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Relatos Ardientes

La noche que mi marido quiso mirar de verdad

Habían pasado unas semanas desde mi primera vez con Adrián. Lo conocí en el almacén donde alquilo herramientas para la obra de casa, y lo que empezó como una conversación tonta terminó conmigo de rodillas en la trastienda, descubriendo lo que era estar con alguien que no medía sus fuerzas. Mi cuerpo todavía lo recordaba: el ardor del principio, la rendición que vino después, la forma en que conduje hasta casa con las piernas todavía temblando.

Cada vez que se lo contaba a Rubén con todo lujo de detalles —cómo me había sujetado contra los estantes, cómo me había hecho perder la voz—, algo se encendía en él. Me hacía el amor con una intensidad que no le conocía, posesivo, repitiendo mi nombre como si necesitara reclamarme.

—Eres mía —me decía al oído—. Y aun así me vuelve loco que otro te toque.

Y yo, perdida entre sus manos, le confesaba la verdad:

—Me encanta que me lo preguntes. Me encanta saber que lo imaginas.

Una noche, después de uno de esos polvos en los que terminábamos los dos sin aliento, Rubén se quedó mirándome el techo, todavía dentro de mí, y soltó lo que llevaba semanas guardándose.

—¿Y si la próxima vez yo estoy ahí? No quiero que me lo cuentes. Quiero verlo.

El corazón me dio un vuelco. No por sorpresa, sino porque yo había fantaseado con lo mismo sin atreverme a decirlo. Me incorporé sobre un codo y lo miré a los ojos.

—¿Estás seguro? No hay marcha atrás después de esto.

—Organízalo tú —dijo—. Yo solo quiero estar en la habitación.

***

Tardé dos días en reunir el valor para llamar a Adrián. Cuando le expliqué lo que mi marido quería, hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Pensé que se reiría, que lo tomaría a broma. En cambio bajó la voz.

—¿Él lo sabe todo? ¿Está de acuerdo de verdad?

—Fue idea suya —respondí.

—Entonces dile que prepare una buena silla —contestó, y colgó.

Quedamos un viernes por la noche en nuestra casa. Pasé toda la tarde preparándome con una calma extraña, como quien se viste para una ceremonia. Elegí un conjunto de encaje granate, medias hasta el muslo, tacones que no pensaba usar más de diez minutos. Rubén me observaba desde el marco de la puerta, callado, con esa mezcla de nervios y deseo que le tensaba la mandíbula.

—Todavía podemos no hacerlo —le dije, más para él que para mí.

—Quiero hacerlo —respondió—. Llevo semanas sin pensar en otra cosa.

Adrián llegó puntual. Era alto, de hombros anchos, con esa seguridad tranquila de quien no necesita demostrar nada. Nos saludamos en el recibidor y el abrazo duró un segundo de más; sentí su mano deslizarse por mi espalda baja delante de mi marido, marcando territorio sin prisa.

Rubén tragó saliva, pero le tendió la mano.

—Adrián. Gracias por venir.

—Gracias por la invitación —contestó él, y la naturalidad con que lo dijo rompió toda la tensión.

***

Nos sentamos en el salón y abrimos una botella. Hablamos de cosas absurdas durante un rato, el trabajo, el barrio, como si fuéramos tres amigos. Pero la corriente debajo de la conversación era imposible de ignorar. Adrián tenía la mano en mi rodilla, y cada pocos minutos subía un centímetro más por el interior de mi muslo.

Rubén se había sentado en el sillón de enfrente. No fingía leer una revista ni miraba el móvil. Solo nos observaba, con la respiración cada vez más audible.

Adrián me giró la cara con dos dedos y me besó. Fue un beso lento, sin urgencia, una pregunta más que una orden. Le respondí. Cuando me soltó, los dos miramos a Rubén al mismo tiempo.

—¿Bien? —pregunté.

—Sigan —dijo él con la voz ronca—. Por favor.

Esa palabra, ese «por favor», me soltó algo por dentro. Me puse de pie, dejé caer el vestido y me quedé delante de los dos solo con el encaje. Adrián me recorrió con la mirada de arriba abajo, sin tocarme todavía, y esa pausa fue más excitante que cualquier mano.

—Ven aquí —dijo.

***

Me senté a horcajadas sobre él en el sofá y dejé que me desabrochara el sujetador con una sola mano. Sus labios bajaron por mi cuello, por la clavícula, hasta cerrarse sobre mi pecho. Cerré los ojos y gemí, y al abrirlos busqué a Rubén. Seguía allí, inclinado hacia delante, con los codos en las rodillas, devorándonos con la mirada.

Había algo en saberme observada que multiplicaba cada sensación. No era solo lo que Adrián me hacía con las manos y la boca; era la conciencia constante de los ojos de mi marido recorriendo mi espalda, mis caderas, la curva de mi cintura. Me sentía deseada por dos hombres a la vez, y esa certeza me mareaba más que el vino.

—Estás preciosa —dijo Rubén desde el sillón, casi sin voz—. No tienes idea de cómo te ves ahora mismo.

Le sonreí por encima del hombro de Adrián. Nunca me había sentido tan libre delante de él.

