Lo que mi mujer me confesó querer esa noche en el Caribe
Lucía y yo llevamos doce años casados, y todavía me cuesta creer que nuestro matrimonio sea hoy más sólido que el día de la boda. Lo que vivimos durante aquellas vacaciones habría hecho pedazos a cualquier otra pareja. A nosotros nos unió de una forma que ni siquiera sabíamos posible.
Nos conocimos en la universidad. Desde el principio encajamos bien, también en la cama, aunque nuestra vida sexual nunca fue lo que se diría atrevida. Era cómoda, cariñosa, predecible. Buena, pero predecible.
De vez en cuando, medio en broma, hablábamos de invitar a alguien más a la cama. Uno lo soltaba entre risas, el otro contestaba «claro, hagámoslo», y ahí quedaba todo. Una fantasía de sobremesa que jamás cruzaba la puerta del dormitorio. Yo daba por hecho que envejeceríamos siendo una pareja perfectamente monógama.
Ese año decidimos escaparnos al Caribe. Llevábamos meses soñando con un resort frente al mar, arena blanca y la promesa de no hacer absolutamente nada salvo descansar y disfrutar el uno del otro.
***
El hotel era todavía más bonito de lo que prometían las fotos. Lo que no esperábamos era lo encantadora que resultaría la gente: huéspedes relajados, empleados que te trataban como si te conocieran de toda la vida. El primer día lo pasamos tumbados al sol, bañándonos y bronceándonos sin prisa.
Esa tarde Lucía preguntó en recepción si había alguna playa nudista cerca. El chico del mostrador nos señaló un complejo un poco más al sur, donde se podía tomar el sol sin ropa. Decidimos ir al día siguiente.
Durante el paseo por la costa, Lucía estuvo más callada de lo normal. La conozco bien, así que insistí. Acabó confesándome que le daba vergüenza desnudarse delante de desconocidos.
—Si no estás cómoda, nos quedamos vestidos o volvemos a nuestra playa —le dije—. No quiero forzarte a nada.
—No, quiero intentarlo —contestó, apretándome la mano con fuerza.
Al llegar al cartel que anunciaba la playa, me agarraba como una tenaza. Sentía su pulso acelerado a través de la palma.
—Tengo un poco de miedo, cariño —me susurró al oído.
Bastó con ver a las primeras parejas tumbadas, tranquilas, leyendo o durmiendo, para que se diera cuenta de que aquello no era ninguna orgía. Encontramos un hueco, extendimos las toallas y, poco a poco, se soltó. Pasamos varias horas desnudos al sol, metiéndonos en el agua, riéndonos como dos críos.
De vuelta al hotel me confesó algo que no me esperaba: ver a tantos cuerpos desnudos la había excitado más de lo que quería admitir. Esa noche apenas cenamos. Volvimos a la habitación con las manos ya buscándose.
***
Cuando salí de la ducha, la encontré sentada en la cama con un conjunto diminuto y las piernas abiertas. En la televisión había puesto el canal de adultos del hotel. Lucía casi nunca veía porno, pero esa noche dijo que sería divertido imitar lo que apareciera en pantalla.
Durante la hora siguiente hicimos exactamente eso. Nos reímos, copiamos posturas, exageramos gemidos. Aquel juego le dio a la noche un voltaje que llevábamos años sin sentir. Normalmente nos corríamos una vez. Esa madrugada lo hicimos tres.
Agotados, nos quedamos abrazados dejando correr los vídeos, esperando dormirnos. Entonces empezó otro. Era una escena de sexo en grupo. Pensé que Lucía cambiaría de canal de inmediato, porque ese tipo de cosas nunca le había llamado la atención.
No lo hizo. Se quedó mirando la pantalla en una especie de trance. En el vídeo, una mujer de aspecto corriente, parecida a ella, era el centro de atención de un montón de hombres. Cuando terminó, Lucía giró la cabeza y me miró con una intensidad nueva.
—Verla disfrutar así me ha puesto muchísimo —murmuró—. Como si por una vez una mujer pudiera ser dueña de su propio deseo.
Se me echó encima y me folló como pocas veces lo había hecho. Después caímos rendidos.
