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Relatos Ardientes

La noche que mi marido quiso mirar de verdad

Habían pasado unas semanas desde mi primera vez con Adrián. Lo conocí en el almacén donde alquilo herramientas para la obra de casa, y lo que empezó como una conversación tonta terminó conmigo de rodillas en la trastienda, con su polla hasta la garganta y las bragas empapadas, descubriendo lo que era estar con alguien que no medía sus fuerzas. Mi cuerpo todavía lo recordaba: el ardor del principio cuando me abrió el coño de una sola embestida, la rendición que vino después, la forma en que conduje hasta casa con las piernas todavía temblando y su semen resbalándome por dentro del muslo.

Cada vez que se lo contaba a Rubén con todo lujo de detalles —cómo me había sujetado contra los estantes, cómo me había follado por detrás mientras yo me mordía el brazo para no gritar, cómo me había hecho tragarme hasta la última gota de su corrida—, algo se encendía en él. Me follaba con una intensidad que no le conocía, posesivo, repitiendo mi nombre como si necesitara reclamarme, embistiéndome tan hondo que me hacía arquear la espalda contra el colchón.

—Eres mía —me decía al oído, con la verga clavada hasta el fondo—. Y aun así me vuelve loco imaginar que otro te folle.

Y yo, perdida entre sus manos, con dos dedos suyos frotándome el clítoris mientras se me metía entero, le confesaba la verdad:

—Me encanta que me lo preguntes. Me encanta saber que lo imaginas. Que piensas en su polla dentro de mí mientras me lo haces tú.

Rubén gemía cuando yo le decía cosas así, y se corría con un empujón brutal, vaciándose en mi coño mientras me mordía el hombro.

Una noche, después de uno de esos polvos en los que terminábamos los dos sin aliento y con las sábanas manchadas de semen y de mí, Rubén se quedó mirándome el techo, todavía dentro de mí, y soltó lo que llevaba semanas guardándose.

—¿Y si la próxima vez yo estoy ahí? No quiero que me lo cuentes. Quiero verlo. Quiero ver cómo te folla.

El corazón me dio un vuelco. No por sorpresa, sino porque yo había fantaseado con lo mismo sin atreverme a decirlo. Me incorporé sobre un codo y lo miré a los ojos, notando cómo su polla, todavía dura, se movía dentro de mí al cambiar de postura.

—¿Estás seguro? No hay marcha atrás después de esto.

—Organízalo tú —dijo—. Yo solo quiero estar en la habitación. Quiero verte gozar con otra polla dentro.

***

Tardé dos días en reunir el valor para llamar a Adrián. Cuando le expliqué lo que mi marido quería, hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Pensé que se reiría, que lo tomaría a broma. En cambio bajó la voz.

—¿Él lo sabe todo? ¿Está de acuerdo de verdad? ¿Sabe cómo te dejé la última vez?

—Fue idea suya —respondí, apretando los muslos al recordar—. Y sí, se lo conté todo. Cómo me follaste contra la estantería, cómo me hiciste correrme dos veces, cómo me corrí en tu boca.

—Entonces dile que prepare una buena silla —contestó, y colgó.

Quedamos un viernes por la noche en nuestra casa. Pasé toda la tarde preparándome con una calma extraña, como quien se viste para una ceremonia. Me duché largo, me depilé el coño hasta dejarlo liso, me perfumé entre los pechos y entre las piernas. Elegí un conjunto de encaje granate, medias hasta el muslo, tacones que no pensaba usar más de diez minutos. Rubén me observaba desde el marco de la puerta, callado, con esa mezcla de nervios y deseo que le tensaba la mandíbula y le marcaba un bulto claro en el pantalón.

—Todavía podemos no hacerlo —le dije, más para él que para mí.

—Quiero hacerlo —respondió—. Llevo semanas sin pensar en otra cosa. Se me pone dura cada vez que me imagino su polla entrando en ti.

Adrián llegó puntual. Era alto, de hombros anchos, con esa seguridad tranquila de quien no necesita demostrar nada. Nos saludamos en el recibidor y el abrazo duró un segundo de más; sentí su mano deslizarse por mi espalda baja delante de mi marido, bajar hasta apretarme una nalga sin ninguna prisa, marcando territorio.

Rubén tragó saliva, pero le tendió la mano.

