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Relatos Ardientes

Bajamos al río los tres y todo cambió aquella tarde

Era sábado por la mañana cuando el celular vibró sobre la mesa de luz. Diego me había escrito para confirmar que seguíamos en pie con el plan del río. Lo habíamos arreglado dos semanas atrás, en una de esas charlas que se daban cuando nos cruzábamos en la vereda del edificio.

Hacía meses que no compartíamos un sábado entero. Yo andaba metido hasta las orejas con la facultad y él con el patín y los entrenamientos del club. Antes de contestarle, me asomé al pasillo. Bruno seguía en la cocina, en cuero, devorando una tostada como si no hubiera dormido en mi cama la noche anterior.

—¿Te venís al río? —le pregunté.

—No tengo malla.

—Te presto un speedo. Lo compré flaco y me quedó chico, te va a quedar pintado.

Asintió sin levantar la vista del mate. Después fuimos al baño y nos lavamos los dientes uno al lado del otro, codo con codo, como una pareja vieja. Cuando volví del cuarto, ya estaba metido en el slip rojo y de espaldas al espejo. La tela le marcaba todo, incluido el bulto que empezaba a inflarse.

—Así no podemos salir —dijo, mirándome por encima del hombro.

Le bajé el slip hasta la mitad del muslo. Me arrodillé en las baldosas frías y le metí la pija en la boca de un solo movimiento. Bruno apoyó las palmas en la cerámica y dejó escapar un quejido bajo, contenido, como si tuviera miedo de que se escuchara por el patio interno. Le pasé la lengua por todo el largo, jugué con los huevos, y cuando lo sentí pulsar le aflojé y le di un beso en la cadera.

—Si seguimos no llegamos —le susurré.

Sonó el timbre.

***

Diego nos estaba esperando con sus viejos en el auto. Acomodamos las mochilas con las toallas, el protector y un par de gaseosas. Entre los asientos delanteros pusieron un bolso enorme, y nosotros tres terminamos amontonados atrás, con Diego en el medio.

Él iba con un pantalón deportivo gris, ajustado, de esos chupines de patinador que no esconden nada. La tela era tan fina que se le adivinaba todo. Bruno me miró, levantó una ceja y me guiñó. Entendí enseguida.

Empezamos a apoyarle las manos en los muslos, primero por afuera, con cuidado, mientras les contábamos a los padres de Diego cómo nos había ido la semana. Después fuimos subiendo. Diego se puso colorado y cruzó las piernas, pero no nos paró. Más bien al contrario. A los cinco minutos lo teníamos al palo debajo del pantalón y respiraba por la boca, mirando fijo el respaldo del asiento del padre.

Bruno se relamió. Yo le puse la mochila en la falda para que el padre no viera nada por el espejo retrovisor. Diego se mordía el labio. En una hora larga llegamos al cruce que daba al balneario. Sus viejos se iban a pasar el fin de semana con unos familiares y nos dejarían volver en colectivo a la tarde.

—Pórtense bien —dijo el padre desde la ventanilla.

Diego sonrió con la cara todavía enrojecida y nos hizo seña de seguirlo. Conocía un sendero que se metía entre los sauces y bajaba hasta un recodo donde nunca había nadie. Caminamos en fila, él adelante. Yo no podía sacarle los ojos al culo, redondo y firme, dibujado en el chupín. Bruno, detrás de mí, me iba tocando la cintura, la nuca, las nalgas. El muy calentón venía duro desde el auto.

***

El claro estaba como lo había prometido. Pasto seco, dos sauces para colgar la ropa y un brazo del río con el agua estancada y tibia. Tiramos las lonas, dejamos las mochilas y nos metimos hasta la cintura. El fondo tenía limo blando.

—Está fresca, no fría —comentó Diego, dejándose ir hasta los hombros.