***
A la mañana siguiente desperté con las maletas ya hechas. Lucía estaba vestida y sonreía.
—Nuestro resort es demasiado aburrido —anunció—. He cambiado la reserva a uno solo para adultos, en la otra punta de la playa.
El sitio nuevo era otro mundo. Mujeres en topless por todas partes, parejas paseando casi sin ropa, una piscina donde la mitad de la gente estaba desnuda. Pasamos la tarde charlando con otros huéspedes, conociendo gente, mientras yo intentaba disimular el efecto que todo aquello tenía en mí.
Esa noche el club del hotel organizaba una fiesta y Lucía no quería perdérsela. Para cenar se puso un vestido negro muy ligero, con un escote profundo y una abertura que subía casi hasta la cadera. Ajustado, sin sujetador, apenas una sombra de ropa interior debajo. Cuando la miré, supe que no sería el único hombre de la sala incapaz de apartar los ojos de ella.
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En la entrada de la discoteca repartían antifaces decorados. Lucía eligió uno blanco con detalles dorados que le tapaba media cara y la volvía irreconocible. La música retumbaba y la pista estaba a reventar. Al fijarme mejor, me di cuenta de que algunas parejas hacían bastante más que bailar.
En cuanto vea esto, nos vamos, pensé.
Me equivocaba. Lucía empezó a moverse al ritmo de la música, a restregarse contra mí, encendida. No habíamos llegado al centro de la pista cuando un hombre nos preguntó si podía unirse. Antes de que yo dijera nada, ella ya bailaba pegada a él.
En lugar de celos, sentí una excitación que no reconocía. Despacio, fui retrocediendo para ver si se daba cuenta de que la dejaba sola. No lo hizo. Ella y el desconocido —rubio, delgado, con corte militar— seguían bailando cada vez más juntos. Pronto se le sumó otro, más alto y corpulento, y entre los dos la fueron rodeando, una mano en la cintura, otra deslizándose hacia abajo. A Lucía no parecía importarle. Al contrario.
Cuando la canción acabó, les dio a ambos un beso en la mejilla y volvió hacia mí, sonrojada bajo el antifaz, brillante de sudor. Me besó hondo, buscándome con la lengua.
—Espero no haberte puesto celoso —dijo, y bajó la mano hasta el bulto de mi pantalón—. Veo que no… Toma, te dejo algo.
Se subió el vestido, se quitó la ropa interior empapada y me la puso en la mano.
—Es para ti, cariño.
Y volvió a la pista.
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Lo que siguió lo viví como en cámara lenta. Un tercer hombre, que bailaba como un profesional, la condujo por toda la pista hasta dejarla flotando. Luego apareció un cuarto, un tipo de unos treinta años con aire de seductor, que la abrazó por la cintura y la besó mientras la música bajaba de ritmo. Lucía le agarraba las nalgas, él hundía la cara en su cuello. Por un instante se arrodilló frente a él y, después, fue él quien se agachó, le apartó el vestido y la besó entre las piernas allí mismo, delante de todos.
Yo estaba paralizado. No de vergüenza, sino de una excitación que me asustaba. Aquello apenas duró un minuto, pero a mí me pareció eterno. Cuando ella regresó, cubierta de sudor y al borde del temblor, me preguntó al oído si me parecía bien lo que estaba haciendo.
—Mientras tú disfrutes —le dije—, yo también.
—Quiero subir a la habitación —susurró—. Tengo una idea.
***
Salimos del club y subimos. Lucía entró al baño y volvió completamente desnuda. Justo cuando se sentaba en la cama, llamaron a la puerta.
—¿Abres tú, cariño? —me pidió.
Abrí. Era el cuarto, el seductor de la pista.
—Me alegra que te hayas decidido, Iván —dijo ella, encantada.
—¿Qué significa esto, Lucía? —pregunté.
—Les dije a los chicos con los que bailé que vinieran a pasar un buen rato —respondió, con una calma que me dejó sin palabras.
En los diez minutos siguientes fueron llegando los otros tres. Mi mujer había organizado todo aquello a mis espaldas. Cuatro hombres desnudos en la habitación y ella en el centro, también desnuda, dueña absoluta de la situación.
