.
Cuando recuperé las fuerzas me llevó hasta una de las bancas largas de madera donde durante la misa se sentaban los fieles. Me hizo apoyarme sobre las rodillas y los antebrazos, con el trasero justo al borde de la banca. Se acomodó detrás, se levantó el hábito y volvió a meterse en mí de un solo empuje, esta vez sin sutilezas. Sus embestidas eran brutas, profundas, sonoras. El choque de su pelvis contra mis nalgas retumbaba en aquel templo silencioso. Yo me aferraba a la madera con las dos manos y mordía mi propio brazo para no gritar demasiado.
—Ahora vas a recibir el castigo que te corresponde por pecadora —dijo, casi sin aire.
El primer azote me llegó sin aviso. Fue el cordón blanco de tres nudos, el mismo que llevaba a la cintura. Me cruzó las nalgas con un chasquido limpio. El segundo me llegó más arriba, en la espalda baja. Sentí el ardor con claridad, pero entre el dolor y los empujones que seguía dándome con la pelvis, todo se me convertía en una marea que me llevaba al borde otra vez.
—Sí, padre, castígueme —le grité, sin pensar—. He sido una ramera sucia. Azóteme más fuerte, por el amor de Dios.
El cura ya no se contuvo. Me dio cordonazos en las nalgas, los muslos, la espalda, mientras seguía cogiéndome con una furia que me sorprendía en un hombre que apenas un rato antes hablaba con voz baja. Sus resoplidos me anunciaron lo que venía. Salió de golpe, me agarró del pelo, me obligó a girar la cabeza y se acomodó la verga sobre mi cara.
—Yo… te absuelvo… de tus pecados —decía entrecortado, mientras se masturbaba con violencia sobre mí—. En el nombre… del Padre…
Los chorros me cayeron en la frente, en las mejillas, en la boca cerrada, en el pelo. No paraba. Cuando terminó, yo estaba bañada de la frente al cuello. Quise lamerle los restos de la punta y él me apartó la cara. Tampoco me dejó llevarme los dedos a la boca. Sacó un pañuelo blanco, me limpió primero a mí, después se limpió él, y guardó el pañuelo en un bolsillo interior del hábito como si fuera un objeto litúrgico más.
Nos arreglamos la ropa en silencio. Apenas podía caminar, las piernas me temblaban y notaba el ardor de los cordonazos cada vez que rozaba algo. Me acompañó hasta la puerta, me bendijo con la frase de costumbre y cerró tras de mí. En la calle, todo seguía exactamente igual: la luz del atardecer, los pájaros, una vecina regando macetas en el balcón de enfrente. Nadie sabría jamás qué acababa de pasar dentro de esa capilla.
De camino a casa pensé una sola cosa, y la pensé con la sonrisa torcida de alguien que sabe que va a volver. A partir de ahora voy a tener que pecar mucho más seguido, si quiero más penitencias del padre Mateo.