—Adrián. Gracias por venir.

—Gracias por la invitación —contestó él, y la naturalidad con que lo dijo rompió toda la tensión.

***

Nos sentamos en el salón y abrimos una botella. Hablamos de cosas absurdas durante un rato, el trabajo, el barrio, como si fuéramos tres amigos. Pero la corriente debajo de la conversación era imposible de ignorar. Adrián tenía la mano en mi rodilla, y cada pocos minutos subía un centímetro más por el interior de mi muslo, hasta que las yemas de sus dedos rozaron el encaje empapado de mis bragas. Se le escapó una media sonrisa al notar cuánto mojaba.

Rubén se había sentado en el sillón de enfrente. No fingía leer una revista ni miraba el móvil. Solo nos observaba, con la respiración cada vez más audible y la mano apoyada sobre el bulto que se le marcaba en el vaquero.

Adrián me giró la cara con dos dedos y me besó. Fue un beso lento, sin urgencia, una pregunta más que una orden. Le respondí abriendo la boca, dejando que su lengua entrara y jugara con la mía. Cuando me soltó, los dos miramos a Rubén al mismo tiempo. Adrián me metió dos dedos por debajo del encaje y hundió las yemas en mi coño empapado, sin dejar de mirar a mi marido.

—Está mojadísima —dijo, con la voz tranquila—. ¿Quieres verlo?

Rubén asintió, sin voz. Adrián sacó los dedos brillantes y me los pasó por los labios antes de metérmelos en la boca. Los chupé despacio, saboreándome, mientras mi marido apretaba con fuerza el brazo del sillón.

—Sigan —dijo él con la voz ronca—. Por favor.

Esa palabra, ese «por favor», me soltó algo por dentro. Me puse de pie, dejé caer el vestido y me quedé delante de los dos solo con el encaje. Adrián me recorrió con la mirada de arriba abajo, sin tocarme todavía, y esa pausa fue más excitante que cualquier mano.

—Ven aquí —dijo—. Y quítate las bragas antes.

Obedecí. Me bajé las bragas por las piernas sin agacharme del todo, dejando que ambos vieran perfectamente mi coño depilado y brillante entre los muslos. A Rubén se le escapó un jadeo audible.

***

Me senté a horcajadas sobre Adrián en el sofá y dejé que me desabrochara el sujetador con una sola mano. Sus labios bajaron por mi cuello, por la clavícula, hasta cerrarse sobre mi pezón. Me lo chupó fuerte, mordiéndolo apenas, mientras con la otra mano me abría el coño y empezaba a frotarme el clítoris con el pulgar. Cerré los ojos y gemí, y al abrirlos busqué a Rubén. Seguía allí, inclinado hacia delante, con los codos en las rodillas, devorándonos con la mirada. Se había desabrochado el pantalón y tenía la polla fuera, dura, apretada en el puño.

Había algo en saberme observada que multiplicaba cada sensación. No era solo lo que Adrián me hacía con las manos y la boca; era la conciencia constante de los ojos de mi marido recorriendo mi espalda, mis caderas, la curva de mi cintura, el brillo entre mis muslos. Me sentía deseada por dos hombres a la vez, y esa certeza me mareaba más que el vino.

—Estás preciosa —dijo Rubén desde el sillón, casi sin voz, meneándose la polla despacio—. No tienes idea de cómo te ves ahora mismo, con sus dedos dentro.

Le sonreí por encima del hombro de Adrián, moviendo la cadera para sentir esos dos dedos entrar y salir de mi coño con un sonido húmedo y obsceno. Nunca me había sentido tan libre delante de él.

—Mírame —le pedí—. No dejes de mirar.

Adrián me bajó al suelo con suavidad y se puso de pie frente a mí. Le desabroché el cinturón despacio, alargando cada movimiento, sabiendo que mi marido lo veía todo desde su silla. Cuando le bajé los calzoncillos y su polla saltó libre delante de mi cara —gruesa, dura, con la punta ya brillante—, oí a Rubén respirar hondo detrás de mí.

La agarré con la mano, la sostuve un momento delante de mis labios y giré la cabeza para mirar a mi marido a los ojos. Sin dejar de mirarlo, saqué la lengua y le lamí la punta a Adrián, muy despacio, recogiendo la gota que le brillaba en el glande.