—Chicos, soy toda vuestra —les dijo—. Quiero que me folléis mientras mi marido mira. Podéis correros donde queráis. El único sitio prohibido es mi culo. Ese lo reservo para él.
***
Durante las horas siguientes observé desde una silla, sin poder moverme, cómo mi mujer se entregaba a aquellos cuatro desconocidos. Empezó con Bruno, el rubio, montándolo de espaldas para que yo viera cada embestida. Llamó a Tomás para que se le acercara a la boca, y a Darío, el más imponente de todos, lo acariciaba con la mano mientras decidía qué hacer con él.
Yo me tocaba por encima del pantalón, incrédulo, viendo a mi Lucía soltarse de un modo que jamás había imaginado en doce años juntos. No era la mujer reservada de la playa nudista. Era otra, libre y descarada, y reconozco que esa otra me fascinaba.
Tomás fue el primero en avisar. Ella lo apartó de su boca, lo masturbó con rabia y le pidió que terminara sobre sus pechos. Lo hizo, y Lucía se untó con aquello sin dejar de atender a los demás. Casi al mismo tiempo, Bruno la agarró de las caderas y se vació dentro de ella, que echó la cabeza atrás con un gemido largo: se corría también, por primera vez esa noche.
—No salgas todavía —jadeó—. Más… quiero más.
Iván tomó el relevo por detrás. Era el más ancho de los cuatro, y bastaron unas embestidas para arrancarle a Lucía otro orgasmo, esta vez con la boca llena de Darío. Vi cómo los dos hombres marcaban el mismo ritmo, cómo ella se movía entre ambos como si llevara toda la vida haciéndolo. Cuando Iván terminó, se retiró empapado y agotado.
***
Entonces Lucía me hizo una señal para que me acercara. Me besó hondo, con una ternura extraña en medio de todo aquel desorden.
—Te quiero a ti aquí —dijo, llevándose una mano atrás— y a Darío delante, al mismo tiempo.
Mi mujer pedía una doble penetración. Me costó asimilarlo, pero ya estaba tan fuera de mí como ella. Primero entré despacio donde estaba mojada, para lubricarme, y luego, con cuidado, fui ganando terreno donde nunca antes había estado. Ella se tensó, soltó un quejido, y enseguida me rogó que siguiera.
Se acomodó sobre mí, de espaldas, y le indicó a Darío que la penetrara por delante. Lucía estaba tan excitada que apenas opuso resistencia. Cuando los dos estuvimos dentro, soltó un grito que llenó la habitación.
—Fuerte —ordenó—. Los dos, fuerte.
Era su primera doble penetración y la vivía como si llevara toda la vida esperándola. Tomás y Bruno, recuperados, le ofrecieron la boca, y ella iba de uno a otro mientras Darío y yo marcábamos un ritmo imposible. Estallaba en un orgasmo tras otro. Perdí la cuenta. Yo también perdí la cabeza, sintiéndola estremecerse, y acabé vaciándome con un gemido ronco. Instantes después lo hizo Darío.
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Cuando todo terminó, los cuatro se vistieron en silencio. Antes de marcharse se acercaron a estrecharme la mano, casi con respeto.
—Tienes una mujer increíble —me dijo Iván—. No la vamos a olvidar.
Uno a uno besaron a Lucía en la mejilla y salieron sin hacer ruido. Me tumbé junto a ella, que estaba completamente rendida.
—Espero que no estés enfadado conmigo —murmuró.
—Para nada, amor —le contesté, y era verdad—. Verte disfrutar así me hizo desearte más que nunca.
Pese al cansancio, me pidió hacer el amor una vez más antes de dormir. Fue, de lejos, la mejor de toda mi vida. Lentos, callados, mirándonos como si nos conociéramos por primera vez.
Desde aquella noche, Lucía y yo dejamos de guardarnos las fantasías. Las contamos, las compartimos y algunas las cumplimos. Volvimos a casa siendo la misma pareja de siempre y, a la vez, otra completamente distinta. A veces todavía me pregunto cómo es posible que algo así, en lugar de hundirnos, nos haya acercado tanto. Solo sé que nunca habíamos sido tan honestos el uno con el otro como lo somos hoy.