Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Cómo terminé desnuda en la partida del jefe de mi marido

Hace unos meses Diego ascendió en la compañía. Pasó de gerente regional a director comercial, y el responsable directo de esa promoción fue Mauricio, su jefe. Mauricio y yo llevamos casi un año acostándonos cuando la ocasión lo permite. Diego lo sabe. Diego lo aprobó.

Soy economista. Asesoro a una cartera reducida de clientes con buen patrimonio. A algunos de esos mismos hombres también les cobro por acostarme con ellos. Mi marido conoce las dos agendas. Esa semana las dos agendas se cruzaron en un viaje al norte y en una partida de póker que terminó conmigo desnuda frente a seis desconocidos.

El problema de fondo en la empresa de Diego era la distribución por encima del río que parte el país en dos. El contrato anterior estaba vencido y Diego había encontrado un nuevo distribuidor con flota propia y antecedentes impecables. Mauricio insistió durante dos almuerzos seguidos en que viajáramos los tres para la firma. La firma era una excusa: lo que él quería era estirar el viaje hasta la costa y pasar dos noches en un hotel frente al mar.

Aceptamos. Mauricio aprovechó la sobremesa de uno de esos jueves para plantear dos pedidos. El primero: una noche solo con él en el balneario. El segundo lo dijo bajando la voz. Tenía cinco amigos con capacidad económica suficiente como para necesitar, eventualmente, mis dos servicios. Quería organizar una partida de póker privada y presentarme como su acompañante. Quería que esos amigos me vieran. Diego se mordió el labio para no sonreír.

Dije que sí a las dos cosas.

Salimos un martes muy temprano. Seis horas de auto hasta la ciudad donde nos esperaba el nuevo distribuidor. Me vestí para llamar la atención sin gritar demasiado: jean ajustado, botas, sweater pegado al cuerpo y nada debajo. En el restaurante, Esteban —así llamaré al distribuidor— y su segundo no dejaron de mirarme durante todo el almuerzo. Hablaron de logística y márgenes; yo, que entiendo del tema más que ellos, me dediqué a callar y a cambiar las piernas de costado cada cinco minutos. Cuando me levanté para ir al baño caminé despacio. Cuando volví, lo hice rápido. Funciona siempre.

Al día siguiente, mientras Diego y Mauricio recorrían el galpón del distribuidor, Esteban hizo un aparte con Mauricio.

—La mujer de Diego está increíble —dijo.

Mauricio, que sabe medir hasta dónde llega el deseo de los otros, respondió:

—Si subes las ventas un cincuenta por ciento, te la presto una hora. Si las duplicas, te queda una noche entera.

Esteban casi se ahoga con el café. Lo supe en el auto, camino a la costa, riéndonos los tres. La conversación derivó en bromas sobre que ya tenía contrato firmado con la distribuidora antes de empezar a trabajar para ella.

***

Llegamos al balneario a media tarde y nos instalamos en un hotel frente al océano con ventanales de piso a techo. Esa había sido mi sugerencia. Me gusta coger contra un vidrio que da al mar. Dejé mi maleta en la habitación de Mauricio. Diego se quedó en la suya.

Cenamos los tres en un restaurante sobre la playa. Apenas una ensalada para mí. Después Diego nos deseó buenas noches con un beso en la frente y se retiró. Subí con Mauricio.

Nos pusimos frente al ventanal sin decir nada, abrazados por la cintura. Abajo, la rambla casi vacía. Más allá, la arena y la negrura del mar interrumpida por las luces lejanas de algún barco. Después Mauricio fue al baño a ponerse pijama y yo entré con mi bolso a cambiarme.

Saqué un corset blanco translúcido, sin copas para las tetas, dieciséis broches negros al frente sin función real más que la decorativa. Cuatro tiras de tela caían hasta engancharse en dos ligas blancas en los muslos. Nada más. Una cadena fina al cuello con un corazón de coral rojo. Al guardar el corset, encontré en el fondo del bolso un sobre que yo no había puesto ahí. Lo abrí. Un regalo. Generoso. Más de lo normal. Mauricio sabía cómo recordarme por qué seguía con él.

Salí del baño con los tacos sonando contra la cerámica. Él estaba de espaldas al cristal mirando el horizonte. Pasé entre él y la ventana. La luz de la habitación hacía que cualquiera que mirara desde la rambla pudiera vernos perfectamente. No me importó. A él tampoco.

—Gracias —dije.

Él sonrió porque sabía a qué me refería.