—¿Lo ves? —murmuré—. ¿Te gusta verme así, con otra polla en la boca?

Rubén asintió sin poder hablar. Se meneaba más rápido, el pecho subiendo y bajando deprisa.

Abrí la boca y me la metí entera, hasta el fondo. Adrián soltó un gruñido y me sujetó del pelo, no con violencia, sino con firmeza, marcando el ritmo. Empecé a chuparle la polla con hambre, hundiéndomela hasta la garganta y sacándola brillante de saliva, para luego pasarle la lengua por toda la longitud y volver a tragármela. La baba me caía por la barbilla hasta las tetas. De vez en cuando la sacaba entera y le lamía los huevos, mirando a Rubén desde abajo con los ojos llorosos y una sonrisa sucia en la boca.

—Métesela hasta el fondo —dijo mi marido, con la voz rota—. Chúpasela bien.

Y yo obedecí, dejándome llevar por completo, disfrutando de la sensación doble: el placer físico de tener esa polla llenándome la boca y el saberme observada por el hombre que amo, que se moría de deseo a un metro de distancia.

***

Después me levantó, me dio la vuelta y me inclinó sobre el respaldo del sofá, de cara a mi marido. Quería que lo viéramos todos. Adrián se tomó su tiempo, arrodillado detrás de mí, abriéndome las nalgas con las dos manos y hundiendo la cara en mi coño. Me lamió de abajo arriba, largo y lento, y luego me chupó el clítoris hasta hacerme temblar las rodillas. Yo apretaba el respaldo del sofá con las dos manos, la boca abierta contra el cuero, gimiendo sin parar mientras Rubén me miraba a los ojos desde el sillón.

—Está delicioso —oí decir a Adrián detrás de mí—. Tu mujer sabe a gloria.

Rubén gimió y se apretó la polla más fuerte.

Cuando Adrián se puso de pie, sentí su glande recorrerme la raja de arriba abajo, empapándose en mi humedad, buscando la entrada. Cada segundo de demora era una pequeña tortura deliciosa.

—¿Lista? —preguntó contra mi oído, apretándome la polla contra la abertura.

—Sí —jadeé—. Métemela. Por favor, métemela entera.

Cuando por fin se hundió en mí de una sola embestida, grité. Fue un grito largo, sin pudor, y vi cómo Rubén abría los ojos como platos sin dejar de mirarme. Adrián empezó a follarme firme y profundo, agarrándome de la cintura, cada embestida arrancándome un gemido nuevo y haciendo que mis tetas rebotaran contra el respaldo del sofá.

—¡Así! —le supliqué—. No pares. Más fuerte.

Me la clavó más fuerte, tanto que el sofá empezó a moverse. Sentía su polla golpeándome en el fondo, llenándome entera, sacándome de mí. Podía oír el chapoteo húmedo de mi coño cada vez que entraba y salía, y sabía que Rubén también lo oía.

—Mira cómo te folla —jadeó mi marido, meneándosela sin parar—. Mírate.

Rubén se había acercado al borde del sillón. Ya no se contenía. Repetía mi nombre en voz baja, una y otra vez, como una oración, mientras me veía perder la razón sobre el sofá de nuestra casa, empalada en la polla de otro hombre.

—Ven —le dije, estirando una mano hacia él—. Quiero que estés cerca. Quiero tu polla en la boca.

Se levantó y se arrodilló junto a mi cara. Abrí la boca y me tragué su verga entera, mientras Adrián seguía embistiéndome por detrás. Me follaban los dos a la vez, cada uno por un extremo, y yo era pura sensación, pura entrega. Los gemidos se me ahogaban contra la polla de Rubén cada vez que Adrián me clavaba la suya hasta el fondo.

Rubén me sostuvo la cara entre las manos y me sacó la polla de la boca para mirarme a los ojos durante todo el orgasmo, el primero, el que me sacudió de la cabeza a los pies. Me corrí gritando su nombre, con el coño contrayéndose alrededor de la polla de Adrián, temblando entera.

—Te quiero —me dijo bajito, con la polla mojada de mi saliva rozándome los labios—. Eres increíble.

Y ahí entendí que aquello no nos alejaba. Nos unía.