Empezamos chapoteando, salpicándonos como pibes. Después Bruno se le tiró encima a Diego y le hizo una llave de las que se usan para tirarte al agua. Yo me sumé y entre los dos lo agarramos, riéndonos. La piel mojada, las piernas que se rozaban, la espalda de Diego pegada a mi pecho. Se le pasaron las ganas de escapar.

—Trencito —dije, y le hice subirse a Bruno encima mío.

Caminamos dos pasos y no pudimos seguir. Bruno ya tenía la pija dura apretada contra mi cola, y a Diego adelante le pasaba lo mismo. Sentí los dedos de Bruno colándose por mi cintura. Diego se reía nervioso.

—Salgamos a ponernos protector, que nos quemamos —pidió.

Salimos.

En la lona, Diego se sentó con las piernas cruzadas. Llevaba un bóxer corto de lycra gris claro, fino, que con el agua se había vuelto casi traslúcido. Le dibujaba el contorno de todo. Bruno empezó a pasarle crema en la espalda y bajó hasta el elástico. Yo me ocupé de las piernas. Cuando llegué a los muslos, le rocé el bulto con el dorso de la mano y no se movió. Lo volví a hacer, esta vez con la palma. Lo apreté.

—Qué putos están hoy —dijo, riéndose con la voz quebrada.

No era una queja.

Bruno lo abrazó por detrás y le mordió el lóbulo. Yo me ubicé adelante y le pasé la mano por encima de la lycra mojada. La tenía dura como una piedra.

—¿Te lo saco? —le preguntó Bruno al oído.

Diego no contestó. Bruno bajó el bóxer hasta la mitad del muslo y la pija saltó hacia afuera, larga, pesada, con el glande morado.

—Mierda, qué pija tenés —dije, sin pensar.

Diego cerró los ojos. Le agarré la pija con la mano derecha y empecé a pajearlo despacio. Bruno le besaba el cuello, le mordía el hombro, le acariciaba el pecho. Yo le pasé la otra mano por la cintura y lo apoyé contra mí. Sentía la respiración entrecortada en la nuca.

—¿Te gusta? —le pregunté.

—Sí —contestó, casi sin voz.

—¿Querés que él te la coma?

—Nunca me la chuparon.

Bruno ya estaba arrodillado en la lona. Le besó el glande con piquitos, lo lamió de abajo hacia arriba, le pasó la lengua por los huevos. Diego soltó un quejido largo y se dejó caer un poco más sobre mi pecho. Yo lo abracé fuerte y le besé el cuello, le mordí la oreja, le pasé la lengua por la mandíbula. Cuando giró la cara, lo besé en la boca.

Al principio se resistió. Apretó los labios. Pero le metí la lengua despacio y al rato me devolvía el beso con la misma furia. Le mordí el labio inferior.

—Son putos —murmuró sin separarse.

—¿Querés que paremos?

—No, por favor.

***

Cambiamos de roles sin necesidad de hablarlo. Bruno se levantó para besarlo y yo me arrodillé frente a los dos. Les tomé las dos pijas con las manos y las acerqué. Pasé la lengua de una a la otra, las junté en la boca todo lo que pude, aunque más allá del glande no entraban. Iba alternando. Una en la boca, la otra en la mano. Las dos pulsaban iguales.

El líquido pre seminal me chorreaba por los dedos. Me alcé a besarlos a los dos. Nos tiramos los tres en las toallas, desnudos, al palo, yo en el medio. Bruno me pajeaba con una mano y le agarraba la cara a Diego con la otra. Diego ya no se aguantaba.

Volví a bajar. Bruno revolvió la mochila y me lanzó el pomo de crema enjuague que habíamos llevado de casa. Me unté los dedos y se los metí, uno en cada culo. Diego se sobresaltó y después se relajó. Bufaba. Bruno gimió contra la boca de Diego y propuso que hiciéramos una rueda.

—¿Una qué? —preguntó Diego.

—De costado, los tres. Vas a ver.