Nos besamos largo, con lengua y mordiscos, sin apuro. Le quité el pijama. Me acarició por encima del corset, me agarró del culo, me dijo cosas tiernas y, en la misma frase, me dijo que era una puta. Las dos cosas iban en serio. Soltó las tiras, abrió los broches uno por uno y dejó caer la tela al piso. Quedé en tacos y ligas.

Se arrodilló y me lamió todo. Caderas, muslos, las manos, la concha. Me penetraba con la lengua y volvía al clítoris y volvía a entrar. Lo dejé. Cuando estuve a punto, lo paré y me arrodillé yo. Su verga estaba dura como mármol. Una gota brillante en la punta. Me la metí entera, la llené de saliva, la solté.

—Contra la pared —le dije.

Lo guie hasta el muro lateral. Me colgué de su cuello, lo abracé con las piernas por la cintura. Sus manos me sostenían por las nalgas. La verga entró sola. Pocas veces hicimos esto y se siente distinto: el peso del cuerpo cae sobre el sexo, las respiraciones se mezclan. Acabó adentro mío. Sentí la leche caer por los muslos cuando me bajé.

Le limpié la pija con la boca, apoyada al ventanal. Para mi sorpresa, se endureció enseguida. La pastilla, supuse. No pregunté.

Pasamos a la cama. Lo monté de espaldas a él, vaquerita inversa, dirigiendo la verga con la mano. Subía y bajaba mientras una mano suya jugaba con mi clítoris y el pulgar de la otra, bien ensalivado, me entraba de a poco en el culo. Lo agradecí: era la preparación. Cambié el ritmo cuando lo sentí cerca. Adelante y atrás, en círculos, después esa licuadora que aprendí mirando porno. Acabó por segunda vez. Recogí la leche que me chorreaba con la mano, se la mostré sobre la lengua y la tragué. Después subí y le di a chupar la concha. Lo hizo sin asco. Eso me gusta.

Mientras descansábamos hablamos de la partida del día siguiente. Cinco amigos suyos, una casa pequeña rentada para la ocasión, sin sexo con ninguno porque no había pedido análisis recientes. Lo que sí podía hacer, le dije, era algo que nunca había hecho con tantos hombres al mismo tiempo. Servirles. Con cambios de ropa entre partida y partida. Mostrarme. Que la última pasada fuera con todo al aire. Le brillaron los ojos.

Y como yo seguía húmeda y él, gracias a la pastilla, seguía duro, sacamos un proyector pequeño que había traído en la maleta. Conecté el celular, lo puse a transmitir contra la pared y nos vimos. Yo de costado, su verga entre mis nalgas, una pierna mía cruzada sobre las suyas. Me la metió en el culo con paciencia, saliva y un poco de aceite. Despacio, sin dolor. La imagen en la pared no era HD, pero casi. Yo me miraba: las tetas acariciadas, la mano que volvía al clítoris, mi propia cabeza girando para besarlo.

—De rodillas —dijo después.

Cambió el celular para transmitir lo que su cámara enfocaba. Vi en la pared la imagen de su verga apoyándose en mi esfínter y entrando hasta el fondo. La vi entrar y salir. Después la sacó, giró el cañón hacia el techo, me hizo darme vuelta y acabó sobre mis tetas. Verme en esa imagen gigante mientras la leche caía sobre mis pezones fue algo que no había sentido nunca.

Nos limpiamos, nos higienizamos, dormimos.

***

A la tarde siguiente fuimos a la casa que los amigos de Mauricio habían rentado. Discreta, no muy grande. Un primer amigo nos recibió. Diego y yo entramos como «sus amigos Renata y Diego». Nadie diría en toda la noche que éramos marido y mujer.

Mauricio había planeado todo. La partida estaba pensada para terminar a las once: la mayoría de los invitados eran casados, no podían quedarse hasta la madrugada. Bebidas sin alcohol —todos manejaban— y bocaditos salados. Yo era la encargada de servir. La sorpresa estaba en la ropa.

Me encerré en el dormitorio antes de que llegaran los demás. Los oí entrar, saludarse, sentarse, repartir las primeras manos. Cuando Mauricio juzgó que era el momento, asomó la cabeza.

—Renata, ¿pasás las bebidas?

Salí con un vestido tubo negro elastizado strapless, taco alto y nada debajo. Saludé desde lejos con la mano, pasé hacia la cocina y volví con la bandeja. Me incliné lo justo al servir. El vestido se me subía un poco. Las tetas se asomaban al inclinarme. Me agradecieron en silencio y volvieron a las cartas.