***

No terminó ahí. Cambiamos de postura, me tumbé sobre Adrián boca arriba en la alfombra y lo cabalgué mientras Rubén nos miraba de pie, sin esconderse ya, formando parte de la escena tanto como nosotros. Le monté la polla despacio al principio, sintiéndola entrar centímetro a centímetro, y luego más rápido, bajando con fuerza sobre él, dejándole ver a mi marido cómo mi culo golpeaba contra sus muslos y cómo su verga desaparecía dentro de mí una y otra vez.

Rubén se acercó y me metió la polla en la boca desde arriba, mientras yo seguía cabalgando a Adrián. Ahora los tenía a los dos dentro a la vez, uno en el coño y otro en la garganta, y cada vez que bajaba las caderas también me hundía la polla de mi marido más profunda en la boca. Adrián me chupaba los pezones y me apretaba las tetas con las dos manos.

En algún momento dejé de saber dónde empezaba un placer y terminaba el otro: las manos de Adrián en mis caderas, la polla de mi marido rozándome la garganta, la mirada de Rubén clavada en mis ojos, todo a la vez empujándome al límite.

Me corrí otra vez, y otra más, con una intensidad que me dejó sin fuerzas. Adrián aguantó hasta que no pudo más y me pidió que me diera la vuelta. Me arrodillé delante de él y de Rubén, con la boca abierta y la lengua fuera, y dejé que Adrián se corriera a chorros sobre mi cara y mis tetas, mientras mi marido se corría al mismo tiempo, salpicándome el pelo y la mejilla con su semen caliente. Sentí las dos corridas mezclarse resbalándome por el cuello, y me llevé los dedos a la boca para chupármelos, mirando a Rubén a los ojos.

Después nos quedamos los tres tumbados, un revoltijo de piernas y respiraciones lentas. Nadie habló durante un rato largo. No hacía falta. Rubén me acariciaba el pelo, todavía pegajoso, y de vez en cuando me besaba la sien, como dándome las gracias por algo que no sabía nombrar.

***

Adrián se fue cerca de la medianoche. Lo despedimos los dos en la puerta, con una normalidad casi absurda después de lo que acababa de pasar, como si fuera un amigo que se va de una cena.

Cuando cerramos, Rubén me abrazó por detrás y hundió la cara en mi cuello.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Mejor que bien —respondí, girándome para mirarlo—. ¿Y tú?

—No sabía que se podía sentir así —dijo—. Verte disfrutar y no tener miedo. Saber que después vuelves a mí.

Esa noche me folló despacio en la cama, todavía con restos de semen secándome en la piel, hundiéndome la polla hasta el fondo pero sin la rabia de las otras veces, sin necesidad de reclamar nada. Me miró a los ojos mientras entraba y salía, y me hizo correrme una vez más, blanda y larga, antes de vaciarse él dentro de mí. Solo nosotros dos, en silencio, entendiéndonos de una forma nueva.

Desde entonces lo hemos repetido alguna vez, siempre con las mismas reglas claras y la misma confianza por delante. A veces es Adrián, a veces no. Pero lo importante nunca fue quién estaba en la habitación.

Lo importante es que, cuando todos se van, el que se queda es él. Y que ninguno de los dos cambiaría por nada esa mirada que compartimos esa primera noche, la de descubrir juntos hasta dónde éramos capaces de llegar sin perdernos.

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Comentarios(9)

LunaGriz

Diosss, que relato. Me quede pegada desde la primera linea hasta el final.

Celeste_Wd

Por favor que haya segunda parte, no puede terminar asi!!!

curiosa_del_sur

Y despues de esa noche, como quedaron los dos? Me imagino que algo cambio entre ellos.

Valentina_Rn

Me recordo a una conversacion que tuve con mi pareja hace un tiempo. Hay cosas que uno piensa y nunca se atreve a decir... o si. Muy bien escrito, se siente real.

MartinPA

Increible lo del final. Leido de una sentada.

Mariana_Rdo

Que valentia la de ella. Y que morbo el de el. Tremendo.

AndresBSAs

Buenisimo, de lo mejor que lei en esta pagina ultimamente.

Marta_33

Esto es lo que me gusta de esta seccion, relatos que se sienten autenticos. Muy bien.

FacuNorte

jajaja el ritmo del relato es perfecto, te va llevando sin darte cuenta. gracias por compartirlo!

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