Nos acomodamos en triángulo. Yo chupándosela a Diego, Bruno chupándomela a mí, Diego mirando la de Bruno sin saber qué hacer. Al rato la calentura le ganó y empezó a besarle el glande, primero con piquitos, igual que antes. Después la chupó entera. Giramos una vez y volvimos a girar. Cada uno probó la boca y la pija del otro.

Cuando estábamos los tres a punto de explotar, me puse en cuatro patas y le pedí a Diego que me cogiera la boca. Saqué la pija de la boca de Bruno y le ofrecí el culo.

***

Bruno me lubricó con los dedos y me la metió de un movimiento, como sabía él. El empuje me hacía tragar más profundo la pija de Diego. Le pedí que aflojara, porque quería gozarlo, no atragantarme. Le seguí masajeando el culo a Diego con el pulgar mientras lo chupaba.

Bruno aceleró. Le sentí los huevos rebotar contra los míos. Acabó dentro. Me siguió bombeando un rato más con la pija todavía dura, hasta que se le aflojó del todo. Cuando se retiró me bajó un escalofrío.

—Ahora vos —le dijo a Diego al oído.

Diego se ubicó detrás de mí, dudó dos segundos y entró. Mi culo seguía lubricado por la leche de Bruno, así que la encontró fácil. Bruno se tiró boca arriba y se abrió las nalgas con las dos manos, ofreciéndome el suyo. Me incliné, le mordí el pezón, lo besé, le metí la pija. Tres movimientos y estábamos los tres encajados, Diego empujando atrás, yo encima de Bruno, los tres respirando como animales.

Diego se sostenía de mi cintura y embestía con ganas. Su mismo vaivén me clavaba más adentro de Bruno. Tras unos minutos le pedí que parara, me moví yo, marcando el ritmo. Diego apretó la mandíbula y acabó casi al mismo tiempo que yo. Bruno se vino entre los dos cuerpos, sin mano, solo con el roce de mi panza contra su pija.

Quedamos desplomados, encimados, mojados de sudor y semen. Diego no se animaba a sacarla. Yo lo gozaba, contrayendo y aflojando, hasta que volvió a ponérsele dura.

—Sos un calentón, eh —le dije por encima del hombro.

Me salí de adentro de Bruno y se lo ofrecí. Diego lo miró, miró a Bruno con las piernas levantadas, y entendió. Bruno se subió las piernas a los hombros de Diego y se dejó penetrar como si lo conociera de toda la vida. Largos minutos de bombeo, pajeándolo despacio, mientras yo lo besaba y le pasaba la mano por la espalda.

Me calenté de nuevo. Le toqué el culo a Diego. Lo tenía tibio, lubricado por el sudor. Acerqué la pija a su puerta y me la fue metiendo casi solo, distraído por lo otro. Vaciló. Bruno le pidió más y se movió como una anguila. Volví a apoyar la punta y lo dejé que él marcara. Entró. Me quedé quieto.

Empezó a moverse para adelante y para atrás, encajándose entre los dos. Bruno lo alentaba con la boca abierta, jadeando, pidiendo más. Bufábamos los tres como perros en celo. Diego acabó con un grito apagado contra el cuello de Bruno y se desplomó. Yo me vacié en su culo casi enseguida, lo poco que me quedaba.

Caímos uno al lado del otro, Bruno en el medio. La leche nos chorreaba por las piernas. Diego se reía bajito, con los ojos cerrados.

—No sé cómo vuelvo a casa —dijo después de un rato.

Bruno le pasó una mano por el pelo.

—En el colectivo de las seis.

Nos zambullimos en el río para sacarnos lo que se podía sacar. El resto, los moretones de las rodillas, la quemadura del sol en la espalda, el olor a crema enjuague mezclado con sudor, nos lo llevamos puesto. Diego no dijo una palabra en todo el viaje de vuelta. Pero cuando se bajó en su parada, me miró por la ventanilla del colectivo y movió los labios sin sonido.

«¿El sábado que viene?», me preguntaba.

Le hice que sí con la cabeza.

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