Dos rondas después oí «faltan bocaditos». Ya estaba cambiada. Esta vez, falda mini plisada negra y camisa blanca con dos botones abiertos. Sin sostén. Hubo comentarios al verme aparecer. Diego, sin que nadie sospechara nada, respondió por mí: «le gusta mostrarse». Recibí aplausos. Sonreí. Volví al dormitorio.

A la tercera salida fue una bikini amarilla, del tipo cortina, con los triángulos ajustados al mínimo. Apenas me tapaban los pezones. La parte trasera era un hilo. Hubo silbidos. Hubo «¿de dónde sacaste esta amiga?». Empezaron a acercar la cara mientras yo servía. Comentarios más subidos de tono. «Tremenda». «Está para ponérsela». «¿Cómo te ubicamos, preciosa?». Me retiré entre sonrisas y sin contestar.

Cuando me fui escuché la voz de Mauricio explicando:

—Amigos, la chica es muy dispuesta, pero hace falta un poco de paciencia. Es de lo mejor del país, su tarifa es alta y, por si les interesa, también asesora en gestión financiera porque es economista. Está casada. Hoy no habrá sexo: no avisamos a tiempo para los análisis. Pero algo de regalo, sí.

Esta vez nadie me llamó. Mauricio simplemente dijo desde la puerta del dormitorio:

—Cuando quieras, Renata.

Salí con stilettos charolados, micro conchero negro, sostén media copa y un babydoll transparente por encima. La partida se desarmó. Nadie se acordó del póker. Se pararon en fila. Pasé despacio, una vez, dos. Dos de ellos quisieron saber qué era el conchero y cómo se sostenía. Traje una silla del comedor, me senté frente a ellos y se los expliqué. Me presenté con las dos profesiones —economista y prostituta— y dije la tarifa en voz alta. Tres asintieron sin parpadear. Dos sacudieron la cabeza. A esos dos los descarté mentalmente como clientes futuros.

Uno preguntó, eligiendo las palabras, si los análisis al día permitían terminar adentro. Le respondí que sí, que no concibo el sexo sin el máximo placer para los dos. Hubo silencio.

—¿Una pasada más? —pregunté.

—Sííí.

Volví al dormitorio. Hice una señal a Diego y a Mauricio mientras me iba. Los dos vinieron en silencio, sacaron el colchón de la cama y lo apoyaron en el piso del living. Sobre el colchón estiraron un film de polietileno transparente que habían comprado esa mañana. Los demás miraban sin entender.

—Es para la última pasada —dijo Diego, y volvió a la sala a anunciarme.

—Amigos, con ustedes Renata, economista, tal como la quieren ver.

Aparecí con los mismos stilettos. Nada más. El pelo recogido en una cola alta, las tetas firmes al aire, la concha apenas una línea entre los muslos. Caminé frente a ellos con la espalda recta y la respiración tranquila. Pasé una vez. Pasé dos. La tercera me detuve frente al colchón.

Ninguno se atrevió a decir nada. La sala estaba en silencio. Sólo el zumbido bajo de la calefacción y la respiración de seis hombres mirándome.

—Esto —dije, mirando al colchón cubierto de plástico— es para que entiendan a qué nivel pueden llegar conmigo. Hoy no. Hoy sólo se mira. La próxima vez, los que quieran y traigan los análisis, tendrán su lugar en él. Uno por uno, o todos al mismo tiempo, como prefieran. La tarifa la conversamos por separado.

Hubo un aplauso lento que arrancó Mauricio y siguieron los demás. Diego me miraba desde la puerta con esa sonrisa que conozco: mitad orgullo, mitad excitación.

Volví al dormitorio a vestirme. Me senté frente al espejo, tomé el celular y revisé los mensajes mientras todavía respiraba agitada. Tres números nuevos en mi agenda antes de salir de la casa.

Y la próxima vez, ya lo sabíamos los tres, el colchón no iba a estar cubierto de plástico de adorno.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios (6)

Mauro_Cde

Que relato!!! no lo pude soltar hasta el final, muy muy bueno

PedroDelRio

Por favor seguí con esta historia, quede con ganas de saber como termino todo. Una segunda parte seria oro

Marcos_86

Lo lei en el colectivo y casi me bajo en la parada equivocada jaja. Muy atrapante

soleada33

Me recordo a algo que viví hace años, aunque sin el poker jeje. Esos momentos que uno no olvida nunca.

Eli_Cba

Dios mio, lo lei dos veces. Se siente tan autentico que uno no sabe si es real o pura fantasia

VioletaR

No se si envidiarla o admirarla jajaja, tremenda situacion. Muy bien narrado todo

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.