—Mírame —le pedí—. No dejes de mirar.

Adrián me bajó al suelo con suavidad y se puso de pie frente a mí. Le desabroché el cinturón despacio, alargando cada movimiento, sabiendo que mi marido lo veía todo desde su silla. Cuando lo tuve delante, lo miré a los ojos y empecé a usar la boca, lento al principio, sin apartar la vista de Rubén ni un segundo.

—¿Lo ves? —murmuré entre una cosa y otra—. ¿Te gusta verme así?

Rubén asintió sin poder hablar. Tenía la mano dentro del pantalón, el pecho subiendo y bajando deprisa.

Adrián me sujetó del pelo, no con violencia, sino con firmeza, marcando el ritmo. Yo me dejé llevar por completo, disfrutando de la sensación doble: el placer físico y el saberme observada por el hombre que amo, que se moría de deseo a un metro de distancia.

***

Después me levantó, me dio la vuelta y me inclinó sobre el respaldo del sofá, de cara a mi marido. Quería que lo viéramos todos. Adrián se tomó su tiempo, acariciándome, preparándome, hasta que no pude más.

Sentí sus manos abrirse paso por mi cintura, bajando por mis caderas, tomándose su tiempo. Yo apretaba el respaldo del sofá con las dos manos, esperando, con el corazón golpeándome en la garganta. Cada segundo de demora era una pequeña tortura deliciosa.

—¿Lista? —preguntó contra mi oído.

—Sí —jadeé—. Por favor.

Cuando por fin se hundió en mí, grité. Fue un grito largo, sin pudor, y vi cómo Rubén abría los ojos como platos sin dejar de mirarme. Adrián empezó a moverse, firme y profundo, cada embestida arrancándome un gemido nuevo.

—¡Así! —le supliqué—. No pares.

Rubén se había acercado al borde del sillón. Ya no se contenía. Repetía mi nombre en voz baja, una y otra vez, como una oración, mientras me veía perder la razón sobre el sofá de nuestra casa.

—Ven —le dije, estirando una mano hacia él—. Quiero que estés cerca.

Se levantó y se arrodilló junto a mi cara. Lo besé con la boca temblando, mordiéndole el labio, mientras Adrián seguía detrás marcando un ritmo que me deshacía. Rubén me sostuvo la cara entre las manos y me miró a los ojos durante todo el orgasmo, el primero, el que me sacudió de la cabeza a los pies.

—Te quiero —me dijo bajito—. Eres increíble.

Y ahí entendí que aquello no nos alejaba. Nos unía.

***

No terminó ahí. Cambiamos de postura, me tumbé sobre Adrián y lo cabalgué mientras Rubén nos miraba de pie, sin esconderse ya, formando parte de la escena tanto como nosotros. En algún momento dejé de saber dónde empezaba un placer y terminaba el otro: las manos de Adrián en mis caderas, la mirada de mi marido en mis ojos, las dos cosas a la vez empujándome al límite.

Me corrí otra vez, y otra más, con una intensidad que me dejó sin fuerzas. Adrián aguantó hasta que no pudo, y cuando terminó me sostuvo contra su pecho mientras yo recuperaba el aliento.

Después nos quedamos los tres tumbados, un revoltijo de piernas y respiraciones lentas. Nadie habló durante un rato largo. No hacía falta. Rubén me acariciaba el pelo y de vez en cuando me besaba la sien, como dándome las gracias por algo que no sabía nombrar.

***

Adrián se fue cerca de la medianoche. Lo despedimos los dos en la puerta, con una normalidad casi absurda después de lo que acababa de pasar, como si fuera un amigo que se va de una cena.

Cuando cerramos, Rubén me abrazó por detrás y hundió la cara en mi cuello.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Mejor que bien —respondí, girándome para mirarlo—. ¿Y tú?

—No sabía que se podía sentir así —dijo—. Verte disfrutar y no tener miedo. Saber que después vuelves a mí.

Esa noche me hizo el amor despacio, sin la rabia de las otras veces, sin necesidad de reclamar nada. Solo nosotros dos, en silencio, entendiéndonos de una forma nueva.

Desde entonces lo hemos repetido alguna vez, siempre con las mismas reglas claras y la misma confianza por delante. A veces es Adrián, a veces no. Pero lo importante nunca fue quién estaba en la habitación.

Lo importante es que, cuando todos se van, el que se queda es él. Y que ninguno de los dos cambiaría por nada esa mirada que compartimos esa primera noche, la de descubrir juntos hasta dónde éramos capaces de llegar sin perdernos.

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Comentarios (5)

LunaGriz

Diosss, que relato. Me quede pegada desde la primera linea hasta el final.

Celeste_Wd

Por favor que haya segunda parte, no puede terminar asi!!!

curiosa_del_sur

Y despues de esa noche, como quedaron los dos? Me imagino que algo cambio entre ellos.

Valentina_Rn

Me recordo a una conversacion que tuve con mi pareja hace un tiempo. Hay cosas que uno piensa y nunca se atreve a decir... o si. Muy bien escrito, se siente real.

MartinPA

Increible lo del final. Leido de una sentada.

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